Propaganda antigua contra la liberación política de la mujer.

PROPAGANDA ABSURDA DE INICIOS DEL SIGLO XX ADVIRTIENDO A LOS HOMBRES DE LOS PELIGROS DE QUE LA MUJER DEFIENDA SUS DERECHOS POLÍTICOS.

Esta es una colección de postales y murales totalmente ridículos creadas entre 1900 y 1914 advirtiendo a los hombres de los peligros asociados con el movimiento sufragista femenino y la tendencia de las mujeres a pensar por sí mismas.

via Vintage Everyday

Millones de Lulas.¿A quién condenaron en Brasil los dueños del poder?

Rio de Janeiro 15 JUL 2017

religion

Millones de Lulas.¿A quién condenaron en Brasil los dueños del poder?
por PABLO GENTILI

(El autor nació en Buenos Aires y ha pasado los últimos 20 años de su vida ejerciendo la docencia y la investigación social en Río de Janeiro.)

La condena del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva pone en evidencia un juego de intereses políticos y económicos que quizás poco tenga que ver con la administración transparente e impacial de la Justicia.

Los dueños del poder no perdonan. Especialmente, cuando pierden. Los dueños del poder saben el riesgo que corren. Y no se andan con vueltas. Embisten con todas sus fuerzas, no desperdician la oportunidad, se organizan y despliegan todas sus estrategias de guerra y manipulación. Nunca se defienden, siempre atacan. Los dueños del poder no descansan, aunque a veces parecen desorientados, sin rumbo, a la deriva. Aunque a veces se mantienen en silencio y aparentemente inofensivos, derrotados. Cuando esto ocurre, los que combaten a los dueños del poder corren un serio peligro. Porque los dueños del poder no descansan ni se rinden tan fácilmente. Algunas veces, inclusive, cuando no aciertan sus municiones contra los defensores de la democracia y de la igualdad, los dueños del poder simplemente están practicando cómo errarles. Como tienen buen pulso, practican su falta de puntería, haciéndonos creer que no nos aciertan porque somos más listos o más rápidos que ellos.

La metamorfosis es el estado natural de los dueños del poder: se trasmutan, cambian, se adaptan, rejuvenecen, renacen. Y lo hacen porque saben que de eso depende la dominación y la explotación humana: de parecer natural, de volverse una parte constitutiva del funcionamiento del mundo y de las cosas. El secreto de los dueños del poder está en convencernos de que no son ellos los verdaderos dueños del poder, sino los que sufren sus consecuencias, los que soportan con su sufrimiento y con su dolor la arbitrariedad, la prepotencia y la supuesta superioridad intelectual y moral de los que tienen el dinero suficiente como para comprar nuestros derechos y nuestra dignidad, transformándolos en una montaña de escombros.

Los dueños del poder no perdonan cuando pierden. Por eso, cuando les arrebatamos aunque sea un pedacito de su poder, debemos andar con cuidado. Porque es en ese momento que los dueños del poder se dan cuenta que podemos ser más peligrosos de lo que parecemos. Y se prepararán para destrozarnos. Los dueños del poder no aceptan perder. Especialmente, su privilegio de ponerle nombre a las cosas, de explicar cómo funciona el mundo y de trazarle límites a nuestros sueños. Tampoco el derecho que se han atribuido de construirle muros a nuestras esperanzas, de imponer el miedo a nuestro futuro. Los dueños del poder saben que la historia la escriben los cazadores y no los leones. Por eso, se estremecen cuando un león se les escapa de la jaula. Se mean y se cagan de miedo. Y así como están, así como son, seres humanos que parecen cloacas, llenos de mierda en sus cuerpos y en sus almas, salen de cacería. Los dueños del poder saben que lo más peligroso que existe es que alguno de los que nacieron para servir, para obedecer y simplemente para vivir de lo que sobra, decida hacer, construir o escribir la historia a su manera. Cuando esto ocurre, los dueños del poder no perdonan.

En Brasil, durante 500 años, los dueños del poder reinaron gloriosos. Lo hicieron casi siempre amparados en brutales e interminables dictaduras o en breves, frágiles e inestables democracias. Nunca imaginaron los dueños del poder que, en Brasil, podría llegar a la presidencia de la república un nordestino bajito y fortachón, apenas alfabetizado. Un obrero metalúrgico de la periferia de San Pablo. Un ignorante. Un retirante. Uno que salió de su lugar. Uno que no existía y que estaba predestinado a no existir.

Lula nació en una familia campesina infinitamente pobre, en una de las regiones más abandonadas y silenciadas de Brasil. Hijo de una madre que llena de sabiduría y amor, crio y cuidó solita una montaña de hijos, en una tierra seca y egoísta, indiferente y envejecida. Un páramo de dolor y sufrimiento, un desierto donde reina la soledad de seres humanos que no desperdician agua ni siquiera para llorar. Lula nació allí. Y allí creció, haciendo lo que hacían las familias cada maldito domingo: enterrar a los que habían muerto durante la semana, casi siempre niños y niñas o los más viejos, que en ese desierto de miseria y de opresión solían ser los que conseguían pasar los 50 años de algo parecido a la vida. Allí aprendió lo que nunca olvidó: que jamás se dejaría derrotar por el hambre, por la incomprensión y el dolor. Ni por la prepotencia de los dueños del poder.

