Eric Sadin: La tecnología digital debilita la libertad humana.

El ensayista francés Eric Sadin analiza en su obra, y en esta nota, las relaciones entre el individuo, la sociedad, los datos, los programas, los iPhones o los smartphones, los grandes sistemas que deciden por sí solos y la amenaza de los Data Center.

Entrevista realizada por Por Eduardo Febbro

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Ya no estamos solos. Un doble o muchos dobles nuestros persisten en los incontables Data Center del mundo, en las redes sociales, las memorias gigantescas de Google, de Facebook o de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos, la NSA. Es lo que el ensayista francés Eric Sadin, uno de los autores más proféticos y brillantes en el análisis de las nuevas tecnologías, llama “la humanidad paralela”.

Eric Sadin ha explorado como pocos las mutaciones humanas inherentes a la erupción de la hiper tecnología en nuestras vidas. Lejos de contentarse con un anecdotario trivial de los instrumentos tecnológicos que surgieron desde hace décadas, Sadin los piensa de una forma inédita. Su último libro, L’Humanité Augmentée, L’administration numérique du monde (La humanidad aumentada, La administración digital del mundo), explora la capacidad cada vez más creciente que tienen los dispositivos inteligentes para administrar el rumbo del mundo.

La obra navega fuera de los senderos evidentes. Ni elogio fúnebre de la especie humana ni cántico de rodillas a las nuevas tecnologías, sino una reflexión pura que demuestra que nos encontramos en un momento crítico de la historia humana. Para Eric Sadin, Hal 9000, la computadora súper potente que en la película 2001 Odisea del Espacio equipa la nave Discovery, ha dejado hace mucho de ser una ficción: Hal 9000 ha sido incluso superada por la tendencia actual hacia una “administración robotizada de la existencia”. GPS, iPhone, smartphone, sistemas de gestión centralizados que deciden por sí solos, trazabilidad permanente, todo confluye en la creación de lo que el autor llama un “órgano-sintético que repele toda dimensión soberana y autónoma”.

–Eric Schmidt, el presidente de Google, dice en su último libro The New Digital Age que “acabamos de dejar los starting-blocks” de la revolución numérica. Usted, al contrario, estima que la revolución digital se acaba. ¿Fin o nueva fase?

–La década actual señala el fin de lo que se llamó “la revolución digital”, que empezó a principios de los años ’80 mediante la digitalización cada vez más vasta de lo real: la escritura, el sonido, la imagen fija y animada. Ese amplio movimiento histórico se desplegó paralelamente al desarrollo de las redes de telecomunicación e hizo posible el advenimiento de Internet, o sea, la circulación exponencial de los datos en la red. Esta condición tecnológica universalizada trastornó prioritariamente tres dimensiones: las condiciones de acceso a la información, el comercio y la relación con los otros a través de los correos electrónicos y las redes sociales. Hoy, esta arquitectura que no cesó de desarrollarse y consolidarse está sólidamente instalada a escala global y permite el advenimiento de lo que yo llamo “la era inteligente de la técnica”.

–La historia del siglo XXI se parece entonces a una redefinición de las líneas antropológicas. Usted la define como una humanidad “comprometida en una odisea incierta e híbrida, antropólogo-mecánica”.

–Nuestro tiempo instaura una relación con la técnica que ya no está prioritariamente fundada sobre un orden protético, o sea, como una potencia mecánica superior y más resistente que la de nuestro cuerpo, sino como una potencia cognitiva en parte superior a la nuestra. Hay robots inmateriales “inteligentes” que colectan masas abismales de datos, las interpretan a la velocidad de la luz al tiempo que son capaces de sugerir soluciones supuestamente más pertinentes, e incluso de actuar en lugar nuestro, como ocurre con el trading algorítmico, por ejemplo.

–Precisamente, el trading algorítmico desempeñó un papel nefasto en la crisis financiera de 2008. Un dispositivo creado por el ser humano operó una suerte de sustitución que terminó ahondando la crisis.

–Las transacciones financieras mundiales se llevan a cabo mediante la colecta automatizada de volúmenes astronómicos de datos: su tratamiento en tiempo real, la compra o la venta de acciones están a cargo de robots numéricos que trabajan a una velocidad que sobrepasa nuestras capacidades cognitivas. Hace 30 años, esa actividad estaba realizada por seres humanos, pero fue poco a poco transferida hacia sistemas interpretativos y reactivos. Ese fenómeno expone el momento inquietante de nuestra contemporaneidad, donde las producciones tecnológicas concebidas por seres humanos nos sustituyen e incluso actúan en lugar nuestro.

–En su último ensayo, La humanidad aumentada, la administración digital del mundo, usted expone un mundo cartografiado de manera constante por los sistemas digitales. Usted muestra la emergencia de una suerte de humanidad paralela –las máquinas– destinadas a administrar el siglo XXI. Se impone una pregunta: ¿qué queda entonces de nuestra humanidad?

–La historia de la humanidad está constituida por una infinidad de evoluciones sucesivas en todos los campos. Desde el Renacimiento, nuestro potencial humano se fundó sobre la primacía humana constituida por la facultad de juzgar, la facultad de decisión y, por consiguiente, de la responsabilidad individual que funda el principio de la Ley. La asistencia de las existencias por sistemas “inteligentes”, además de que representa una evolución cognitiva, redefine de facto la figura de lo humano como amo de su destino en beneficio de una delegación progresiva de nuestros actos concedida a los sistemas. Una creación humana, las tecnologías digitales, contribuyen paradójicamente a debilitar lo que es propio al ser humano, o sea, la capacidad de decidir conscientemente sobre todas las cosas. Esta dimensión en curso se amplificará en los próximos años. Además, nuestras vidas individuales y colectivas están cada vez más reorientadas por sistemas que nos conocen con mucha precisión, que nos sugieren ofertas hiper individualizadas, que nos aconsejan este u otro comportamiento. Por medio del uso de nuestros protocolos de interconexión se opera una cuantificación continua de los gestos, la cual autoriza un “asistente robotizado” expansivo de las existencias.

–Usted se refiere al surgimiento de un componente “órgano-sintético que repele toda dimensión soberana y autónoma”. En suma, el mundo, nuestras vidas, están bajo el orden de lo que usted llama “la gobernabilidad algorítmica”. El ser humano ha dejado de administrar.

–No se trata de que ya no administre más, sino de que lo hará cada vez menos en beneficio de amplios sistemas supuestamente más eficaces en términos de optimización y de seguridad de las situaciones individuales y colectivas. Esto corresponde a una ecuación que está en el corazón de la estrategia de IBM. Esta empresa implementa arquitecturas electrónicas capaces de administrar por sí mismas la regulación de los flujos de circulación del tráfico en las rutas o la distribución de energía en ciertas ciudades del mundo. Esto es posible gracias a la colecta y al tratamiento ininterrumpido de datos; los stocks de energía disponibles, las estadísticas de consumo, el análisis de los usuarios en tiempo real; la energía disponible, las estadísticas del consumo, el análisis de la utilización en tiempo real. Estas informaciones están conectadas con algoritmos capaces de lanzar alertas, de sugerir iniciativas o asumir el control decidiendo por sí mismos ciertas acciones: aumento de la producción, compras automatizadas de energía en los países vecinos, o corte del suministro en ciertas zonas.

