LULA: LAS FALSAS ALTERNATIVAS.

LULA: LAS FALSAS ALTERNATIVAS

Marcelo Marchese
11.04.2018
Artículo original en:
http://www.uypress.net/auc.aspx?85219,152

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Que descubramos que Lula sea corrupto no agrega nada a lo que ya sabemos, pues se ha demostrado una y mil veces que los presidentes pueden ser corrompibles por las grandes empresas y sus grandes tentaciones.

Así que Nada nuevo bajo el sol: un corrupto más, un tornado más, un nuevo asesinato, otro gol de Messi, otra hoja que cae del calendario.

Habida cuenta que un presidente no es otra cosa que un empleado público cuya función es defender nuestros intereses, tarea que delegamos mientras nos dedicamos a trabajar para sostener al país, es desde todo punto de vista lamentable que se burle este contrato que afecta a la república, y si se burla sistemáticamente este contrato que afecta a la república, es muy probable que la república se vaya al diablo en algún momento.

Amén del deterioro de las instituciones y su credibilidad, la corrupción es un asunto delicado por su implicancia económica, pero no porque se favorezca a una empresa que nos cobraría 200 millones, digamos, frente a otra que nos cobraría 150. La pérdida en verdad grave es que se favorezca a una empresa cuyo ingreso sería perjudicial, por lo destructivo, para nuestras frágiles economías, un daño, si se cuantificara, mucho mayor que la suma de los varios 50 millones perdidos, por lo que el gran desangre de nuestras repúblicas bananeras y pasteras no es la herida en el dedo de la corrupción, sino el canal abierto en el cuello de las políticas económicas nefastas.

Según leemos en el Archivo Lavalleja, cuando Brasil se aliaba con Inglaterra con el afán de amputar a la Argentina, el emperador Pedro 1 destinó unos cuantos patacones para comprar voluntades orientales; así que antes de ser un país independiente, conocimos la corrupción gracias a Pedro 1 y a algunos de nuestros próceres honorables.

La corrupción tiene larga data en nuestro continente, pero como casi siempre había gobernado la derecha, la corrupción era tributaria de la derecha y por lo tanto era tema de denuncia ineludible de la izquierda.

Al ser invitado a la URSS con su esposa, el viejo Sendic descubre que el hotel donde lo alojan es muy a tono de la odiosa nomenklatura. Entonces opta por no aceptar los desayunos y ni siquiera solicita el agua caliente: usará para el mate el agua del calefon. El viejo Erro, renunciado como ministro de industria por insobornable, manejó por años un autito cochambroso y no se piense que sólo los líderes de la izquierda actuaban así (Erro era blanco cuando fue ministro), pues Herrera se burlaba de sus visitantes, los diputados que dejaban lejos de su quinta el auto comprado con ciertas ventajas. Si algo se puede afirmar con certeza con respecto a esta corrupción que viene desde la colonia, es que la estatura moral de nuestros antiguos líderes era bastante más elevada que la de nuestros líderes contemporáneos, aunque a favor de los líderes contemporáneos se podría argumentar que el poder corrompible de las antiguas empresas no era nada comparado con el que tienen ahora.

El progreso no es sólo vacunas y celulares, sino también grandes corporaciones que manejan a las repúblicas cual si fueran títeres y líderes republicanos que han perdido la talla moral (e intelectual) de antaño.

El progreso también es una izquierda que ya no se parece a la izquierda, o al menos, llegada al poder, en su programa económico actúa como la derecha que combatía, y a la hora de mostrar la austeridad republicana que proclamaba, llegada al poder actúa como la derecha que combatía.

En suma, los progresismos que en gran parte han sido barridos del continente, no hicieron nada para iniciar una modificación de nuestras economías primarizadas, no hicieron nada para profundizar la democracia y para colmo, han demostrado una moralidad tan penosa como la exhibida por sus predecesores.

Es razonable que la derecha tradicional explote al máximo la condena a Lula y se desmarque hipócritamente de la corrupción, pero lo que no parece razonable es que los autoproclamados de izquierda que siempre denunciaron la corrupción, se lancen a apoyar a un presidente corrupto, lo que además de lamentable es impolítico, pues deberían, al menos, desmarcarse hipócritamente de la corrupción.

Los progresistas que respaldan al presidente progresista corrupto, argumentan que a cualquier costo hay que impedir el regreso del neoliberalismo. El problema con este argumento es que el “cualquier costo” te puede transformar en algo que no querés, o en todo caso, no tiene mucho sentido acceder al poder si uno se convierte en “cualquier cosa”. Para eso, que gobiernen los que estaban antes.

Al principio, cuando nos enteramos del problema de la licenciatura de Sendic, el plenario del FA acusó a la oposición de desestabilizar las instituciones. Jamás dicho plenario se hizo una autocrítica por tamaño disparate. Cuando el stalinismo perpetraba genocidios, asesinatos de revolucionarios y entrega de revoluciones sociales, alguna gente negaba aquellos hechos. Aún aguardamos la autocrítica por la estulta negación y justificación de esos crímenes. Hoy están presos unos cuantos corruptos del progresismo, pero se siguen negando los hechos evidentes apelando a un discurso maniqueo.

Como la corrupción afecta incluso a las ideologías, se hace muy difícil definir qué significa ser de izquierda, pero si la izquierda pretende esa difícil tarea de transformar el mundo, ser de izquierda exige, primero que nada, y como método, ver la realidad de frente y animarse a luchar por la verdad cueste lo cueste y caiga quien caiga.

No se trata de defender a cualquier costo a un candidato que, llegado al poder, se meta dinero al bolsillo mientras reparte algunas migajas en planes sociales, al tiempo que favorece al capital extranjero primarizando nuestra economía y amplificando la fuga de capitales. Se trata de vencer a la corrupción, de asegurar conductas por parte de nuestros funcionarios públicos que honren a la república y de adoptar políticas que nos saquen de la pobreza.

El caso Lula, y su defensa, muestra la ausencia de alternativas en nuestro continente. Si el presidente de tal partido de derecha fue corrupto y el presidente de tal partido progresista también ¿quién nos asegura que el próximo, del partido que sea, no caiga en lo mismo? Se podrá hablar horas sobre la corrupción, pero de ninguna manera se puede negar que nosotros, los ciudadanos, también somos responsables por omisión y he ahí el verdadero problema: si no cambiamos, la corrupción seguirá lo más campante en nuestro continente.

La corrupción es una prueba de la falla del sistema, y esta falla está directamente relacionada con nuestra falta de control, nuestra falta de participación, nuestra prescindencia del hecho político y el “dejar hacer a los que saben”. La única solución a este problema es verdadera democracia, participación ciudadana.

Si un día se inicia un cambio de verdad en la historia de nuestro continente, su signo elocuente será la ola democrática que lo empuje. Lamentablemente ese cambio no se vislumbra en el horizonte, pues hemos caído en la trampa de la alternativa entre el neoliberalismo y el progresismo, las dos caras de la moneda del sistema.

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La integridad moral ya no existe en Occidente, Paul Craig Roberts

La integridad moral ya no existe en Occidente, Paul Craig Roberts (27/3/18)

(El autor de esta nota es un economista, escritor y periodista conservador estadounidense, un político netamente derechista que se opone a la política de los neo-conservadores)

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Entre los líderes políticos occidentales no hay ni una pizca de integridad o moralidad. Los medios impresos y televisivos occidentales son deshonestos y corruptos de modo irreparable. Sin embargo, el gobierno ruso persiste en su fantasía de “trabajar con los socios occidentales de Rusia”. La única forma en que Rusia puede trabajar con estafadores es convertirse en un estafador. ¿Es eso lo que quiere el gobierno ruso?

Finian Cunningham señaló lo absurdo del alboroto político y mediático sobre Trump (tardíamente) telefoneando a Putin para felicitarlo por su reelección con el 77 por ciento de los votos, una muestra de aprobación pública que ningún líder político occidental podría alcanzar. El enloquecido senador estadounidense de Arizona calificó a la persona con la mayor mayoría de votos de nuestro tiempo como “un dictador”. Sin embargo, un dictador realmente saciado de sangre de Arabia Saudita es agasajado en la Casa Blanca y adulado por el presidente de los Estados Unidos.