Un día, sin ningún anuncio o ceremonia, su madre agrupó a los hijos, los peinó y vistió con ropa limpia, miró durante algunos segundos la pequeña casa que los había cobijado durante tanto tiempo y montó lo poco que tenían en un carro tirado por un burro viejo y sediento. Partió para siempre, sin despedirse de ese infierno. Recorrió kilómetros y kilómetros, en una peregrinación de incertidumbre y esperanza, abrazada a esa montaña de hijos. Los pobres, como casi todos los seres humanos, tienen dos brazos. Y sólo con dos brazos consiguen al mismo tiempo abrazar una docena de hijos. Y acariciarlos. Y besarlos. Y cuidarlos, dándoles protección, transmitiéndoles seguridad y consuelo. Los dueños del poder les temen a los leones. Pero mucho más a las leonas. Porque saben que es en el silencio misterioso de esas caricias que puede engendrarse el más peligroso fermento de la emancipación, el más incontrolable impulso de la revolución.

Lo que sigue de esta historia es más o menos conocido.

Lula continuó creciendo y se salvó, a diferencia de tantos otros, de morir de hambre, o de fiebre amarilla, o de cólera, o de difteria, o de una simple diarrea. Lula siguió creciendo y entendiendo el significado de ese interminable viaje del infierno al infierno, del desierto a la favela, de la opresión a la lucha.

El día que asumió la presidencia de Brasil, recordó a su madre, como todos los días, y dijo lo que algunos entenderían como una muy simple y casi banal aspiración, aunque era una verdadera promesa de transformación: en el Brasil que estaba naciendo, en el país que establecería una democracia de ciudadanos y ciudadanas con derechos efectivos, nunca más nadie se moriría de hambre. Nunca más. Los dueños del poder temblaron cuando lo escucharon. Pero mucho más temblaron cuando comenzó a cumplirlo.

Brasil fue eliminado del Mapa del Hambre de las Naciones Unidas. Pero ese era sólo el comienzo. Los ricos creen que cuando los pobres tienen eso que se llama hambre, todo se resuelve con algunos restos de comida que les llenen las barrigas y les neutralicen el cerebro. Los ricos no entienden el hambre, porque los ricos, casi nunca, entienden la vida. Y, en Brasil, los derechos, como los panes, comenzaron a multiplicarse. El país, por primera vez, se pareció a una nación poblada por seres humanos cuya libertad no dependía de seguir siendo esclavos, de seres humanos cuya dignidad no dependía de seguir siendo maltratados, ignorados, despreciados.

Mientras Brasil ganaba reconocimiento y respeto internacional, volviéndose Lula uno de los más grandes líderes globales del nuevo siglo, los dueños del poder gestaban, multiplicaban y alimentaban, a cada segundo, su odio de clase. Como si presenciaran una tragedia que estaba destinada a cumplir su inevitable destino de fracaso, veían que eso que nosotros llamamos patria, y ellos creen que es su propiedad, su herencia o sus privilegios, comenzaba a escurrírseles como el agua entre sus dedos rechonchos y sus uñas esmeriladas.

La venganza sería brutal y aleccionadora. La venganza debía dejar en evidencia que esto no podía volver a ocurrir porque a la naturaleza no se le tuerce el rumbo: los pobres nacieron para ser pobres y los dueños del poder para ser los dueños de lo que robaron, expropiaron o colonizaron, haciéndonos creer que lo obtuvieron gracias a su inteligencia, su capacidad, su esfuerzo o su habilidad. Cada uno tiene lo que merece y es dueño de lo que le pertenece. Eso dijeron.

Y los dueños del poder hacen lo que dicen.

Hace algunas horas, Lula fue condenado a nueve años y medio de prisión por un delito que no cometió. Pero eso, al poder, no le importa. Para los dueños del poder la justicia es una coartada para reproducir, multiplicar y amplificar las injusticias, sin que se note. Ellos saben que el secreto de judicializar la política está en poder politizar la justicia, manipulando jueces y cobardes, para que restablezcan el orden, para que pongan a los pobres en su debido sitio.

La condena de Lula y la posibilidad real de inhabilitarlo políticamente por el resto de su vida busca, naturalmente, impedir que Lula vuelva a la presidencia del país, proscribirlo, humillarlo, neutralizarlo. Pero busca mucho más que eso. Su condena, como lo fue el golpe que destituyó a Dilma Rousseff, busca instruir, enseñar. La condena de Lula es una lección destinada a educar a las madres que aún no se subieron con sus hijos a un carro tirado por un burro viejo y sediento. Una pedagogía política del miedo y la sumisión para los que viven del otro lado del muro. Una clase magistral de sabiduría opresora para los que tengan la impertinencia de luchar para destituir a los dueños del poder de sus privilegios e inmunidades. La sentencia ha sido, más bien, una simple, clara y directa amenaza. Los dueños del poder saben que el mejor aprendizaje para desmoralizar y desmovilizar a los que luchan por un mundo más justo, es producir temor y frustración, la implacable sensación de que todo está perdido.

No condenaron a Lula. Condenaron a los Lulas que aún están por nacer.