–Eso equivale a una suerte de pérdida mayor de soberanía.

–La meta consiste en buscar la optimización y la seguridad en cada movimiento de la vida. Por ejemplo, hacer que una persona que pasa cerca de una zapatería pueda beneficiarse con la oferta más adecuada a su perfil, o que alguien que se pasea en una zona supuestamente peligrosa reciba un alerta sobre el peligro. Vemos aquí el poder que se le delega a la técnica, o sea, el de orientar cada vez más con mayor libertad la curva de nuestras existencias. Ese es el aspecto más inquietante y más problemático de la relación que mantenemos con las tecnologías contemporáneas.

–El escándalo del espionaje que explotó con el caso Prism, el dispositivo mediante el cual la NSA espía todo el planeta, puso al descubierto algo terrible: no sólo nuestras vidas, nuestra intimidad, son accesibles, sino que nuestras vidas están digitalizadas, convertidas en Big Data, dobladas.

–Prism reveló dos puntos cruciales: en primer lugar, la amplitud abismal, casi inimaginable, de la colecta de informaciones personales; en segundo, la colusión entre las compañías privadas y las instancias de seguridad del Estado. Este tipo de colecta demuestra la existencia de cierta facilidad para apoderarse de los datos, guardarlos y, luego, analizarlos para instaurar funcionalidades de seguridad. La estrecha relación que liga a los gigantes de la red con la NSA debería estar prohibida por la ley, salvo en ocasiones específicas. De hecho, no es tanto la libertad lo que disminuye sino partes enteras de nuestra vida íntima. El medio ambiente digital favoreció la profundización inédita en la historia del conocimiento de las personas. Este fenómeno está impulsado por las compañías privadas que colectan y explotan esas informaciones, a menudo recuperadas por las agencias de seguridad y también por cada uno de nosotros mediante las huellas que diseminamos permanentemente, a veces sin ser conscientes, a veces de manera deliberada. Por ejemplo, a través de la exposición de la vida privada en las redes sociales.

–El caso NSA-Prism marca todo un hito en la historia. De alguna manera, incluso si la gente ha reaccionado de forma pasiva, hemos perdido la inocencia digital. ¿Cree usted que aún persiste la capacidad de rebelarse en esta gobernabilidad digital?

–Con Prism habrá un antes y un después. Este caso mostró hasta qué punto la duplicación digital de nuestras existencias participa de la memorización y de su explotación. Esto ocurrió en apenas 30 años bajo la presión económica y de las políticas de seguridad sin que se haya podido instaurar un debate a la medida de lo que estaba en juego. Este es el momento para tomar conciencia, para emprender acciones positivas, para que los ciudadanos y las democracias se apropien de lo que está en juego, cuyo alcance concierne a nuestra civilización.

–La ausencia de Europa ha sido en este robo planetario tan escandalosa como cobarde. Usted, sin embargo, está convencido de que el Viejo Mundo puede ahora desempeñar un papel central.

–Me parece que Europa, en nombre de sus valores humanistas históricos, en nombre de su extensa tradición democrática, debe influir en la relación de fuerzas geopolíticas de Internet y favorecer la edificación de una legislación y una reglamentación claras. El término Big Data, más allá de las perspectivas comerciales que se desprenden de él, nombra ese momento histórico en el cual el mundo está copiado bajo la forma de datos que pueden ser explotados en una infinidad de funcionalidades. Se trata de una nueva inteligibilidad del mundo que emerge a través de gigantescas masas de datos. Se trata de una ruptura cognitiva y epistemológica que, me parece, debe ser acompañada por una “carta ética global” y marcos legislativos transnacionales. No obstante, hay que desconfiar de todo intento de toma de control por ciertos países capaz de conducir a una fragmentación de Internet. Justamente, el valor de Internet radica en su dimensión universalizada. Me parece que lo que necesitamos es un acuerdo en torno de algunas exigencias fundamentales.

-En su libro, usted se refiere a una figura mítica del cine, Hal, el sistema informático de la nave Discovery que aparece en la película 2001 Odisea del espacio. ¿Hal es, para usted, como la figura que encarna nuestro devenir tecnológico a través de la inteligencia artificial?

–Hal es un sistema electrónico hiper sofisticado que representa la figura mayor de la película de Stanley Kubrick. Hal es un puro producto de la inteligencia artificial, es capaz de colectar y analizar todas las informaciones disponibles, de interpretar las situaciones y actuar por sí misma en función de las circunstancias. Exactamente como ciertos sistemas existentes en el trading algorítmico, o en el protocolo de Google. Hal no corresponde más a una figura imaginaria y aislada sino a una realidad difusa llamada infinitamente a infiltrar sectores cada vez más amplios de nuestra vida cotidiana.

–En esa misma línea se sitúa para usted el iPhone o los smartphones. No se trata de juguetitos sino de un casi complemento existencial.

–Creo que la aparición de los smartphones en 2007 corresponde a un acontecimiento tecnológico tan decisivo como el de la aparición de Internet. Los smartphones permiten la conexión sin ruptura espacio-temporal. Con ello los smartphones exponen a un cuerpo contemporáneo conectado permanentemente, tanto más cuanto que puede ser localizado vía el GPS. También, a través de él se confirma el advenimiento de un “asistente robotizado” de las existencias por medio de las innúmeras aplicaciones capaces de interpretar un montón de situaciones y sugerirle a cada individuo las soluciones supuestamente más adaptadas.

–Esos objetos, que son táctiles, nos hacen mantener una relación estrecha con el tacto. Pero, al mismo tiempo que tocamos, las cosas se tornan invisibles: toda la información que acumulamos desaparece en la memoria de los aparatos: fotos, videos, libros, notas, cartas. Están pero son invisibles.

–En efecto, ese doble movimiento trastornante debería interpelarnos. Nuestra relación con los objetos digitales se establece según ergonomías cada vez más fluidas, lo que alienta una suerte de creciente proximidad íntima. La anunciada introducción de circuitos en nuestros tejidos biológicos amplificará el fenómeno. Por otro lado, esa “familiaridad carnal” viene acompañada por una distancia creciente, por una forma de invisibilidad del proceso en curso. Esto es muy emblemático en lo que atañe a los Data Centers que contribuyen a modelar las formas de nuestro mundo y escapan a toda visibilidad. Es una necesidad técnica. Sin embargo, esa torsión señala lo que se está jugando en nuestro medio ambiente digital contemporáneo: por un lado, una impregnación continua de los sistemas electrónicos, y, por el otro, una forma de opacidad sobre los mecanismos que la componen.

-Los poderes públicos, principalmente en Europa, son incapaces de administrar el universo tecnológico, incapaces de encuadrarlo con leyes o fijar límites. La ignorancia reina, pero la tecnología termina por imponerse, al igual que las finanzas, a todo el espectro político. De alguna manera, los poderes públicos son víctimas de la ignorancia y de lo que Paul Virilio conceptualizó como nadie: la velocidad.

