Penas y Castigos, por Hoenir Sarthou.

Penas y Castigos, por Hoenir Sarthou.

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¿Por qué penamos ciertas conductas? ¿Por qué, a lo largo de la historia, todas las sociedades han castigado el asesinato, el robo, la violación, el daño a las personas y a las cosas?
Esas preguntas nos enfrentan a verdades duras. Solemos creer que algunos de esos delitos, en especial si afectan a niños o son cometidos con mucha crueldad, son conductas inhumanas. Monstruosidades que condenamos como contrarias a nuestra naturaleza. Nada más equivocado.
Herbert Marcuse, si no recuerdo mal, señaló que el canibalismo no está expresamente prohibido en la mayor parte de las legislaciones occidentales. Está prohibido matar, pero no, al menos no expresamente, comer carne humana.
¿Significa que el canibalismo es legal en la civilización occidental?
Bueno, no. Significa que no hay ya una pulsión perceptible por comer carne humana. Esa conducta, que en alguna época puede haber sido habitual y luego ritual, ha sido borrada –o así parece- de nuestros instintos. De hecho, la repulsión por la carne humana supera, en casi todos nosotros, a la que sentimos por comer ratas o cucarachas, conductas que tampoco están prohibidas y que sin embargo nadie realiza, salvo en el más absoluto estado de necesidad. Por eso no son necesarias normas que prohíban comer carne humana, quizá por aquello de que el asco es el grado más alto de la moral.
No penamos y castigamos lo inhumano. Penamos y castigamos aquello que potencialmente está en nosotros y queremos reprimir. El homicidio, la violación, el robo y todas las formas de violencia están en nosotros. Y seguiremos penándolas hasta que –estoy seguro de que ese día llegará- logremos sentirlas tan incomprensibles como comer carne humana o cucarachas
El viejo Sigmund Freud sostuvo que la civilización, toda civilización, está basada en la represión. Muchos años de diván y mucho cine y literatura nos han llevado a creer que el gran aporte de Freud a la humanidad fue una técnica para que las clases medias y altas pudieran reconciliarse con sus frustraciones ante el oído de un terapeuta. Desde mi modesta ignorancia, aceptando desde ya correcciones de los expertos, creo que lo más valioso de Freud es habernos dicho a la cara que la civilización se construye y sobrevive sobre la represión de nuestros instintos.
Mucha gente se escandaliza ante eso, porque el paradigma de moda es que podemos y debernos liberarnos de la represión, reconciliarnos con nuestros instintos, ser más “naturales”, más “espontáneos”, más “auténticos”, “seguir nuestros impulsos”, “hacer lo que sentimos”.
Sin embargo, –que me disculpen tanto los “liberadores” como los religiosos y los moralistas- desde la perspectiva de la civilización como represión, se entiende mejor la existencia de la religión, de la moral y del derecho, instituciones mucho más prácticas de lo que creemos. Las nociones de “pecado”, “inmoralidad” y “delito”, y los castigos reales o imaginarios que traen aparejados, tienen el efecto de limitar conductas socialmente destructivas. Así, matar, robar, violar y dañar son a la vez pecado, inmoralidad y delito, aquí y en China.
Es muy probable que, en tiempos en que los cambios tecnológicos y culturales se daban más lentamente, las nociones de pecado, inmoralidad y delito les ahorraran a las nuevas generaciones mucho tiempo y esfuerzo: el de descubrir por sí mismas qué conductas las beneficiaban y cuáles las perjudicaban.
Pero, si la religión, la moral y el derecho tienen funciones socialmente prácticas, es inevitable que, cada tanto, sus reglas requieran ajustes. Esencialmente porque ciertas virtudes dejan de ser necesarias, así como ciertos pecados pueden permitirse.
Hasta hace pocos siglos, la subsistencia de la humanidad no parecía segura. El hambre, las pestes y las guerras podían extinguir a una comunidad con facilidad. Así las cosas, era lógica una escala de valores que hoy está cuestionada pero parcialmente vigente. Era lógico que la anticoncepción, la homosexualidad y la masturbación fueran pecado, inmoralidad e incluso delito, porque conspiraban contra la reproducción. Era lógico que la laboriosidad y la frugalidad fueran virtudes, porque el hambre amenazaba. Y era lógico que fueran virtudes la fuerza, el coraje físico y la acometividad, porque la supervivencia del grupo humano solía depender de la capacidad de lucha de sus miembros.