Los que los dueños del poder no saben y se resisten a aprender, es que los que sobreviven al hambre, sobreviven también a sus ataques y no se dejan derrotar tan fácilmente, ni siquiera cuando les aplican penas “ejemplares” por delitos que no han cometido. Para proscribir, humillar y neutralizar a quien sobrevivió al hambre, fue obrero metalúrgico en la periferia de San Pablo y llegó a la presidencia de una de las diez naciones más poderosas del mundo, hace falta mucho más que una condena. Hace falta que deje de ser un ejemplo, un símbolo de dignidad y de lucha. Lo que los dueños del poder no saben y se resisten a aprender es que hay un Lula bajito y fortachón, pero que se espeja en miles, en millones de Lulas que tampoco se rendirán tan fácilmente. Millones de Lulas que se multiplican y crecen. Millones de Lulas que van a nacer, aunque los dueños del poder sueñen con extinguirlos y eliminarlos. Millones de Lulas que se fortalecen en un grito de indignación que exige justicia. La tragedia de los dueños del poder es saber que nunca conseguirán acabar con Lula. Porque Lula somos todos. Y lo seguiremos siendo.

Millones de Lulas, cada día más.

Después de la condena de Lula Da Silva: el fin de un sueño.

Después de la condena del ex presidente Lula
El fin de un sueño

Raúl Zibechi

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La condena por la justicia del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, es el broche final de la ofensiva contra el proyecto de convertir a Brasil en una nación independiente de los Estados Unidos y con proyección propia en el escenario regional y global. Otros dos arietes de esa estrategia llevan meses en prisión: Marcelo Odebrecht, director de la empresa que construye submarinos, y el vice-almirante Othon Luiz Pinheiro da Silva, el “padre del programa nuclear” brasileño.

El proyecto Brasil Potencia tiene una larga historia que se remonta, como mínimo, hasta la década de 1950 cuando el segundo gobierno de Getúlio Vargas (1951-1954). En su carta-testamento, Vargas sugiere que estaba siendo acosado por presiones de Washington, que no aceptaba, entre otras, su opción por un desarrollo autónomo del área nuclear. “Luché contra la expoliación de Brasil”, escribe poco antes de dispararse al corazón, el 24 de agosto de 1954 ( goo.gl/nf2DrF ).

Poco después, en 1959, el presidente desarrollista Juscelino Kubitschek (1956-1960) denunció “al FMI y a los enemigos del Brasil independiente de intentar forzar una capitulación nacional, a fin de que la industria cayese en manos extranjeras”, según afirma Alberto Moniz Bandeira en su obra “Presencia de Estados Unidos en Brasil” (Corregidor, 2010, p. 453).

Una década después, las ambiciones de los militares brasileños fueron plasmadas por el general y geopolítico Golbery do Couto e Silva. El militar escribió una obra decisiva, “Geopolítica del Brasil” (México, El Cid, 1978), donde diseña el papel de su país en la región: alianza con Washington contra el comunismo, expansión interna hacia la Amazonia y externa hacia el Pacífico para cumplir su “destino manifiesto”.

Defendía la idea de que Brasil debe “engrandecerse o perecer”, política que fue la brújula del principal think tank del Sur, la Escuela Superior de Guerra, donde se formaron los mayores cuadros de la burguesía brasileña. Entre ellos Marcelo Odebrecht, quien en la revista de la Asociación de Graduados de la ESG agradecía, hace sólo seis años, la vocación y el compromiso de las fuerzas armadas “en la formación de líderes públicos y privados”, a la vez que destacaba que sus doctrinas “contribuyen efectivamente al desarrollo nacional” ( goo.gl/SSMKCn ).

No es ninguna casualidad que las grandes empresas brasileñas (Camargo Correa, Odebrecht, Gerdau, Votorantim, Andrade Gutierrez, entre otras) hayan crecido bajo el ala de las grandes obras del régimen militar (1964-1985).

El principal proyecto nuclear de Brasil, el Programa Nuclear de la Marina, fue creado en 1979 y en apenas una década consiguió dominar el ciclo completo de enriquecimiento de uranio con centrifugadoras desarrolladas en el país. La reacción de Washington fue tan dura como la que propició en la década de 1950 la ofensiva contra Vargas. El país fue colocado en una “lista negra” para impedirle importar materiales para su programa nuclear.

El vice-almirante Othon era el principal gestor del programa, razón por la que fue “monitoreado por agentes de la CIA” durante varios años, según medios cercanos a los militares ( goo.gl/AjsBWU ). Su prestigio era tan grande que obtuvo ocho medallas militares. En 2015 fue detenido en el marco de la Operación Lava Jato, acusado de corrupción y desvío de fondos desde su cargo de director de Eletronuclear, la estatal que construye y opera las usinas nucleares.

El programa nuclear fue reactivado bajo el gobierno de Lula, luego del parón de la década privatizadora. En 2008 se descubrieron los yacimientos de petróleo off shore, llamados pre-sal, lo que movió al gobierno a establecer un acuerdo con Francia para la construcción del primer submarino nuclear, destinado a resguardar la “Amazonia Azul” de donde proviene el 90% de la producción petrolífera.

Odebrecht fue la empresa designada por Lula, sin concurso, para construir el astillero y una base naval para submarinos en la bahía de Sepetiba, en Rio de Janeiro. La confianza de Lula en la empresa se debe a la extensa relación entre la familia Odebrecht y el dirigente del PT, que se inició en las postrimerías de la dictadura cuando despuntaba como líder sindical.