–Una velocidad aumentada sin nunca cesar caracteriza el movimiento vertiginoso imprimido por la innovación tecnológica. Estamos viviendo en el seno de un régimen temporal que se vuelve exponencial, prioritariamente mantenido por la industria que impone sus leyes. Lo propio de los regímenes democráticos es su facultad deliberativa, su capacidad colectiva para elegir conscientemente las reglas que enmarcan el curso de las cosas. Ese componente está hoy eminentemente fragilizado. Ahora como en el futuro, debemos enfrentarnos activamente, sin nostalgia y bajo diversas formas, a la amplitud de lo que está en juego éticamente, bajo la inducción de esta “tecnologización” de nuestras existencias. Tanto en las escuelas y universidades, creo que es urgente enseñar el código, la composición algorítmica, la inteligencia artificial. Creo que son los profesores de “humanidad numérica” quienes deberían ingresar en las escuelas y contribuir a despertar las conciencias y ayudar a encontrar las perspectivas positivas que se están abriendo con este movimiento. Es preciso que en adelante desarrollemos una conciencia crítica ante nuestra propia utilización, que se instaure lo que yo llamo “una disciplina de la utilización”. Esta disciplina me parece indispensable si no queremos estar infinitamente pegados a las producciones tecnológicas, si no queremos volvernos un mismo cuerpo con la técnica. Es preciso mantener cierta distancia, porque es la distancia quien condiciona el principio mismo de una relación abierta y singularizada con el mundo.

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Pérez-Reverte: Las redes son formidables, pero están llenas de analfabetos.

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Arturo Pérez-Reverte, el hoy autor de 25 novelas exhibe los modos de un dandi y conversa con paciencia de orfebre en un ámbito que desentona con sus recuerdos bélicos: mármoles, copas de cristal y una vista soberbia al río de la Plata, desde el décimo piso del Hotel Alvear de Buenos Aires.

Para saber quién es Pérez-Reverte y conocer sus vivencias de guerra, ¿hay que leer ‘El pintor de batallas’?

Mi biografía está repartida en todas mis novelas. Les presto a mis personajes la mirada que mi vida y mis lecturas me han dejado. Pero ‘El pintor de batallas’ es una novela autobiográfica. Tiene un 5 por ciento de novelesco: todo lo que cuento, las circunstancias, y hasta la mirada del protagonista, son reales.

¿Por qué nunca volvió a abordar ese tipo de registro?

No fue una novela feliz, pero era lo que necesitaba escribir. Durante un año y medio ajusté cuentas con mis recuerdos. Un ejercicio de reflexión personal. Todo ese álbum de fotos oscuras en 21 años de guerra pesaba demasiado y pensé que escribiendo sobre eso ordenaría la memoria. Fue algo duro y profundo, pero esa gimnasia cumplió su cometido. Cerré una puerta. No hubo ni habrá otro libro igual. Ahora escribo para pasarlo bien. Soy un escritor feliz.

¿Umberto Eco lo marcó como novelista?

No, pero fue clave por otras razones. Él entendía a la literatura como yo. Cuando empecé a escribir se hacían novelas aburridas; la trama no importaba, pero sí el estilo. En la Argentina hay mucho de eso, escritores que no tienen nada que decir. Una literatura onanista, vaciada de ideas, que se mira al espejo. Estaba escribiendo ‘La tabla de Flandes’ y al leer ‘El nombre de la rosa’ tuve la certeza de que no estaba solo ni equivocado.

¿Cuál es el momento de mayor inseguridad al escribir?

Cuando voy por la mitad de la novela. Te pongo un ejemplo del mar: trazas un rumbo y de golpe todo se va al carajo: no te funciona la electrónica, solo tienes la carta náutica y el compás. Calculas el rumbo, pero llevas navegando un día y ya no sabes si vas bien o vas mal, pero ruegas haber hecho bien los cálculos. Pasa igual en la novela: en la mitad dejo de verla desde afuera y pierdo la conciencia de la calidad de mi trabajo. ‘Espero haber hecho bien los cálculos –me digo–, porque ya no puedo ver si voy bien o mal y tengo que seguir’. Es un momento de incertidumbre que, como todo, se sobrelleva con cojones.

¿Nunca se hunde?

Es estresante, pero a mí no me hunde nada. Si no lo hizo la guerra… Me hundirán los años, pero no la vida.

¿Volvería a elegir esa vida?

Sin duda. La guerra es una forja estupenda para quien sobrevive a ella. Le debo todo. Sin eso, no sería escritor ni sería nada. Te inyecta realidad en dosis muy intensas. De lo peor y lo mejor.

¿Y no le dejó traumas?

No visibles, al menos. Soy un tipo estable, duermo bien. Y cuando los recuerdos se hacen demasiado presentes, cojo un libro o voy a navegar, y todo vuelve a su sitio.

¿La imaginación no basta para escribir? ¿Hay que vivir primero?

Siempre elegiría la experiencia. Escribir es secundario. Muchos están muertos sin saber que lo están.

¿La de los Balcanes fue su guerra más atroz?

En todas vi lo peor. En El Salvador vi cadáveres de niños atados con alambre y quemados con cigarrillos. En el Líbano vi matar prisioneros. Pero los Balcanes fueron muy duros: tres años de continua barbarie.

¿Ha usado armas?

Solo una vez. En el 77, en Eritrea. Fue una derrota devastadora. Las fuerzas etíopes atacaron, hubo una matanza y había que huir hacia la frontera con Sudán. ‘Toma un arma y búscate la vida’, me dijeron. Logré cruzar. No recuerdo si llegué a tirar. Como iba armado, los sudaneses me confundieron con un mercenario y me encarcelaron. Además, tenía disentería. Podría haber muerto. Si hay que ir al infierno, ya sé cómo es.

En sus novelas asoma cierta mirada indulgente hacia aquel que comete atrocidades…

No es eso. He visto a gente infame hacer cosas maravillosas y a amigos hacer canalladas. En Eritrea me asignaron un soldado, Boldai, que me cuidaba cuando enfermé. Boldai se exponía a fuego enemigo para traerme agua. Cuando la ciudad cayó, lo vi matar prisioneros y violar mujeres. Supe cómo ellas gritan cuando las violan. Y el tipo que lo hacía era mi amigo.

¿Cuál fue su reacción?

Imagínate una ciudad ardiendo, llena de muertos, donde se remataba a los heridos y yo diciéndole a Boldai: ‘Oye, no, eso está muy mal’… Al final, todo el mundo –desde aquel que va borracho y atropella a un niño, al que mata para robarse un reloj– encontrará un pretexto para alivianar esas cargas en la conciencia.

¿Cuáles son las suyas?

Más que cosas malas en mi vida como reportero fueron las cosas que podría haber hecho y no hice. Son imágenes que me revisitan y que, como todos, también necesito justificar: tenía que transmitir, no era mi guerra, me hubieran matado… Pero los gritos siguen aquí (se toca la cabeza): los de las chicas violadas en Eritrea, los del niño herido que me miraba en Chipre con su oso de peluche; los del chico en Paso de Las Yeguas (Nicaragua) que me pedía ayuda cuando diez tíos de Somoza se lo llevaban…

Un concepto muy revertiano: el hombre como ángel y bestia…

Nadie es ciento por ciento hijo de puta. Hasta el más miserable es capaz de un acto de grandeza, lo cual no lo excusa de ser un hijo de puta. En el año 78 viajé a una base argentina en la Antártida y ahí conocí a varios oficiales jóvenes y encantadores de la marina. Tipos elegantes, brillantes, divertidos y nos hicimos muy amigos. Algunos fueron mis contactos durante la guerra de Malvinas. Años después, abro el periódico y reconozco sus fotos. El titular decía: ‘Detuvieron a los represores de la Esma’ (uno de los mayores centros de tortura de la dictadura argentina). Eran Ricardo Cavallo, a quien conocía como Marcelo, y otros. Esto demuestra que no siempre identificas el mal cuando lo tienes cerca. Y eso que soy experto en detectar hijos de puta. A estos ni los olí.

