Hatuey: Un héroe indígena quemado en la hoguera en nombre de Cristo.

Hatuey fue un cacique taíno proveniente de la isla de Quisqueya que luchó contra los conquistadores españoles en esa isla (actual República Dominicana y Haití) y en Cuba. Es conocido por el título histórico honorífico de Primer Rebelde de América.


(Edición de vídeo realizada por la página Ateísmo Latinoamericano Proconsciencia y Altruísmo: https://goo.gl/9ahBQW)

Bartolomé de Las Casas atribuyó el siguiente discurso a Hatuey. Les mostró a los Taínos de Caobana una canasta de oro y joyas, diciendo:

“Este es el Dios que los españoles adoran. Por estos pelean y matan; por estos es que nos persiguen y es por ello que tenemos que tirarlos al mar… Nos dicen, estos tiranos, que adoran a un Dios de paz e igualdad, pero usurpan nuestras tierras y nos hacen sus esclavos. Ellos nos hablan de un alma inmortal y de sus recompensas y castigos eternos, pero roban nuestras pertenencias, seducen a nuestras mujeres, violan a nuestras hijas. Incapaces de igualarnos en valor, estos cobardes se cubren con hierro que nuestras armas no pueden romper.”

Hatuey ordenó a sus hombres que se dividiesen en pequeños grupos y comenzasen a atacar a los españoles por sorpresa, valiéndose de palos, piedras y flechas. Pero los españoles, dirigidos por Diego Velázquez, que conocía las tácticas de los indios, se dedicaron a erradicar poco a poco a cada uno de los grupos rebeldes apoyándose en una abrumante superioridad tecnológica (perros rastreadores, armas de fuego, ballestas y corazas). Paulatinamente fueron erradicados los grupos rebeldes, hasta que mediante la delación de unos prisioneros logran aprehender a Hatuey.

Hatuey fue condenado a la hoguera, castigo reservado a los más viles criminales. Pero cuando estaba a punto de ser quemado y el padre Olmedo le preguntó si quería convertirse en cristiano para subir al cielo, él a su vez preguntó:
“¿Y los españoles también van al cielo?”
y al recibir una afirmación dijo luego el cacique, sin más pensar, que:
“No quiero yo ir allá, sino al infierno, por no estar donde estén y por no ver tan cruel gente”

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Hamas es una creación de Israel

Hamas es una creación del Mossad
por Hassane Zerouky

Global Outlook, No 2, verano de 2002
http://www.globalresearch.ca 23 de marzo de 2004
La URL de este artículo es: http://globalresearch.ca/articles/ZER403A.html

Nota previa: 1)Un artículo publicado en el Washington Post que establece la misma tesis: https://goo.gl/Ni1Seb (How Israel helped create Hamas)
2)Una publicación de The Intercept con la misma tesis: https://goo.gl/isxVuB
Las fuentes son independientes entre si y bien informadas, hecho que alienta el valor testimonial de la tesis.

Sobre el autor: Hassane Zerouky, periodista argelino quien fuera editorialista del periódico Le Matin (“Journaliste-éditorialiste au journal l’Humanité et ancien rédacteur en chef du Matin. Membre du Comité pour la liberté d’expression en Algérie.)

No olvidemos que fue Israel el que de hecho creó a Hamas. Según Zeev Sternell, historiador de la Universidad Hebrea de Jerusalén, “Israel pensó que era una estratagema inteligente para empujar a los islamistas contra la Organización de Liberación de Palestina (OLP)”.

Gracias al Mossad, el “Instituto de Inteligencia y Tareas Especiales” de Israel, se permitió a Hamas reforzar su presencia en los territorios ocupados. Mientras tanto, el Movimiento Fatah de Liberación Nacional de Arafat y la izquierda palestina fueron sometidos a represión e intimidación. 

Ahmed Yassin, el líder espiritual del movimiento islamista en Palestina, que regresaba de El Cairo en los años setenta, estableció una asociación de caridad islámica. La primera ministra, Golda Meir, vio esto como una oportunidad para contrarrestar el ascenso del movimiento Fatah de Arafat. Según el semanario israelí Koteret Rashit (octubre de 1987), “tanto las asociaciones islámicas como la universidad habían sido apoyadas y alentadas por la autoridad militar israelí” a cargo de la administración (civil) de Cisjordania y Gaza. “Ellos [las asociaciones islámicas y la universidad] fueron autorizados a recibir pagos monetarios del exterior”.

Los islamistas establecieron orfanatos y clínicas de salud, así como una red de escuelas, talleres que crearon empleo para las mujeres y un sistema de ayuda financiera para los pobres. Fue en 1978 cuando crearon una “Universidad Islámica” en Gaza. “La autoridad militar estaba convencida de que estas actividades debilitarían tanto a la OLP como a las organizaciones de izquierda en Gaza”. A fines de 1992, había seiscientas mezquitas en Gaza. Gracias a la agencia de inteligencia israelí Mossad (Instituto de Inteligencia y Tareas Especiales de Israel), a los islamistas se les permitió reforzar su presencia en los territorios ocupados. Mientras tanto, los miembros de Fatah (Movimiento para la Liberación Nacional de Palestina) y la izquierda palestina eran perseguidos.

En 1984, Ahmed Yassin fue arrestado y condenado a doce años de prisión, luego del descubrimiento de un escondite de armas oculto. Pero un año después, fue liberado y reanudó sus actividades. Y cuando comenzó la Intifada (‘levantamiento’), en octubre de 1987, que tomó por sorpresa a los islamistas, el jeque Yassin respondió creando el Hamas (Movimiento de Resistencia Islámica): “Dios es nuestro principio, el profeta nuestro modelo, el Corán nuestro constitución “, proclama el artículo 7 de la carta de la organización.

Ahmed Yassin estaba en prisión cuando, en septiembre de 1993, se firmaron los Acuerdos de Oslo (Declaración de Principios sobre Autogobierno Provisional). Hamas rechazó abiertamente esos acuerdos. Pero en ese momento, el 70% de los palestinos condenaba los ataques contra civiles israelíes. Yassin hizo todo lo que estuvo a su alcance para socavar los acuerdos de Oslo. Incluso antes de la muerte del primer ministro Rabin, tenía el beneplácito del gobierno israelí. Este último era muy reacio a implementar el acuerdo de paz.

