Plan Ceibal: gerentes enriquecidos y salarios superiores a los de maestros.

Educación: Gerencias del Plan Ceibal y malgasto “educativo”
26/08/2017

Por Andrés Freire

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Los docentes lo sabemos, los verdaderos profesionales de la educación, que no tenemos sociedades off shore en Panamá ni sueldos de 6 cifras, que tampoco cobramos premios anuales por una gestión que deja mucho que desear, los que estamos día a día con estudiantes a veces con hambre y con frio en los barrios más recónditos lo sabemos, más allá de algunas experiencias valiosas a rescatar, la verdad es que el Plan Ceibal no funciona, las máquinas se rompen y demoran a veces meses en repararse, la conectividad en muchos lados también deja demasiado que desear, no es posible lograr que en alguna clase todos los alumnos tengan los equipos en condiciones, también la calidad de los cargadores es paupérrima, y esto sin entrar en lo estrictamente pedagógico.
Es en muchos casos un mal gasto educativo, y hay cada vez más dudas acerca de sí se justifica o no una enorme inversión para básicamente darle acceso en el mejor de los casos a Facebook y Youtube, y no con un fin pedagógico precisamente a niños y adolescentes, y de el peor mejor ni hablemos, es una inversión millonaria que se lleva buena parte del 4.9% presunto que se dice gastar en educación, sumado además a que se está cambiando las condiciones laborales de los trabajadores de la educación sin proporcionarles equipo en algunos casos, y conectividad en todos para la parte de las tareas que deben hacerse en el domicilio, por ejemplo subir las notas a las libretas digitales y otros instrumentos, profundizando la práctica de exigir trabajo gratis a este colectivo. De la imprescindible negociación colectiva para cambiar las relaciones laborales, ni hablamos, ya que esta directamente nunca ha existido.
Pero todo puede ser peor aún, y así teniendo la sana sospecha de que si seguimos moviendo piedras seguirán saliendo cangrejos, redactamos un pedido de informe respecto a los sueldos del Plan Ceibal, nuestra colega Romy Silva suplente de nuestro diputado Eduardo Rubio le dio la forma, Eduardo lo firmo y salió, y a los meses volvió la respuesta que transcribo, la que fuera leída en nuestro ultimo Plenario Nacional por el compañero Julio González.
“Ministerio Educación y Cultura (MEC) sobre Plan Ceibal.
Fecha de solicitud 20/3/2017, fecha de respuesta 27/7/2017, referente a funcionarios, ingresos por salario, estructura escalafónaria.
Resumen de la respuesta del organismo por concepto de salarios, mensualmente
x 453 funcionarios $ 24.004.635
x 12 Gerentes $ 2.142.462
Pirámide salarial de base 9 a 20 como pico. de $ 32.397 a $ 260.753
Un bono anual pagadero en marzo de cada año de valor de 1 a 2 salarios mensuales.”
12 Gerentes, sí, 12, cada uno con un sueldo muy superior al de por ejemplo un director de liceo o escuela, y además con un bono anual pagadero a marzo de cada año, con el valor de uno o dos sueldos mensuales.
Una retribución promedio de 52000 pesos para cada funcionario, algo muy superior a lo que recibe un maestro, es decir un profesional de la educación de nivel terciario con sus 20 horas en varios grados.
He aquí entonces la verdad una vez más, no hay dinero para aumentar los salarios docentes, no lo hubo para terminar en su totalidad con la vergüenza de funcionarios de servicios contratados por los directores de las escuelas que deben constituirse en empresas, pero sí hay casi un millón de dólares anuales para sueldos de gerentes del Plan Ceibal, nada más ni nada menos que 12 gerentes.
Es un ejemplo claro de cómo el progresismo administra los dineros públicos y cuáles son sus prioridades, una vez más les decimos pica, y respondemos a la pregunta de ¿para qué sirve un diputado?. Sirve entre otras cosas para investigar, denunciar y difundir.

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Uruguay: los cuentos chinos del gobierno progresista.

CUENTOS CHINOS
Marcelo Marchese
25.08.2017

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1- El grupo pesquero chino Helishen y la empresa uruguaya Goldenstar (empresa uruguaya cuyos capitales y dirigentes son chinos) invertirán 50 millones de dólares en un proyecto que busca producir harina de pescado, brindar servicios portuarios y logísticos y capturar la anchoita que vive en nuestras costas. Es la inversión extranjera que, junto a otras, será el inicio de la industrialización del país.
Algunos escépticos, sin embargo, no ven con buenos ojos esta iniciativa. Resulta que las buenas gentes de Helisen visitaron cinco veces el departamento de Rocha y en el último viaje trajeron al alcalde de Zhoushan (China). Los escépticos, que además de escépticos son pescadores, no encontraron ocasión más propicia que este encuentro chino uruguayo para dar muestra de su falta de tacto, expresada de forma elocuente al aparecerse con carteles discriminatorios que rezaban: “Basta de cuentos chinos”.

¿Por qué los escépticos dudan de las buenas intenciones de los inversores extranjeros, el alcalde de Zhoushan y el intendente de Rocha? Porque no le sienten buen olor a este asunto del pescado y prefieren que la anchoita, base de la alimentación de unas cuantas especies, no desaparezca de una vez y para siempre de nuestras costas (1).

Resulta que Goldenstar (la empresa uruguaya cuyos capitales y dirigentes son chinos) y el grupo Helishen (la empresa china cuyos capitales y dirigentes no son uruguayos) no sólo se interesan por la anchoita: realizaron un pedido, aprobado por la Dinara, para pescar merluza negra. Ahora bien, del lado de los pescadores escépticos se encuentra Rodrigo García, un biólogo marino contagiado de escepticismo, quien pregunta “¿Por qué nadie pesca merluza negra? Porque no es viable. La merluza negra se consigue en aguas muy profundas, y si bien se vende a 10.000 dólares la tonelada, las condiciones de pesca conspiran contra la rentabilidad” (2). El biólogo marino tiende a creer que este asunto de la merluza negra es un cuento chino, y que lo que se pretende hacer con los enormes barcos ya habilitados es pescar otras cosas, llevar a cabo actividades non sanctas.

Pero las actividades non sanctas podrían amplificarse. Tras la gira de Tabaré Vázquez por China en octubre del 2016, un directivo de la Shandong Baoma Fishery (otra empresa pesquera china) anunció que pretendían construir una megabase en Puntas de Sayago para todos los pesqueros chinos que operen en el sur del Atlántico. La tal base estaría ubicada en una zona franca y allí se fabricarían barcos, se los repararía y abastecería, se construiría una planta para depósito, congelado y procesamiento y se instalaría otra planta para producir harina de pescado.

Así que, si se lleva a cabo el plan de la Shandong Baoma Fishery, nuestro país se convertirá, según los escépticos, en la guarida desde la cual los chinos repararán y abastecerán sus buques pesqueros antes de salir a depredar por las costas atlánticas de Sudamérica, África y la Antártida.

Mas el interés chino por nuestro pescado, y el de todo el Atlántico sur, no acabaría aquí. Como informa el artículo que venimos siguiendo, se busca trasladar la actividad pesquera del puerto de Montevideo. Por ello se construirá una terminal en Capurro y aquí es donde aparece un grupo de empresas de la ciudad de Qingdao que quiere ser socio de Uruguay en este proyecto.

Veremos si le daremos cabida a estos promotores de la industrialización uruguaya.