¿Por qué dejó El bar de Lola, su espacio los domingos en Twitter?

Porque me cansé de que un simple tuiteo se convirtiera en titular de prensa todos los lunes. Era ridículo que una cosa dicha en tono relajado se tradujera luego en ‘Pérez-Reverte insultó a una feminista’. Mis lectores saben quién soy. Era fatigoso tener que explicar cosas obvias. Las redes son formidables, pero están llenas de analfabetos, gente con ideología pero sin biblioteca, y pocos jerarquizan. Dan igual valor a una feminista de barricada que a un premio Nobel.

¿Sirve de algo hacerse de enemigos?

Es inevitable, porque la vida significa tomar opciones. El enemigo es útil y es como el mar, que es muy hijo de puta. El saber que está ahí, esperando a que cometas un error para acabar contigo, te da, como decía Conrad, una saludable incertidumbre. Cuando navego solo, pongo el piloto automático y un despertador cada 15 minutos. Duermo en cubierta, atento a los mercantes. El saber que estoy en peligro, me mantiene vivo. La vida es igual: saber que hay enemigos te ayuda a cuidarte más, a recordar que el mundo es un lugar peligroso y que debes estar alerta.

¿No es eso extenuante?

El mundo se divide entre sacerdotes y guerreros: los que manipulan sin correr riesgos y los que los asumen. A mí me gusta pelear.

¿La alta cultura volverá a ser para una élite?

Creo que habrá una cultura popular de masas, más mediocre, diluida, pasteurizada, y otra de élite, de consumo personal, fragmentada en individuos. Una suerte de gueto de culto individual como en plan monacal: el individuo con su biblioteca, su música y sus consumos personales. La cultura tal y como la hemos entendido desde Homero hasta ahora, como mecanismo que tira de la sociedad, como referencia moral e intelectual, está condenada a muerte. Creo que trasmutará en una especie de híbrido, donde se mezclarán Borges con las telenovelas mexicanas; la Mona Lisa y la Venecia de turistas. Será una cultura sin jerarquización, donde para la gente tendrá igual importancia una selfi en la torre Eiffel que asistir a un concierto en la Ópera de Viena. La paradoja es que la cultura ha accedido a lugares impensados, pero ha debido devaluarse para tornarse accesible, con lo cual lo positivo de la cultura se pierde.

Como España, Argentina tiene un pasado traumático no resuelto. ¿Se puede aspirar a una historia más neutral para las próximas generaciones?

Eso se logra con cultura y entendiendo que todos tienen muertos en el armario. No hay que negarle al malo que hable. Si Hitler diera hoy una conferencia, habría que ir. Pero hoy se confunde diálogo con apostolado, sin tener en cuenta que todo sirve para comprender. En Sarajevo le pagué a un francotirador para que me dejara acompañarlo. Me contó por qué mataba y cómo elegía a sus víctimas. Si hubiera dicho ‘a este no lo saco en el telediario’, habría renunciado a ese conocimiento. Nunca vas a convencer a un hijo de puta de que no lo sea, pero puedes entender por qué lo es.

Eso no es muy políticamente correcto…

Me da igual. Lo difícil es complejo y la gente que no acepta las ambigüedades es porque no es culta. He escuchado a asesinos, torturadores, criminales, y eso me ha enriquecido. Pero para eso hay que estar educado. Porque si te acercas sin nada, te arrastra. Hay que ser alumnos continuos de la vida.

Una guerra que no sintió para nada ajena

“Cubrí la Guerra de las Malvinas desde Buenos Aires y mi experiencia no fue halagadora. Vi chicos desorientados en una guerra imposible de ganar. Trasmitía para el diario ‘Pueblo’ desde un Entel de la calle Florida y días antes del fin de la guerra venía por la calle y oí que en los bares todos gritaban ‘goooool’. Y pensé: ‘Mientras los chicos están muriendo, estos celebran un gol’.

Ese día comprendí que Argentina iba a perder y que merecía perder. Siempre he procurado no tomar partido en las guerras, pero en este caso, sin querer, lo tomé. Esos pilotos llamados Sánchez, Pérez, de bigotes, peinados para atrás, que iban con esos cojones contra la flota inglesa, eran italianos, españoles, eran mis primos, mis hermanos. No podía evitar una proximidad psicológica con ellos. Un día llamé exultante al diario: ‘Le hemos dado al Invencible’, dije. ‘Le habrán dado, querrás decir’, me corrigió mi editor. Era mi guerra también, algo rarísimo, al margen de que los ingleses me caen bastante mal”.

Entrevista realizada por Loreley Gaffoglio
La Nación (Argentina)

Lo que José Mujica no quería que Noam Chomsky dijera.