Posteriormente, Hamas lanzó una campaña de ataques cuidadosamente orquestada contra civiles, un día antes de la reunión entre negociadores palestinos e israelíes, en relación con el reconocimiento formal de Israel por parte del Consejo Nacional Palestino. Estos eventos fueron en gran medida instrumentales en la formación de un gobierno israelí de derecha después de las elecciones de mayo de 1996.

De manera bastante inesperada, el primer ministro Netanyahu ordenó que el jeque Ahmed Yassin fuera liberado de la prisión (“por razones humanitarias”) donde estaba cumpliendo cadena perpetua. Mientras tanto, Netanyahu, junto con el presidente Bill Clinton, estaba presionando a Arafat para controlar a Hamas. De hecho, Netanyahu sabía que podía confiar, una vez más, en los islamistas para sabotear los acuerdos de Oslo. Peor aún: después de haber expulsado a Yassin a Jordania, el primer ministro Netanyahu le permitió regresar a Gaza en medio de supuestas negociaciones con Jordania, donde fue recibido triunfalmente como un héroe en octubre de 1997.(Véase: https://goo.gl/jufdtk).

Arafat estaba indefenso frente a estos eventos. Además, debido a que había apoyado a Saddam Hussein durante la guerra del Golfo de 1991 (mientras que Hamas se había abstenido cautelosamente de tomar partido), los estados del Golfo decidieron cortar el financiamiento de la Autoridad Palestina. Mientras tanto, entre febrero y abril de 1998, el jeque Ahmad Yassin pudo recaudar varios cientos de millones de dólares de esos mismos países. Se dijo que el presupuesto de Hamas era mayor que el de la Autoridad Palestina. Estas nuevas fuentes de financiación permitieron a los islamistas realizar eficazmente sus diversas actividades caritativas. Se estima que un palestino de cada tres recibió ayuda financiera de Hamas. Y a este respecto, Israel no hizo nada para frenar el ingreso de dinero a los territorios ocupados.

Hamas había construido su fuerza a través de varios actos de sabotaje del proceso de paz, de una manera que era compatible con los intereses del gobierno israelí. A su vez, este último buscó en varias formas evitar la aplicación de los acuerdos de Oslo. En otras palabras, Hamas estaba cumpliendo las funciones para las cuales fue creado originalmente: para evitar la creación de un Estado palestino. Y a este respecto, Hamas e Israel no se enfrentaron; estuvieron exactamente en la misma longitud de onda.

La sobrerrepresentación de la clase empresarial en la política uruguaya

Publicación original en: https://goo.gl/bkpn6u

Estudio concluye que existe una “sobrerrepresentación” de la élite y analiza perfiles vinculados a los partidos.

Las últimas décadas mostraron cambios importantes en la composición del elenco partidario, tanto en nuestro país como en la región. En Uruguay se observa, desde principios de este milenio, una modificación en los mecanismos de reclutamiento de la élite política uruguaya –históricamente diversos y con participación de clases altas y medias-altas urbanas– junto a una transformación de las bases sociales de legitimidad de los nuevos elencos.

Los empresarios en la política en Uruguay en tiempos de cambio (2000-2015) es un trabajo aún inédito al que accedió la diaria, del sociólogo y doctor en Ciencia Política Miguel Serna y el magíster en Sociología Eduardo Bottinelli. Los investigadores, que vienen trabajando el tema en escala nacional y regional (ver ladiaria.com.uy/USJ y ladiaria.com.uy/USK) buscaron comprender los grados de participación de empresarios, así como los impactos del denominado “activismo político empresarial”, mediante el estudio de trayectorias biográficas de 375 parlamentarios e integrantes de gabinetes de gobierno de 2000 a 2015.

Una de las primeras novedades encontradas es la convergencia entre grupos políticos dirigentes y élites económicas desde dos direcciones opuestas. Por un lado, la inclusión de dirigentes provenientes del ámbito sindical y de las redes asociativas de economía social de la sociedad civil, así como de pequeños empresarios y emprendedores provenientes de clases medias urbanas y rurales. Por otro, la convergencia de acuerdos estratégicos con grupos empresariales multinacionales en sectores agropecuarios –ganadero, forestal, cerealero–, que van “moderando y mediando el conflicto entre capital y trabajo”, al tiempo que “mantienen los incentivos fiscales al capital y a la inversión directa del capital extranjero”.

Los datos muestran algunas diferencias notorias entre el Frente Amplio (FA) y los partidos tradicionales: en 2000, 37% de los diputados frenteamplistas y 9% de los senadores de esa fuerza política eran principalmente trabajadores asalariados; en 2010, 30% y, considerando también a los ministros, 19%, respectivamente. En contraposición, en 2000, la proporción de profesionales universitarios entre los diputados blancos y colorados fue de 50%, y entre los senadores y ministros, 60%. En 2010, los porcentajes fueron 34% entre los diputados y 39% entre los senadores. En términos generales, se detectó 20,2% de políticos empresarios, lo que indica una clara “sobrerrepresentación”, ya que se trata de “una proporción tres veces mayor a la que ocupan en el conjunto de la población”, señalan los autores.

Pese a los cambios de relación de fuerzas electorales en el período, la presencia general de empresarios en la política se ha mantenido estable, entre 19,5% y 21,3%, aunque la participación por partido muestre algunas diferencias relevantes: la proporción en el FA (13,9%) es la más baja; en el Partido Nacional (PN), la más alta (32,3%), y en el Partido Colorado (PC) está en el medio (22,4%).