2-Luego de ir a China nuestro presidente viajó por Finlandia, ocasión en la que el diario El País publicó un artículo en el que dice: “En el tercer trimestre de 2017 estará pronta la planta de celulosa más grande de Finlandia. Se trata de la fábrica de Botnia (actualmente Metsa Fibre) ubicada en el lago Äänekoski. La inversión total es de 1,2 mil millones de euros, y su producción será similar a la prevista para la segunda planta que UPM pretende instalar en el centro del territorio uruguayo” (3).

No puedo asegurarlo, pero apostaría a que si la producción de esta gran planta finlandesa será similar a la producción de la planta uruguaya, y habida cuenta que se invirtieron en dicha planta 1.400 millones de dólares, me figuro que en la planta de Uruguay los finlandeses invertirán una cifra similar a 1.400 millones de dólares, aunque acá anunciaron con bombos y platillos que serían 4.000 millones de dólares. Entre 4.000 y 1.400 millones hay una buena diferencia. Nosotros invertiremos para UPM, esto es, en arreglar carreteras dañadas por los camiones que cargan eucaliptus, en reparar las vías férreas para transportar la celulosa y en hacer un dragado en el puerto, sus buenos 1.000 millones de dólares que engrosarán la deuda externa.

Al lector, acaso, se le ocurran una cantidad de ideas acerca de cómo invertir esos 1.000 millones que dedicaremos a la mayor gloria de UPM, como subsidiar a los más de 1.000 pequeños productores que pierden sus tierras cada año, o destinarlos al instituto de colonización, o a la educación pública, o a innovación y desarrollo.

Nuestra inversión de 1.000 millones dejará un beneficio dudoso, pues las plantaciones de eucaliptus contratan menos gente por hectárea que la ganadería extensiva, demandan exageradas dosis de agua y contribuyen al aumento del precio de la tierra y a la extensión del latifundio. Además, las pasteras arrojan toneladas de desechos diarios a nuestros ríos, generan una casi nula industria asociada, son exoneradas de varios impuestos desde que se instalan en zonas francas y reciben gratuitamente el agua que utilizan.

A la hora de pensar en la gente desplazada en el campo y en el agua que entregamos gratis (¿cuánto paga el lector de tarifa de OSE?) para que nos la devuelvan llena de fósforo y porquería, uno se pregunta si amén de los dudosos 4.000 millones, las publicitadas ventajas de la celulosa no son otra cosa que un cuento chino.

3- Se nos dice desde el gobierno que la inversión extranjera dará trabajo y será la promotora de nuestra industria y por eso la atraemos con exoneraciones impositivas ¿Se ha estudiado qué rubros son imprescindibles y cuáles serían perjudiciales para una eventual industrialización? ¿Existe un plan de industrialización nacional? En tanto un silencio cósmico se presenta en escena a modo de respuesta a estas dos ELEMENTALES preguntas, la inversión extranjera ha logrado apoderarse de un porcentaje desconocido de nuestras tierras, que oscila entre un 25 y un 40%. Además, en el 2011 el 87% del procesamiento del arroz estaba en manos de brasileros. Los 10 frigoríficos más grandes concentraban el 70% de la faena y al menos 8 de ellos eran propiedad de extranjeros. Los extranjeros concentran la virtual totalidad del procesamiento de la madera. En la soja, de la que sólo industrializamos un 5% (contra un 52 y un 71% que industrializan Brasil y Argentina) cinco empresas extranjeras concentran el 77% de las exportaciones. En manos de extranjeros se encuentran la cerveza, las gaseosas y los grandes supermercados.

Los extranjeros se adueñan de los principales rubros de nuestra economía, pero no vemos que sus inversiones estimulen otras inversiones; más bien son un apropiamiento de algo ya existente o en su defecto construcciones de megabases para esquilmar la fauna acuática o grandes plantas para exportar celulosa con la que otros harán papel, dejándonos poco trabajo y tierras empobrecidas. Las ventajas de la inversión extranjera dejada a su libre albedrío, no son otra cosa que publicidad inventada por la inversión extranjera para que la dejen ganar dinero a toneladas, o dicho con otras palabras, son cuentos chinos (4).

Estas inversiones extranjeras no dinamizan nuestra economía y en cambio dinamizan la fuga de capitales. La idea es que una economía agrícola y ultra primaria como la nuestra debería invertir la renta agraria en otros rubros que vayan generando cierto desarrollo, tal cual hizo Corea, mas, si la renta agraria se fuga, entramos a un círculo vicioso de primarización.

4- Los pesqueros chinos no tienen buena fama y en cuanto a permitir que vengan a estos mares a perpetrar hazañas, tampoco Uruguay tiene buena fama. Brasil y Argentina son más estrictos y miran con resquemor nuestra aquiescencia con respecto a actividades perjudiciales para la fauna marina del atlántico sur. Esto nos lleva a un cuento chino de larga data que se llama Independencia del Uruguay, que festejaremos este 25 de agosto, aunque esa fecha nada tenga que ver con la independencia del Uruguay. El 25 de agosto se declaró la unión de esta provincia “con las demás provincias argentinas, a que siempre perteneció por los vínculos más sagrados que el mundo conoce” ¿Por qué festejamos como día de independencia de un Estado el día en que una provincia se reincorpora a otro Estado? Porque el verdadero día de la independencia expone una verdad tristísima, infestejable. Por eso hubo que hacer un cuento chino por el cual declararíamos nuestra independencia un día que no tiene nada que ver.

La segregación de la Banda Oriental de su país, la Argentina, y la constitución de este pequeño Estado, respondió a un doble interés: el de Brasil por debilitar a su competidor, Argentina, y el de Inglaterra por debilitar a los dos gigantes sudamericanos: “Se trata de crear una colonia británica disfrazada” le escribiría el norteamericano John Murray Forbes a su gobierno. Son las ventajas que obtienen los Estados poderosos de los Estados pequeños, como instalar bases de operaciones para depredar la pesca o lograr mayores facilidades para plantar eucaliptus sin demasiados controles (5).

La gran pregunta es si por ser pequeños estamos obligados a dar estas ventajas que nos empequeñecen todavía más (un 25 o un 40% de la tierra en manos de extranjeros es propio de suicidas) o si tenemos la posibilidad de utilizar el ahorro interno, seleccionar la inversión extranjera, invertir algo más de un 0,3% del PBI en innovación y desarrollo (6), subsidiar a los pequeños productores rurales y elaborar un plan de industrialización. Es posible, pues otros ya lo han hecho y les ha ido bastante bien, aunque antes de hacer nada y como primera medida, dejaron de atender y reproducir como loros descerebrados, unos ruinosos cuentos chinos.

(1) Según calcula la FAO, para el 2050 ya no habrá ningún pez nadando en los mares.

(2) Incógnita: Uruguay en las redes chinas, por Paula Barquet http://www.elpais.com.uy/que-pasa/incognita-uruguay-redes-chinas-pesca.html Recomendamos la lectura completa de este artículo.