Marcelo, el CEO de la empresa destinada a cumplir los sueños de una defensa independiente de Washington y la multinacional privada más fuerte del país, fue detenido apenas ocho semanas antes que el vice-almirante Othon. Al empresario lo condenaron a 19 años, aunque luego negoció una “delación premiada” que reduce su pena. Othon se llevó la mayor condena que han tenido los 144 encarcelados por Lava-Jato: 43 años de cárcel.

Bajo los dos gobiernos de Lula (2003-2010), Brasil sentó las bases de la integración regional a través de la creación de la UNASUR y la CELAC, sin la presencia de Estados Unidos, y fue un miembro destacado de los BRICS. Realizó enormes obras de infraestructura, algunas en la misma dirección que los gobiernos militares, como la represa de Belo Monte, y potenció como ningún otro gobierno democrático la renovación de las fuerzas armadas.

Las tres biografías tienen un punto en común: desde ámbitos bien distintos, pugnaron por un proyecto propio de gran potencia para Brasil, lo que inevitablemente molestó a los Estados Unidos. Subestimaron al imperio, probablemente por confiar en la “democracia”.

No creo que ninguno de los tres sea inocente. Los grandes empresarios suelen ser corruptos, de lo contrario no llegarían a acumular tanta riqueza. Los militares son el peor aparato del Estado y sobre eso cabe poca discusión, salvo para quienes sueñan con militares democráticos o socialistas.

No creo que ningún presidente en ninguna parte del mundo sea inocente, por algo llegan a ese lugar. Se puede ser corrupto robando o “sólo” haciendo promesas que, saben, nunca cumplirán.

En el caso de Brasil, la cuestión no es la corrupción, sino la necesidad de echar abajo un proyecto de largo aliento que soñaba con modificar la relación geopolítica de fuerzas sin arriesgarse a combatir .

La guerra privatizada de Afganistán: una mutación del capitalismo.

Guerra privatizada: las mutaciones del capitalismo

Alejandro Nadal
La Jornada

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La privatización de la guerra no es un negocio nuevo. La experiencia bélica estadunidense en Afganistán a partir de 2001 es sólo el ejemplo más reciente de operaciones de un ejército privado a gran escala.

El asesor especial del presidente Trump, el señor Stephen Bannon, tiene un nuevo plan para ganar la guerra en Afganistán: remplazar el ejército estadunidense con contratistas privados. De este modo, la guerra se convertiría en un negocio redondo: la industria de armamentos seguiría suministrando armas y pertrechos, pero ahora hasta las acciones sobre el terreno serían responsabilidad de ejércitos privados. Se llaman mercenarios, pero el eufemismo de contratistas privadoses útil para disfrazar el verdadero sentido de las guerras imperiales de nuestro tiempo.
La privatización de la guerra no es un negocio nuevo. La experiencia bélica estadunidense en Afganistán a partir de 2001 es sólo el ejemplo más reciente de operaciones de un ejército privado a gran escala. Por ejemplo, inicialmente la invasión por tropas estadunidenses se presentó como respuesta a los ataques del 9/11. Se dijo que el objetivo era desmantelar las bases de al-Qaeda, pero muy rápidamente la lógica de la guerra se transformó hasta convertirse en una ocupación militar de largo aliento. Una bien orquestada campaña de propaganda sobre la reconstrucción de una nación acompañó esta metamorfosis.

Los 15 años de duración de la guerra en Afganistán la convierten en la experiencia bélica más larga en la historia de Estados Unidos. Han fallecido más de 2 mil 400 soldados estadunidenses desde 2001, pero hoy las fuerzas del Talibán controlan más territorio en ese país que al principio de la guerra. Por eso Washington busca rediseñar una nueva estrategia para ganar esta guerra cuyos objetivos son cada vez más esquivos.

En la actualidad hay unos 9 mil soldados estadunidenses en ese país de Asia central, pero hay más de 28 mil 600 contratistas privados cuyas tareas son difíciles de describir con precisión. Ni siquiera el mismo Pentágono sabe exactamente qué está haciendo este personal. Lo cierto es que durante años recientes el número de efectivos del ejército formal ha disminuido con la supuesta finalidad de entregar la conducción de la guerra al gobierno de Kabul, pero la cantidad de contratistas privados ha ido aumentando y la guerra se ha ido privatizando.

No todos estos contratistas están involucrados directamente en operaciones militares. El Servicio de Investigación del Congreso (CRS, por sus siglas en inglés) revela que 5 mil 500 están ocupados como traductores, en la construcción o como personal de apoyo. ¿Qué hacen los otros 23 mil contratistas privados?

El tema aquí no es solamente el del número de contratistas o mercenarios enredados en la lucha armada de manera directa. Por cada soldado en operaciones sobre el terreno se requieren centenares (si no es que miles) de personas en tareas de apoyo: comunicaciones, servicios de salud, transporte, preparación de alimentos, etcétera. En síntesis, más de 70 por ciento del personal estadunidense en las tareas de ocupación en Afganistán se compone de contratistas privados.