Los políticos y presidentes occidentales están moralmente indignados por una supuesta intoxicación, sin el respaldo de ninguna evidencia, de un ex espía irrelevante y definitivamente retirado, por órdenes del propio presidente de Rusia. Este tipo de insanos insultos lanzados contra el líder de la nación militar más poderosa del mundo -y Rusia es una nación, a diferencia de los países occidentales mestizos- aumentan las posibilidades de un Armagedón nuclear más allá de los riesgos existentes durante la Guerra Fría del siglo XX. Los tontos locos que hacen estas acusaciones sin apoyo muestran total desprecio por toda la vida en la tierra. Sin embargo, se consideran a sí mismos como la sal de la tierra y como personas “excepcionales, indispensables”.

Piénsese en el supuesto envenenamiento de Skripal por parte de Rusia. ¿Qué puede ser esto más que un esfuerzo orquestado para demonizar al presidente de Rusia? ¿Cómo puede Occidente estar tan indignado por la muerte de un ex doble agente, es decir, una persona engañosa, y al mismo tiempo ser completamente indiferente a los pueblos destruidos por Occidente tan solo en el siglo XXI? ¿Dónde está la indignación entre los pueblos occidentales por las muertes masivas por las cuales Occidente, actuando a través de su agente saudita, es responsable en Yemen? ¿Dónde está la indignación occidental entre los pueblos occidentales por las muertes en Siria? Las muertes en Libia, en Somalia, Pakistán, Ucrania, Afganistán? ¿Dónde está la indignación en Occidente por la constante interferencia occidental en los asuntos internos de otros países? ¿Cuántas veces derrocó Washington a un gobierno elegido democráticamente en Honduras y reinstaló un títere de su conveniencia?

La corrupción en Occidente se extiende más allá de los políticos, los presidentes y el público despreocupado. Cuando la ridícula Condolezza Rice, asesora de seguridad nacional del presidente George W. Bush, habló de que las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein podrían provocar un desastre nuclear en una ciudad estadounidense, los expertos no se rieron de ella a no ser fuera de las cámaras. La posibilidad de tal evento era precisamente cero y todos los expertos lo sabían, pero los expertos corruptos callaron. Si decían la verdad, sabían que no aparecerían en la televisión, no recibirían una subvención del gobierno, no estarían presentes para un nombramiento gubernamental. Entonces aceptaron la absurda mentira diseñada para justificar una invasión estadounidense que destruyó un país.

Esto es Occidente. No hay nada más que mentiras e indiferencia ante la muerte de otros. Un permanente ultraje orquestado y dirigido contra toda clase de objetivos: los talibanes, Saddam Hussein, Gaddafi, Irán, Assad, Rusia y Putin, y contra los líderes reformistas en América Latina. Los objetivos de la indignación occidental siempre son aquellos que actúan independientemente de Washington o que ya no son útiles para los propósitos de Washington.

La calidad de las personas en los gobiernos occidentales ha colapsado hasta el fondo del barril. Los británicos tienen a una persona, Boris Johnson, como Secretario de Asuntos Exteriores, que es tan desagradable que un ex embajador británico no tuvo reparos en llamarlo un mentiroso categórico. El laboratorio británico Porton Down, en contra de la afirmación de Johnson, no ha identificado al agente asociado con el ataque a Skripal como el agente novichok ruso. Téngase en cuenta también que si el laboratorio británico es capaz de identificar el agente novichok, también tiene la capacidad de producirlo, una capacidad que tienen muchos países ya que las fórmulas se publicaron hace años en un libro.

Que el envenenamiento por medio del novichok de Skripal es una orquestación es obvio. En el momento en que ocurrió el evento, la historia estaba lista. Sin evidencia en mano, el gobierno británico y los medios presidenciales gritaban “los rusos lo hicieron”. No contento con eso, Boris Johnson gritó “Putin lo hizo”. Para institucionalizar el miedo y el odio de Rusia en la conciencia británica, la escuela británica le enseña a los niños que Putin es como Hitler.

Las orquestaciones tan flagrantes demuestran que los gobiernos occidentales no respetan la inteligencia de sus pueblos. Que los gobiernos occidentales se salgan con la suya con estas mentiras fantásticas indica que los gobiernos son inmunes a la responsabilidad. Incluso si la rendición de cuentas fuera posible, no hay señales de que los pueblos occidentales sean capaces de exigir cuentas a sus gobiernos. Mientras Washington conduce al mundo a la guerra nuclear, ¿dónde están las protestas? La única protesta es la de los escolares que protestaban contra la Asociación Nacional del Rifle y la Segunda Enmienda.

La democracia occidental es un engaño. Considérese Cataluña. El pueblo votó por la independencia y los políticos europeos lo denunciaron por hacerlo. El gobierno español invadió Cataluña alegando que el referéndum popular, en el que las personas expresaban su opinión sobre su propio futuro, era ilegal. Los líderes catalanes están en prisión en espera de juicio, a excepción de Carles Puigdemont, que escapó a Bélgica. Ahora, Alemania lo ha capturado a su regreso a Bélgica desde Finlandia, donde dio una conferencia en la Universidad de Helsinki y lo mantiene preso por culpa de un gobierno español que se parece más al de Francisco Franco que a la democracia. La propia Unión Europea es una conspiración contra la democracia.

El éxito de la propaganda de Occidente consiste en la creación de virtudes inexistentes para sí mismo. Es el mayor éxito en las relaciones públicas en la historia.

La hija a la que Pablo Neruda abandonó

La hija a la que Pablo Neruda abandonó
Crónica de Fernando Lizama-Murphy
Original en: https://fernandolizamamurphy.com/2015/12/26/malva-marina-la-hija-abandonada-por-neruda/

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Nacer arrullada por un poema de García Lorca debiera ser un privilegio para cualquier persona, pero no lo fue para Malva Marina Trinidad Reyes Hagenaar, porque nació enferma y porque su padre muy pronto la abandonó para siempre. He aquí su extraña historia.

Quizás fue su infancia triste, llena de privaciones o tal vez la muerte prematura de su madre, lo concreto es que Ricardo Neftalí Reyes Basoalto, conocido en todo el orbe como Pablo Neruda, cuando se hizo hombre, aprovechó cada oportunidad de diversión que su andar le entregó. Y en ese sentido y en muchos otros, la vida fue generosa con el poeta.

Comenzó su carrera diplomática muy joven, a los 23 años, enviado por el Gobierno de Chile al oriente, donde lo nombraron cónsul en Birmania y otros países. Aunque nació en Parral, fue en Temuco, en plena Araucanía, donde transcurrió toda su infancia y adolescencia junto a su madrastra y a su padre, un modesto obrero ferroviario. Y desde ahí a los salones de embajadas o sedes de gobierno el salto fue demasiado grande para este precoz poeta que a muy corta edad ya destacaba por sus creaciones.

Al parecer, este mundo nuevo lo obnubiló.

En ese ambiente de recepciones oficiales, cenas de gala y espectáculos, jugando tenis conoce a María Antonia Hagenaar Vogelzang, a la que apoda Maruca o “la Javanesa”, porque era nativa de la isla de Java, por entonces colonia holandesa. Mujer atractiva, alta, se casan en la tierra de ella el 6 de diciembre de 1930. Muy pronto, a solicitud de la Cancillería, Neruda debe regresar a Chile donde la flamante esposa conoce la otra vida de su marido, la de bohemio y mujeriego. Prácticamente vive sola, sin conocer a nadie y casi nada del idioma. La única que la acoge es la escritora María Luisa Bombal. Mientras el matrimonio tambalea, Neruda es enviado a Buenos Aires y desde ahí a España, donde Maruca queda embarazada. Las relaciones conyugales comienzan a marchar un poco mejor.

El 18 de agosto de 1934, en Madrid, son padres de una niña, a la que bautizan como Malva Marina Trinidad, que en lugar de ser el punto de unión, representó el comienzo de una tragedia. Porque la nueva integrante de la familia nace con una hidrocefalia severa, cuyo diagnóstico no vaticina una vida prolongada.