Las variaciones por partido en las cuatro elecciones nacionales consideradas también permiten extraer algunas conclusiones. En el caso del FA, la cantidad de empresarios-políticos en los cargos ha oscilado entre 14,3% y 16,5%, con una proporción mayor en el primer período de gobierno (2005-2010) y en el siguiente (2010-2015) –elemento “no menor” para los autores–. En el PC, los dos períodos en los que el partido obtuvo la mayor cantidad de cargos –2000-2005 y 2005-2010– muestran a la vez la participación más elevada de empresarios, en el entorno de 24%, y en los dos con niveles más bajos de votación –2010-2015 y de 2015 a la fecha– hay un descenso de alrededor de 18%. En el caso del PN, se aprecia en los dos primeros períodos una proporción estable de empresarios en los cargos políticos considerados, de alrededor de 25%, que asciende en los dos siguientes, pasando a casi 30% en 2010-2015 y a 34% de 2015 a la fecha.

La distribución de los distintos tipos de empresarios dentro de cada partido también da cuenta de algunos “patrones históricos claros”. El PN, además de ser el que tiene mayor presencia empresarial, muestra una alta proporción de productores rurales: del mencionado 32% de empresarios, más de la mitad (18%) son rurales. En el PC se aprecia la histórica vinculación con el empresariado urbano. Y en el FA una distribución un poco más diversa, dividida en partes iguales entre productores rurales, empresarios urbanos, comerciantes y managers.

Un análisis de correspondencias múltiples permitió identificar algunos perfiles diferenciados de grupos políticos dirigentes, que coinciden con la percepción intuitiva habitual. Aquellos con mayor profesionalización política y niveles más altos de capital económico se encuentran más próximos a posiciones político-ideológicas identificadas con la derecha y la centroderecha. El perfil de profesional universitario con alto capital cultural se acerca más al espacio ideológico de centroizquierda. Y los provenientes de ocupaciones más “tribunicias” –como la de docente–, así como los trabajadores no calificados y cooperativistas, se asocian en mayor medida con la izquierda; también se observa “cierta proximidad” de este último grupo con organizaciones sociales vinculadas a los gremios de trabajadores, de la educación y defensoras de los derechos humanos.

La supervivencia de los más ricos y cómo traman abandonar el barco

La supervivencia de los más ricos y cómo traman abandonar el barco

Para los multimillonarios, el futuro de la tecnología consiste en su capacidad de huida. El objetivo es trascender la condición humana y protegerse del cambio climático, los grandes flujos migratorios, las pandemias globales…
DOUGLAS RUSHKOFF

Traducción original en: https://goo.gl/yCHSTt

El año pasado me invitaron a dar una charla en un resort de superlujo ante un público que suponía integrado por unos cien banqueros de inversión. Nunca antes se me había ofrecido tanto dinero para dar una charla –la mitad de lo que gano en un año como profesor– y todo por intentar arrojar algo de luz sobre “el futuro de la tecnología”.

Nunca me ha gustado hablar sobre el futuro. Los actos en formato pregunta y respuesta tienden a acabar siendo como una especie de juego de salón en el que se me pide opinar sobre la última palabra tecnológica de moda como si fueran indicadores para potenciales inversiones: cadena de bloques, impresión 3D o CRISPR. Rara vez tiene el público un interés real en aprender acerca de las nuevas tecnologías ni sobre su potencial impacto, más allá de poder discernir entre invertir o no en ellas. Pero el dinero es lo primero, así que acepté el bolo.

A mi llegada, pensé que me conducirían hasta el camerino, pero en lugar de colocarme un micrófono o llevarme hasta el escenario, me dejaron sentado ante una mesa redonda e hicieron pasar a mi audiencia: cinco tipos súper ricos (sí, todos ellos varones), y de las altas esferas en el mundo de los hedge funds. Después de intercambiar unas breves palabras no tardé en advertir que tenían nulo interés en los contenidos que me había preparado sobre el futuro de la tecnología. Venían con su propia batería de preguntas preparada.

Empezaron planteando cuestiones bastante inocuas tales como ¿Ethereum o bitcoin? ¿Es real la computación cuántica? Sin embargo, sin prisa pero sin pausa, fueron escorando sus preguntas hacia los temas que verdaderamente les preocupaban.

¿Qué región se vería menos afectada por la crisis provocada por el cambio climático, Nueva Zelanda o Alaska? ¿Realmente Google está construyéndole a Ray Kurzweil un hogar para albergar su mente? ¿Logrará su conciencia sobrevivir a la transición, o por el contrario perecerá y renacerá una completamente nueva? Y, por último, un director general de una agencia de bolsa comentaba que estaba a punto de terminar de construirse un búnker y lanzó la pregunta:“¿Cómo conseguiré imponer mi autoridad sobre mi guardia de seguridad después del acontecimiento?”.

El acontecimiento. Este era el eufemismo que empleaban para el colapso medioambiental, la agitación social, la explosión nuclear, la propagación imparable de un virus o el momento en que el hacker de Mr. Robot acabe con todo.

Esta fue la cuestión que nos mantuvo ocupados durante toda la hora restante. Eran conscientes de que necesitarían vigilantes armados para proteger sus instalaciones de las masas encolerizadas. ¿Pero, con qué iban a pagarles cuando el dinero ya no valiera nada? ¿Y qué impediría a su guardia armada elegir a su propio líder? Estos multimillonarios barajaban recurrir a cerraduras de combinación especiales para proteger el abastecimiento de alimentos, que sólo ellos controlarían. O poner a sus vigilantes algún tipo de collar disciplinario a cambio de su propia supervivencia. E incluso, crear robots capaces de servir como guardias o trabajadores, si es que daba tiempo a desarrollar la tecnología necesaria.

ue en ese punto cuando me di cuenta de que al menos para estos caballeros, esos eran los temas que pretendían escuchar en una charla sobre el futuro de la tecnología. Siguiendo el ejemplo de Elon Musk y su colonización de Marte, o del envejecimiento revertido de Peter Thiel o del proyecto de Sam Altman y Ray Kurzweil de subir sus mentes a supercomputadoras, se preparaban para un futuro digital que tenía bastante más que ver con la intención de trascender la condición humana y protegerse del peligro real y presente del cambio climático, el aumento de los niveles del mar, los grandes flujos migratorios, las pandemias globales, el pánico nacionalista o el agotamiento de los recursos que con la construcción de un mundo mejor. Para ellos, el futuro de la tecnología en realidad consiste en una cosa: la capacidad de huida.