Washington ha gastado unos 110 mil millones de dólares en la reconstrucción de ese país. Ese monto es muy superior al total asignado al Plan Marshall para la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Nadie sabe cuánto dinero se ha ido en obras inútiles o insostenibles. Lo cierto es que en el paisaje afgano abundan los cascarones vacíos de escuelas y clínicas abandonadas o a medio construir. En muchos casos la energía eléctrica necesaria para el buen funcionamiento de estas obras no se pudo garantizar. En otros el abandono se debe a las acciones de sabotaje intermitente que han hecho incosteable la operación. Frecuentemente los recursos invertidos en la reconstrucción de la nación han sido un regalo para las empresas privadas encargadas de los proyectos. Pero también sirvieron para disfrazar una ocupación militar que está más interesada en objetivos estratégicos que en reparar los daños de una guerra que ha dejado más de 400 mil muertes de civiles.

El capitalismo contemporáneo sigue sus mutaciones para adaptar el mundo a sus necesidades. El salario ya no es la clave para reproducir la fuerza de trabajo y ha sido substituido por el crédito. La tasa de ganancias asociada a la actividad productiva ha sido remplazada por la rentabilidad derivada de la especulación como referencia en el proceso de acumulación. Y ahora hasta las fuerzas armadas se van transformando cada vez más en un negocio privado. En este último renglón quizás se trata más de una regresión a épocas precapitalistas pues los ejércitos privados de los señores de la guerra fueron un recurso desde hace miles de años. Pero ahora hay algo nuevo: la privatización de operaciones militares está insertada en una tendencia económica más general. Al igual que la privatización del manejo del sistema carcelario o del sistema de detención de migrantes, éste es otro indicio de la profunda reconversión del Estado en la etapa actual del capitalismo. De ser una organización política, el Estado hoy se ha convertido en una matriz de intereses corporativos y su finalidad no tiene nada que ver con el bienestar social.

“Abandona a tu Diego Rivera”: por qué Frida Kahlo no es un icono feminista

“Abandona a tu Diego Rivera”: por qué Frida Kahlo no es un icono feminista
por Lorena G. Maldonado (6/7/17)

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Hoy cumpliría 110 años una pintora brillante que el capitalismo ha manoseado y convertido en icono feminista sin reflexión: ha explotado sus señas físicas y ha obviado su relación de sumisión y dependencia hacia Diego Rivera.

Es sencillo amar a Frida. Es natural sentirla hermana y huérfana al mismo tiempo, porque todos nos reconocemos en el dolor, y ella de eso sabía con ciencia estoica. Uno se admira al pensar en esa mujer flaca y menuda soportando aquella poliomielitis temprana, sobreviviendo al accidente en bus que le arrebató la virginidad, resistiendo a la parálisis en cama, tragando cirugía y desgracia. Una tras otra, una tras otra. La pintura nunca le había interesado -se había dedicado a jugar al fútbol y al boxeo para fortalecer su exánime pierna derecha, después soñó con ser médico-, pero, al verse clavada en el colchón, le dio por mirarse hacia adentro y volcarse en el lienzo en forma de color, flores, sueño, calavera, corazón y simio.

Tenía espinas en el corazón, Frida. Era una mujer talentosa y herida, resistente en la miseria. En vida la aplaudieron Picasso, Kandinski, Bretón y Duchamp, pero tuvo que morirse para que llegase el reconocimiento unánime, como pasa siempre. Pudo abandonar y no lo hizo.

La hábil máquina del capitalismo ha mutado el significado de Frida y ya nadie escucha su dolor. El escaparate está empañado. Pocos recuerdan quién fue
“Al final del día, podemos aguantar mucho más de lo que pensamos que podemos”, decía. Contaba la pintora que hay personas con estrella, pero que ella era de las “estrelladísimas, eso se lo aseguro”. Sin embargo, la hábil máquina del capitalismo ha mutado el significado de Frida y ya nadie escucha su dolor. El escaparate está empañado. Pocos recuerdan quién fue.

El milagro de la mercadotecnia

Se ha convertido en esa camiseta de Los Ramones que tantos llevan sin haberlos escuchado nunca. Se despertó una mañana y era un pin del Che Guevara, una frase de motivación, una taza agradecida de Coelho. Pero hay algo más: aparte del manoseamiento, a Frida Kahlo se la ha aupado -gracias al dios de la mercadotecnia, que todo lo puede- como un símbolo feminista, como un icono potentísimo de la igualdad.

Pero no es lo mismo ser un emblema pop que un referente femenino, quizá porque las marcas identifican al público sólo superficialmente y el movimiento feminista prospera con ideas y convicciones, no con diosas: la pugna por la igualdad real parte de una convicción íntima y de una trayectoria personal. Las efigies son tramposas, y más cuando tienen una razón de ser claramente monetaria. ¿No será que nos inculcan madres superioras feministas para que acabemos necesitando bolsos con sus caras?

La pasarela no es tonta y la ha exprimido también para lucrarse con su estilo en alta costura: ahí diseñadores como Dolce&Gabana, Alexander McQueen, Jean Paul Gaultier John Galliano o Karl Lagerfeld.

No es incompatible admirar a Frida Kahlo -y reconocer sus claroscuros- con cuestionar lo que se ha hecho con su figura. Se la ha limpiado, fijado y dado esplendor, hasta vaciarla de contenido original y volverla una copia de sí misma. Se la ha convertido en la mujer pura, llana y hueca que no fue; se la ha neutralizado en objetos para que no moleste al gran público.