Al parecer, al comienzo Neruda no dimensionó bien la enfermedad de su hija. Al menos así se puede deducir cuando se lee el testimonio del poeta español Vicente Aleixandre, que visitó a la recién nacida:

“Salí a la terraza corrida y estrecha, como un camino hacia su final. En él, Pablo, allá, se inclinaba sobre lo que parecía una cuna. Yo le veía lejos mientras oía su voz: Malva Marina, ¿me oyes? ¡Ven, Vicente, ven! Mira qué maravilla. Mi niña. Lo más bonito del mundo. Brotaban las palabras mientras yo me iba acercando. Él me llamaba con la mano y miraba con felicidad hacia el fondo de aquella cuna. Todo él sonrisa dichosa, ciega dulzura de su voz gruesa, embebimiento del ser en más ser. Llegué. Él se irguió radiante, mientras me espiaba. ¡Mira, mira! Yo me acerqué del todo y entonces el hondón de los encajes ofreció lo que contenía. Una enorme cabeza, una implacable cabeza que hubiese devorado las facciones y fuese sólo eso: cabeza feroz, crecida sin piedad, sin interrupción, hasta perder su destino. Una criatura (¿lo era?) a la que no se podía mirar sin dolor. Un montón de materia en desorden. Blanco yo, levanté la vista, murmuré unos sonidos para quien los esperaba y conseguí una máscara de sonrisa. Pablo era luz, irradiaba irrealidad, sueño, y su ensoñación tenía la firmeza de una piedra, el orgullo de su alegría, el agradecimiento hacia un fruto celeste.”

Pero muy pronto, cuando comenzó a tomarle el peso a la enfermedad de la niña, la desilusión fue manifiesta, el nacimiento de una hija enferma estaba fuera de todos sus cálculos y lo evidencia en la carta que enviara, el 19 de septiembre de 1934, a Sara Tornú, esposa del poeta argentino Pablo Rojas Paz, con la que Neruda habría mantenido algún flirteo.

Empieza refiriéndose a las celebraciones patrias chilenas, donde se puede percibir el ambiente de desenfado de las fiestas nerudianas:

“Mañana firmamos nuestra permuta: ella se dirige a Barcelona dando grandes saltos y yo permanezco de cónsul en Madrid, llorando a gritos de alegría como un verdadero cientopié. Estas imágenes me vienen porque anoche, en una gran fiesta nacional, 18 de septiembre, peruanos, cubanos, la argentina Delia del Carril, mexicanos, vinieron a mi casa, en donde bebieron de manera frenética.”

Supuestamente, la que viaja a Barcelona es María Antonia y él, a un mes del nacimiento de su hija enferma, no puede disimular la alegría que le provoca su partida. Es casi seguro que ya para entonces mantenía alguna relación con Delia del Carril, mujer por la que después abandonaría a su familia. Pero en un párrafo posterior de la misma misiva se refiere a Malva Marina Trinidad:

“No hay escritores, aunque ya es invierno; todos andan de veraneo. Federico, en Granada, desde donde ha mandado unos lindos versos para mi hija. Mi hija, o lo que yo así denomino, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma, una vampiresa de tres kilos. Todo bien ahora, oh Rubia queridísima pero todo iba muy mal. La chica se moría, no lloraba, no dormía; había que darle con sonda, con cucharita, con inyecciones, y pasábamos las noches enteras, el día entero, la semana, sin dormir, llamando médico, corriendo a las abominables casas de ortopedia, donde venden espantosos biberones, balanzas, vasos medicinales, embudos; llenos de grados y reglamentos. Tú puedes imaginarte cuánto he sufrido. La chica, me decían los médicos, se muere, y aquella cosa pequeñilla sufría horriblemente, de una hemorragia que le había salido en el cerebro al nacer. Pero alégrate Rubia Sara porque todo va bien; la chica comenzó a mamar y los médicos me frecuentan menos, y se sonríe y avanza gramos cada día a grandes pasos marciales”.

Después de un período plagado de desencuentros, provocados por las infidelidades de él y por el rechazo hacia su hija, en 1936 el poeta abandona definitivamente a su mujer y a su hija, para irse a vivir con la argentina Delia del Carril, bautizada por él como “La Hormiguita”, siguiendo su costumbre de apodar a sus compañeras. Las deja casi sin dinero en Montecarlo, ciudad a la que llegan huyendo de la Guerra Civil española.

Ahí comienza el trágico peregrinaje de madre e hija, repudiadas por el vate. Maruca decide regresar a Holanda buscando la protección de su país. En un periplo interminable, trabajando en lo que puede, dejando encargada en hogares o en hospitales a su hija enferma, cruza toda Francia para llegar a Holanda.

Como María Antonia nació en Java cuando era colonia holandesa, en Holanda carecía de contactos y como única alternativa le queda dejar a Malva Marina en manos de un matrimonio, los Julsing, padres de tres hijos, en la localidad de Gouda, famosa por sus quesos. Buscando desesperadamente ayuda, logra contactarlos a través de instituciones religiosas que apoyan a los refugiados de guerra. La familia campesina acoge a la niña como hija adoptiva.

Mientras, la madre viaja a La Haya en busca de trabajo y lo consigue en la Legación Española. Visita a su hija cuando puede, no con la frecuencia que hubiese deseado, pues se lo impide su precaria situación económica, producto de la irresponsabilidad de su ex marido, que rara vez envía el dinero que se comprometió a entregar para la mantención de Malva.

Al leer una carta en la que ella reclama las remesas, podría entenderse que aún lo ama, porque se la dirige mencionándolo por el apodo afectivo:

“Mi dear pig:

Es realmente imperdonable tu negligencia hacia nosotras, especialmente para tu bebé. Hoy 18 del mes no he recibido tu dinero. El 1º de este mes tuve que pagar los gastos de alojamiento de Malva Marina por el mes de octubre. Con mi salario sólo pude pagar una parte de ello. Qué vergüenza realmente. Ellos son tan buenas personas… Nunca encontraré gente tan buena otra vez. Malva es muy apegada a ellos… ella ha progresado mucho mentalmente. Ahora ni siquiera puedo ir a verla porque no tengo un centavo. Mi último dinero será gastado en enviar esta carta.”

Para los Julsing la guerra es una pesadilla. Escasea la comida y varias veces el pueblo es bombardeado, pero aun así sus “hermanos” se preocupan de jugar con la niña, arrastrándola en un carrito que le fascina.

Hace unos años, la periodista Alejandra Gajardo logró ubicar a Frederick Julsing, uno de los hijos del matrimonio, que no conocía ni de nombre a Neruda. Hasta entonces nunca supo que su hermana adoptiva era hija de un premio nobel de literatura. Él conservaba las únicas fotos de la niña, en las que se puede apreciar la deformidad de su cabeza, lo que en ningún caso la convierte en un monstruo, como su padre la quiso hacer aparecer. Ratificó que la niña tenía un retraso que le impedía hablar y tampoco podía caminar, por eso la desplazaban en el carrito que tanto le gustaba. Según este cercano testigo y hasta donde él recuerda, Malvita ─como la llamaban cariñosamente─ jamás recibió atención médica.

El otro testimonio lo consiguió Antonio Reynaldos, chileno radicado en La Haya desde hace muchos años. Reynaldos conversó en Gouda con Neil Leys, que si aún vive, hoy es nonagenaria y que ayudó a cuidar a la niña en casa de los Julsing. La mujer narró que Malva Marina llamaba la atención por el tamaño de su cabeza, desproporcionadamente grande frente a sus brazos y piernas muy delgados. Pero aseguró que la niña reía mucho, que siempre mostraba una actitud alegre.

Malva Marina muere el 2 de marzo de 1943, cuando tenía ocho años. María Antonia, a través del Consulado de Chile en La Haya le avisa a Neruda de la muerte de su hija y le pide reunirse con él. Jamás recibe una respuesta.

No terminó ahí la desilusión de la holandesa con los chilenos. Años después, cuando ella está sola, pobre y adicta al opio, el presidente Gabriel González Videla, enemigo político de Neruda, la invita al país para que cuente su versión de los hechos y así desprestigiar al poeta, pero como no logra su objetivo, al poco tiempo la olvida. Ella deambula por Santiago sin destino, intentando conseguir algún dinero para mantenerse y mantener su adicción. Incluso es detenida por la Policía de Investigaciones, que al parecer la sorprende consumiendo o traficando drogas. Al final, logra sacarle a Neruda trescientos mil pesos por el divorcio y regresa a Holanda. Pero el dinero se le escapa por entre los dedos y muy pronto está nuevamente en la miseria. Muere en La Haya en 1965. Sus restos descansan en una fosa común.