(3) Descartan impacto ambiental de la segunda planta de UPM, por Pablo Fernández http://www.elpais.com.uy/informacion/descartan-impacto-ambientalde-segunda-planta.html

(4) Véase la conferencia de Chomsky en Montevideo, donde afirma que las izquierdas en América latina no sólo habían continuado la primarización de nuestra economía, sino que incluso la habían llevado a niveles de exageración. “… si se compara a América Latina con el sudeste asiático, la conclusión es “bastante sorprendente”. América Latina tiene en comparación “enormes ventajas”: cuenta con abundancia de recursos y no tiene externalidades que afecten la producción, pero sus políticas apuntan “al bienestar de un grupo muy pequeño y muy rico de su población” y a favorecer a los inversores, que “no tienen ninguna responsabilidad, no pagan ningún impuesto, sólo se enriquecen”. En cambio, la inversión en Asia es dirigida y controlada para canalizarla en sectores estratégicos para el desarrollo, y se prohibió la exportación de capital, afirmó Chomsky. “Las diferencias son sorprendentes. En 1950, Corea del Sur estaba al nivel de un país pobre de África, y hoy es un poder industrial. En América Latina eso no pasó”” https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/7/salado/. Tengo para mí que Chomsky, por delicadeza o vaya a saber por qué, evitó en su conferencia meterse en estos líos y por eso habló de cuestiones ajenas a nuestras preocupaciones; ahora, cuando le hicieron preguntas no tuvo más remedio que cantar algunas elementales verdades bien incómodas. O no tuvo más remedio o desechó los buenos modales.

(5) Véase “Forestación, territorio y ambiente” de Pierre Gautreau, donde se detallan los controles que el estado de Río Grande do Sul lleva a cabo con las forestaciones.

(6) En promedio, América Latina invierte un 0,8% de su PBI en innovación y desarrollo; África, un 0,5. En el top de inversión se encuentran Israel, con un 4,21%; República de Corea, con un 4,15%; y Japón, con un 3,47%. Las dos primeras, tiempo atrás, pequeñas economías agrícolas.

El malvado siempre es el otro

El malvado siempre es el otro

por DANIEL MOLINA
12 AGO 2017
Original en: rionegro.com.ar

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La mayoría de las creencias son falsas, pero todos piensan que aquello en lo que creen es verdadero. De esa manera se agrega una nueva falsedad a la lista de las creencias falsas. Y esa ceguera sobre la falsedad de nuestras creencias no es una mera falsedad más: es la razón de nuestro enceguecimiento. Es lo que permite que sigamos creyendo falsedades y sigamos creyendo que son ciertas. Como dice el Evangelio: “Se ve la paja en el ojo ajeno y no se ve la viga en el propio”.

En el escenario de la política partidaria es fácil comprobar que casi todo aquel que tiene una idea arraigada cree que todos los que no piensan como él están completamente equivocados. Y esta forma de ver las ideas propias (como ciertas) y las ajenas (como erróneas) es universal: no depende de tal o cual ideología política.

Sostener ideas falsas (y sostenerlas fervientemente) no sólo es un problema para la vida de las personas tomadas individualmente, sino de las sociedades en su conjunto. Cuando la amalgama social se resquebraja y un sector con poder trata de imponer al conjunto su propia visión como la única versión aceptable de la realidad se desata la violencia (al menos, discursiva).

Esa guerra por el sentido (de la que habló Nietzsche en “La genealogía de la moral”, y que retomó Foucault en “Las palabras y las cosas”) puede darse en el ámbito general de la convivencia ciudadana (y en la política, hasta llevar a la guerra civil) o puede darse en ámbitos más acotados (en los que se desarrollan luchas para lograr el reconocimiento de tal o cual derecho que hasta el momento no es admitido como tal).

La guerra civil argentina entre 1810 y 1880 entre unitarios y federales es un buen ejemplo de la lucha global política por el sentido que debería tener la Argentina como país que se estaba fundando. Las luchas que iniciaron los primeros sindicalistas anarquistas a fines del siglo XIX por los derechos de los trabajadores son ejemplos claros de los combates parciales para que se reconocieran nuevos derechos (que por aquel entonces eran inexistentes –como la jornada de ocho horas o el descanso semanal– y hoy nos parecen absolutamente lógicos).

La historia nos muestra que todas las facciones en pugna pensaban que sus creencias eran no sólo las verdaderas sino las mejores. En medio de los combates muy poca gente es capaz de pensar racionalmente. Y olvidamos las crueldades y horrores que ambos bandos cometieron. Muchos patrones conservadores llamaron al Ejército para que dispare contra los trabajadores desarmados y muchos anarquistas pusieron bombas para destruir a sus enemigos, pero en el medio murieron incluso niños.

Si hoy se hiciera una encuesta en los países occidentales sobre qué se opina del nazismo es muy probable que casi la totalidad lo considerase un movimiento demoníaco. Pero ese mismo sector social no opinaba lo mismo hace 80 años, en pleno nazismo. La mitad (en algunos países más, en otros menos) de la clase media occidental adhería al fascismo o al nazismo. Y no sólo era un apoyo que sostenían masas ignorantes: gran parte de la dirigencia política europea veía a Hitler y a Mussolini con simpatía. Hasta un hombre que luego los combatió aguerridamente como Churchill admiraba a ambos líderes hasta un par de años antes de que se desatara la Segunda Guerra Mundial.

¿Cómo fue posible que tanta gente haya aplaudido a regímenes que hoy nos parecen horribles (desde la Inquisición hasta el comunismo, desde los campos de concentración hasta la esclavitud o la segregación racial)? Por la misma razón por la que hoy se apoyan ideas y acciones que en un futuro no muy lejano verán como horribles, pero que hoy a muchos les parecen positivas: porque creyeron entonces (y también ahora) que sus creencias son verdaderas y que, además, son buenas. Todos los horrores de la historia se produjeron siempre en nombre del bien.

Hitler persiguió a los judíos, homosexuales, gitanos y enfermos para “limpiar” a Alemania de la “escoria” y permitirle así crecer sana y fuerte (y millones aplaudieron esa creencia). La Iglesia católica desató la Inquisición –imponiendo la tortura y la humillación pública– para infundir el bien.

Mientras más preocupada esté una creencia por limpiar al mundo de los que considera “malos” más se parecerá al fascismo o la Inquisición. Cuando se cree que el otro es el culpable (de cualquier cosa que nos moleste) y que tal “bando” es el de los “buenos” (y el de enfrente es el de los “malos”) más cerca se está de pensar como los nazis.

Hoy la gente autoritaria suele disfrazarse de justiciera: quiere que todos los que cometen una acción que no les gusta sean destruidos (incluso ni importa que haya pruebas del “delito”, con la simple denuncia pública basta). Las redes sociales están llenas de personas que enloquecen ante cada denuncia (sin pruebas). El clima de caza de brujas está servido: nadie puede contradecir la creencia de los que denuncian y persiguen al mal. Al igual que durante la Inquisición o el nazismo es imposible tratar de razonar con los que los que luchan por el bien.

Si queremos un mundo mejor no será llevando a los “malvados” a la picota, sino poniendo en duda nuestras creencias más arraigadas. Si lo hacemos correctamente, dejaremos de ver a los que piensan y actúan distinto como enemigos que deberíamos destruir.

Sólo así habremos dado un paso en el largo camino de la civilización.

En la política partidaria es fácil comprobar que casi todo aquel que tiene una idea arraigada cree que todos los que no piensan como él están equivocados.

De ciclones y mariposas: la teoría del caos, la irreversibilidad del tiempo y la autoorganización de la vida.

De ciclones y mariposas, por Rafael Mandressi.

Una meditación en torno a la teoría del caos, la irreversibilidad del tiempo y la autoorganización de la vida.