El márketing aglutina, simplifica, olvida rápido o recuerda mal, y flaco favor se le hace a las mujeres si se las obliga a compararse eternamente con otras. Kahlo es símbolo, en gran parte, por sus características físicas: sus recogidos llenos de pimpollos, su ceja única, sus vestidos mexicanos. La pasarela no es tonta y la ha exprimido también para lucrarse con su estilo en alta costura: ahí diseñadores como Dolce&Gabana, Alexander McQueen, Jean Paul Gaultier John Galliano o Karl Lagerfeld. Reventando de imitación.

Es divertido observar cómo muchos celebran su ambigüedad estética como argumento clave para erigirla como “icono feminista” -ya el término acongoja-. Resulta un tópico muy manido -y patriarcal, al final- eso de celebrar que una mujer rompa el canon femenino para parecerse más al hombre. ¿En qué momento la androginia ha pasado de ser una característica -tan válida como otra- para volverse un valor?

La clave: la relación enferma con Rivera

Pero, sin duda, la cuestión más importante a la hora de combatir esa intención del sistema de comercializar la sombra de Frida como una mujer que poner como ejemplo a nuestras hijas es su relación destructiva, enferma y sumisa con su amor. Rulaba por internet un la foto de un paño en el que aparecía Frida dibujada con una suerte de pasamontañas y un mensaje exquisito: “Abandona a tu Diego Rivera”.

En 2014, la editorial Impedimenta recuperó Querido Diego, te abraza Quiela, un libro valiente en el que la premio Cervantes Elena Poniatowska destapaba por fin la figura de Diego Rivera, al que describía como un auténtico monstruo a partir de su relación con su primera mujer, Angelina Beloff. Aunque en España pasó más desapercibido tras su primera publicación -hace unos 30 años- en México fue un pelotazo porque desenmascaró al pintor, que hasta entonces había sido encumbrado como héroe de la progresía y de la intelectualidad izquierdista.

Quizá 2017 sea ya un buen año para quedarnos con el talento artístico de Frida pero no con su educación emocional; para no aceptar el pack completo. Quizá sea un buen momento para abandonar a nuestro Diego Rivera
Ese individuo cruel, egoísta, infiel y maltratador psicológico también fue el gran amor de Kahlo, que, a pesar de reunir la fortaleza para desmarcarse a ratos de sus abusos -y contraatacar sus deslealtades, por ejemplo, viviendo libremente su sexualidad y teniendo relaciones con mujeres y hombres-, siempre se sometió a su yugo, a sus regresos, a su voluntad intermitente. Rivera la engañó hasta con su propia hermana y ella acabó perdonando también esa humillación.

Diego Rivera-Frida Kahlo son el gran exponente del menoscabo y la dependencia que provoca el amor romántico, porque hasta el pacto que crearon era engañoso. Ella sólo aceptó sus infidelidades para no perderle, no porque creyese en un amor abierto. Kahlo renunció a sus deseos y sus valores para que Diego no se marchase de su lado.

Hoy, 6 de julio, hace 110 años que nació una gran mujer que, lamentablemente, no supo decir “basta”, que creció en el síndrome de Estocolmo y que se revolcó en el dolor. En un mundo masacrado por la violencia de género -y en un país donde han asesinado a 885 mujeres en los últimos 15 años-, quizá sea un buen momento para revisar los referentes que el capitalismo nos ha puesto en las manos. Quizá sea un buen momento para no eternizarlos, para sobreponernos, para mirarlos con conciencia crítica y no sólo comercial; para quedarnos con su talento artístico pero no con su educación emocional; para no aceptar el pack completo. Quizá sea un buen momento para abandonar a nuestro Diego Rivera.

¿El narcisismo imperialista es imputable?, por Rita Gardellini

Arquitecturas de mando
por Rita Gardellini

Blog de la autora: https://serpoesiayserpoeta.blogspot.com.uy

¿Psicópatas con “Superyo”?
¿Ególatras mediáticos?
¿Gestores corrosivos?

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En la animalada de cualquier bicho es frecuente la jerarquía de mando por dominación, y no es una dominación precisamente pacífica.
En la animalada de los humanos, y en especial de los adultos, es atractivo plantearse la anarquía: cero mando; no obstante, por más evolucionado que se pretenda al humanita, lo cierto es que hasta la tribu más tribu tiene que organizarse.

La adolescencia suele engendrar los líderes y el tiempo, definirlos. En mínimo número son los que persisten en una contienda que dure toda la vida. El altruismo y el bien común no sustentan una profesión de décadas, parece agotarse en menos de una, y de tal modo, el hacer se abandona a un discurso vacío cuajado de cebos.

Sin embargo el planteo que me tienta —moviendo a un costadito el seductor síndrome de Hubris o los rasgos psicópatas—, es simple: ¿cuándo trabajan los políticos? Yo, y tantos como yo —disculpen el orden de ombligo pero invertido destrozaba la cadencia—, somos de los simplones que para hacer algo lo hacemos y el hacerlo nos lleva tiempo, entonces, ¿cuándo los políticos trabajan en lo que tienen que trabajar: gobernar?
El día tiene veinticuatro horas, suponiendo que sólo duerman cinco; se aseen en dos –incluido todo el protocolo: desde la sonrisa perfecta, el zapato al tono y los cabellos de héroe de arcaica película holliwodense—; se transporten en dos —convengamos que el helicóptero es lo que logra el teletransportador del Enterprise—; ingieran alimentos en cuatro —aludiendo a las “reuniones: desayunos, almuerzos, meriendas y cenas” de trabajo—,aparezcan en los medios: dos, estén en su casa: tres, inauguren las piedras que inauguran: dos; hagan pueblo: dos; deteniéndome ahí: sumarían 20 horas.
¿Sólo cuatro horas para gobernar una nación?
Evidente, fue un garabato de horario, porque no creo que una conferencia por cadena nacional en viral internacional se resuma en dos horas, y menos: una visita del adorado líder “esperada” por el pueblo. Porque lo anterior, si bien no los deja quietos un minuto, gobernar debe ser otra cosa. Dedicarse horas a lograr que lo vanaglorien y obedezcan no ofrece efectividad a la hora de los resultados. Esos países tranquilitos, de pueblos satisfechos tienen gobernantes desconocidos.