Fernando Lizama Murphy

Diciembre 2015

China, Rusia, Cuba y el comunismo: entrevista al economista Jeffrey Sachs

China, Rusia, Cuba y el comunismo: entrevista al economista Jeffrey Sachs (fragmento) (11/2/18)

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—Gorbachov salió del comunismo haciendo reformas políticas, mientras que Den Xiaoping salió del comunismo haciendo reformas económicas. ¿Por qué China tuvo más éxito que Rusia?

—Hay algo básico que la gente debería entender, que es algo contradictorio, y eso es que el ingreso per cápita en Rusia, hoy, es significativamente más alto que en China. Pensamos en China como una gran historia de éxito económico, y pensamos en Rusia como una gran crisis. Sin embargo, Rusia tiene un ingreso per cápita mucho más alto que China. ¿Cómo se puede armonizar esto? China vivió una rápida transformación: de una pobreza rural a una afluencia urbana. Eso fue una enorme transformación, la más rápida de la historia. Un gran éxito para Deng Xiaoping. La historia de Rusia fue diferente. En 1991 el país se independizó y ya era una sociedad urbana y una economía industrial, pero no una economía industrial urbana exitosa. Rusia era un Rust Belt,‒cinturón industrial, un complejo industrial militar con ciudades ocultas que no aparecían en los mapas, lugares en Asia central alejadísimos de los mercados mundiales, construidos por la paranoia del sistema stalinista, sin viabilidad económica. China se encontró en una fase de construcción, de 1978 hacia adelante, y Rusia en fase de reestructuración. Construir suele ser más fácil, uno comienza desde cero. Hay que tener políticas sólidas, buenas ideas y bastante suerte durante un largo tiempo, y China lo tuvo. Rusia tuvo problemas porque la reestructuración significa que muchas cosas deben caer para que otras surjan. Lo más difícil fue desarmar ese complejo militar industrial, porque era el núcleo del sistema de planificación central stalinista. Eso fue violento y traumático, en medio de la pérdida de la propia URSS, porque el pueblo, especialmente los rusos soviéticos, estaban orgullosos de su imperio. Ese trauma fue muy grande. Luego fui testigo y protagonista de un hecho político importante, cuando Gorbachov estaba en el poder y dijo: “Necesitamos cooperación, una relación abierta entre Europa y la URSS que se extienda desde el Atlántico hasta el Pacífico”. Una visión idealista que apoyé. Pero ciertos políticos de mi país tenían una visión diferente, que era: “Ganamos, tú perdiste: ahora pagarás el precio y tomaremos el control”. La idea de los neoconservadores de Chaney, y la de varios presidentes desde entonces, era extender la OTAN a Hungría, Polonia y la República Checa.

—Europa del Este.

—Sí, para luego ir al Báltico y extenderla a Georgia y Ucrania. Putin se sintió acorralado. Eso era la anticooperación. Era dominación occidental, y por lógica reaccionó de una manera dura en Ucrania. Mi interpretación, desde la perspectiva rusa, es que ellos no aceptarían el cerco de la OTAN. China fue inteligente y dijo: “Somos parte del sistema internacional; no peleamos con nadie, solo queremos ganar dinero y desarrollarnos”. Las relaciones con EE.UU. eran buenas, los mercados estaban abiertos, y China se desarrolló muy rápido, mientras que Rusia se quedó con un conflicto que comenzó hace ya más de diez años y se volvió muy serio. Ahora los estrategas de Estados Unidos ven a China como una amenaza. Y dicen: “China está en tres rankings de amenazas a nuestra seguridad”. Es nuestra nueva doctrina, de hecho. Están los terroristas; los “países rebeldes”, con Corea del Norte e Irán encabezando la lista, y las “potencias revisionistas”: China y Rusia. Esta es la visión de los líderes de la seguridad estadounidense, que quieren conservar su dominio en el mundo. Una doctrina peligrosa, porque en nuestro mundo dominar significa provocar conflictos. Mi país siempre se orienta hacia el conflicto, porque muchos estadounidenses piensan: “Somos el número uno del mundo y queremos seguir así; y si hay una potencia revisionista como China, hay que detenerla”. Pero China es demasiado grande para ser detenida. Y si China fuera “detenida”, eso implicaría una enorme confrontación. Y por último: ¿qué significa “revisionista” para estos derechistas norteamericanos? Quieren decir “esos países que no aceptan a EE.UU. como líder, quieren un sistema multipolar”. Bien: coincido con ellos. No creo que EE.UU. sea el único líder mundial.

—Su recomendación a la Rusia poscomunista fue: “Empiécese con el abandono de la intervención estatal, libérense los precios, promuévase la competencia en la empresa privada, véndanse las empresas estatales tan rápido como sea posible”. ¿Volvería hoy a recomendarle lo mismo a un país en la situación de aquella Rusia?

—En realidad, no recomendé eso de vender empresas estatales lo antes posible. Lo que dije fue que Rusia debía pasar de una economía planificada centralizada a una economía de mercado; debía liberar los precios, promover la competencia y corporativizar sus empresas, ponerlas bajo el imperio de la ley. En el sistema estatal estaba la Agencia Central de Planificación.

—La Gosplan.

—Pero cuando la Gosplan fue eliminada, esas empresas se quedaron sin gobierno. Por eso dije que necesitaban una junta directiva, una estructura legal y un marco contable. No creía en una venta rápida porque pensé que todo sería corrupto, y no era mi responsabilidad asesorar en privatizaciones. Me mantuvieron lejos de eso, porque yo no estaba a favor de lo que ellos hacían. Solo asesoré en la macroeconomía, cómo controlar el déficit presupuestario y cómo negociar con los países occidentales sobre finanzas. Mis recomendaciones no tuvieron éxito porque EE.UU. rechazó todo lo que les recomendé. Quería que Occidente fuese más cooperativo. Mi visión siempre ha sido la de una economía mixta. Soy socialdemócrata, filosófica e ideológicamente. Creo en un dominio fuerte del Estado, junto con un dominio fuerte de los mercados. Mi economía favorita es Suecia, no soy partidario del tipo de visión neoliberal.

—¿Cómo cree que debería ser la salida de Cuba del comunismo? ¿Cuál es su idea para el futuro?

—La realidad para Cuba es que enfrenta un embargo y una hostilidad por parte de Estados Unidos que lleva casi sesenta años. Serán sesenta en 2019. La mentalidad estadounidense durante un siglo ha sido la de dominar. Cuando el país se independiza, una de las primeras cosas que se hicieron en los años 1820 fue la doctrina Monroe, “América para los (norte)americanos”. “Manténganse alejados”, les dijeron a las potencias europeas. Eso fue de una soberbia enorme. A partir de 1898, el país pasó a ser una potencia al capturar un pequeño imperio en Cuba, Puerto Rico y las Filipinas, y aún tiene la colonia de Puerto Rico, que yo no llamaría colonia, pero el Congreso la tratan como si lo fuese. Abandonó a Cuba en 1901, pero con la enmienda Platt, decía cosas como: “Decidiremos sobre tu política, dirigiremos tu país como queramos, acatarán nuestra política exterior y nos quedaremos con la bahía de Guantánamo”, que Trump acaba de ratificar como propia. Es interesante. Trump dijo: “Debemos quedarnos con Guantánamo”. ¿Les preguntó a los cubanos? Porque es parte de su territorio… pero no para la mentalidad estadounidense. Castro fue una afrenta tan grande a la hegemonía norteamericana, que nunca pudimos superarlo como país. Cuando llegaron los anticastristas y armaron la poderosa base política de Florida, eso también fue decisivo para los votos en el Congreso. Y así estamos luego de sesenta años, sin haber eliminado las barreras comerciales. Nunca nos hicimos responsables por el bloqueo, solo seguimos haciéndoles demandas. Esto hace imposible que Cuba se ajuste, porque ellos quieren la soberanía. Recuerdan cuando los marines intervenían, se acuerdan de Batista, de la época de corrupción de los años 50 con los casinos, el juego y la hegemonía del mercado estadounidense. Los cubanos no quieren eso. Así que estamos en un punto muerto. Estuve en Cuba el año pasado y me reuní con académicos cubanos, no con el gobierno. Deberíamos tener talleres, estudios sobre cómo reintegrar la economía cubana. Cómo avanzar, cómo abrirnos a un tipo de cambio unificado y a la inversión, sin abusos. Pero es imposible con las políticas de hoy, con estos derechistas agresivos, señalando con el dedo, acusando, tan ignorantes de la historia.