Esos pecados y esas virtudes, desde el punto de vista práctico, son hoy tan necesarios como una cota de malla o una sangría. Con una humanidad que se acerca a los diez mil millones de personas y tecnología que hace cada vez menos necesario el trabajo y vuelve a las guerras un juego de pantallas e íconos virtuales, ¿para qué necesitamos la reproducción, la laboriosidad o el coraje físico? (Omito a la frugalidad porque, aunque hoy es una virtud devaluada, podemos a necesitarla muy pronto, salvo que surjan recursos naturales o tecnológicos desconocidos).
No sé si es claro lo que intento decir: nuestras creencias, nuestra moral, nuestras reglas, prejuicios, prohibiciones, convicciones y valores son el correlato de nuestras necesidades y posibilidades. Indican los deseos que podemos satisfacer y los que debemos reprimir.
Pero, claro, hay tiempos de crisis. Ha pasado muchas veces en la historia. Cuando las necesidades y las posibilidades cambian, toda esa arquitectura se desmorona y ya no es tan fácil saber qué es “bueno” ni qué es “malo”. Son tiempos descorazonadores para quienes deben vivirlos.
Estamos en tiempos de crisis, es decir de destrucción y de reconstrucción. Se demuele una edificación para que se levante otra. La diferencia es que en lo edilicio hay un plano que prevé cómo será el nuevo edificio. En lo social, el plano no existe, o quizá sólo se podría adivinarlo conociendo las necesidades y posibilidades que lo determinan y los intereses de quienes tienen algún poder sobre el diseño.
Las crisis civilizatorias enfrentan a quienes quieren reciclar las viejas edificaciones, destacando la belleza de sus molduras o la nobleza de sus materiales, con quienes quieren demolerlas, denunciando sus rajaduras, blandiendo modernas topadoras y fotocopiadoras de cemento. Junto a ellos, oportunistas que esperan medrar con las obras y espectadores pasivos que sólo observan y esperan.
Quienes se sienten demoledores del pasado, y eventualmente constructores del futuro (las categorías no necesariamente coinciden), creen siempre estar construyendo la coronación de los tiempos, una era de abundancia, desprejuicio, libertad y felicidad irrestrictas. La paradoja es que en realidad están construyendo las nuevas represiones. Tal vez menos estrechas, pero siempre represiones. Porque de lo contrario estarían destruyendo simplemente toda civilización.
No sé cómo llegué a dar este largo rodeo para decir que la incompatibilidad de criterios con que encaramos hoy los delitos, aquello que debe ser prohibido y castigado, es un signo de los tiempos que nos toca vivir. Cuando unos compadecen a los victimarios y proponen eliminar las cárceles, mientras otros reclaman pena de muerte para los homicidas y castración para los violadores, la cosa es evidente.
El derecho penal estatal es parte de un largo proceso civilizatorio. Surgió ante todo por interés social, para suplantar a la venganza privada, que fue la primera forma de justicia y derivaba en luchas interminables y destrucción de familias enteras. La privación de libertad, como pena, cumple varias funciones: satisface en parte el deseo de venganza de las víctimas, castiga al delincuente sustituyendo a castigos más cruentos e irreparables, como la muerte o las mutilaciones, pone al resto de la sociedad a resguardo del delincuente y se supone que a éste del resto de la sociedad, envía al colectivo el mensaje de que cierta conducta no es admisible para disuadirlo de adoptarla, y finalmente (este es su aspecto más moderno) se supone que debería apuntar a la reeducación del delincuente.
Que no podamos ponernos de acuerdo en cómo actuar frente a los delitos es el signo más claro de una época de crisis. Si oscilamos entre la impunidad y el linchamiento, si somos incapaces de acordar penas efectivas y razonables, si tratamos a la enfermedad como delito y al delito como enfermedad, si lo que para unos es delito para otros es virtud, si cada corporación (el fútbol, las mujeres, los docentes) reclama un régimen penal propio, si las cárceles son hipócritas lugares de tortura a los que uno no enviaría a un perro, es porque hemos olvidado el largo camino que nos trajo hasta aquí. No estamos superando el pasado sino ignorándolo.
Me pregunto –sin tener la respuesta- si es posible conservar un hilo de racionalidad en el pasaje del pasado al futuro. Y si, roto ese hilo, ignorantes de las razones históricas, no corremos el riesgo de que el futuro sea de igual o mayor barbarie que el pasado.