¿A quién le sirve Chomsky?
por Hoenir Sarthou

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La visita de Noam Chomsky a Montevideo constituyó un verdadero desafío para intérpretes de signos y decodificadores de mensajes comunicacionales, no sólo por responsabilidad del propio Chomsky.
Para quienes no lo conozcan, Chomsky (Pensylvania, EEUU, 1928) es un destacado lingüista, filósofo, activista y analista político, identificado con las corrientes más radicales y críticas del pensamiento político de su país.
La información de que se dispone es que llegó al Uruguay invitado por Mujica, con quien está participando en la realización de un documental cinematográfico. Así fue que visitó la chacra de Mujica y concurrió con él al célebre “quincho de Varela” el día previo a dar, en el edificio de la Intendencia de Montevideo, una conferencia auspiciada por la oficialista Fundación “Líber Seregni”.
La situación puede sorprender, porque Chomsky, a la vez que gran objetor de los gobiernos y la política exterior de los EEUU, es también un duro crítico de los gobiernos progresistas de Latinoamérica, a los que ha señalado más de una vez su ambigüedad y falta de decisión para romper las condiciones que les impone el poder financiero y corporativo transnacional.
¿Qué hacía del brazo de Mujica por Montevideo y por qué su conferencia tuvo lugar en la sede del gobierno departamental bajo el auspicio de la Fundación “Líber Seregni”?
Mucha gente se hace estas preguntas desde el lunes de mañana. Así como muchos señalan que las ideas que expuso no fueron demasiado originales.
De hecho, la parte más extensa de su exposición, previa a las cuatro preguntas que se le dirigieron al final, estuvo destinada a advertir sobre los riesgos de un posible conflicto nuclear internacional y sobre el problema –alarmante según Chomsky- del calentamiento global.
Ciertamente, dos temas conocidos.
La posibilidad de un conflicto atómico de dimensiones mundiales estuvo presente en la política y en el pensamiento, sobre todo europeo, desde el inicio de la Guerra Fría hasta la caída del “socialismo real” soviético, en 1989. Hace más de cuarenta años, como muchos otros intelectuales estadounidenses y europeos, Erich Fromm, en su libro “¿Podrá sobrevivir el Hombre?” alertaba sobre ese peligro. Sin embargo, la lucha entre el mundo capitalista y el mundo comunista terminó sin que las bombas atómicas llegaran al río. Ese antecedente, sumado a que los uruguayos –quizá ingenuamente- nos sentimos lejanos del posible escenario de un conflicto de ese tipo y a que, en todo caso, no tenemos cómo prevenirlo, hizo que la advertencia de Chomsky, si bien fue oída con reverencia por el prestigio del expositor, no inquietara demasiado a la concurrencia.
La alerta de Chomsky puede ser leída de dos maneras. Puede pensarse que es una especie de reacción refleja de un intelectual que vivió la guerra fría y, ante cualquier hipótesis de tensión entre Rusia y los EEUU, piensa en el peligro nuclear. La forma en que lo expuso Chomsky, como un riesgo para toda la vida humana en el planeta, fortalece esa interpretación. Las guerras son casi siempre la forma de resolver conflictos que afectan a grandes intereses. Y los dueños y gerentes de grandes intereses piensan en términos de negocios. Destruir todo el planeta no parece compatible con los intereses que desatan y financian las guerras. Otra cosa sería si pensáramos en formas de destrucción controlada, en ciertas regiones y afectando a ciertas poblaciones. Chomsky lo planteó como destrucción planetaria global, pero fundó su temor en algo más inquietante: la posibilidad tecnológica recientemente alcanzada por los EEUU de destruir de un golpe la capacidad de disuasión nuclear de Rusia. Según Chomsky, EEUU, por creer que puede ganar, o Rusia, por sentirse amenazada, podrían desatar el desastre que él tema. O sea, un asunto complejo sobre el que sólo podemos estar atentos.
El otro gran punto de la exposición fue la advertencia sobre el calentamiento global. Un tema que se ha vuelto controversial, sobre todo desde que la opinión oficial del gobierno de los EEUU es que el calentamiento global no existe o, en todo caso, no importa. Como suele ocurrir, las opiniones científicas tampoco son unánimes en el tema. Y mucha menos unanimidad hay respecto a las soluciones. Existen los partidarios de reducir el consumo y el desarrollo tecnológico para salvaguardar al planeta, pero hay también quienes sostienen que será un mayor desarrollo tecnológico el que encontrará las soluciones a los problemas ambientales que la misma tecnología pueda haber generado.
Parecía que la conferencia iba a terminar con la exposición de estos riesgos globales, respecto a los que poco podemos hacer los uruguayos. Pero hubo una segunda parte, disparada por la primera pregunta que se hizo. Y allí Chomsky cambió de tema y de tono. Su visión sobre los gobiernos progresistas latinoamericanos hizo dar un giro a todo el acto. Dijo que los países latinoamericanos son ricos pero que sus riquezas han sido destinadas al beneficio de un pequeño sector de la sociedad y de los inversores extranjeros. Afirmó que eso no ha cambiado con los gobiernos progresistas o de izquierda. Habló de gobiernos que no han sabido o querido superar la primarización de la economía (la venta de materias primas con poco o ningún valor agregado), dijo claramente que el mundo está controlado por corporaciones financieras y comerciales que son las que realmente gobiernan. Denunció que esas corporaciones necesitan neutralizar a los Estados para evitar su poder regulador y sus controles. Habló de corrupción y describió a los tratados internacionales como mecanismos para asegurar los intereses de los inversores transnacionales. En síntesis, dejó claro que las grandes fuerzas económicas globales han seguido actuando y prosperando con éxito durante los gobiernos progresistas.
Era extraño oír esas cosas en un edificio oficial, con un ex presidente “progresista” sentado a la mesa, de la que colgaba un enorme cartel que rezaba: “FUNDACIÓN LÍBER SEREGNI”.
¿A quién le sirvió la visita de Chomsky?
Si la conferencia hubiese terminado en la primera parte, el recuerdo de la visita sería el de una advertencia, hecha por un intelectual prestigioso, sobre riesgos planetarios, peligro nuclear y calentamiento global, sobre los que poco podemos hacer los uruguayos. Pero sobre todo habría quedado, a través de los noticieros, la imagen de Mujica paseándose de la mano de Chomsky, y la de Chomsky presentándose en la Intendencia de Montevideo, “sponsoreado” por la Fundación Líber Seregni.
En ese caso, el oficialismo frenteamplista habría salido ganando. Porque uno de los problemas del Frente es que, día a día, se divorcian de él los militantes de izquierda intelectualmente más formados. Para ese sector, que no es muy numeroso pero constituyó siempre el núcleo duro del Frente, el aval de Chomsky era muy significativo.
Pero, cuando parecía que no iba a ocurrir, Chomsky se despachó con juicios que, sin nombrarlo expresamente, eran una dura crítica al gobierno frentemplista.
Insisto: ¿a quién le sirvió la visita de Chomsky?
No es que lo que dijo no se hubiese dicho antes, por cierto. Pero que lo dijera él, en la Intendencia, con Mujica sentado a su lado y bajo el auspicio de la Fundación Líber Seregni, que hablara de la corrupción que los gobiernos progresistas no han sabido evitar, que denunciara el intercambio desfavorable de materias primas por productos con valor agregado y la apuesta a inversiones extranjeras destructivas y abusivas que terminan destruyendo a los Estados y vaciando a la democracia, se volvió un boomerang para el oficialismo que auspiciaba y presenciaba la conferencia.
Ignoro si la visita y la conferencia de Chomsky respondían a la intención oficialista de sanear sus credenciales izquierdistas, pero, si así fue, al oficialismo le salió el tiro por la culata.
Es de esperar que esa suerte de sinceramiento intelectual, hecho por académico extranjero a quien nadie le contestó ni le negó nada, nos ayude a instalar nuevos temas en nuestros debates públicos.
Nuestra soberanía, la inversión extranjera, las ventajas que le damos y lo poco que nos deja, nuestra inserción en la economía global, los tratados internacionales que firmamos en secreto, las leyes prefabricadas que aprobamos sin siquiera analizarlas, el papel de nuestro Estado, el sentido de decirnos una sociedad democrática cuando cada vez decidimos menos cosas. Esos temas sobre los que deberíamos discutir y no discutimos. Temas que, este lunes, un anciano académico extranjero tiró, como a un gato erizado, sobre la mesa de la Fundación Líber Seregni.

Propaganda antigua contra la liberación política de la mujer.

PROPAGANDA ABSURDA DE INICIOS DEL SIGLO XX ADVIRTIENDO A LOS HOMBRES DE LOS PELIGROS DE QUE LA MUJER DEFIENDA SUS DERECHOS POLÍTICOS.

Esta es una colección de postales y murales totalmente ridículos creadas entre 1900 y 1914 advirtiendo a los hombres de los peligros asociados con el movimiento sufragista femenino y la tendencia de las mujeres a pensar por sí mismas.

via Vintage Everyday

Millones de Lulas.¿A quién condenaron en Brasil los dueños del poder?

Rio de Janeiro 15 JUL 2017

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Millones de Lulas.¿A quién condenaron en Brasil los dueños del poder?
por PABLO GENTILI

(El autor nació en Buenos Aires y ha pasado los últimos 20 años de su vida ejerciendo la docencia y la investigación social en Río de Janeiro.)