Penas y Castigos, por Hoenir Sarthou.

Penas y Castigos, por Hoenir Sarthou.

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¿Por qué penamos ciertas conductas? ¿Por qué, a lo largo de la historia, todas las sociedades han castigado el asesinato, el robo, la violación, el daño a las personas y a las cosas?
Esas preguntas nos enfrentan a verdades duras. Solemos creer que algunos de esos delitos, en especial si afectan a niños o son cometidos con mucha crueldad, son conductas inhumanas. Monstruosidades que condenamos como contrarias a nuestra naturaleza. Nada más equivocado.
Herbert Marcuse, si no recuerdo mal, señaló que el canibalismo no está expresamente prohibido en la mayor parte de las legislaciones occidentales. Está prohibido matar, pero no, al menos no expresamente, comer carne humana.
¿Significa que el canibalismo es legal en la civilización occidental?
Bueno, no. Significa que no hay ya una pulsión perceptible por comer carne humana. Esa conducta, que en alguna época puede haber sido habitual y luego ritual, ha sido borrada –o así parece- de nuestros instintos. De hecho, la repulsión por la carne humana supera, en casi todos nosotros, a la que sentimos por comer ratas o cucarachas, conductas que tampoco están prohibidas y que sin embargo nadie realiza, salvo en el más absoluto estado de necesidad. Por eso no son necesarias normas que prohíban comer carne humana, quizá por aquello de que el asco es el grado más alto de la moral.
No penamos y castigamos lo inhumano. Penamos y castigamos aquello que potencialmente está en nosotros y queremos reprimir. El homicidio, la violación, el robo y todas las formas de violencia están en nosotros. Y seguiremos penándolas hasta que –estoy seguro de que ese día llegará- logremos sentirlas tan incomprensibles como comer carne humana o cucarachas
El viejo Sigmund Freud sostuvo que la civilización, toda civilización, está basada en la represión. Muchos años de diván y mucho cine y literatura nos han llevado a creer que el gran aporte de Freud a la humanidad fue una técnica para que las clases medias y altas pudieran reconciliarse con sus frustraciones ante el oído de un terapeuta. Desde mi modesta ignorancia, aceptando desde ya correcciones de los expertos, creo que lo más valioso de Freud es habernos dicho a la cara que la civilización se construye y sobrevive sobre la represión de nuestros instintos.
Mucha gente se escandaliza ante eso, porque el paradigma de moda es que podemos y debernos liberarnos de la represión, reconciliarnos con nuestros instintos, ser más “naturales”, más “espontáneos”, más “auténticos”, “seguir nuestros impulsos”, “hacer lo que sentimos”.
Sin embargo, –que me disculpen tanto los “liberadores” como los religiosos y los moralistas- desde la perspectiva de la civilización como represión, se entiende mejor la existencia de la religión, de la moral y del derecho, instituciones mucho más prácticas de lo que creemos. Las nociones de “pecado”, “inmoralidad” y “delito”, y los castigos reales o imaginarios que traen aparejados, tienen el efecto de limitar conductas socialmente destructivas. Así, matar, robar, violar y dañar son a la vez pecado, inmoralidad y delito, aquí y en China.
Es muy probable que, en tiempos en que los cambios tecnológicos y culturales se daban más lentamente, las nociones de pecado, inmoralidad y delito les ahorraran a las nuevas generaciones mucho tiempo y esfuerzo: el de descubrir por sí mismas qué conductas las beneficiaban y cuáles las perjudicaban.
Pero, si la religión, la moral y el derecho tienen funciones socialmente prácticas, es inevitable que, cada tanto, sus reglas requieran ajustes. Esencialmente porque ciertas virtudes dejan de ser necesarias, así como ciertos pecados pueden permitirse.
Hasta hace pocos siglos, la subsistencia de la humanidad no parecía segura. El hambre, las pestes y las guerras podían extinguir a una comunidad con facilidad. Así las cosas, era lógica una escala de valores que hoy está cuestionada pero parcialmente vigente. Era lógico que la anticoncepción, la homosexualidad y la masturbación fueran pecado, inmoralidad e incluso delito, porque conspiraban contra la reproducción. Era lógico que la laboriosidad y la frugalidad fueran virtudes, porque el hambre amenazaba. Y era lógico que fueran virtudes la fuerza, el coraje físico y la acometividad, porque la supervivencia del grupo humano solía depender de la capacidad de lucha de sus miembros.
Esos pecados y esas virtudes, desde el punto de vista práctico, son hoy tan necesarios como una cota de malla o una sangría. Con una humanidad que se acerca a los diez mil millones de personas y tecnología que hace cada vez menos necesario el trabajo y vuelve a las guerras un juego de pantallas e íconos virtuales, ¿para qué necesitamos la reproducción, la laboriosidad o el coraje físico? (Omito a la frugalidad porque, aunque hoy es una virtud devaluada, podemos a necesitarla muy pronto, salvo que surjan recursos naturales o tecnológicos desconocidos).
No sé si es claro lo que intento decir: nuestras creencias, nuestra moral, nuestras reglas, prejuicios, prohibiciones, convicciones y valores son el correlato de nuestras necesidades y posibilidades. Indican los deseos que podemos satisfacer y los que debemos reprimir.
Pero, claro, hay tiempos de crisis. Ha pasado muchas veces en la historia. Cuando las necesidades y las posibilidades cambian, toda esa arquitectura se desmorona y ya no es tan fácil saber qué es “bueno” ni qué es “malo”. Son tiempos descorazonadores para quienes deben vivirlos.
Estamos en tiempos de crisis, es decir de destrucción y de reconstrucción. Se demuele una edificación para que se levante otra. La diferencia es que en lo edilicio hay un plano que prevé cómo será el nuevo edificio. En lo social, el plano no existe, o quizá sólo se podría adivinarlo conociendo las necesidades y posibilidades que lo determinan y los intereses de quienes tienen algún poder sobre el diseño.
Las crisis civilizatorias enfrentan a quienes quieren reciclar las viejas edificaciones, destacando la belleza de sus molduras o la nobleza de sus materiales, con quienes quieren demolerlas, denunciando sus rajaduras, blandiendo modernas topadoras y fotocopiadoras de cemento. Junto a ellos, oportunistas que esperan medrar con las obras y espectadores pasivos que sólo observan y esperan.
Quienes se sienten demoledores del pasado, y eventualmente constructores del futuro (las categorías no necesariamente coinciden), creen siempre estar construyendo la coronación de los tiempos, una era de abundancia, desprejuicio, libertad y felicidad irrestrictas. La paradoja es que en realidad están construyendo las nuevas represiones. Tal vez menos estrechas, pero siempre represiones. Porque de lo contrario estarían destruyendo simplemente toda civilización.
No sé cómo llegué a dar este largo rodeo para decir que la incompatibilidad de criterios con que encaramos hoy los delitos, aquello que debe ser prohibido y castigado, es un signo de los tiempos que nos toca vivir. Cuando unos compadecen a los victimarios y proponen eliminar las cárceles, mientras otros reclaman pena de muerte para los homicidas y castración para los violadores, la cosa es evidente.
El derecho penal estatal es parte de un largo proceso civilizatorio. Surgió ante todo por interés social, para suplantar a la venganza privada, que fue la primera forma de justicia y derivaba en luchas interminables y destrucción de familias enteras. La privación de libertad, como pena, cumple varias funciones: satisface en parte el deseo de venganza de las víctimas, castiga al delincuente sustituyendo a castigos más cruentos e irreparables, como la muerte o las mutilaciones, pone al resto de la sociedad a resguardo del delincuente y se supone que a éste del resto de la sociedad, envía al colectivo el mensaje de que cierta conducta no es admisible para disuadirlo de adoptarla, y finalmente (este es su aspecto más moderno) se supone que debería apuntar a la reeducación del delincuente.
Que no podamos ponernos de acuerdo en cómo actuar frente a los delitos es el signo más claro de una época de crisis. Si oscilamos entre la impunidad y el linchamiento, si somos incapaces de acordar penas efectivas y razonables, si tratamos a la enfermedad como delito y al delito como enfermedad, si lo que para unos es delito para otros es virtud, si cada corporación (el fútbol, las mujeres, los docentes) reclama un régimen penal propio, si las cárceles son hipócritas lugares de tortura a los que uno no enviaría a un perro, es porque hemos olvidado el largo camino que nos trajo hasta aquí. No estamos superando el pasado sino ignorándolo.
Me pregunto –sin tener la respuesta- si es posible conservar un hilo de racionalidad en el pasaje del pasado al futuro. Y si, roto ese hilo, ignorantes de las razones históricas, no corremos el riesgo de que el futuro sea de igual o mayor barbarie que el pasado.