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Una mariposa aletea en la selva amazónica y pone en marcha sucesos que terminarán produciendo, algunos días después, un ciclón en el Caribe. Acuñada por el meteorólogo norteamericano Edward Lorenz a comienzos de los años sesenta, la imagen -conocida como «efecto mariposa»- se ha convertido en una suerte de viñeta de la llamada teoría del caos. El «efecto mariposa» ilustra uno de los aspectos fundamentales descriptos por esta teoría: pequeñísimas causas capaces de provocar grandes consecuencias o, para llamarlo por su nombre, el fenómeno de «sensibilidad a las condiciones iniciales». Pero Lorenz no parece haber sido el único a quien la inspiración asistió a la hora de expresar sus ideas. Términos como catástrofes, autoorganización, caos, complejidad, fractales, atractores extraños y otros, que podrían formar parte del arsenal retórico de un telepredicador o encontrarse en los versos de algún poeta más o menos hermético, integran sin embargo el vocabulario de una de las orientaciones más prometedoras de la investigación científica contemporánea. Se trata, para muchos, de un «nuevo paradigma» que la física, la matemática y la biología han dado a luz, y al que últimamente se han acoplado algunas ciencias sociales. A pesar de interpretaciones erróneas y exageradas, de derrapes hacia la mística o la ideología, ese conjunto de teorías de nombre evocador trae consigo un modo genuinamente nuevo de pensar la realidad. Naturalmente, no es posible dar cuenta de manera exhaustiva de las «ciencias del desorden»; lo que sigue es pues un apretado recorrido a través de algunos de sus principales temas.

La ciencia es percibida, tradicionalmente, como una actividad cuyo cometido es descubrir el orden, a menudo oculto, de la naturaleza. En la actualidad, sin embargo, muchos científicos se interesan por el «desorden» bajo todas sus formas, y la propia idea de elaborar una «ciencia del desorden» gana terreno. Parece haber en ello una paradoja: ¿un desorden que es objeto de una «ciencia» sigue siendo realmente un desorden? Si se acepta, en efecto, que la ciencia apunta a revelar el orden oculto de las cosas, el desorden no puede ser otra cosa que una impresión provisoria resultante de nuestra incomprensión, una ilusión que los progresos de la labor científica borrarán poco a poco.

De hecho, durante mucho tiempo ése fue el programa de la ciencia, cuya historia aparecía como una progresión inexorable hacia el saber absoluto. Poco importaba que no se hubiera alcanzado aún la meta, la certeza de su existencia iluminaba el conjunto del proceder. Pero desde hace por lo menos tres décadas, esa fe en un conocimiento perfecto ha perdido algo de su robustez. Hoy se acepta, por ejemplo, que la incapacidad para predecir ciertos comportamientos de algunos sistemas físicos no es el mero fruto de la ignorancia o de la insuficiencia de los instrumentos disponibles.

Viejas entidades antes proscriptas o menospreciadas, como el azar, han vuelto por sus fueros. El «desorden» ya no es visto como una anomalía, una arruga en el mantel del universo, sino como una característica para nada excepcional que se encuentra tanto en los movimientos en el sistema solar como en los cambios climáticos, los ritmos cardíacos o la vida económica.

Orden y desorden

Para calibrar la real magnitud de este cambio de óptica, basta con detenerse un instante en el propio concepto de desorden. Como la misma palabra lo indica, es una noción negativa a la que no se le puede dar un contenido más que refiriéndose, aunque sea implícitamente, a cierta concepción del orden. El orden, a su vez, es el tema de fondo que todas las mitologías, las religiones y las filosofías han intentado resolver, pero siempre dando por sentado que ese orden existe. Todo desorden, por lo tanto, tiende a aparecer como una imperfección, una causa de inquietud. Dicho de otro modo, para el confort psicológico de los seres humanos, no es indiferente que la Naturaleza sea o no ordenada, encierre o no «desorden» o «caos».

Queda claro que el término «desorden» significa aquí algo más profundo e incluso más dramático que un trivial estado de confusión, una disposición de las cosas más o menos irregular. Se trata nada menos que de un Orden que ha sido desgraciada y gravemente perturbado. El desorden se vuelve entonces escandaloso, se presenta como un estado o un proceso particular que no habría debido existir, y remite a un Orden ideal, social o natural, que ha sido escarnecido.

Si se tiene en cuenta que, por ejemplo, la noción de «caos» tiene, en los textos científicos, un sentido técnico muy preciso (los fenómenos «caóticos» son aquellos en los cuales muy pequeñas diferencias en las causas son capaces de provocar grandes diferencias en los efectos), las disquisiciones anteriores sobre el orden y el desorden pueden sonar desproporcionadas, cuando no desubicadas. De hecho, los peores enemigos de la teoría del caos son las especulaciones sobre el Desorden universal que la misma ha desencadenado, gracias a la elección de un nombre tan cargado de referencias culturales. Es cierto, como no se cansan de advertir los científicos, que debe evitarse atribuir al uso que ellos hacen de la palabra caos, así como a los demás «desórdenes» del mismo tipo, un alcance mágico.

No obstante, es imposible separar los campos de manera absoluta. Durante siglos, recuerda el historiador de las ciencias Pierre Thuillier, el proyecto que ha animado el trabajo científico ha sido platónico, lo cual equivale a decir que aun bajo su forma más laica, la ciencia ha estado vinculada a ciertas conjeturas religiosas sobre el orden universal. Platón fue, en efecto, uno de los grandes fundadores de la «religión cósmica», que consistía en venerar el mundo que nos rodea, caracterizado por la organización y la inteligibilidad, como el reflejo de la Razón divina. Ese mundo es consecuencia, según Platón, de la acción del Demiurgo, un ser mítico cuya intervención ha consistido en poner en orden el desorden primordial del universo.

Pero no se trata de cualquier orden: el Demiurgo, dice Platón, es matemático y ha instaurado por doquier el imperio de las formas y de las proporciones geométricas. El mundo no sólo está ordenado, sino que está matemáticamente ordenado. El trabajo de los científicos consistirá, entonces, en encontrar las estructuras racionales que han servido como «modelos» al Demiurgo. Así, desde Platón y pasando por Galileo, Kepler, Newton y Einstein, la ciencia ha valorizado las formas matemáticas que manifestaban mejor las cualidades ideales atribuidas a una Potencia Ordenadora (Dios, la Naturaleza, u otra): pureza, simplicidad, regularidad, armonía, belleza. En otras palabras, cuanto más simple es algo, más bello y más verdadero es.

De este modo, la introducción del «desorden» como objeto de estudio interesante y válido por sí mismo implica un abandono del platonismo, es decir de la creencia en una jerarquía absoluta de las formas matemáticas en cuya cima reinan las formas más simples y armónicas. En la irrupción de las ciencias del desorden anida, en definitiva, un cambio de estética, una mutación de tipo filosófico y cultural, una transformación de la sensibilidad, que va bastante más allá de un mero conjunto de inventos especializados.

El Orden según Newton

Cuando la posteridad elige la caricatura para fijar el recuerdo de ciertos individuos puede ser tremendamente injusta. Sir Isaac Newton ha sufrido ese proceso, y su mayor mérito parece haber sido observar las manzanas cayendo de los árboles. Flaco favor hace esa imagen a quien contribuyó como nadie a la creación de una verdadera catedral científica, llamada mecánica clásica. A través de esa espléndida construcción intelectual, Occidente dispuso, desde el último tercio del siglo XVII, de la visión de un Universo ordenado y predecible.

De acuerdo a la mecánica newtoniana, el mundo es un gigantesco mecanismo regido por «leyes naturales» eternas e inmutables. Esas leyes, que se expresan mediante ecuaciones matemáticas (las ecuaciones del movimiento), determinan que en circunstancias idénticas resulten siempre cosas idénticas, y si las circunstancias cambian ligeramente, el resultado cambiará también en forma proporcionalmente pequeña. Esta última propiedad se verifica fácilmente, por ejemplo, al disparar un proyectil: si se apunta una fracción de milímetro más abajo o más arriba, la diferencia en la trayectoria será igualmente minúscula y no impedirá que el tirador dé en el blanco.