No es que haya nada de malo en las valoraciones súper optimistas sobre los beneficios de la tecnología para las sociedades humanas. Es que la actual tendencia hacia una utopía posthumana es algo muy distinto, que tiene más que ver con una cruzada para trascender todo lo humano: el cuerpo, la interdependencia, la compasión, la vulnerabilidad y la complejidad que con cómo imaginar la gran migración de la humanidad hacia un nuevo estado existencial. Los filósofos de la tecnología llevan advirtiéndolo varios años: la visión transhumanista reduce con demasiada facilidad toda la realidad a los datos, y concluye que “los seres humanos no son más que objetos procesadores de información”.

Es la reducción de la evolución humana a un videojuego en el que alguien gana la partida al encontrar la ventanilla de salida, dejando que se unan al viaje algunos de sus mejores amigos. ¿Musk, Bezos, Thiel… Zuckerberg? Estos multimillonarios son los presuntos ganadores de la partida de la economía digital, vamos, más de lo mismo según la lógica empresarial de la supervivencia de los más aptos y que, para empezar, es la misma que alimenta toda estas especulaciones.

Obviamente, las cosas no siempre han sido así. A principios de los años noventa, durante un breve espacio de tiempo, el futuro digital ofrecía un final abierto a nuestra imaginación. La tecnología era como un patio de recreo que permitió a la contracultura crear un futuro más inclusivo, distributivo y pro humano. Sin embargo, los intereses económicos establecidos sólo veían en ella un nuevo nicho para la extracción de beneficios de toda la vida y demasiados tecnólogos fueron seducidos por las empresas unicornio. Los escenarios del futuro digital pasaron a ser más como los futuros sobre acciones o los futuros de algodón, un nicho ideal para hacer predicciones y apuestas. De modo que, la relevancia de cada discurso, artículo, estudio, documental o papel en blanco solo dependía de que apuntara a un indicador bursátil. El futuro se convirtió no tanto en algo en lo que influyen las opciones por las que apostamos hoy, o nuestras esperanzas para la humanidad de mañana sino en un escenario al que estamos predestinados y sobre el que apostamos con nuestro capital de riesgo, pero al que llegamos sin más capacidad de acción.

Este enfoque permite a todo el mundo librarse de cualquier implicación moral de sus actividades. El desarrollo tecnológico tenía que ver cada vez más con la supervivencia individual que con una perspectiva de mejora colectiva. Y, lo que es aún peor, como pude comprobar, cualquier comentario de advertencia en este sentido te convertía a tu pesar en un enemigo del mercado o en un tecnófobo gruñón.

De modo que la mayor parte de los académicos, periodistas y escritores de ciencia ficción en lugar de detenerse en la dimensión ética del empobrecimiento y la explotación de la mayoría por parte de unos pocos, optaron por plantearse problemas más abstractos y elaborados: ¿Es justo que los agentes de bolsa utilicen drogas de diseño? ¿Debería estar permitido poner implantes a los niños para que aprendan idiomas? ¿Queremos que los vehículos autónomos prioricen la vida de los peatones por encima de la de los pasajeros? ¿Las primeras colonias de Marte deberían regirse por un sistema democrático? ¿Si cambio mi ADN estoy debilitando mi identidad? ¿Deben de tener derechos los robots?

Por muy entretenido que resulte en términos filosóficos plantearnos este tipo de cuestiones, lo cierto es que no contribuye demasiado a lidiar con las verdaderas disyuntivas morales que plantea el desarrollo tecnológico desatado en nombre del capitalismo corporativo. Las plataformas digitales han logrado convertir un mercado ya de por sí explotador y extractor (véase Walmart), en una versión del mismo aún más deshumanizante (véase Amazon). La mayor parte de nosotros ya fuimos conscientes de los inconvenientes que plantea la automatización de los trabajos, la gig economy y la desaparición del comercio local.

Pero el desarrollo a toda velocidad del capitalismo digital tiene un impacto devastador sobre el medioambiente y la población más pobre a escala global. Las redes de trabajo en condiciones de esclavitud están detrás de la fabricación de algunos de nuestros ordenadores y smartphones. Estas prácticas están tan profundamente arraigadas que en una ocasión una compañía llamada Fairphone, fundada desde la base con la intención de fabricar y comercializar teléfonos éticos, acabó concluyendo que era imposible. (Por desgracia, el fundador de la compañía se refiere a sus productos ahora como teléfonos “más justos”.)

Mientras tanto, la extracción de metales preciosos y los residuos que generan nuestros dispositivos de alta tecnología digital destruyen los hábitats humanos, que son sustituidos por vertederos tóxicos que acaban siendo recogidos por niños campesinos y sus familias, que vuelven a vender los materiales reutilizables a los fabricantes.

“Ojos que no ven corazón que no siente”, pero la externalización de la pobreza y del veneno no desaparece por el mero hecho de que nos pongamos unas gafas de tres dimensiones y nos sumerjamos en una realidad alternativa. Cuanto más ignoremos las repercusiones sociales, económicas y medioambientales, más problemáticas se tornarán estas. A su vez, esta situación genera una dinámica de mayor repliegue, aislamiento y fantasías apocalípticas, a la par que la necesidad de inventar desesperadamente más tecnología y planes de negocio. El ciclo se retroalimenta a sí mismo.

Cuanto más comulgamos con esta interpretación del mundo, más tendemos a ver al ser humano como parte del problema y a la tecnología como una solución al mismo. La propia esencia de la condición humana se considera cada vez menos como un rasgo definitorio y más como un virus. Las nuevas tecnologías se consideran como algo neutro, obviándose el sesgo que encierran. Así, los malos hábitos que inducen en nosotros no son más que un mero reflejo de la corrupción de nuestra propia esencia. Como si la culpa de nuestros problemas radicara de alguna forma en nuestro salvajismo innato. Igual que la ineficacia del sector del taxi se “soluciona” mediante una aplicación que arruina a los conductores humanos, las molestas inconsistencias de la psique humana se pueden corregir mediante una versión mejorada digital o genética.