La condena del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva pone en evidencia un juego de intereses políticos y económicos que quizás poco tenga que ver con la administración transparente e impacial de la Justicia.

Los dueños del poder no perdonan. Especialmente, cuando pierden. Los dueños del poder saben el riesgo que corren. Y no se andan con vueltas. Embisten con todas sus fuerzas, no desperdician la oportunidad, se organizan y despliegan todas sus estrategias de guerra y manipulación. Nunca se defienden, siempre atacan. Los dueños del poder no descansan, aunque a veces parecen desorientados, sin rumbo, a la deriva. Aunque a veces se mantienen en silencio y aparentemente inofensivos, derrotados. Cuando esto ocurre, los que combaten a los dueños del poder corren un serio peligro. Porque los dueños del poder no descansan ni se rinden tan fácilmente. Algunas veces, inclusive, cuando no aciertan sus municiones contra los defensores de la democracia y de la igualdad, los dueños del poder simplemente están practicando cómo errarles. Como tienen buen pulso, practican su falta de puntería, haciéndonos creer que no nos aciertan porque somos más listos o más rápidos que ellos.

La metamorfosis es el estado natural de los dueños del poder: se trasmutan, cambian, se adaptan, rejuvenecen, renacen. Y lo hacen porque saben que de eso depende la dominación y la explotación humana: de parecer natural, de volverse una parte constitutiva del funcionamiento del mundo y de las cosas. El secreto de los dueños del poder está en convencernos de que no son ellos los verdaderos dueños del poder, sino los que sufren sus consecuencias, los que soportan con su sufrimiento y con su dolor la arbitrariedad, la prepotencia y la supuesta superioridad intelectual y moral de los que tienen el dinero suficiente como para comprar nuestros derechos y nuestra dignidad, transformándolos en una montaña de escombros.

Los dueños del poder no perdonan cuando pierden. Por eso, cuando les arrebatamos aunque sea un pedacito de su poder, debemos andar con cuidado. Porque es en ese momento que los dueños del poder se dan cuenta que podemos ser más peligrosos de lo que parecemos. Y se prepararán para destrozarnos. Los dueños del poder no aceptan perder. Especialmente, su privilegio de ponerle nombre a las cosas, de explicar cómo funciona el mundo y de trazarle límites a nuestros sueños. Tampoco el derecho que se han atribuido de construirle muros a nuestras esperanzas, de imponer el miedo a nuestro futuro. Los dueños del poder saben que la historia la escriben los cazadores y no los leones. Por eso, se estremecen cuando un león se les escapa de la jaula. Se mean y se cagan de miedo. Y así como están, así como son, seres humanos que parecen cloacas, llenos de mierda en sus cuerpos y en sus almas, salen de cacería. Los dueños del poder saben que lo más peligroso que existe es que alguno de los que nacieron para servir, para obedecer y simplemente para vivir de lo que sobra, decida hacer, construir o escribir la historia a su manera. Cuando esto ocurre, los dueños del poder no perdonan.

En Brasil, durante 500 años, los dueños del poder reinaron gloriosos. Lo hicieron casi siempre amparados en brutales e interminables dictaduras o en breves, frágiles e inestables democracias. Nunca imaginaron los dueños del poder que, en Brasil, podría llegar a la presidencia de la república un nordestino bajito y fortachón, apenas alfabetizado. Un obrero metalúrgico de la periferia de San Pablo. Un ignorante. Un retirante. Uno que salió de su lugar. Uno que no existía y que estaba predestinado a no existir.

Lula nació en una familia campesina infinitamente pobre, en una de las regiones más abandonadas y silenciadas de Brasil. Hijo de una madre que llena de sabiduría y amor, crio y cuidó solita una montaña de hijos, en una tierra seca y egoísta, indiferente y envejecida. Un páramo de dolor y sufrimiento, un desierto donde reina la soledad de seres humanos que no desperdician agua ni siquiera para llorar. Lula nació allí. Y allí creció, haciendo lo que hacían las familias cada maldito domingo: enterrar a los que habían muerto durante la semana, casi siempre niños y niñas o los más viejos, que en ese desierto de miseria y de opresión solían ser los que conseguían pasar los 50 años de algo parecido a la vida. Allí aprendió lo que nunca olvidó: que jamás se dejaría derrotar por el hambre, por la incomprensión y el dolor. Ni por la prepotencia de los dueños del poder.

Un día, sin ningún anuncio o ceremonia, su madre agrupó a los hijos, los peinó y vistió con ropa limpia, miró durante algunos segundos la pequeña casa que los había cobijado durante tanto tiempo y montó lo poco que tenían en un carro tirado por un burro viejo y sediento. Partió para siempre, sin despedirse de ese infierno. Recorrió kilómetros y kilómetros, en una peregrinación de incertidumbre y esperanza, abrazada a esa montaña de hijos. Los pobres, como casi todos los seres humanos, tienen dos brazos. Y sólo con dos brazos consiguen al mismo tiempo abrazar una docena de hijos. Y acariciarlos. Y besarlos. Y cuidarlos, dándoles protección, transmitiéndoles seguridad y consuelo. Los dueños del poder les temen a los leones. Pero mucho más a las leonas. Porque saben que es en el silencio misterioso de esas caricias que puede engendrarse el más peligroso fermento de la emancipación, el más incontrolable impulso de la revolución.

Lo que sigue de esta historia es más o menos conocido.

Lula continuó creciendo y se salvó, a diferencia de tantos otros, de morir de hambre, o de fiebre amarilla, o de cólera, o de difteria, o de una simple diarrea. Lula siguió creciendo y entendiendo el significado de ese interminable viaje del infierno al infierno, del desierto a la favela, de la opresión a la lucha.

El día que asumió la presidencia de Brasil, recordó a su madre, como todos los días, y dijo lo que algunos entenderían como una muy simple y casi banal aspiración, aunque era una verdadera promesa de transformación: en el Brasil que estaba naciendo, en el país que establecería una democracia de ciudadanos y ciudadanas con derechos efectivos, nunca más nadie se moriría de hambre. Nunca más. Los dueños del poder temblaron cuando lo escucharon. Pero mucho más temblaron cuando comenzó a cumplirlo.

Brasil fue eliminado del Mapa del Hambre de las Naciones Unidas. Pero ese era sólo el comienzo. Los ricos creen que cuando los pobres tienen eso que se llama hambre, todo se resuelve con algunos restos de comida que les llenen las barrigas y les neutralicen el cerebro. Los ricos no entienden el hambre, porque los ricos, casi nunca, entienden la vida. Y, en Brasil, los derechos, como los panes, comenzaron a multiplicarse. El país, por primera vez, se pareció a una nación poblada por seres humanos cuya libertad no dependía de seguir siendo esclavos, de seres humanos cuya dignidad no dependía de seguir siendo maltratados, ignorados, despreciados.

Mientras Brasil ganaba reconocimiento y respeto internacional, volviéndose Lula uno de los más grandes líderes globales del nuevo siglo, los dueños del poder gestaban, multiplicaban y alimentaban, a cada segundo, su odio de clase. Como si presenciaran una tragedia que estaba destinada a cumplir su inevitable destino de fracaso, veían que eso que nosotros llamamos patria, y ellos creen que es su propiedad, su herencia o sus privilegios, comenzaba a escurrírseles como el agua entre sus dedos rechonchos y sus uñas esmeriladas.