Aunque es importante aclarar: ¿el narcisismo imperialista es imputable?

¿Volverá Lula Da Silva a gobernar Brasil?, por Raúl Zibechi

Brasil. El improbable retorno del “lulismo”

Por Raúl Zibechi

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Lula lanzó en abril pasado su candidatura para las elecciones presidenciales de 2018.Aunque gane las presidenciales en 2018, como lo indican las encuestas, y eluda el encierro en una celda, el expresidente Lula no tiene condiciones económicas y políticas para revivir el “milagro” que le permitió mejorar la situación de los pobres sin tocar a los ricos. Su hipotético gobierno no contaría con las bases empresariales, militares y sociales que dieron vida al proyecto Brasil-potencia.

Desde que Joesley Batista, Ceo del principal frigorífico del mundo (JBS), difundiera la grabación de una reunión que mantuvo con el presidente Michel Temer, el frágil gobierno brasileño entró en una pendiente que puede llevarlo a su destitución. Los niveles de aprobación del presidente son más bajos aun que los de Dilma Rousseff días antes de su caída, y se acercan a la nada: menos del 5 por ciento.

Lo que mantiene al gobierno de Temer es la respiración asistida de dos partidos: el suyo (PMDB), maestro en los malabares de una gobernabilidad trucha; y el socialdemócrata de Fernando Henrique Cardoso (PSDB), que, increíblemente, sostiene a un gobierno corrupto con el pésimo argumento de que si cae las cosas serían aun peores.

Sin embargo el propio Cardoso tomó distancia del gobierno, dando marcha atrás a declaraciones hechas apenas tres días antes, y le exigió “un gesto de grandeza” a Temer para que renuncie y anticipe las elecciones generales (Brasil 24/7, 17-VI-17).

Resulta evidente que la política brasileña atraviesa una situación sumamente compleja, y sobre todo imprevisible. Dos factores de poder, como la cadena Globo y el ex presidente Cardoso, demandan la salida del presidente que lucha denodadamente por permanecer en el cargo contra viento y marea. Lo peor es que puede conseguir llegar al fin de su mandato, algo que habla muy mal de la clase política norteña.

Tres son las razones que explican una crisis política que parece no tener fin: el pantano económico del que no se ve la salida, las continuas denuncias de corrupción que van a más, y el renovado activismo de la sociedad brasileña. En este panorama, las encuestan dicen –de forma consistente en los últimos meses– que Lula es el político más popular de Brasil, que ganaría la primera vuelta y aun el balotaje, contra todos los demás políticos.

Así las cosas, vale la pena indagar qué chances tiene Lula de repetir la presidencia y de hacerlo de forma más o menos exitosa, luego de los agudos cambios que ha experimentado la sociedad desde junio de 2013, cuando 20 millones de brasileños, en 353 ciudades del país, se lanzaron a las calles contra la represión policial y la desigualdad, bajo el último gobierno del Partido de los Trabajadores (PT).

La segunda cuestión es cómo podría un hipotético gobierno de Lula relanzar la economía, que bajo su mandato vivió un período de excepcionales precios de los commodities (soja, minerales y alimentos), que ahora se han hundido evaporando los anteriores superávits comerciales y los balances de cuentas de la federación.

¿Volver a 2003?

El gobierno inaugurado el 1 de enero de 2003 tuvo una fuerte base parlamentaria en la que, a lo largo de las dos presidencias de Lula, contó con más de 15 partidos a su favor. La habilidad política de Lula en un momento en el cual la sociedad pedía cambios en la aplicación de las recetas neoliberales privatizadoras, estuvo en la base de ese amplio respaldo parlamentario.

Era una base muy heterogénea, prendida con alfileres, ya que suponía entregar parcelas de poder a partidos esquivos y corruptos, como el Pmdb, de Temer. Esos barros trajeron lodos que fueron regados por la crisis económica de 2008, hasta convertir la gobernabilidad lulista en una ciénaga hedionda.

Pero lo principal del gobierno de Lula no giraba en torno a las alianzas parlamentarias, sino que se fundaba en un proyecto de largo aliento apoyado en un trípode que parecía sólido: alianza con la burguesía brasileña, desarrollo de un proyecto industrial-militar para garantizar la independencia de Estados Unidos, y una paz social asentada en políticas contra la pobreza que permitieron a 40 millones de brasileños su integración social a través del consumo.

La primera pata implicaba utilizar los cuantiosos fondos del banco estatal de desarrollo (BNDES) para seleccionar a las empresas que Lula llamó “campeonas nacionales” y lanzarlas al mercado mundial con la marca Brasil-potencia. Ellas fueron un puñado de firmas de la construcción (Camargo Correa, Odebrecht, OAS, Andrade Gutierrez, entre las más conocidas), procesadoras de alimentos (como JBS), algunas grandes del acero (Gerdau), además de la petrolera estatal Petrobras, que llegó a figurar entre las primeras del mundo.