Pero esto no ocurre siempre: en muchos casos, una diferencia pequeña en el punto de partida produce enormes diferencias en los estados posteriores. Dicho de otro modo, una variación ínfima en las condiciones iniciales puede amplificarse dramáticamente a medida que avanza el tiempo. Esta característica, propia de muchos sistemas dinámicos de cualquier naturaleza (físicos, químicos, biológicos, etc.), se llama precisamente sensibilidad a las condiciones iniciales. Se comprende sin dificultad los aprietos en que este hecho pone a la mecánica clásica diseñada por Sir Isaac y otros: el comportamiento futuro de esa clase de sistemas deja de ser predecible, las ecuaciones de Newton ya no son capaces de indicar qué pasará con un sistema semejante en un momento dado. Esos sistemas, sensibles a las condiciones iniciales, presentan lo que se ha llamado un comportamiento caótico.

El Demonio de Laplace

No es necesario ir muy lejos ni pensar en sistemas demasiado complicados para encontrar ejemplos de sensibilidad a las condiciones iniciales. Basta con algo tan sencillo como un cono parado sobre su vértice; por más que se ponga vertical a su eje, terminará cayendo, y el lado sobre el que caiga dependerá de diferencias pequeñísimas que alteran el equilibrio: un ligero soplo de aire, una minúscula mota de polvo. En teoría, es posible predecir de qué lado caerá el cono, pero ello requeriría el conocimiento preciso de todas las fuerzas a las que está sometido en el momento inicial de equilibrio, lo cual es a todas luces imposible puesto que implicaría introducir la totalidad de una inmensa cantidad de parámetros como condiciones iniciales en las ecuaciones del movimiento.

Hay en esto una aparente paradoja: suena contradictorio afirmar, en efecto, que la evolución de un fenómeno es, al mismo tiempo, impredecible y determinista. En todo caso, va en contra de la idea que sostiene que todo lo que esté determinado debe ser predecible, cuya formulación más célebre pertenece a Pierre-Simon de Laplace, matemático, físico y astrónomo francés, que vivió a caballo de los siglos XVIII y XIX.

Laplace trazó en 1814, en su Essai philosophique sur les probabilités, el perfil de una inteligencia sobrehumana «que por un instante conociese todas las fuerzas de que está animada la naturaleza y la situación respectiva de los seres que la componen»; si esta inteligencia, conocida como el Demonio de Laplace, fuese además capaz de someter sus datos al análisis matemático, «abrazaría en la misma fórmula a los movimientos de los más grandes cuerpos del Universo y los del átomo más ligero: nada sería incierto para ella, y el porvenir, como el pasado, estaría presente ante sus ojos».

En ese mismo párrafo, Laplace daba sin nombrarlo una definición sintética del determinismo: debemos considerar, decía, «el estado presente del Universo como el efecto de su estado anterior, y como causa de su estado futuro». En otras palabras, dado el estado de un sistema en un instante preciso, para cada uno de los momentos anteriores o ulteriores hay un único estado de ese sistema compatible con el primero. Sin duda esto se aplica al cono parado sobre su punta: la totalidad de su historia podría ser reconstruida o predicha conociendo todos los datos relativos a un instante cualquiera de esa historia. Pero ese conocimiento es inaccesible, salvo que se sea el Demonio de Laplace, Dios o algún otro sucedáneo, y es sabido que ni bien ingresa a consideración esta hipótesis se acaba la ciencia.

La expresión «caos determinista» con que se designa este tipo de comportamientos de un sistema no hace, en definitiva, sino dar cuenta de esa reconciliación entre lo impredecible y lo determinado. No es un asunto menor, sobre todo si se considera que implica reconocer que hay muchos fenómenos en la naturaleza que son, a la vez, transparentes y opacos para el conocimiento humano. Saber que se ignora no es nuevo ni fundamentalmente inquietante; en cambio, saber que una vez desentrañado un orden sigue existiendo una porción de ignorancia irreductible por siempre jamás y sin que medien en ello propiedades inefables o fuerzas ocultas, tiene un cierto retrogusto trágico.

El tiempo irreversible

«La ciencia moderna se basa en la noción de leyes de la naturaleza. Estamos tan acostumbrados a ella, que ha llegado a ser como una perogrullada, y sin embargo posee implicaciones muy profundas», dice el premio Nobel de química Ilya Prigogine. Una de estas características esenciales, agrega, «es la eliminación del tiempo. Siempre he pensado que en esta eliminación tuvo una influencia importante el elemento teológico. Para Dios todo está dado. La novedad, la elección o la acción espontánea dependen de nuestro punto de vista humano. En los ojos de Dios el presente contiene el futuro y el pasado».

Los «ojos de Dios» o los del Demonio de Laplace asumen, para los seres humanos, la forma de leyes físicas que la mecánica clásica vertió como ecuaciones matemáticas. Una de las curiosidades de estas leyes es que en ellas el tiempo no tiene una dirección definida: tanto da si el tiempo avanza o retrocede, y por lo tanto los procesos resultan perfectamente reversibles.

Obsérvese, en particular, la segunda ley de Newton, donde la fuerza resulta del producto de la masa por la aceleración: F = m x a. La aceleración es, a su vez, velocidad sobre tiempo (v/t), y la velocidad es distancia sobre tiempo (d/t). La aceleración es, en consecuencia, distancia sobre tiempo al cuadrado (d/t²), y la segunda ley de Newton puede escribirse entonces: F = m x d/t².

La variable tiempo (t) se halla pues elevada al cuadrado, lo que significa que cualquiera sea su signo, positivo o negativo, el resultado no varía. Dicho de otro modo, la trayectoria del movimiento es idéntica en una dirección o la otra. Conocidas las condiciones iniciales de un sistema -su estado en un instante cualquiera-, las ecuaciones del movimiento proporcionan una trayectoria única y permiten reconstruir toda su historia y todo su futuro. Es como si se filmara un péndulo de movimiento perpetuo: no se puede saber en qué sentido se pasa la película.

Pero la intuición o la experiencia personal indican otra cosa: el tiempo no es reversible. Algo aparentemente tan trivial como la mezcla de agua con tinta roja lo muestra claramente; de nada sirve seguir revolviendo la mezcla con la esperanza de que el agua y la tinta vuelvan a separarse espontáneamente. El proceso es irreversible. El tiempo tiene una dirección o, como se dice también, una «flecha».

La «flecha del tiempo» fue introducida en física por el segundo principio de la termodinámica, rama de la física que estudia las relaciones entre el calor y otras formas de energía. Los dos principios fundamentales de esta ciencia rigen el conjunto de transformaciones físico-químicas que tienen lugar en un sistema. El primer principio afirma la conservación de la energía total del sistema en el curso de dichas transformaciones. Un ejemplo sencillo: el trabajo que mueve un automóvil más las pérdidas (en forma de calor, por ejemplo) equivalen a la energía química de la combustión de la gasolina liberada en el interior de los cilindros del motor.