En último término, de acuerdo a la ortodoxia de la tecnología que todo lo resuelve, el clímax del futuro de la humanidad llegará con la capacidad de subir nuestra conciencia a un ordenador o, quizá mejor aún, aceptar que la propia tecnología es nuestro sucesor lógico evolutivo. Ansiamos entrar en la siguiente fase trascendente de nuestra evolución, como si fuéramos miembros de un culto gnóstico, mudando de cuerpo y dejando el viejo tras nosotros, junto con nuestros pecados y pesares.

Las películas y series de televisión se encargan de la representación de estas fantasías. Las series de zombis nos muestran un mundo post apocalíptico en el que la gente no es mucho mejor que los muertos vivientes, y parece ser consciente de ello. Y, lo que es aún peor, invitan a los espectadores a imaginarse el futuro como una batalla de suma cero entre los pocos humanos que quedan, en la cual la supervivencia de un grupo depende de la destrucción del otro. Incluso la segunda temporada de Westworld, basada en una novela de ciencia ficción en la que los robots corren por ahí enloquecidos, termina con una revelación final: los humanos somos más simples y predecibles que las inteligencias artificiales que nosotros mismos hemos creado. Los robots aprenden que cada uno de nosotros puede ser reducido a unas pocas líneas de código y que somos incapaces de elegir deliberadamente. Qué demonios, hasta los robots de la serie quieren trascender los límites de sus cuerpos y pasar el resto de sus vidas en una simulación de ordenador.

Semejante intercambio de roles entre los humanos y las máquinas requiere una gimnasia mental que parte de la presunción implícita de que los humanos dejamos bastante que desear. O bien los cambiamos o bien nos alejamos de ellos para siempre.

Así, los tecnomultimillonarios lanzan coches eléctricos al espacio, como si esto simbolizara algo más que la capacidad de un multimillonario de hacer un poco de promoción corporativa. Y, si algunos pocos logran escapar a velocidad de vértigo y sobrevivir de alguna forma en una burbuja en Marte –a pesar de nuestra incapacidad para lograr generar una burbuja similar aquí en la Tierra, tal y como se demostró en las dos pruebas de la biosfera, que costaron miles de millones- será más bien porque la élite se ha provisto de un bote salvavidas, pero no garantizará a la diáspora humana una oportunidad de supervivencia.

Cuando los hedge funders me preguntaron cómo podrían ejercer su autoridad sobre las fuerzas de seguridad después de “el acontecimiento”, sugerí que la mejor apuesta sería empezar a tratarles muy bien desde ya. Entablar relación con ellos como si fueran miembros de su propia familia. Y cuanto más impregnaran sus prácticas empresariales, su gestión de la cadena de suministros, sus esfuerzos por contribuir a la sostenibilidad y la distribución de la riqueza de este ethos de inclusividad, menos probable sería, para empezar, que se produjera un “acontecimiento” de estas características. Toda esa magia tecnológica podría empezar a aplicarse desde hoy mismo a unos intereses quizá menos románticos pero sí más colectivos.

Mi optimismo les hacía gracia pero en ningún momento me lo compraron. No tenían ningún interés en evitar la desgracia; están convencidos de que ya no hay tiempo para ello. Por mucho poder y riqueza que acumulen, no se creen capaces de influir en el futuro. Sencillamente, se limitan a aceptar el más oscuro de los escenarios y a reunir la mayor cantidad de dinero y tecnología que les permita aislarse, sobre todo si se quedan sin sitio en el cohete rumbo a Marte.

Por suerte, aquellos de nosotros que no disponemos de los fondos suficientes como para renegar de nuestra propia humanidad, disponemos de un buen número de opciones mucho mejores. Ni siquiera tenemos que utilizar la tecnología de una forma tan antisocial y atomizada. Basta con que no nos convirtamos en los consumidores y perfiles individuales que quieren nuestros dispositivos y plataformas, y podemos recordar que el ser humano verdaderamente evolucionado no opta por una salida individual.

La condición humana no tiene que ver con la supervivencia o escapatoria individual. Es un deporte de equipo. Cualquiera que sea el futuro que aguarda a la humanidad, nos afectará a todos.

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Douglass Rushkoff es autor del libro de próxima publicación Team Human (W. W. Norton, enero de 2019) y host del podcast TeamHuman.fm.

Este artículo se publicó originalmente en Medium.

La creciente delincuencia en Uruguay

LA CRECIENTE DELINCUENCIA EN URUGUAY
por Héctor Casavieja Píriz

Dos gráficas. La primera fue extraída de un estudio comparativo de las tasas de homicidios de Uruguay y Argentina a lo largo del tiempo. En ella podemos ver que hasta el año 2010 la tasa de homicidios en Uruguay jamás rebasó el índice de 8 homicidios por cada 100 mil habitantes. Hubo un pico histórico entre los años 1995 y 2000, correspondiente al gobierno de Julio María Sanguinetti (Partido Colorado), donde se llegó a rebasar el índice de 7 por 100 mil.
Pero las cosas cambiaron: En 2015 la tasa de homicidios había alcanzado 8,5 homicidios cada mil habitantes, y aunque hubo un aumento drástico de efectivos, equipamiento, medios e infraestructura policial el país logró para el 2017 que esa tasa apenas descendiera a 8,1 por 100 mil habitantes. Para colmo en 2018 parece que la tasa ha vuelto a aumentar además de que por el hecho de que la mayor parte del peso del aparato policial que ha demostrado ser más efectivo se encuentra en la capital, Montevideo, el fenómeno de la delincuencia está aumentando en las demás zonas del país.