Facebook, Google: El traje nuevo del Gran Hermano.

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Capitalismo y Privacidad, por Samuel Earle

El capitalismo informacional ha convertido Internet en un medio de control social

En el discurso popular, el autoritarismo suele ser considerado la dramática antítesis del capitalismo liberal, y las pretendidas diferencias entre ambos no están en ningún lugar más marcadas que en sus actitudes con respecto a la privacidad. Mientras en el mundo liberal capitalista se considera que la casa de cada persona es su castillo, en los regímenes autoritarios no es más que otra jaula monitorizada por el Estado.

Hoy en día, sin embargo, la privacidad está desapareciendo entre los muros de las democracias capitalistas avanzadas y las corporaciones multinacionales, alzando la bandera de la transparencia total, son las que lideran el ataque.

En 1999, Scott McNealy, entonces director ejecutivo de Sun Microsystems, afirmó en unas conocidas declaraciones: “De todos modos, ahora usted tiene cero privacidad. Asúmalo.” El director ejecutivo de Google Enric Schmidt advertía: “si tienes algo que no quieres que nadie conozca, quizás en primer lugar no deberías estar haciéndolo.” Mark Zuckerberg, el sexto hombre más rico del mundo, decidió que la privacidad ya no era una norma social, “así que solo fuimos a por ella”, mientras que Alexander Nix, de la empresa de datos Cambridge Analytica -conocida por haber sido contratada para las campañas del Brexit y de Trump- presume de que su compañía “retrató la personalidad de todos y cada uno de los adultos en los Estados Unidos de América.”

En nuestros días, la retórica de los capitalistas privados resulta indistinguible de la retórica de los tiranos de Estado. Sus guiones son cada vez más similares. Sus diferencias se han exagerado siempre, si no imaginado, pero una vez pudimos confiar en que al menos se expresasen de formas diferentes. ¿Qué ha cambiado?

La ruptura del vínculo

En tanto que sistema económico fundado en la idea de una esfera privada -compuesta por individuos privados que poseen propiedad privada y generan beneficio privado en mercados privados- se supone que el capitalismo protege la privacidad individual. La santidad del reino de lo privado presuntamente asegura la máxima libertad para el individuo, ya que productores y consumidores se encuentran allí libres de interferencias indeseadas del Estado y de vecinos entrometidos.

Los detractores del capitalismo han condenado siempre su tendencia a vaciar lo común y aislar a cada persona en su burbuja privada, pero sus simpatizantes celebran esta atomización. “La civilización,” escribió Any Rand en 1943, “es el progreso hacia una sociedad de la privacidad. Toda la existencia del salvaje es pública, gobernada por las leyes de su tribu. La civilización es el proceso de liberar al hombre de los hombres.” Desde esta perspectiva, el énfasis del capitalismo en la protección de la esfera privada y de la resultante privacidad lo convirtió en el gran civilizador del mundo.

Ya en los años setenta, sin embargo, el vínculo entre el capitalismo y la privacidad individual comenzaba a romperse. En 1977, el jurista de derechas Richard Posner postulaba su “teoría económica de la privacidad,” publicándola finalmente como artículo en 1984. En ella, argumentaba que la privacidad individual es un estorbo para el capitalismo, al interrumpir el libre flujo de información que los mercados necesitan para ser eficientes. La conclusión de Posner fue que “las personas no deberían y mucho menos por motivos económicos- tener un derecho a ocultar hechos materiales sobre sí mismas.”

Posner estaba escribiendo para el Chicago Unbound, la revista jurídica de la Universidad de Chicago, el epicentro de la tormenta neoliberal que se estaba extendiendo alrededor del mundo. Milton Friedman fue uno de los colegas más cercanos a Posner y a menudo se incluye al mismo Posner en el paraguas de la Escuela de Chicago. Las raíces capitalistas de Posner -con su infinita exaltación del individuo privado- hizo todavía más sorprendentes sus argumentos contra la privacidad individual. El romance entre privacidad y capitalismo, dado por sentado durante mucho tiempo por liberales de pocas miras, se reveló como la más frívola de las relaciones: un matrimonio de conveniencia que ya no era conveniente.

En la era digital, esta relación se ha vuelto aún más problemática. En Internet ha emergido una nueva forma de capitalismo, que ha dado en llamarse capitalismo informacional, capitalismo digital, o capitalismo de la vigilancia. La información personal es la savia de la nueva economía: las compañías acumulan los datos de sus usuarios para vendérselos a los publicistas y generar ingresos. Cuanto más saben las compañías de los individuos, mejor pueden adecuar sus anuncios, aumentar sus “tasas de conversión” y acumular beneficios.

Hay, sin lugar a dudas, mucho dinero en juego. En el tercer trimestre de 2016, se invirtió un total de 17.600 millones de dólares en publicidad digital, un 20 por ciento más que el año anterior.

Facebook y Google se han convertido en un duopolio en este nuevo contexto, reportando alrededor de la mitad del total; de los 2.900 millones de crecimiento del último año, la pareja fue responsable de un notable 99 por ciento. En el proceso, han llegado a ser las dos empresas de más rápido crecimiento de la historia del capitalismo, con una habilidad para recoger, monitorizar y vender datos de los usuarios de formas que las demás compañías solo pueden imaginar. Su patrimonio colectivo neto es de 800 billones de dólares, más que el PIB total de los Países Bajos.

Ambos modelos de negocio muestran que, en el capitalismo informacional, la privacidad ya no pone obstáculos a la obtención de beneficios: la privacidad impide los beneficios. La creencia de que se debe permitir a los individuos controlar su información personal ahora contradice al mismo proceso capitalista de generación de beneficios. Lejos de proteger a los individuos privados de la interferencia externa, como imaginó Ayn Rand, las empresas ahora quieren conocer a los individuos tan bien como se conocen ellos mismos. Las empresas se esmeran en alcanzar la transparencia perfecta, de modo que, en palabras del economista jefe de Google, Hal Varian, el motor de búsqueda “sabrá lo que quieres y te lo dirá antes de que plantees la pregunta”.

Podríamos encontrar consuelo en el hecho de que el poder de estas compañías es distinto a la fuerza del Estado -pensar que, si su intención es orientar sus anuncios de forma más eficaz y vender los datos de manera más rentable, esto también podría redundar en beneficio del usuario.

Mucha gente disfruta utilizando un servicio que le conoce bien y reconoce sus hábitos personales, sus preferencias e intereses. La calidad de su experiencia aumenta con la cantidad de información personal que entregan -¿y quién no quiere servicios mejores?

Pero los peligros existen. Pese a que muchos de los datos que recogen las empresas tecnológicas son frívolos, debemos ser precavidos con el efecto de la agregación: tomada individualmente, cada pieza parece inocua; tomada en conjunto, revela una imagen íntima de nosotros.

Sin embargo, esto todavía no llega al corazón del problema. La mayor amenaza no está tanto en qué saben las empresas, sino en cómo utilizan dicho conocimiento. Los servicios que ofrecen son sugestivos, repletos de comodidades y nuevas posibilidades, adaptados a todas nuestras necesidades. Pero cuando cedemos mucha información personal a las empresas, les otorgamos increíbles poderes y responsabilidades. El conocimiento puede significar poder, pero la información a menudo significa dominación.

Y desde los primeros esfuerzos por recopilar datos a gran escala en el siglo XIX, las empresas han estado utilizando la tecnología para ejercer un control social masivo.

La máquina tabuladora de Hollerith

En 1880, con una población en aumento, un territorio en expansión y un deseo cada vez más profundo de estadísticas -unido a una completa falta de estrategia tecnológica- los datos recopilados por el Censo de los Estados Unidos tardaron casi una década en ser procesados. Para cuando se presentó el siguiente censo, en 1890, el tiempo de procesamiento se había reducido a tres meses.