La venganza sería brutal y aleccionadora. La venganza debía dejar en evidencia que esto no podía volver a ocurrir porque a la naturaleza no se le tuerce el rumbo: los pobres nacieron para ser pobres y los dueños del poder para ser los dueños de lo que robaron, expropiaron o colonizaron, haciéndonos creer que lo obtuvieron gracias a su inteligencia, su capacidad, su esfuerzo o su habilidad. Cada uno tiene lo que merece y es dueño de lo que le pertenece. Eso dijeron.

Y los dueños del poder hacen lo que dicen.

Hace algunas horas, Lula fue condenado a nueve años y medio de prisión por un delito que no cometió. Pero eso, al poder, no le importa. Para los dueños del poder la justicia es una coartada para reproducir, multiplicar y amplificar las injusticias, sin que se note. Ellos saben que el secreto de judicializar la política está en poder politizar la justicia, manipulando jueces y cobardes, para que restablezcan el orden, para que pongan a los pobres en su debido sitio.

La condena de Lula y la posibilidad real de inhabilitarlo políticamente por el resto de su vida busca, naturalmente, impedir que Lula vuelva a la presidencia del país, proscribirlo, humillarlo, neutralizarlo. Pero busca mucho más que eso. Su condena, como lo fue el golpe que destituyó a Dilma Rousseff, busca instruir, enseñar. La condena de Lula es una lección destinada a educar a las madres que aún no se subieron con sus hijos a un carro tirado por un burro viejo y sediento. Una pedagogía política del miedo y la sumisión para los que viven del otro lado del muro. Una clase magistral de sabiduría opresora para los que tengan la impertinencia de luchar para destituir a los dueños del poder de sus privilegios e inmunidades. La sentencia ha sido, más bien, una simple, clara y directa amenaza. Los dueños del poder saben que el mejor aprendizaje para desmoralizar y desmovilizar a los que luchan por un mundo más justo, es producir temor y frustración, la implacable sensación de que todo está perdido.

No condenaron a Lula. Condenaron a los Lulas que aún están por nacer.

Los que los dueños del poder no saben y se resisten a aprender, es que los que sobreviven al hambre, sobreviven también a sus ataques y no se dejan derrotar tan fácilmente, ni siquiera cuando les aplican penas “ejemplares” por delitos que no han cometido. Para proscribir, humillar y neutralizar a quien sobrevivió al hambre, fue obrero metalúrgico en la periferia de San Pablo y llegó a la presidencia de una de las diez naciones más poderosas del mundo, hace falta mucho más que una condena. Hace falta que deje de ser un ejemplo, un símbolo de dignidad y de lucha. Lo que los dueños del poder no saben y se resisten a aprender es que hay un Lula bajito y fortachón, pero que se espeja en miles, en millones de Lulas que tampoco se rendirán tan fácilmente. Millones de Lulas que se multiplican y crecen. Millones de Lulas que van a nacer, aunque los dueños del poder sueñen con extinguirlos y eliminarlos. Millones de Lulas que se fortalecen en un grito de indignación que exige justicia. La tragedia de los dueños del poder es saber que nunca conseguirán acabar con Lula. Porque Lula somos todos. Y lo seguiremos siendo.

Millones de Lulas, cada día más.

Después de la condena de Lula Da Silva: el fin de un sueño.

Después de la condena del ex presidente Lula
El fin de un sueño

Raúl Zibechi

religion

La condena por la justicia del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, es el broche final de la ofensiva contra el proyecto de convertir a Brasil en una nación independiente de los Estados Unidos y con proyección propia en el escenario regional y global. Otros dos arietes de esa estrategia llevan meses en prisión: Marcelo Odebrecht, director de la empresa que construye submarinos, y el vice-almirante Othon Luiz Pinheiro da Silva, el “padre del programa nuclear” brasileño.

El proyecto Brasil Potencia tiene una larga historia que se remonta, como mínimo, hasta la década de 1950 cuando el segundo gobierno de Getúlio Vargas (1951-1954). En su carta-testamento, Vargas sugiere que estaba siendo acosado por presiones de Washington, que no aceptaba, entre otras, su opción por un desarrollo autónomo del área nuclear. “Luché contra la expoliación de Brasil”, escribe poco antes de dispararse al corazón, el 24 de agosto de 1954 ( goo.gl/nf2DrF ).

Poco después, en 1959, el presidente desarrollista Juscelino Kubitschek (1956-1960) denunció “al FMI y a los enemigos del Brasil independiente de intentar forzar una capitulación nacional, a fin de que la industria cayese en manos extranjeras”, según afirma Alberto Moniz Bandeira en su obra “Presencia de Estados Unidos en Brasil” (Corregidor, 2010, p. 453).

Una década después, las ambiciones de los militares brasileños fueron plasmadas por el general y geopolítico Golbery do Couto e Silva. El militar escribió una obra decisiva, “Geopolítica del Brasil” (México, El Cid, 1978), donde diseña el papel de su país en la región: alianza con Washington contra el comunismo, expansión interna hacia la Amazonia y externa hacia el Pacífico para cumplir su “destino manifiesto”.

Defendía la idea de que Brasil debe “engrandecerse o perecer”, política que fue la brújula del principal think tank del Sur, la Escuela Superior de Guerra, donde se formaron los mayores cuadros de la burguesía brasileña. Entre ellos Marcelo Odebrecht, quien en la revista de la Asociación de Graduados de la ESG agradecía, hace sólo seis años, la vocación y el compromiso de las fuerzas armadas “en la formación de líderes públicos y privados”, a la vez que destacaba que sus doctrinas “contribuyen efectivamente al desarrollo nacional” ( goo.gl/SSMKCn ).

No es ninguna casualidad que las grandes empresas brasileñas (Camargo Correa, Odebrecht, Gerdau, Votorantim, Andrade Gutierrez, entre otras) hayan crecido bajo el ala de las grandes obras del régimen militar (1964-1985).

El principal proyecto nuclear de Brasil, el Programa Nuclear de la Marina, fue creado en 1979 y en apenas una década consiguió dominar el ciclo completo de enriquecimiento de uranio con centrifugadoras desarrolladas en el país. La reacción de Washington fue tan dura como la que propició en la década de 1950 la ofensiva contra Vargas. El país fue colocado en una “lista negra” para impedirle importar materiales para su programa nuclear.

El vice-almirante Othon era el principal gestor del programa, razón por la que fue “monitoreado por agentes de la CIA” durante varios años, según medios cercanos a los militares ( goo.gl/AjsBWU ). Su prestigio era tan grande que obtuvo ocho medallas militares. En 2015 fue detenido en el marco de la Operación Lava Jato, acusado de corrupción y desvío de fondos desde su cargo de director de Eletronuclear, la estatal que construye y opera las usinas nucleares.

El programa nuclear fue reactivado bajo el gobierno de Lula, luego del parón de la década privatizadora. En 2008 se descubrieron los yacimientos de petróleo off shore, llamados pre-sal, lo que movió al gobierno a establecer un acuerdo con Francia para la construcción del primer submarino nuclear, destinado a resguardar la “Amazonia Azul” de donde proviene el 90% de la producción petrolífera.