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Facebook, Google: El traje nuevo del Gran Hermano.

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Capitalismo y Privacidad, por Samuel Earle

El capitalismo informacional ha convertido Internet en un medio de control social

En el discurso popular, el autoritarismo suele ser considerado la dramática antítesis del capitalismo liberal, y las pretendidas diferencias entre ambos no están en ningún lugar más marcadas que en sus actitudes con respecto a la privacidad. Mientras en el mundo liberal capitalista se considera que la casa de cada persona es su castillo, en los regímenes autoritarios no es más que otra jaula monitorizada por el Estado.

Hoy en día, sin embargo, la privacidad está desapareciendo entre los muros de las democracias capitalistas avanzadas y las corporaciones multinacionales, alzando la bandera de la transparencia total, son las que lideran el ataque.

En 1999, Scott McNealy, entonces director ejecutivo de Sun Microsystems, afirmó en unas conocidas declaraciones: “De todos modos, ahora usted tiene cero privacidad. Asúmalo.” El director ejecutivo de Google Enric Schmidt advertía: “si tienes algo que no quieres que nadie conozca, quizás en primer lugar no deberías estar haciéndolo.” Mark Zuckerberg, el sexto hombre más rico del mundo, decidió que la privacidad ya no era una norma social, “así que solo fuimos a por ella”, mientras que Alexander Nix, de la empresa de datos Cambridge Analytica -conocida por haber sido contratada para las campañas del Brexit y de Trump- presume de que su compañía “retrató la personalidad de todos y cada uno de los adultos en los Estados Unidos de América.”

En nuestros días, la retórica de los capitalistas privados resulta indistinguible de la retórica de los tiranos de Estado. Sus guiones son cada vez más similares. Sus diferencias se han exagerado siempre, si no imaginado, pero una vez pudimos confiar en que al menos se expresasen de formas diferentes. ¿Qué ha cambiado?

La ruptura del vínculo

En tanto que sistema económico fundado en la idea de una esfera privada -compuesta por individuos privados que poseen propiedad privada y generan beneficio privado en mercados privados- se supone que el capitalismo protege la privacidad individual. La santidad del reino de lo privado presuntamente asegura la máxima libertad para el individuo, ya que productores y consumidores se encuentran allí libres de interferencias indeseadas del Estado y de vecinos entrometidos.

Los detractores del capitalismo han condenado siempre su tendencia a vaciar lo común y aislar a cada persona en su burbuja privada, pero sus simpatizantes celebran esta atomización. “La civilización,” escribió Any Rand en 1943, “es el progreso hacia una sociedad de la privacidad. Toda la existencia del salvaje es pública, gobernada por las leyes de su tribu. La civilización es el proceso de liberar al hombre de los hombres.” Desde esta perspectiva, el énfasis del capitalismo en la protección de la esfera privada y de la resultante privacidad lo convirtió en el gran civilizador del mundo.

Ya en los años setenta, sin embargo, el vínculo entre el capitalismo y la privacidad individual comenzaba a romperse. En 1977, el jurista de derechas Richard Posner postulaba su “teoría económica de la privacidad,” publicándola finalmente como artículo en 1984. En ella, argumentaba que la privacidad individual es un estorbo para el capitalismo, al interrumpir el libre flujo de información que los mercados necesitan para ser eficientes. La conclusión de Posner fue que “las personas no deberían y mucho menos por motivos económicos- tener un derecho a ocultar hechos materiales sobre sí mismas.”