El segundo principio, en su versión original, describe la evolución espontánea de un sistema aislado (que no intercambia materia ni energía con el exterior) y establece que en el curso de esa evolución la energía del sistema, si bien permanece constante, se transforma en parte en calor. Éste no puede a su vez transformarse en otra forma de energía, por lo que al cabo de cierto tiempo el sistema llega al equilibrio termodinámico, estado final en el que ninguna transformación de energía es ya posible. Este segundo principio puede ser formulado también a través de una magnitud abstracta, llamada entropía. La entropía, según el segundo principio, sólo puede crecer en el desarrollo de cualquier transformación de energía, de forma que, transcurrido un tiempo suficientemente largo, alcanza un valor máximo que caracteriza el estado de equilibrio termodinámico.

La entropía y la Venus de Milo

El camino que conduce al equilibrio termodinámico o hacia la entropía máxima es un camino hacia la desorganización o el desorden progresivo. Esto puede ser ilustrado recurriendo a un magnífico ejemplo ideado por el físico español Jorge Wagensberg. Sea, dice Wagensberg, una obra de arte, «una delicada escultura despertada del mármol en la antigua Grecia. Tomémosla prestada para una experiencia: le aplicamos una potente carga de dinamita y accionamos el detonador a distancia. Cuando el polvo y los gases se disipan, descubrimos sin sorpresa unos pedruscos apenas reconocibles. Está claro que se trata de la misma materia, pero organizada de otro modo. Se ha desorganizado, diríamos. Sometamos ahora los nobles escombros a idéntica prueba. (Ver aparecer de nuevo la estatua entre las nubecillas de la segunda explosión nos dejaría atónitos.) Ante nosotros (en cambio) unos cascotes aún más pequeños y deformados. La desorganización ha seguido su curso. El proceso es irreversible. Y lo es en una sola dirección, desde el orden hacia el caos, desde la belleza hacia cualquier cosa. Si nos percatamos además de que con ello hemos definido el fluir del tiempo, entonces es hora de espantarse, provisionalmente, en honor del segundo principio de la termodinámica. No sabemos qué es mejor, si no tener tiempo como los mecanicistas o tenerlo en esta dirección».

Puede considerarse también, por ejemplo, un sistema constituido por la superficie del suelo y una piedra situada libremente a cinco metros por encima, se dirá -con razón- que es una configuración muy improbable. Improbable pero no imposible: al lanzar una piedra hacia arriba, existe un punto sobre el suelo en el que la misma va a inmovilizarse antes de volver a caer hacia la tierra. En ese punto, la energía total del sistema es energía potencial; la piedra inicia su caída y a medida que va cayendo, esa energía potencial va transformándose en energía cinética, para terminar en calor cuando se da contra el suelo.

Esa caída de la piedra es un viaje hacia el equilibrio termodinámico, hacia la entropía máxima, pero también hacia un estado cada vez más probable: no hace falta decir que encontrar piedras en el suelo, al costado del camino, es bastante más común que encontrar una libremente suspendida a tres metros por encima de la cabeza. De este modo, si se plantea en términos de probabilidades, los procesos espontáneos que llevan a los sistemas aislados hacia el equilibrio termodinámico consisten en una sucesión de estados cada vez más probables. En el Universo, todo lo que llama la atención es improbable: la vida, la belleza, cualquier estructura organizada, en suma. Desorden y orden corresponden pues, respectivamente, a probabilidad e improbabilidad, o a entropía y su contrario, neguentropía.

Problemas de la irreversibilidad

Si el segundo principio de la termodinámica rigiera absoluta e implacablemente, las perspectivas de futuro del Universo no serían nada alentadoras. Al igual que la piedra suspendida en el aire, el Universo habría empezado en un nivel de entropía muy bajo, correspondiente a un «orden» inicial, para llegar a la muerte térmica al cabo de un tiempo suficientemente largo. No hay modo de saber si esto es cierto o no hasta que llegue el momento fatal, puesto que se ignora si el Universo es un sistema abierto o aislado. Sí es claro, en cambio, que el segundo principio, al hacer referencia a sistemas aislados y en equilibrio, no es compatible con la descripción de los sistemas vivos, abiertos por excelencia.

Si se quieren dejar fluir los más bajos instintos, puede hacerse la prueba de aislar un ser vivo, privándolo del intercambio de materia y energía con su entorno. Por ejemplo, encerrar un pajarito en un cubo de cristal perfectamente hermético. Se comprobará que el segundo principio no perdona: el sistema se dirigirá inexorablemente a su estado de equilibrio termodinámico, es decir a la muerte biológica. Para los seres vivos, dice Jorge Wagensberg, se necesita pues una termodinámica de no equilibrio para sistemas no aislados.

Esa termodinámica tiene en cuenta casos particulares en los que sistemas abiertos pueden alcanzar una situación estable de no equilibrio llamada «estado estacionario». La situación estable es posible porque el sistema, al ser abierto, puede enviar al entorno toda la entropía que en su interior se produce y mantener así su propia entropía constante. En otras palabras, el sistema establece una suerte de pacto con el entorno, se adapta a él y permanece estable en el estado estacionario, sin avanzar hacia el equilibrio termodinámico. Cualquier perturbación fortuita que tienda a desplazarlo del estado estacionario es resistida; el sistema, por así decir, es capaz de «absorber» esas perturbaciones azarosas (llamadas «fluctuaciones»). Las mismas no tienen pues oportunidad de progresar, de amplificarse, y por lo tanto no alteran el comportamiento del sistema.

Hasta aquí, la vida del sistema sigue siendo previsible y tranquila. Pero esto es así siempre y cuando el sistema no se halle demasiado alejado del equilibrio termodinámico. En caso contrario, las cosas cambian radicalmente. Lejos del equilibrio se presentan casos de inestabilidad, en los cuales las fluctuaciones sí pueden resultar decisivas.

Lo que ocurre es que el estado estacionario compatible con las condiciones del entorno deja de ser único, situación que se expresa matemáticamente en las ecuaciones que describen la evolución del sistema: las mismas se vuelven no lineales, es decir que tienen más de una solución. Llevado esto a una gráfica (ver figura), aparecen puntos críticos, llamados bifurcaciones, donde la evolución futura del sistema deja de ser única, depende de una perturbación ínfima (antes irrelevante) y es por ende incierta: varias soluciones son posibles, pero sólo una se convertirá en realidad. ¿Cuál de ellas? Eso lo decide el azar, una «chispa de azar», según la bella expresión del biólogo francés Henri Atlan.

El nombre de «bifurcación» dado a esos puntos críticos expresa bien la situación: se llega a un estado de incertidumbre, donde varias sendas se abren y no es posible saber de antemano cuál de ellas habrá de ser seguida por el sistema. Lo que ocurre en una bifurcación recuerda la situación de sensibilidad a las condiciones iniciales: basta con apartarse una distancia tan débil como se quiera de la bifurcación para ser precipitado en una dinámica que se aleja para siempre de la misma. Es algo así como encontrarse en el ojo de un ciclón: en ese lugar reina la calma, la armonía; pero un mínimo apartamiento significa ser devorado por la turbulencia más feroz.

Se asiste de esta manera a la reconciliación del azar y el determinismo. La descripción de un sistema con bifurcaciones implica, dice Jorge Wagensberg, la coexistencia de ambos: «entre dos bifurcaciones reinan las leyes deterministas, pero en la inmediata vecindad de tales puntos críticos reina el azar. Esta rara colaboración entre azar y determinismo es el nuevo concepto de historia que propone la termodinámica moderna».

Ilya Prigogine ha llamado a este fenómeno «orden por fluctuaciones», noción que se asemeja a la de «criticalidad autoorganizada», propuesta por el físico Per Bak, del Laboratorio Nacional de Brookhaven, en Nueva York.