Odebrecht fue la empresa designada por Lula, sin concurso, para construir el astillero y una base naval para submarinos en la bahía de Sepetiba, en Rio de Janeiro. La confianza de Lula en la empresa se debe a la extensa relación entre la familia Odebrecht y el dirigente del PT, que se inició en las postrimerías de la dictadura cuando despuntaba como líder sindical.

Marcelo, el CEO de la empresa destinada a cumplir los sueños de una defensa independiente de Washington y la multinacional privada más fuerte del país, fue detenido apenas ocho semanas antes que el vice-almirante Othon. Al empresario lo condenaron a 19 años, aunque luego negoció una “delación premiada” que reduce su pena. Othon se llevó la mayor condena que han tenido los 144 encarcelados por Lava-Jato: 43 años de cárcel.

Bajo los dos gobiernos de Lula (2003-2010), Brasil sentó las bases de la integración regional a través de la creación de la UNASUR y la CELAC, sin la presencia de Estados Unidos, y fue un miembro destacado de los BRICS. Realizó enormes obras de infraestructura, algunas en la misma dirección que los gobiernos militares, como la represa de Belo Monte, y potenció como ningún otro gobierno democrático la renovación de las fuerzas armadas.

Las tres biografías tienen un punto en común: desde ámbitos bien distintos, pugnaron por un proyecto propio de gran potencia para Brasil, lo que inevitablemente molestó a los Estados Unidos. Subestimaron al imperio, probablemente por confiar en la “democracia”.

No creo que ninguno de los tres sea inocente. Los grandes empresarios suelen ser corruptos, de lo contrario no llegarían a acumular tanta riqueza. Los militares son el peor aparato del Estado y sobre eso cabe poca discusión, salvo para quienes sueñan con militares democráticos o socialistas.

No creo que ningún presidente en ninguna parte del mundo sea inocente, por algo llegan a ese lugar. Se puede ser corrupto robando o “sólo” haciendo promesas que, saben, nunca cumplirán.

En el caso de Brasil, la cuestión no es la corrupción, sino la necesidad de echar abajo un proyecto de largo aliento que soñaba con modificar la relación geopolítica de fuerzas sin arriesgarse a combatir .

La guerra privatizada de Afganistán: una mutación del capitalismo.

Guerra privatizada: las mutaciones del capitalismo

Alejandro Nadal
La Jornada

religion

La privatización de la guerra no es un negocio nuevo. La experiencia bélica estadunidense en Afganistán a partir de 2001 es sólo el ejemplo más reciente de operaciones de un ejército privado a gran escala.

El asesor especial del presidente Trump, el señor Stephen Bannon, tiene un nuevo plan para ganar la guerra en Afganistán: remplazar el ejército estadunidense con contratistas privados. De este modo, la guerra se convertiría en un negocio redondo: la industria de armamentos seguiría suministrando armas y pertrechos, pero ahora hasta las acciones sobre el terreno serían responsabilidad de ejércitos privados. Se llaman mercenarios, pero el eufemismo de contratistas privadoses útil para disfrazar el verdadero sentido de las guerras imperiales de nuestro tiempo.
La privatización de la guerra no es un negocio nuevo. La experiencia bélica estadunidense en Afganistán a partir de 2001 es sólo el ejemplo más reciente de operaciones de un ejército privado a gran escala. Por ejemplo, inicialmente la invasión por tropas estadunidenses se presentó como respuesta a los ataques del 9/11. Se dijo que el objetivo era desmantelar las bases de al-Qaeda, pero muy rápidamente la lógica de la guerra se transformó hasta convertirse en una ocupación militar de largo aliento. Una bien orquestada campaña de propaganda sobre la reconstrucción de una nación acompañó esta metamorfosis.

Los 15 años de duración de la guerra en Afganistán la convierten en la experiencia bélica más larga en la historia de Estados Unidos. Han fallecido más de 2 mil 400 soldados estadunidenses desde 2001, pero hoy las fuerzas del Talibán controlan más territorio en ese país que al principio de la guerra. Por eso Washington busca rediseñar una nueva estrategia para ganar esta guerra cuyos objetivos son cada vez más esquivos.

En la actualidad hay unos 9 mil soldados estadunidenses en ese país de Asia central, pero hay más de 28 mil 600 contratistas privados cuyas tareas son difíciles de describir con precisión. Ni siquiera el mismo Pentágono sabe exactamente qué está haciendo este personal. Lo cierto es que durante años recientes el número de efectivos del ejército formal ha disminuido con la supuesta finalidad de entregar la conducción de la guerra al gobierno de Kabul, pero la cantidad de contratistas privados ha ido aumentando y la guerra se ha ido privatizando.

No todos estos contratistas están involucrados directamente en operaciones militares. El Servicio de Investigación del Congreso (CRS, por sus siglas en inglés) revela que 5 mil 500 están ocupados como traductores, en la construcción o como personal de apoyo. ¿Qué hacen los otros 23 mil contratistas privados?

El tema aquí no es solamente el del número de contratistas o mercenarios enredados en la lucha armada de manera directa. Por cada soldado en operaciones sobre el terreno se requieren centenares (si no es que miles) de personas en tareas de apoyo: comunicaciones, servicios de salud, transporte, preparación de alimentos, etcétera. En síntesis, más de 70 por ciento del personal estadunidense en las tareas de ocupación en Afganistán se compone de contratistas privados.

Washington ha gastado unos 110 mil millones de dólares en la reconstrucción de ese país. Ese monto es muy superior al total asignado al Plan Marshall para la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Nadie sabe cuánto dinero se ha ido en obras inútiles o insostenibles. Lo cierto es que en el paisaje afgano abundan los cascarones vacíos de escuelas y clínicas abandonadas o a medio construir. En muchos casos la energía eléctrica necesaria para el buen funcionamiento de estas obras no se pudo garantizar. En otros el abandono se debe a las acciones de sabotaje intermitente que han hecho incosteable la operación. Frecuentemente los recursos invertidos en la reconstrucción de la nación han sido un regalo para las empresas privadas encargadas de los proyectos. Pero también sirvieron para disfrazar una ocupación militar que está más interesada en objetivos estratégicos que en reparar los daños de una guerra que ha dejado más de 400 mil muertes de civiles.

El capitalismo contemporáneo sigue sus mutaciones para adaptar el mundo a sus necesidades. El salario ya no es la clave para reproducir la fuerza de trabajo y ha sido substituido por el crédito. La tasa de ganancias asociada a la actividad productiva ha sido remplazada por la rentabilidad derivada de la especulación como referencia en el proceso de acumulación. Y ahora hasta las fuerzas armadas se van transformando cada vez más en un negocio privado. En este último renglón quizás se trata más de una regresión a épocas precapitalistas pues los ejércitos privados de los señores de la guerra fueron un recurso desde hace miles de años. Pero ahora hay algo nuevo: la privatización de operaciones militares está insertada en una tendencia económica más general. Al igual que la privatización del manejo del sistema carcelario o del sistema de detención de migrantes, éste es otro indicio de la profunda reconversión del Estado en la etapa actual del capitalismo. De ser una organización política, el Estado hoy se ha convertido en una matriz de intereses corporativos y su finalidad no tiene nada que ver con el bienestar social.