Si tomamos el índice de homicidios como un termómetro del nivel de delincuencia que en general sufre la sociedad uruguaya podemos decir que estamos en el peor momento de nuestra historia desde la década del 80.
Pero no solo cambió el volumen delincuencial, aparentemente, sino el tipo de escenario que presenta el mundo delincuencial. Si observamos la segunda gráfica podemos notar que una buena parte del aumento en el número de homicidios no está relacionado con las formas tradicionales como el homicidio relacionado con rapiña, que solo constituye el 8 por ciento del total, sino con ajustes de cuentas. El ajuste de cuentas entre delincuentes ha pasado a ser practicamente el 50 por ciento o más del total de las modalidades de homicidio. ¿Eso que quiere decir? Eso quiere decir que hay una “atmósfera” o “circuito”, un submundo delincuencial que antes practicamente no existía. Solo la existencia de un submundo delincuencial puede ofrecer como síntoma la aparición de conflictos sistemáticos entre delincuentes, que pueden ser expresión de luchas territoriales incluso.

Lo otro que está cambiando según puede verse en las redes sociales y en los medios es la percepción de la sociedad acerca de la delincuencia. De un modo u otro las personas se están dando cuenta de que hay un aumento del volumen de delito, pero además que este aumento viene acompañado por la creación de un submundo delincuencial cada vez más estable, con conflictividad interna, con territorialidades, con capacidades organizativas, etc.

Si proyectamos esta situación a futuro la solución al problema difícilmente puede ser iniciar una era de linchamientos, de intervenciones por mano propia, etc. pues esto no va a cambiar la vorágine que nace de un submundo delincuencial que tiende a expandirse a partir de cierto punto, como lo ha hecho en otros paises, lentamente al principio y luego termina cancerando la sociedad incluso con ayuda de aquellos que pretenden armar a la sociedad y aumentar el grado de violencia vindicativa.

Lo que debe cambiar, desde mi punto de vista, es la perspectiva de como tratar con el delito. Ya no puede pensarse en atacar a cada incidente delictivo por separado o considerar a quienes delinquen como casos aislados. Para ello debe profundizarse en capacidades de inteligencia policial que permitan recopilar y procesar información no solo sobre individuos sino sobre redes de individuos, llegando a captar sus interconexiones y así poder obtener una imagen general de lo que está sucediendo en ese mundo delincuencial. Y, al contrario de lo que me gustaría decir, creo que es necesario aumentar mucho la duración y cierre del confinamiento carcelario sin quitarle su carácter rehabilitador pero suprimiendo las famosas salidas anticipadas o transitorias, las visitas con intercambio de objetos o contacto físico, aumentando el grado de incomunicación con el exterior y entre sí de los presidiarios, y usando la pedagogía de la disciplina estricta que evita distracciones y diversiones que no colaboran en la reforma personal, para usar este elemento como una manera de desintegrar esa atmósfera delincuencial.

Seguramente tienen que existir otras ideas al respecto o estas sugerencias mías no son tan buenas, pero es hora de que los uruguayos reconozcamos un grave problema, un problema para el cual ni un excesivo énfasis en las medidas de fuerza parece que pueda ser una solución por sí misma si consideramos el ejemplo mexicano, ni tampoco un énfasis en medidas de prevención pues el problema ya existe y está en aumento por su propia dinámica. Hay que pensar en términos de contención urgente y profunda, me parece, y por eso confinar, aislar por períodos lo suficientemente largos de tiempo, romper las redes de relaciones que se están generando y que llevan a consolidar un ambiente delincuencial permanente y en crecimiento. Hay que centrarse en contener mediante la reclusión real y no relativa, reclusión que implique el uso del claustro como elemento rehabilitador y al mismo tiempo de desconexión del delincuente con respecto al mundo en el que se ha formado como tal. Para ello las cárceles deben dejar de servir como ámbito de socialización entre delincuentes, ámbito donde regeneran contactos y lazos o los generan y multiplican, donde pueden usar hasta celulares. La cárcel debe aislar no conectar, porque de otro modo termina siendo funcional al aumento de la delincuencia.

Una historia de venezolanos construyendo su vida en Uruguay

Familias venezolanas formaron cooperativa de vivienda
28 de julio de 2018
Lucía Gandioli
Fuente: La Diaria (https://goo.gl/3ezTu6)

Ana Bermúdez partió de Puerto La Cruz, Venezuela, con sus dos hijas de seis y diez años el 27 de noviembre de 2014. Tras un largo viaje por tierra, llegó a Manaos, al norte de Brasil. Allí compró los pasajes hacia Montevideo. Una vez en Uruguay, se enfrentó a las dificultades de verse inmigrante en un país desconocido y con la necesidad de empezar desde cero. En ese momento, “obtener una vivienda era como un sueño muy lejano”, comenta Ana. A poco más de un par de años en nuestro país ese anhelo comenzó a materializarse cuando se unió a un grupo de venezolanos que perseguían el mismo sueño: tener una casa propia.

La Cooperativa de Vivienda Venezuela República Oriental del Uruguay (Covivenerou) está integrada por 32 familias. La composición de estas varía: matrimonios con hijos, hogares monoparentales, parejas e incluso personas solteras, pero cuentan con algo en común: todos tienen algún vínculo con Venezuela. De todas formas, este no es un requisito excluyente para formar parte de Covivenerou. Reciben a todo aquel con la voluntad de luchar por su propia vivienda.

Detrás de todo gran proyecto, hay una gran idea. Según cuenta Ana, esta idea la tuvo Óscar Gil, “un compañero venezolano que tenía familia acá en Uruguay y conocía un poco el sistema cooperativo”. Óscar se encargó de difundir un encuentro entre venezolanos en el Parque Rodó. Se reunieron para compartir un momento entre pares. A partir de allí se constituyó un grupo de interesados en estructurarse como cooperativa. Tras una serie de charlas, el grupo se fue reduciendo hasta que quedó una decena de compatriotas dispuestos a fantasear y trabajar para lograr su hogar propio.

Al inicio el grupo estaba conformado por 40 familias, pero algunos se fueron quedando por el camino y “terminaron tirando la toalla”, comenta Ana. Los integrantes de Covivenerou se conocieron todos en Uruguay. La mayoría llegó de distintas partes de Venezuela y no se habían cruzado antes. “Hemos hecho una familia aquí”, expresa Ana.