Posner estaba escribiendo para el Chicago Unbound, la revista jurídica de la Universidad de Chicago, el epicentro de la tormenta neoliberal que se estaba extendiendo alrededor del mundo. Milton Friedman fue uno de los colegas más cercanos a Posner y a menudo se incluye al mismo Posner en el paraguas de la Escuela de Chicago. Las raíces capitalistas de Posner -con su infinita exaltación del individuo privado- hizo todavía más sorprendentes sus argumentos contra la privacidad individual. El romance entre privacidad y capitalismo, dado por sentado durante mucho tiempo por liberales de pocas miras, se reveló como la más frívola de las relaciones: un matrimonio de conveniencia que ya no era conveniente.

En la era digital, esta relación se ha vuelto aún más problemática. En Internet ha emergido una nueva forma de capitalismo, que ha dado en llamarse capitalismo informacional, capitalismo digital, o capitalismo de la vigilancia. La información personal es la savia de la nueva economía: las compañías acumulan los datos de sus usuarios para vendérselos a los publicistas y generar ingresos. Cuanto más saben las compañías de los individuos, mejor pueden adecuar sus anuncios, aumentar sus “tasas de conversión” y acumular beneficios.

Hay, sin lugar a dudas, mucho dinero en juego. En el tercer trimestre de 2016, se invirtió un total de 17.600 millones de dólares en publicidad digital, un 20 por ciento más que el año anterior.

Facebook y Google se han convertido en un duopolio en este nuevo contexto, reportando alrededor de la mitad del total; de los 2.900 millones de crecimiento del último año, la pareja fue responsable de un notable 99 por ciento. En el proceso, han llegado a ser las dos empresas de más rápido crecimiento de la historia del capitalismo, con una habilidad para recoger, monitorizar y vender datos de los usuarios de formas que las demás compañías solo pueden imaginar. Su patrimonio colectivo neto es de 800 billones de dólares, más que el PIB total de los Países Bajos.

Ambos modelos de negocio muestran que, en el capitalismo informacional, la privacidad ya no pone obstáculos a la obtención de beneficios: la privacidad impide los beneficios. La creencia de que se debe permitir a los individuos controlar su información personal ahora contradice al mismo proceso capitalista de generación de beneficios. Lejos de proteger a los individuos privados de la interferencia externa, como imaginó Ayn Rand, las empresas ahora quieren conocer a los individuos tan bien como se conocen ellos mismos. Las empresas se esmeran en alcanzar la transparencia perfecta, de modo que, en palabras del economista jefe de Google, Hal Varian, el motor de búsqueda “sabrá lo que quieres y te lo dirá antes de que plantees la pregunta”.

Podríamos encontrar consuelo en el hecho de que el poder de estas compañías es distinto a la fuerza del Estado -pensar que, si su intención es orientar sus anuncios de forma más eficaz y vender los datos de manera más rentable, esto también podría redundar en beneficio del usuario.

Mucha gente disfruta utilizando un servicio que le conoce bien y reconoce sus hábitos personales, sus preferencias e intereses. La calidad de su experiencia aumenta con la cantidad de información personal que entregan -¿y quién no quiere servicios mejores?

Pero los peligros existen. Pese a que muchos de los datos que recogen las empresas tecnológicas son frívolos, debemos ser precavidos con el efecto de la agregación: tomada individualmente, cada pieza parece inocua; tomada en conjunto, revela una imagen íntima de nosotros.

Sin embargo, esto todavía no llega al corazón del problema. La mayor amenaza no está tanto en qué saben las empresas, sino en cómo utilizan dicho conocimiento. Los servicios que ofrecen son sugestivos, repletos de comodidades y nuevas posibilidades, adaptados a todas nuestras necesidades. Pero cuando cedemos mucha información personal a las empresas, les otorgamos increíbles poderes y responsabilidades. El conocimiento puede significar poder, pero la información a menudo significa dominación.