Un joven ingeniero estadounidense, Herman Hollerith, inventó el sistema que permitió esta increíble aceleración. Inspirado por los revisores de tren, usó tarjetas perforadas para tabular automáticamente información sobre el conjunto de la población, en base a un conjunto de características estandarizadas, desde la raza y el género hasta niveles de alfabetización y religión. La máquina tabuladora de Hollerith, como se la conoció, es ahora reconocida como el primer sistema de información que reemplazó con éxito a la pluma y el papel. Países de todo el mundo lo utilizaron para recopilar datos sobre sus ciudadanos.

En 1911, Hollerith vendió su empresa y los derechos de su máquina en una fusión empresarial, formando la que ahora se conoce como la International Business Machines Corporation (IBM). Bajo el liderazgo de Thomas J. Watson, un hombre admirado como el “mejor vendedor del mundo”, IBM llegaría a ser propietaria del 90 por ciento de todas las máquinas de tabulación en los Estados Unidos. Las enviaron allí donde llamara el dinero.

Durante la década de 1930, llamó desde el Tercer Reich de Adolf Hitler. Bajo la dirección de la filial alemana de IBM, la máquina de Hollerith localizó a los judíos y facilitó su “procesamiento”. Los infames números tatuados en los brazos de los prisioneros eran números de identificación de IBM, coincidentes con su lugar individual en el sistema de tarjetas perforadas de la compañía. Los nazis recompensaron a Watson por sus servicios en 1937 con la prestigiosa Orden del Águila Alemana. Aunque devolvió el premio en 1940, su compañía continuó ayudando a Alemania durante la guerra.

No es que IBM apoyara explícitamente a los nazis; simplemente se despreocupó de los fines a los que pudiera servir su tecnología. En el mismo período, completó un proyecto similar para los Estados Unidos: enviar a los estadounidenses de origen japonés -más de cien mil de ellos- a los campos de internamiento de la costa este.

Las perversas colaboraciones de IBM durante la Segunda Guerra Mundial pueden representar un caso extremo, pero sería ingenuo dejar de tenerlas en cuenta por ello. De hecho, las acciones de la compañía encarnan una verdad muy manida: las empresas y los Estados han compartido regularmente intereses y han trabajado juntos para obtener ganancias mutuas.

Esto sucede al margen de principios morales. Después de todo, el capitalismo coexiste tan felizmente con dictaduras (Chile bajo Pinochet o la China de hoy) como lo hace con las democracias. El capitalista, guiado por su gran espíritu emprendedor, ve cada nuevo escenario como un nuevo conjunto de oportunidades. La única pregunta que queda es quién está listo para explotarlas.

El traje nuevo del Gran Hermano

La filtración masiva de documentos de la NSA en 2013 por parte de Edward Snowden reveló el rol activo que juegan las empresas en la vigilancia de Estado. Hizo patente la completa “difuminación de los límites públicos y privados en las actividades de vigilancia” con “colaboraciones e interdependencias constructivas entre las autoridades de seguridad del Estado y las empresas de alta tecnología”.

Facebook, Google y otros sitios web se habían convertido en las nuevas cámaras de videovigilancia del gobierno, pero con una gran diferencia: no solo habíamos normalizado estas nuevas tecnologías de vigilancia, sino que disfrutábamos activamente de su compañía.

Tras una fachada de lealtad al usuario, las compañías de tecnología ganan miles de millones prometiendo al público una cosa y al gobierno la contraria. Como reveló Snowden, Microsoft proclama que “es importante que tengas control sobre quién puede y no puede acceder a tus datos personales en la nube”, mientras trabaja con el gobierno americano para proporcionar un acceso más fácil a esos mismos datos.

Esta nueva encarnación de la vigilancia combina la distopía de Orwell con Un mundo feliz de Aldous Huxley. En la creación de Orwell, un Estado autoritario de la vigilancia mantiene el orden; en la de Huxley, la automedicación de soma, una droga antidepresiva que mantiene a todos sonrientes, hace el mismo trabajo. Hoy, la vigilancia se lleva a cabo menos por un Gran Hermano que por un conjunto de Mejores Amigos: estos servicios recuerdan nuestros cumpleaños, responden a nuestras preguntas sin emitir juicios y sugieren películas y libros que nos pueden gustar. Lejos de basarse en el miedo, el nuevo sistema de vigilancia es divertido, atento y útil. Cuando Facebook quebró en algunas ciudades de EEUU durante el verano de 2014, muchos estadounidenses llamaron al 911.

Las empresas tecnológicas nos aseguran que sus productos se centran en nosotros, los clientes. Pero esto no solo oculta sus propios propósitos de obtener ganancias sino también su perfecta armonía de intereses con el Estado. Los gobiernos permiten a las empresas recopilar sistemáticamente información individual -sin importar los riesgos o consecuencias que esto pueda presentar para los consumidores- porque los gobiernos reciben acceso a esos datos a cambio. Las empresas, por su parte, entregan los datos a los gobiernos porque reciben a cambio una legislación favorable.

Esta armonía se vuelve aún más evidente cuando uno examina las puertas giratorias entre el Estado y las compañías tecnológicas. El Center for Responsive Politics descubrió recientemente que las cinco mayores firmas tecnológicas -Apple, Amazon, Google, Facebook y Microsoft- gastaron 49 millones de dólares en lobbying solo en 2015, más del doble de los 20 millones que gastaron los cinco bancos más grandes y aproximadamente 3 millones más que las cinco compañías petroleras más grandes.

Durante los mandatos Obama, la industria tecnológica se afincó en Washington. Casi doscientas personas que trabajaban para la administración de Barack Obama en 2015 estaban trabajando para Google a finales de 2016, mientras que cincuenta y ocho se movieron en la dirección opuesta. Con Obama, los ejecutivos de Google se reunían en la Casa Blanca más de una vez a la semana de promedio.

A pesar de que Silicon Valley se inclina por los demócratas, también ha encontrado una situación favorable en la Casa Blanca de Trump. El multimillonario de Silicon Valley Peter Thiel es ahora uno de los principales asesores de Trump, y una de las primeras medidas del presidente después de las elecciones fue celebrar una cumbre tecnológica en la Trump Tower, invitando a diversos líderes a una recepción que ninguna otra industria recibió. “Estoy aquí para ayudarles, amigos”, prometió.

Una herramienta de control

En 1990, Internet parecía prometer una era de nueva libertad y de mayor conectividad global. Cuando el profesor de derecho de Harvard Lawrence Lessig expresó su inquietud en 2000, no fue escuchado. “Fuera de nuestro control”, advirtió, “el ciberespacio se convertirá en una herramienta de control perfecta”. Pocos estuvieron de acuerdo: “Lessig no ofrece muchas pruebas de que una pérdida de privacidad y libertad al estilo soviético esté en camino”, se burló un revisor escéptico.

Han pasado diecisiete años y ahora tenemos un aparato de vigilancia que excede al de cualquier Estado autoritario del pasado.

Pero no debemos reducir los riesgos del capitalismo informacional a la vigilancia gubernamental. La filosofía subyacente de estas compañías tecnológicas representa una amenaza a la libertad en sí misma. La ideología de Silicon Valley ha saturado el ciberespacio y está reconstruyendo el mundo a su imagen, probablemente superando todo lo que Lessig anticipó.

Los directores ejecutivos de las empresas tecnológicas celebran el presente como “la era más mensurable de la historia”, equiparando la recopilación de información con el ideal ilustrado de descubrimiento de conocimiento. Las corporaciones nos prometen que, siempre que tengan acceso a la información de todos, pueden corregir todos los errores de la sociedad. Esta idea sintetiza la mentalidad Big Data: resolver los problemas humanos requiere únicamente recopilar la información suficiente. Con plena fe en esta ideología, la mayoría de los capitalistas de la información están de acuerdo con Varian, el economista jefe de Google: cualquier resistencia a la pérdida de privacidad se disipará porque “las ventajas en términos de conveniencia, seguridad y servicios serán enormes”.

Pero esta comprensión del progreso basado en los datos constriñe al individuo. La privacidad debe ser un espacio de experimentación creativa, un lugar en el que el individuo puede tomar distancia de los juicios y controles externos. Un mundo sin privacidad, por el contrario, corre el riesgo de la uniformización y el conformismo. Al menos idealmente, las experimentaciones privadas de los individuos desafían las normas e ideologías dominantes; esta fricción, continúa el argumento, empuja a la sociedad hacia adelante. Sin embargo, bajo el capitalismo informacional, el progreso, que una vez exigió respeto por la privacidad, ahora exige su rechazo.