La palanca estatal (y de los fondos de pensiones controlados por sindicatos) lubricó fusiones, capitalizaciones y obras públicas (en Brasil y sobre todo en Sudamérica) que permitieron el despegue de estas “campeonas”. Los cientos de obras de infraestructura de la región (siguiendo los lineamientos del COSIPLAN, ex IIRSA), fueron financiadas por el BNDES con la condición de que se contratara a empresas brasileñas para su ejecución.

La segunda pata implicaba una alianza con las fuerzas armadas, que se consolidó en 2008 con la publicación de la “Estrategia nacional de defensa” –que propuso la creación de una potente industria militar–, y los acuerdos con Francia, también en 2008, para la construcción de submarinos convencionales y nucleares. Se trataba de modernizar a las tres armas para defender a la Amazonia verde y la azul –o sea los cuantiosos yacimientos petrolíferos off shore descubiertos por Petrobras en la década de 2000.

Poco importaba que la estrategia de defensa fuera una reedición apenas maquillada de los ambiciosos planes expansionistas de los militares conservadores liderados por el geoestratega Golbery do Couto e Silva, implementados por la dictadura militar instaurada con el golpe de 1964.

La empresa seleccionada por el Ejecutivo para construir los astilleros donde se harían los submarinos fue Odebrecht, sin que mediara licitación alguna. Se propuso también que creara un área militar para desarrollar otros proyectos, que iban desde cohetes hasta aviones de combate, ya que la ex estatal Embraer se mostraba remisa a colaborar con algunos proyectos que implicaban la cooperación con la fuerza aérea rusa.

Un sociedad diferente

La tercera pata de la gobernabilidad lulista estaba lubricada por el plan Bolsa Familia, que llegaba a 50 millones de personas y fomentaba el consumo de los sectores populares. La pobreza cayó más aun que durante el período de Cardoso, pero las familias se endeudaron: en 2015 su endeudamiento con la banca consumía el 48 por ciento de sus ingresos, más del doble que en 2006.

La crisis hizo que buena parte de esas familias volvieran a caer en la pobreza, y la ilusión del consumo se desvaneció, dejando un reguero de resentimientos que fue aprovechado, inicialmente, por las derechas.

Percibiendo que la desigualdad seguía creciendo y que no tenían futuro en un país que se desindustrializaba para exportar soja, carne y minerales, millones de jóvenes se lanzaron a las calles en el invierno de 2013, en plena Copa de las Confederaciones que debía colocar al país en la vidriera exitosa de la globalización. La represión fue la única respuesta del PT, justificada con el peregrino argumento de que “le hacen el juego a la derecha”.

En los años siguientes quedó en evidencia que junio de 2013 no era apenas una despistada golondrina. En ese año se registró el récord de huelgas, superando incluso los guarismos de 1989 y 1990, cuando el movimiento obrero tuvo su pico de activismo, a la salida de la dictadura. Pero ahora eran las capas más pobres de los asalariados las que irrumpían en la vida colectiva, como los recogedores de basura de Rio de Janeiro, casi todos negros y favelados.

La pregunta del millón

¿Cómo podría Lula reconstruir un proyecto de gobierno cuando las tres patas que sostuvieron su anterior gestión se vinieron abajo? Las denuncias de corrupción despatarraron a sus “campeonas nacionales”, que se encuentran a la defensiva, en particular Odebrecht, que era, a la vez, el sostén de su proyecto industrial-militar. El daño infligido torna imposible que vuelva sobre sus pasos en ambos casos.

Pero lo más significativo es que la paz social que había conseguido con sus políticas sociales la han quebrado los beneficiarios de éstas al comprobar que aquello era insuficiente si no se atacaba la brutal concentración de riqueza en uno de los países más desiguales del mundo. El “milagro lulista” consistió en mejorar la situación de los pobres sin tocar los privilegios de los ricos. Apenas desvanecido, los de abajo salieron de sus barrios para comprobar la mala calidad de la educación y los servicios de salud, el pésimo transporte público y el racismo imperante en la sociedad que se revitalizaba apenas “invadían” espacios nuevos, como las salas de espera de los aeropuertos.

Al quiebre de las tres patas de la gobernabilidad petista habría que sumar otros tres hechos: la economía atraviesa su peor momento en un siglo, con tres años seguidos de recesión; no hay recursos para sostener una nueva onda de ascenso social de los más pobres, sumado al hecho de que las familias sufren un fuerte endeudamiento.

La tercera es la brutal polarización social. El racismo, que es una marca fundacional e institucional de Brasil, se ha intensificado hasta extremos inimaginables años atrás. Las principales víctimas son las mujeres y los jóvenes negros y, por lo tanto, pobres.

El lema de la campaña electoral de 2002, “Lula paz y amor”, sonaría como una burla grotesca en estos momentos. Ya no hay margen político para atender la pobreza sin realizar reformas estructurales. Gobernar para los de abajo supone, en las condiciones actuales, pelear contra los de arriba. ¿Será Lula capaz de tomar el camino de la lucha de clases, que no transitó ni siquiera cuando era sindicalista?