A esa familia se unió Alejandra Martínez tres meses después de iniciados los encuentros. En la escuela a la que concurre su hija conoció a una pareja de compatriotas que le comentaron sobre un conjunto de venezolanos que estaban iniciando una cooperativa. “Eran las primeras reuniones antes de que se hiciera todo lo legal. Simplemente era empezar a soñar”, cuenta.

Alejandra metió su vida en una maleta y con ella emprendió viaje con destino a Uruguay. Luego de un pasaje por Chile, llegó a Montevideo en febrero de 2016. Como bailarina de ballet profesional, conoció Uruguay en 2006. Desde ese momento le gustó la tranquilidad del país y la amabilidad de su gente. En setiembre de 2015 se postuló al Ballet Nacional del SODRE. Apenas le llegó el contrato, dejó Caracas, tras despedirse de su madre y su hija, que tres meses después se reunirían con ella en Montevideo. “Fueron los tres meses más largos de mi vida. Volver a empezar a vivir de cero, en un apartamento vacío”, comenta al repasar ese momento.

Tras las primeras reuniones, los miembros del grupo empezaron a indagar qué debían hacer, contrataron una escribana y buscaron asesoramiento de la Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua. Redactaron los estatutos en tres meses y se constituyeron como personería jurídica. En octubre de 2016 la cooperativa estaba formalmente constituida. Ese fue el principio.

Postres en Tristán

“El proceso es costoso desde un principio y todo sale del bolsillo de los cooperativistas”, señala Alejandra. Para recaudar fondos vendieron postres típicos venezolanos los domingos en la feria de Tristán Narvaja. Quien pasara por la esquina de Tristán Narvaja y Uruguay seguro iba a escuchar los gritos “postres venezolanos, venga y pruebe”, recuerda ella. Tortas tres leches, arepas andinas y quesillos eran algunas de las variedades que ofrecían, entre otras comidas típicas de algunas regiones de Venezuela. Con el dinero recaudado lograron cercar el terreno para reforzar la seguridad, pagar los trámites y documentos necesarios, contratar a una escribana, entre otras cosas.

Se turnaban para cocinar y vender. Los que una semana cocinaban, la siguiente se encargaban de la venta en la feria y viceversa. Se trataba de “empezar a poner cada uno su granito de arena”, comenta Alejandra, que resalta “todos somos todo”, refiriéndose a la participación colectiva y rotación de las tareas. Por ejemplo, todos participan en las guardias nocturnas en el terreno y las jornadas de limpieza. Actualmente, Alejandra trabaja en la comisión fomento de la cooperativa. Se encarga de dar charlas de introducción a los nuevos ingresantes. Ana, en cambio, forma parte de la directiva de Covivenerou; se desempeña como secretaria.

Las costumbres vivas

Con el frío del invierno Alejandra siente la casa un poco lejos, pero se permite imaginarla rodeada de espacio verde y árboles, con habitaciones coloridas y decorada con objetos alegres para no olvidar de dónde viene, explica.

“Todo migrante lleva la tierra que dejó muy adentro y uno siempre está arraigado a sus raíces”, sostiene Ana. Por eso es que para los miembros de Covivenerou es muy importante mantener el vínculo con Venezuela, que hace que la cooperativa se proyecte como un pedacito de su país aquí, con sus tradiciones, expresiones y sentimientos. Además, se constituye como una referencia y punto de apoyo para otros compatriotas que llegan al país.

Alejandra está de acuerdo con la visión de Ana. Para ella el terreno “es como una salchicha venezolana dentro de Nuevo París”, y agrega que “es un pedacito de nosotros”. La ilusiona pensar que la cooperativa mantenga el legado cultural venezolano, sobre todo para que los niños “no pierdan sus raíces”. También para que a los grandes no se les olvide de dónde vienen. Se imagina un rincón en el que “se va a comer arepa, se van a vender tequeños y cosas típicas”.

Cooperativismo uruguayo

Esta forma de adquisición de vivienda era nueva para la asociación de venezolanos. El sistema cooperativo de vivienda en Venezuela “existe, pero no funciona”, sostiene Ana. “Es algo a lo que el venezolano no está acostumbrado porque no es redituable. Hay mucha malversación de fondos y las casas están mal construidas”, explica, y agrega: “Estamos conociendo lo que es un sistema realmente cooperativo aquí”. Para Ana en Uruguay hay un control más efectivo de parte de los organismos y entes involucrados en los seguimientos a las cooperativas y los contratos.

“Cada vez que pasamos por una cooperativa que tiene 20 o 30 años y está intacta vemos que realmente funciona el sistema”, sostiene. La secretaria de la cooperativa se manifiesta muy agradecida con Uruguay y afirma: “Nos hemos incorporado muy bien aquí porque la gente es buena y solidaria, no tenemos los problemas que tienen en otros países”.

En Venezuela, Alejandra formó parte de una cooperativa durante cinco años. No obtuvo su casa. Lleva tres años viviendo en Uruguay y hace poco tuvo noticias de que la cooperativa venezolana está moviéndose. Aquí se encontró con muchas personas que viven en cooperativas y eso la motiva a seguir adelante y afirmarse en el esfuerzo por la casa propia mediante esta vía. “Da aliento, porque es tiempo que una invierte, esfuerzo, plata y trabajo, pero va a valer la pena. El día de mañana vamos a tener nuestra casa”, expresa Alejandra.

A pasos agigantados

En octubre de 2016 la casa propia continuaba dibujándose en un horizonte muy lejano. No se imaginaban que la cooperativa repentinamente avanzaría a pasos agigantados. Un día, navegando en internet, Ana se encontró con una publicación del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente (MVOTMA) que anunciaba la apertura del llamado anual de la Cartera de Inmuebles para Viviendas de Interés Social (CIVIS) para acceder a terrenos disponibles para construcción. Junto a otros compañeros, se presentó en el MVOTMA para saber los requisitos y documentos pertinentes que debían presentar en el sorteo.