Bajo el capitalismo del Big Data, la privacidad del individuo queda subsumida en una ideología de progreso vinculada a la obtención de beneficios. Si el liberalismo sostenía que restringir la libertad de expresión es particularmente malo, pues “supone un robo a la especie humana”, el capitalismo informativo defiende que la negativa a compartir información personal es el verdadero robo a la especie humana. Mantener algunos aspectos de uno mismo en privado ahora se interpone en el camino del progreso.

Es sorprendente como el concepto de progreso de Silicon Valley se alinea tan perfectamente con sus propios intereses económicos. Esta ideología no solo promueve la tecnología como la solución a todos los problemas -¿y quién será el encargado de suministrar la tecnología?-, sino que además hace depender tanto los beneficios como el progreso de la existencia de un mismo recurso: cada vez más información personal. Sin embargo, la armonía entre el progreso y el beneficio no es perfecta y esta contradicción es lo que mejor revela el rostro autoritario del Silicon Valley.

Mientras que en términos de “progreso” estas compañías tecnológicas se presentan a sí mismas como pioneras radicales -se mueven rápido y cambian las cosas, como dice el mantra-, cuando se trata de obtener ganancias esta “radicalidad” enmascara un deseo de perfecto conformismo. Como señala la especialista en privacidad Julie Cohen, el capitalismo informacional desea en última instancia “producir ciudadanos consumidores manejables y predecibles, cuyos modos preferidos de autodeterminación se desarrollen a lo largo de trayectorias predecibles y generadoras de beneficios”.

Para hacerlo, estas firmas tecnológicas establecen una densa red de opciones -como en las sofisticadas recomendaciones de Spotify y Netflix- adaptadas a una versión particular de la identidad de un individuo, “diseñadas para promover opciones consumistas y generadoras de beneficios que sistemáticamente desfavorecerán las innovaciones diseñadas para promover otros valores”. Como expone el ex especialista en ética de diseño de Google, Tristan Harris, “si controlas el menú, controlas las elecciones” -y si controlas las elecciones, estás controlando las acciones-.

El capitalismo siempre ha tratado de alinear las ambiciones de la sociedad con las suyas propias. Con Internet, este objetivo está más cerca de cumplirse. Existen pocas fuerzas opositoras, si aún las hay. De los quince sitios web más visitados del mundo, solo uno, Wikipedia, no opera bajo la lógica de Silicon Valley. Teniendo en cuenta la creciente importancia de Internet como un espacio para el desarrollo humano, la penetrante influencia de esta ideología no puede ser saludable para una sociedad diversa y democrática. Esta dinámica no hace más que intensificarse cuando dos compañías, Google y Facebook, prácticamente controlan el mercado.

Como lugar de auto-creación, discusión pública y organización social, Internet influye en la forma de estructurar nuestro pensamiento, nuestro conocimiento y nuestro comportamiento. Hoy, es un espacio construido casi exclusivamente con el objetivo de maximizar los beneficios.

En una burla de su promesa utópica inicial, Internet se ha convertido no solo en una herramienta de vigilancia masiva, sino también en una tecnología de publicidad avanzada y un medio de control social.

Si queremos desafiar este estado de las cosas, debemos comenzar por tener conversaciones más significativas sobre la Internet que queremos. Es algo demasiado importante como para que siga siendo un dominio exclusivo de las empresas.

Los datos, si se deben recopilar, deben democratizarse, no filtrarse a través de algoritmos secretos para obtener beneficios privados. Hasta que se rompa el control tiránico de Internet, en el capitalismo informacional los peligros solo se profundizarán. Como con todas las tiranías, las vidas de los ciudadanos serán cada vez más transparentes, mientras que las actividades de los poderosos serán cada vez más opacas.

Samuel Earle Periodista independiente que escribe en distintos medios.
Fuente:
https://www.jacobinmag.com/2017/04/google-facebook-informational-capitalism

Paraísos fiscales: LOS PROSTÍBULOS DEL CAPITALISMO.

Los prostíbulos del capitalismo
Por: Emir Sader
22 noviembre 2017

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Los mal llamados paraísos fiscales funcionan como prostíbulos del capitalismo. Se hacen allí los negocios turbios, que no pueden ser confesados públicamente pero que son indispensables para el funcionamento del sistema. Como los prostíbulos en la sociedad tradicional.

Conforme se acumulan las denuncias y las listas de personajes y empresas que tienen cuentas en esos lugares, nos damos cuenta del papel central y no apenas marginal que ellos tienen en la economía mundial. “No se trata de ‘islas’ en el sentido económico, sino de una red sistémica de territorios que escapan a las jurisdicciones nacionales, permitiendo que el conjunto de los grandes flujos financieros mundiales rehuya sus obligaciones fiscales, escondiendo los orígenes de los recursos o enmascarando su destino” (A era do capital improductivo, Ladislau Dowbor, Ed. Autonomia Literaria, Sao Paulo, 2017, pág. 83).

Todos los grandes grupos financieros mundiales y económicos en general tienen hoy filiales o incluso matrices en paraísos fiscales. Esa extraterritorialidad (offshore) forma una dimensión de prácticamente todas las actividades económicas de los gigantes corporativos, constituyendo una amplia cámara mundial de compensaciones, donde los distintos flujos financieros ingresan a la zona del secreto, del impuesto cero o algo equivalente y de libertad relativamente a cualquier control efectivo.

En los paraísos fiscales los recursos son reconvertidos en usos diversos, repasados a empresas con nombres y nacionalidades distintos, lavados y fomalmente limpios. No es que todo se vuelva secreto, sino con la fragmentación del flujo financiero el conjunto del sistema lo vuelve opaco.

Hay iniciativas para controlar relativamente ese flujo monstruoso de recursos, pero el sistema financiero es global, mientras las leyes son nacionales y no hay un sistema de gobierno mundial. Asimismo, se puede ganar más aplicando en productos financieros y, sobre todo, sin pagar impuestos; es un negocio redondo.

“El sistema offshore creció con metástasis en todo el globo y surgió un poderoso ejército de abogados, contadores y banqueros para hacer funcionar el sistema.

En realidad, el sistema raramente agrega algún valor. Al contrario, está redistribuyendo la riqueza hacia arriba y los riesgos hacia abajo, generando una nueva estufa global para el crimen” (Treasured Islands: Uncovering the Damage of Offshore Banking and Tax Havens, Shaxon, Nicholas. St. Martin’s Press, Nova York, 2011.

El tema de los impuestos es central. Las ganancias son offshore, donde escapan de los impuestos, pero los costos y el pago de los intereses son onshore, donde son deducidos los impuestos.

La mayor parte de las actividades son legales. No es ilegal tener una cuenta en las islas Caimán. “La gran corrupción genera su propia legalidad, que pasa por la apropiación de la política, proceso que Shaxon llama de captura del Estado (Dowbor, pág. 86).

Se trata de una corrupción sistémica. La corrupción envuelve a especialistas que abusan del bien común, en secreto y con impunidad, minando las reglas y los sistemas que promueven el interés público y nuestra confianza en las reglas y sistemas existentes, intensificando la pobreza y la desigualdad.

La base de la ley de las corporaciones y de las sociedades anónimas es que el anonimato de la propiedad y el derecho a ser tratadas como personas jurídicas, pudiendo declarar su sede legal donde quieran e independiente del local efectivo de sus actividades, tendría como contrapeso la transparencia de las cuentas (Dowbor, pág. 86).

Las propinas contaminan y corrompen a los gobiernos, y los paraísos fiscales corrompen el sistema financiero global. Se ha creado un sistema que vuelve inviable cualquier control jurídico y penal de la criminalidad bancaria. Las corporaciones constituyen un sistema judicial paralelo que les permite incluso procesar a los estados a partir de su propio aparato jurídico.

La revista británica The Economist calcula que en los paraísos fiscales se encuentran 20 trillones de dólares, ubicando a las principales plazas financieras que dirigen estos recursos en el estado norteamericano de Delaware y en Londres. Las islas sirven de localización legal y de protección en términos de jurisdicción, fiscalidad e información, pero la gestión es realizada por los grandes bancos. Se trata de un gigantesco drenaje que permite que los ciclos financieros queden resguardados de las informaciones.