El malvado siempre es el otro

El malvado siempre es el otro

por DANIEL MOLINA
12 AGO 2017
Original en: rionegro.com.ar

religion

La mayoría de las creencias son falsas, pero todos piensan que aquello en lo que creen es verdadero. De esa manera se agrega una nueva falsedad a la lista de las creencias falsas. Y esa ceguera sobre la falsedad de nuestras creencias no es una mera falsedad más: es la razón de nuestro enceguecimiento. Es lo que permite que sigamos creyendo falsedades y sigamos creyendo que son ciertas. Como dice el Evangelio: “Se ve la paja en el ojo ajeno y no se ve la viga en el propio”.

En el escenario de la política partidaria es fácil comprobar que casi todo aquel que tiene una idea arraigada cree que todos los que no piensan como él están completamente equivocados. Y esta forma de ver las ideas propias (como ciertas) y las ajenas (como erróneas) es universal: no depende de tal o cual ideología política.

Sostener ideas falsas (y sostenerlas fervientemente) no sólo es un problema para la vida de las personas tomadas individualmente, sino de las sociedades en su conjunto. Cuando la amalgama social se resquebraja y un sector con poder trata de imponer al conjunto su propia visión como la única versión aceptable de la realidad se desata la violencia (al menos, discursiva).

Esa guerra por el sentido (de la que habló Nietzsche en “La genealogía de la moral”, y que retomó Foucault en “Las palabras y las cosas”) puede darse en el ámbito general de la convivencia ciudadana (y en la política, hasta llevar a la guerra civil) o puede darse en ámbitos más acotados (en los que se desarrollan luchas para lograr el reconocimiento de tal o cual derecho que hasta el momento no es admitido como tal).

La guerra civil argentina entre 1810 y 1880 entre unitarios y federales es un buen ejemplo de la lucha global política por el sentido que debería tener la Argentina como país que se estaba fundando. Las luchas que iniciaron los primeros sindicalistas anarquistas a fines del siglo XIX por los derechos de los trabajadores son ejemplos claros de los combates parciales para que se reconocieran nuevos derechos (que por aquel entonces eran inexistentes –como la jornada de ocho horas o el descanso semanal– y hoy nos parecen absolutamente lógicos).

La historia nos muestra que todas las facciones en pugna pensaban que sus creencias eran no sólo las verdaderas sino las mejores. En medio de los combates muy poca gente es capaz de pensar racionalmente. Y olvidamos las crueldades y horrores que ambos bandos cometieron. Muchos patrones conservadores llamaron al Ejército para que dispare contra los trabajadores desarmados y muchos anarquistas pusieron bombas para destruir a sus enemigos, pero en el medio murieron incluso niños.

Si hoy se hiciera una encuesta en los países occidentales sobre qué se opina del nazismo es muy probable que casi la totalidad lo considerase un movimiento demoníaco. Pero ese mismo sector social no opinaba lo mismo hace 80 años, en pleno nazismo. La mitad (en algunos países más, en otros menos) de la clase media occidental adhería al fascismo o al nazismo. Y no sólo era un apoyo que sostenían masas ignorantes: gran parte de la dirigencia política europea veía a Hitler y a Mussolini con simpatía. Hasta un hombre que luego los combatió aguerridamente como Churchill admiraba a ambos líderes hasta un par de años antes de que se desatara la Segunda Guerra Mundial.

¿Cómo fue posible que tanta gente haya aplaudido a regímenes que hoy nos parecen horribles (desde la Inquisición hasta el comunismo, desde los campos de concentración hasta la esclavitud o la segregación racial)? Por la misma razón por la que hoy se apoyan ideas y acciones que en un futuro no muy lejano verán como horribles, pero que hoy a muchos les parecen positivas: porque creyeron entonces (y también ahora) que sus creencias son verdaderas y que, además, son buenas. Todos los horrores de la historia se produjeron siempre en nombre del bien.

Hitler persiguió a los judíos, homosexuales, gitanos y enfermos para “limpiar” a Alemania de la “escoria” y permitirle así crecer sana y fuerte (y millones aplaudieron esa creencia). La Iglesia católica desató la Inquisición –imponiendo la tortura y la humillación pública– para infundir el bien.

Mientras más preocupada esté una creencia por limpiar al mundo de los que considera “malos” más se parecerá al fascismo o la Inquisición. Cuando se cree que el otro es el culpable (de cualquier cosa que nos moleste) y que tal “bando” es el de los “buenos” (y el de enfrente es el de los “malos”) más cerca se está de pensar como los nazis.

Hoy la gente autoritaria suele disfrazarse de justiciera: quiere que todos los que cometen una acción que no les gusta sean destruidos (incluso ni importa que haya pruebas del “delito”, con la simple denuncia pública basta). Las redes sociales están llenas de personas que enloquecen ante cada denuncia (sin pruebas). El clima de caza de brujas está servido: nadie puede contradecir la creencia de los que denuncian y persiguen al mal. Al igual que durante la Inquisición o el nazismo es imposible tratar de razonar con los que los que luchan por el bien.