La hipótesis de Bak es que los sistemas dinámicos evolucionan de modo natural hacia un estado crítico, y una vez que han llegado a él exhiben una propiedad muy característica: una perturbación pequeña puede desencadenar respuestas de diversa magnitud, desde una respuesta pequeña, que no modifica sustancialmente el estado del sistema, hasta una respuesta extrema, que provoque el colapso total del mismo.

Pero Bak propone una analogía visual que ayuda a comprender mejor esta idea. Se tira un pequeño chorro de arena sobre una bandeja circular. El montón crece firmemente hasta que alcanza el límite y de repente, más arena (un solo grano, por ejemplo) puede desencadenar avalanchas de todo tipo, ya sea una avalancha pequeña, intrascendente, avalanchas de mediana entidad, o una tan grande que lleve al montón de arena a derrumbarse por completo. El montón, cuando no recibe más arena adicional, representa el sistema en el estado crítico, donde una ínfima perturbación fortuita puede arrastrarlo hacia un nuevo e imprevisible estado.

El improbable «programa genético»

El segundo principio de la termodinámica no concuerda, como se dijo, con la descripción de sistemas vivos. Éstos no muestran una tendencia al desorden, a la desorganización creciente, sino, por el contrario, a la complejidad y a la organización. La flecha del tiempo irreversible parece en ellos invertida: el estado inicial de un sistema tal como lo describe el segundo principio de la termodinámica resulta ser en los seres vivos el estado final. Menudo problema, al que la biología molecular dio respuesta con el descubrimiento de los mecanismos moleculares de la herencia.

La evolución de los sistemas vivos no está regida, como las apariencias indican, por una causalidad extraña, donde el estado final comanda el proceso antes aun de su propio advenimiento. Se trata, dice entre otros el biólogo francés Jacques Monod (uno de los fundadores de la biología molecular y premio Nobel de medicina en 1965), del desarrollo de un programa, al igual que en las máquinas programadas (una computadora, por ejemplo): el funcionamiento de estas máquinas parece orientado hacia la realización de un estado futuro, pero en realidad está determinado causalmente por un programa preestablecido, que determina la sucesión de estados por los que la máquina debe pasar.

De esta manera, para dar cuenta de la inversión aparente de la flecha del tiempo, la biología molecular toma prestada de la cibernética una metáfora que hará fortuna: el programa genético. A pesar de la contundencia con que se ha instalado en la biología moderna, esta metáfora presenta dificultades teóricas serias. La primera es, naturalmente, la del origen del primer programa, ante la ausencia de programador evidente. La segunda, que deriva de la anterior, reside en el carácter paradójico de un programa que debe programarse a sí mismo, es decir que necesita, para ser leído y ejecutado, conocer los productos de su propia ejecución.

Esta paradoja se aprecia claramente si se piensa que un procedimiento de cálculo en computadora necesita dos tipos de ingredientes, pertenecientes a niveles lógicos diferentes: datos y un programa. El programa es una serie de instrucciones que se aplican a los datos, opera sobre ellos, y ocupa por lo tanto respecto de éstos un nivel lógico superior. Si esa diferencia de niveles lógicos no existiera, una misma información podría funcionar simultáneamente como dato y como programa. Al operar sobre los datos, el programa operaría sobre sí mismo, es decir que se programaría a sí mismo.

El problema que esto supone es el que surgiría si se decide transmitir un mensaje a seres de los cuales se ignora todo, hasta su existencia. Por ejemplo, eventuales «extraterrestres». La dificultad es que se necesitaría comunicar no sólo el contenido del mensaje, sino también el hecho de que se trata de un mensaje, y finalmente las instrucciones para decodificarlo. Comunicar que se comunica no es la tarea más ardua: alcanza con apostar a que el supuesto receptor hará él mismo la suposición de que el objeto físico que le llega es el soporte de un mensaje. Pero con la transmisión de un programa de decodificación las cosas se complican. Escrita bajo la forma de un mensaje explícito, esa información que quiere ser de un nivel lógico superior sería rebajada al rango de simple dato, como el propio mensaje a decodificar, y ello volvería a generar el problema de comunicar su modo de decodificación, y así al infinito. En síntesis, para comprender el modo de decodificación que permitirá comprender el mensaje, es preciso haber comprendido ya el mensaje, lo cual torna superflua la información sobre el modo de decodificación. Superflua, pero no obstante indispensable.

Ésa es la implicación de la metáfora del código genético. Los operadores que realizan la transcripción y la traducción de los ADN en proteínas enzimáticas son ellos mismos proteínas enzimáticas codificadas en el ADN, de tal suerte que para llevar a cabo la traducción hace falta haberla llevado ya a cabo. Así pues, si se toman al pie de la letra las nociones de programa y de código, no se comprende cómo podrían decodificarse las instrucciones del programa. Y sin embargo funciona. Es preciso pues concluir que la existencia individual del ser vivo, y sólo ella, sabe resolver la paradoja. Esa solución tiene un nombre: autoorganización.

La autoorganización

Henri Atlan, autor de una impresionante obra teórica sobre la autoorganización, sostiene que esta teoría permite comprender, precisamente, «la naturaleza lógica de sistemas donde aquello que oficia de programa se modifica incesantemente, de manera no preestablecida, bajo el efecto de factores aleatorios del entorno», dando lugar a un aumento de la complejidad de ese sistema. No otra cosa dice el principio de «orden por fluctuaciones», según el cual bajo ciertas condiciones la materia es capaz, por la intervención de lo aleatorio, de autoorganizarse para dar nacimiento a formas nuevas.

Las investigaciones sobre la autoorganización se han desarrollado, en los últimos veinticinco años, en el seno del archipiélago científico, en esos pasajes donde se navega entre físico-química, biología y cibernética. La necesidad de dar respuesta a problemas como los planteados por el segundo principio de la termodinámica y por la noción de programa genético apuraron la consolidación de un concepto cuyos insumos principales fueron elaborados, en lo esencial, en Estados Unidos en la segunda posguerra: teoría matemática de la comunicación, teoría general de sistemas, cibernética.

En una formulación lo más sintética posible, el fenómeno de autoorganización puede describirse como sigue: al verse afectado por perturbaciones aleatorias, un sistema con una estructura o una organización dada, modifica su estructura, se reorganiza. Literalmente, el sistema se organiza a sí mismo, en respuesta a la intervención de un factor azaroso. Una característica fundamental del proceso es que al término del mismo se ha producido un aumento de la complejidad del sistema. En otras palabras, su nueva estructura es más compleja que la inicial. Naturalmente, a falta de una definición de complejidad, todo esto puede no querer decir gran cosa. Afortunadamente, hay definiciones disponibles, entre las cuales una de las más acabadas pertenece, una vez más, a Henri Atlan .

La autoorganización es, en definitiva, un modelo que explica el pasaje de lo local a lo global, cuando ese pasaje implica un aumento de complejidad y produce la emergencia de algo nuevo. En el nivel de organización más global emergen propiedades nuevas en relación con el nivel más elemental. Se trata, por ejemplo, de propiedades biológicas de las células vivas, nuevas respecto de las propiedades químicas de las moléculas, o propiedades psicológicas de la mente humana, nuevas respecto de las propiedades fisiológicas del cerebro.

De la interacción local de los componentes individuales de un sistema emerge algún tipo de propiedad global, algo que no se podría haber previsto a partir de lo que se sabía de las partes componentes. A su vez, la propiedad global, ese comportamiento emergente, vuelve a influir en el comportamiento de los componentes individuales que la produjeron. Orden surgiendo de un sistema dinámico complejo, propiedades globales fluyendo del comportamiento general de los individuos.