A esta instancia siguieron días intensos de trabajo; redacción de expedientes, buscar documentos, contratar un instituto de asesoría técnica, asistir a talleres y capacitaciones. Durante semanas, los integrantes de la directiva se dividían las tareas para trabajar las 24 horas del día de forma intensa. Ana dedicó a la elaboración de documentos largas madrugadas, hasta las siete de la mañana, cuando pasaba la posta a sus compañeros. Detrás de todo este esfuerzo e ímpetu estaba aquella imagen de la casita propia que parecía acercarse lentamente. Lograron presentarse al sorteo de la CIVIS y en marzo de 2017 fueron beneficiados con un terreno en el barrio Nuevo París.

“Fuimos una cooperativa que en menos de seis meses de haber sido constituida logró adquirir un terreno por medio del ministerio”, dice Ana con orgullo. Los cooperativistas venezolanos no creen que el resultado del sorteo sea producto de favoritismo, sino del esfuerzo surgido de la necesidad.

Una vez aprobado el estudio de factibilidad y viabilidad y recibido el comodato del terreno en octubre de 2017, el siguiente paso era preparase para la solicitud del préstamo y trabajar en la proyección de las viviendas. Esta es la etapa en la que se encuentran actualmente. El anteproyecto de la cooperativa debe presentarse en el llamado de agosto y setiembre para poder solicitar el crédito en diciembre. Además, continúan capacitándose. Los talleres en el Centro Cooperativista Uruguayo son de asistencia obligatoria, puesto que los integrantes de la cooperativa deben capacitarse en todas las áreas de trabajo: administración, arquitectura, cooperativismo.

Habitualmente el MVOTMA realiza dos sorteos por año para la construcción de viviendas por las modalidades de ayuda mutua y ahorro previo, pero este año se hará una única instancia en diciembre. “No hemos perdido tiempo. No nos presentamos a un sorteo anterior porque no hubo”, comenta Ana. Van contando los días para el sorteo y una vez obtenido el crédito queda “ponerle corazón y empeño” a la construcción de las viviendas, dice Alejandra.

Sobre la génesis de la estupidez

SOBRE LA GÉNESIS DE LA ESTUPIDEZ
(Fragmento de “Dialéctica de la Ilustración, de Max Horkheimer y Theodor Adorno)

El símbolo de la inteligencia es la antena del caracol «de vista táctil», que, si hemos de creer a Mefistófeles le sirve también de olfato. La antena se retira inmediatamente, ante el obstáculo, al caparazón protector del cuerpo; allí vuelve a formar una sola cosa con el todo y sólo con extrema cautela vuelve a aventurarse como órgano independiente. Si el peligro está aún presente, vuelve a desaparecer, y el intervalo hasta la repetición del intento se alarga. La vida espiritual es, en sus orígenes, infinitamente frágil y delicada. La sensibihdad del caracol se halla confiada a un músculo, y los músculos se debilitan cuando su juego se ve impedido. El cuerpo queda paralizado por la lesión física, el espíritu por el terror. Ambos son, en su origen, inseparables. Los animales más desarrollados se deben a sí mismos a una mayor libertad, su existencia es una prueba de que las antenas fueron en determinado momento prolongadas en nuevas direcciones y no fueron rechazadas. Cada una de sus especies es el monumento fúnebre de infinitas otras, cuyos intentos de evolución se vieron frustrados desde el comienzo, sucumbiendo al terror desde el momento en que una antena se movió en dirección a esa evolución. La represión de las posibilidades por parte de la resistencia inmediata de la naturaleza exterior se prolonga hacia el interior mediante la atrofia de los órganos a causa del terror. En toda mirada curiosa de un animal alborea una nueva forma de vida, que podría surgir de la especie determinada a la que pertenece el ser individual. No es sólo esta determinación específica la que lo retiene en la envoltura de su viejo ser: la violencia que encuentra esa mirada es la misma —de millones de años de antigüedad— que lo ha condenado desde siempre a su estadio y que bloquea, oponiéndose siempre de nuevo, los primeros pasos para superarlo. Esa primera mirada vacilante es siempre fácil de interrumpir, pues tras de sí está la buena voluntad, la esperanza frágil, pero no una energía constante. El animal se convierte, en la dirección de la que ha sido rechazado de modo definitivo, en estúpido y esquivo. La estupidez es una cicatriz. Puede referirse a una capacidad entre otras o a todas las facultades prácticas e intelectuales. Cada estupidez parcial de un hombre señala un punto en el que el juego de los músculos en la vigilia ha sido impedido más que favorecido. Con el impedimento comenzó, en el origen, la vana repetición de los intentos inorgánicos y torpes. Las preguntas sin fin del niño son ya el signo de un dolor secreto, de una primera pregunta para la que no halló respuesta y que no sabe plantear de forma adecuada. La repetición se asemeja, en parte, a la obstinación alegre, como cuando el perro salta sin fin ante la puerta que aún no sabe abrir y al final termina por desistir si el picaporte está demasiado alto, y en parte obedece a la coacción sin esperanza, como cuando el león se pasea interminablemente en la jaula de un lado para otro o el neurótico repite la reacción defensiva que ya se mostró inútil una vez. Cuando las repeticiones se agotan en el niño, o si el impedimento ha sido excesivamente brutal, la atención puede volverse hacia otra parte; el niño se ha hecho más rico en experiencias, según se dice, pero es fácil que en el punto en el que el deseo fue golpeado quede una cicatriz imperceptible, una pequeña callosidad en la que la superficie es insensible. Estas cicatrices dan lugar a deformaciones. Pueden crear «caracteres», duros y capaces; pueden hacer a uno estúpido: en el sentido de la deficiencia patológica, de la ceguera y de la impotencia, cuando se limitan a estancarse; en el sentido de la maldad, de la obstinación y del fanatismo, cuando desarrollan el cáncer hacia el interior. La buena voluntad se vuelve mala a causa de la violencia sufrida. Y no sólo la pregunta prohibida, sino también la imitación, el llanto o el juego temerario prohibidos pueden producir estas cicatrices. Como las especies de la serie animal, también los niveles intelectuales dentro del género humano, e incluso los puntos ciegos en un mismo individuo, señalan las estaciones en las que la esperanza se detuvo y son testimonio, en su petrificación, de que todo lo que vive está bajo una condena.