Si queremos un mundo mejor no será llevando a los “malvados” a la picota, sino poniendo en duda nuestras creencias más arraigadas. Si lo hacemos correctamente, dejaremos de ver a los que piensan y actúan distinto como enemigos que deberíamos destruir.

Sólo así habremos dado un paso en el largo camino de la civilización.

En la política partidaria es fácil comprobar que casi todo aquel que tiene una idea arraigada cree que todos los que no piensan como él están equivocados.

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3 pensamientos en “El malvado siempre es el otro

  1. Sistemas de creencias: prisiones de larga duración
    Walter Rodezno*
    Maládive Editores presentó en noviembre de 2016 el libro Las bruxas de la Alcaldía Mayor de Tegucigalpa en el siglo XVII, en la Casa Morazán de Tegucigalpa. En este texto el reconocido historiador nacional Omar Aquiles Valladares analiza el modo en que la Iglesia entendía y castigaba las supersticiones, sobre todo la brujería, en el período colonial.
    Se observa en dicho trabajo investigativo una evolución en el ejercicio construir, re-vivir y entender el problema de la superstición en la Colonia, especialmente en el siglo XVII. A través de la superstición se analiza la contraposición delito/pecado, examinando desde ésta la institución tradicionalista y religiosa frente a la realidad cotidiana.
    El estudio ha profundizado en el análisis de las prácticas mágicas femeninas como un medio de resistencia cotidiana a las pautas, normas, disposiciones y mandatos, que alcanzaban todos los campos de la vida del individuo, tanto es su vertiente pública como en el plano más íntimo.
    A través de sus páginas, el autor elabora un exhaustivo análisis de un fenómeno aún muy vivo (detectando cambios y permanencias culturales) al que, en ese tiempo, la Inquisición quiso hacer frente especialmente en las áreas más rurales de nuestro territorio. Ha de recordarse que los rituales mágicos eran, según la convicción católica, ofensivos para los ojos de Dios debido al hecho de que ellos contradecían el primer mandamiento divino: amarás a Dios sobre todas las cosas.
    Sin duda, por medio del trabajo de hechiceras, sortílegas, curanderas, echadoras de cartas, adivinas, (con nombres propios y apellidos) hemos podido entender cuáles son y han sido los anhelos y necesidades de una sociedad muy oprimida, como la nuestra.
    Aquiles Valladares estudia este fenómeno en el siglo XVII en diversos lugares de Honduras: Francisco Morazán, Choluteca, Valle, el Paraíso y parte de La Paz, hasta el momento escasamente trabajado como lo apunta en mismo Valladares. Para ello utilizó fuentes del mismo período, relaciones de causas, autos de fe, correspondencia inquisitorial, visitas de distritos, obras literarias, disposiciones civiles y religiosas, obras morales, etc.
    En consonancia con las líneas de investigación de las Bruxas de la Alcaldía Mayor de Tegucigalpa en el siglo XVII, hemos encontrado una enriquecida visión de cuál fue el papel que jugó la mujer en la sociedad del siglo XVII.
    Es evidente que la Santa Inquisición fue la fuente del ideal divino y de la vieja modalidad de formular la dominación, cargada de mucha ignorancia y de juicios que representaban el bien contra el mal con efectos deplorables y diabólicos. Existía, pues, en este período riquísimo y complejo un núcleo de fructífera manipulación que se desborda en el aniquilamiento de la vida.
    Este celo de la Inquisición de someter a toda la comunidad a una fe renovada y fortalecida moral requería de la persecución de ciertos pecados y delitos que la misma religión católica tipificaba como inapropiados. La superstición era uno de los pecados que, junto con blasfemia, bigamia o proposiciones, formaban parte de los “delitos menores” presentes en la vida diaria.
    Como el grado de tolerancia de la población para estas prácticas había aumentado y tal tolerancia había trascendido al nivel de las creencias, esto vino a ser la mayor amenaza para la Iglesia y propuso una dificultad para la eventual erradicación de la práctica mágica. Como resultado, la iglesia actuó contra aquellos casos de superstición que podrían ser peligro para el buen cristiano.
    Sin duda, no todas las alegaciones fueron tratadas de la misma manera, recibían el mismo castigo o resuelto por un proceso. Muchos casos fueron considerados como simples ilusiones, inofensivas para la comunidad religiosa.
    Como se ha demostrado, la Inquisición era mucho más influyente en las zonas rurales o aledañas de Tegucigalpa que en las más urbanizadas del siglo diecisiete. Las ciudades y las grandes ciudades tenían una mayor facilidad de internalizar las ideas de renovación moral, que parecían debilitar la comunidad religiosa en las zonas rurales. De esto no podemos concluir que hubo un dicotomía urbano-moral / laxitud-rural, pero es cierto que ciertas áreas podrían ser desfavorables en relación con la disciplina asignada.
    En algunas ocasiones, la confesión y el púlpito no eran suficientes para guiar a la gente y el tribunal de la fe tenía que actuar en estas áreas para prevenir la formación y consolidación de un núcleo mágico, especialmente en aquellas localidades que ya habían experimentado vivir con demasiadas supersticiones.
    La praxis de rituales mágicos puede ser entendida como una de las supervivencias experimentadas a lo largo de la Colonia. Sin embargo, en este período no sólo experimentó permanencia, si no también diferencias, que Aquiles se encarga de hacérnoslas entender.
    Después del análisis de las diferentes aportaciones que conformaron los discursos sobre la “brujería”, que se evidencia en el libro citado, podríamos decir que hubo una marcada diferencia en el siglo XVII en comparación con los otros anteriores dos siglos coloniales. Sin duda, el debate sobre prácticas mágicas se intensificó en el siglo mencionado en todos los ámbitos discursivos: legislación, civil, eclesiástico, educativo, moral e incluso literario.
    Se reconoce que en este siglo hubo una gran atención por teorizar sobre la “superstición”, preocupada la Iglesia por adecuar todo esto a los límites político-religiosos activos, aunque no siempre inmutables.La preocupación anterior por abordar la cuestión de la brujería como un problema no sólo de fe, sino también civil se fue disolviendo con el tiempo; extensas monografías que recopilaron todo tipo de caracterizaciones sobre las brujas, a menudo actuando casi como un catálogo detallado de conjuntos para las personas, dejó de ser producido: la necesidad de reflexionar sobre la figura de la “bruja” perdió su sentido e interés en los siglos posteriores.
    En resumen, a través de toda esta rica información aportada por Omar Aquiles Valladares podemos concluir que las diferentes formas de discurso y castigo se enfocaron hacia el mismo pecado: la superstición, aunque especialmente observada cuando se trataba de las mujeres, de las pequeñas ciudades y pueblos especialmente.
    *Periodista y estudiante de la carrera de Filosofía, UNAH