Los Gingko de Hiroshima: esperanza frente a la devastación.

Hiroshima, nuestro amor
Por Ariel Dorfman

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Hace unos días, tres árboles Gingko que mi mujer y yo habíamos plantado frente a nuestro hogar en Durham, Carolina del Norte, sufrieron un asalto a mansalva. Cuando salí a defenderlos de un tropel de trabajadores que excavaban hoyos gigantescos justo al lado de las raíces de esos árboles para enterrar cables de fibra óptica, largos y sinuosos y amarillos como serpientes, me animaba no solo el deseo de salvar a esos hermosos retoños de las depredaciones de la modernidad, sino también inspirado por la memoria de la primera vez, treinta y tres años atrás en Hiroshima, que supe de los Gingko, la primera vez que tuve la suerte de conocerlos.

–Tiene Usted que ver los Hibakujumoku, los árboles sobrevivientes –me dijo Akihiro Takahashi, el director del Museo Memorial de la Paz de Hiroshima, casi comandándomelo imperiosamente al final de una larga conversación en su oficina–, tiene que ver los Gingko.

Me había estado relatando la historia de su propia supervivencia a la edad de catorce años después que la bomba atómica cayó sobre su ciudad el 6 de agosto de 1945, gracias a que se encontraba en su escuela a un kilómetro y medio del epicentro. Minuciosamente fue desplegando su experiencia: un centelleo de luz seguido por un estallido ensordecedor que le hizo perder la conciencia, despertando para hallarse, trastornado y cubierto de quemaduras, lanzado contra un muro a diez metros de distancia. Y lo que había visto cuando se dirigió hacia un río cercano para ver si las aguas le apaciguaban la piel calcinada. Una escena apocalíptica: cadáveres esparcidos como rocas, un bebé que lloraba en los brazos de su mamá incinerada, hombres atravesados por pedazos de vidrio deambulando por las ruinas de calles y puentes como fantasmas, con la ropa hecha harapos, el aire ennegrecido e irrespirable, barrios enteros ardiendo, 85 mil hombres, mujeres y niños muertos instantáneamente, los miles que sucumbieron después debido a lesiones y radiación. El cuerpo de Takahashi ostentaba señales de ese crimen de guerra y su persistente desenlace. Una de sus orejas estaba chata y deforme, y sus manos retorcidas y encrespadas, con uñas largas y negras que crecían de varios dedos. Una de esas manos gesticuló hacia la ciudad más allá del Museo donde los Gingko, insistió, por medio de un intérprete, probarían mejor de lo que él lo pudiera hacer, la perduración de la esperanza, la necesidad de buscar la paz y la reconciliación.

Y, en efecto, los tres árboles que visité en los templos de Hosen-Ji y Miyojoin-Ji y en los jardines de Shukkeien eran una maravilla, frondosos y magníficos y obstinados. Protegidos por la profundidad de sus raíces, germinando nuevos brotes casi inmediatamente después de la explosión, estos árboles venían a ser expertos en el arte de sobrevivir, una especie, me contó el intérprete, que tenía, según fósiles encontrados en China, 270 millones de años de antigüedad. Se estimaba que bien podía ser uno de los seres vivos con más existencia ininterrumpida en el planeta. Y algunos ejemplares llegaban a cumplir más de dos mil quinientos años. Y estos, los que miraba yo con reverencia en Hiroshima, habían brotado de verde en medio de cuerpos carbonizados y gritos de humanos agonizantes, mientras caía una lluvia negra.

Y fue así que, décadas más tarde, cuando los majestuosos robles que se sembraron hace setenta años atrás en Durham, comenzaron a morirse y fue necesario derribarlos, nos pareció natural, casi inevitable, reemplazarlos con árboles Gingko. Adquirimos dos ejemplares bonitos y los hicimos plantar, a nuestras expensas, en la vereda frente a nuestro hogar, e incluso persuadimos al municipio de que cultivara otro para el vecino. No se trataba tan solo de desafiar a la muerte –estos árboles perdurarían más allá de los robles, estarían acá cuando nosotros ya no respiráramos, a estos árboles no los derribarían con facilidad– sino también de una decisión estética. Los Gingko son elegantes y dúctiles, y sus hojas se presentan en delicados lóbulos verdes en forma de pequeños abanicos encantadores.

He ido regando todos los días esos árboles milagrosos y cada madrugada les doy la bienvenida, llegando en algunas ocasiones a hablar con ellos, canturrearles una que otra melodía.

No era extraño, entonces, que cuando presencié una caterva de trabajadores cavando zanjas al lado de los Gingko, poniendo sus raíces al alcance de los cables mortíferos, me lancé al rescate. Ayudado por mi castellano (todos los que labraban eran de origen hispano, probablemente indocumentados), los convencí con vehemencia de que alejaran sus fosas de los Gingko. Enseguida hice lo propio a lo largo de la calle donde otros árboles peligraban.

Por cierto, el destino de estos ejemplares específicos que fueron liberados de este trance es trivial comparado con las vidas arrasadas por el estallido nuclear, pero hay, sin embargo, un simbolismo más profundo que emerge de esta embestida del “Giga-Power” contra los Gingko que siguen agraciando nuestro vecindario. Es un conflicto, después de todo, entre la naturaleza en su forma más prístina, lenta y sublime y las exigencias de una sociedad de alta velocidad que, armada de una prodigiosa capacidad tecnológica, se expande en forma supersónica, perforando atropelladamente cualquier espacio o territorio que se encuentre en su camino, con tal de lograr comunicaciones más rápidas y eficientes e instantáneas. Es una batalla que, como cada día es más evidente, la Tierra está perdiendo.

Lejos de mí oponerme al progreso y el contacto global, y menos todavía ahora en esta época en que el chovinismo aislacionista muestra sus garras. Me seduce la idea de que las múltiples hebras de la humanidad se entrelacen por medio de cables y fibras ópticas que podrían permitirnos ensayar la paz y el entendimiento entre diferentes culturas y naciones que Akihiro Takahashi soñó en Hiroshima. Pero me perturba la irresponsabilidad con que aceleramos hacia el futuro con nuestra tecnología arrogante, sin medir las consecuencias de nuestras acciones, cuántos Gingko –y no solo aquellos árboles, sino que todos los animales y especies– están amenazados hoy por nuestros deseos insaciables, nuestra búsqueda incesante del desarrollo, nuestra incapacidad de medir la alegría y la felicidad sino a través del último artefacto y la conexión más vertiginosa y la primacía del dinero y las ganancias.

Los Gingko de Hiroshima, esos tenaces hermanos y hermanas mayores de los tiernos retoños frente a nuestra casa en Carolina del Norte, fueron capaces de resistir las secuelas más devastadoras de la ciencia y la tecnología, la división del átomo, un poder destructivo que puede convertir el planeta entero en un cementerio.

Su supervivencia constituyó un mensaje de esperanza en medio de la lluvia negra de la desolación, la esperanza de que trataríamos la vida, como lo han hecho ellos, con reverencia, templando las fuerzas desenfrenadas que pueden llevarnos a todos a la extinción.

Cuán paradójico, cuán triste, cuán estúpido sería que, setenta y dos años después que Hiroshima abriera las compuertas al posible suicidio de la humanidad, no hayamos comprendido esa advertencia, ese llamado al futuro, lo que las hojas suaves de los Gingko todavía tratan de murmurarnos.

* Autor de La muerte y la doncella y, más recientemente, la novela Allegro, vive con su mujer en Estados Unidos y Chile.