  2. Vivir en el perímetro de las humanidades es relativizar la verdad
    Walter Rodezno*
    Hay un recorte significativo de los presupuestos destinados a las artes y las humanidades en todos los niveles educativos de todas las sociedades, pobres o ricas. Traducido: esto equivale a nuevas pérdidas de la libertad humana. La concepción puramente economicista de la educación tuerce los objetivos a tal grado que el hombre termina siendo menos un individuo y más un medio de producción, manipulable en todo lo que es, hace, desea y tiene.
    Las humanidades y las artes en el proceso formativo resultan fundamentales para los ciudadanos que participan en (o desean) sociedades democráticas. Aquéllas definen y promocionan valores basados en el conocimiento de la realidad, las relaciones humanas y las responsabilidades que nos acercan al futuro.
    Con el paso de los años, va quedando claro que las autoridades de los Estados en Desarrollo, al reducir la inversión social, terminan por excluir de sus prioridades y agendas la producción cultural, delegando en la autogestión individual y familiar el modo de formarse, producir o apreciar las artes, los deportes, la filosofía y la historia, situaciones imprescindibles para el mejoramiento de nuestra calidad de vida, pues implican conocimiento y valoración del mundo a la vez que enriquecen nuestra vida material.
    Es cierto, existe escasez de recursos y deben priorizarse. Pero más allá de esto es válido denunciar a los gobiernos neoliberales, por cuanto parten de un criterio de eficiencia que reduce la vida a simple productividad, marginando para bien de las empresas y sus propietarios muchas de las cualidades que nos hacen, como humanos, seres valiosos. Está claro que cortar los lazos con las esferas puras de la sensibilidad y la inteligencia tiene un beneficio económico directo: automatizar al hombre, alienando sus energías y respuestas en función de las necesidades externas y cosificadas. Con este reduccionismo utilitario se garantiza que los seres humanos sean simples piezas de ajedrez…
    Se quiere, de este modo, aniquilar los fundamentos lógicos y axiológicos del hombre, mirándolo como un simple tornillo dentro de un engranaje biológico y social, trabado a una cadena eterna y determinista, sin posibilidad de crear y autocrearse. Una práctica así con seguridad apuesta por causas nocivas a la memoria, el conocimiento, la responsabilidad y el destino colectivos.
    En su ensayo “El cultivo de la humanidad” (1999), Martha Nussbaum es categórica al decir que “Sería catastrófico convertirse en una nación de gente técnicamente competente que haya perdido la habilidad de pensar críticamente, de examinarse a sí misma y de respetar la humanidad y la diversidad de otros”.
    Lo cierto es que estamos pasando de la posibilidad a la realidad de la catástrofe: el sistema educativo hondureño, por ejemplo, celebra con orgullo manifiesto su disposición de tecnificar su educación adaptándola, dice, a los nuevos tiempos; a los tiempos del hombre-sin-sentido…
    * Periodista y pasante de Filosofía, UNAH

  3. Buen artículo de Daniel M. . Constata un hecho universal…No le pido que explique el por que ocurre esto. Sinembargo sería interesante en saber como llegó a esta conclución. O por lo menos que la hiciera más explícita…

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