Y desde los primeros esfuerzos por recopilar datos a gran escala en el siglo XIX, las empresas han estado utilizando la tecnología para ejercer un control social masivo.

La máquina tabuladora de Hollerith

En 1880, con una población en aumento, un territorio en expansión y un deseo cada vez más profundo de estadísticas -unido a una completa falta de estrategia tecnológica- los datos recopilados por el Censo de los Estados Unidos tardaron casi una década en ser procesados. Para cuando se presentó el siguiente censo, en 1890, el tiempo de procesamiento se había reducido a tres meses.

Un joven ingeniero estadounidense, Herman Hollerith, inventó el sistema que permitió esta increíble aceleración. Inspirado por los revisores de tren, usó tarjetas perforadas para tabular automáticamente información sobre el conjunto de la población, en base a un conjunto de características estandarizadas, desde la raza y el género hasta niveles de alfabetización y religión. La máquina tabuladora de Hollerith, como se la conoció, es ahora reconocida como el primer sistema de información que reemplazó con éxito a la pluma y el papel. Países de todo el mundo lo utilizaron para recopilar datos sobre sus ciudadanos.

En 1911, Hollerith vendió su empresa y los derechos de su máquina en una fusión empresarial, formando la que ahora se conoce como la International Business Machines Corporation (IBM). Bajo el liderazgo de Thomas J. Watson, un hombre admirado como el “mejor vendedor del mundo”, IBM llegaría a ser propietaria del 90 por ciento de todas las máquinas de tabulación en los Estados Unidos. Las enviaron allí donde llamara el dinero.

Durante la década de 1930, llamó desde el Tercer Reich de Adolf Hitler. Bajo la dirección de la filial alemana de IBM, la máquina de Hollerith localizó a los judíos y facilitó su “procesamiento”. Los infames números tatuados en los brazos de los prisioneros eran números de identificación de IBM, coincidentes con su lugar individual en el sistema de tarjetas perforadas de la compañía. Los nazis recompensaron a Watson por sus servicios en 1937 con la prestigiosa Orden del Águila Alemana. Aunque devolvió el premio en 1940, su compañía continuó ayudando a Alemania durante la guerra.

No es que IBM apoyara explícitamente a los nazis; simplemente se despreocupó de los fines a los que pudiera servir su tecnología. En el mismo período, completó un proyecto similar para los Estados Unidos: enviar a los estadounidenses de origen japonés -más de cien mil de ellos- a los campos de internamiento de la costa este.

Las perversas colaboraciones de IBM durante la Segunda Guerra Mundial pueden representar un caso extremo, pero sería ingenuo dejar de tenerlas en cuenta por ello. De hecho, las acciones de la compañía encarnan una verdad muy manida: las empresas y los Estados han compartido regularmente intereses y han trabajado juntos para obtener ganancias mutuas.

Esto sucede al margen de principios morales. Después de todo, el capitalismo coexiste tan felizmente con dictaduras (Chile bajo Pinochet o la China de hoy) como lo hace con las democracias. El capitalista, guiado por su gran espíritu emprendedor, ve cada nuevo escenario como un nuevo conjunto de oportunidades. La única pregunta que queda es quién está listo para explotarlas.

El traje nuevo del Gran Hermano

La filtración masiva de documentos de la NSA en 2013 por parte de Edward Snowden reveló el rol activo que juegan las empresas en la vigilancia de Estado. Hizo patente la completa “difuminación de los límites públicos y privados en las actividades de vigilancia” con “colaboraciones e interdependencias constructivas entre las autoridades de seguridad del Estado y las empresas de alta tecnología”.

Facebook, Google y otros sitios web se habían convertido en las nuevas cámaras de videovigilancia del gobierno, pero con una gran diferencia: no solo habíamos normalizado estas nuevas tecnologías de vigilancia, sino que disfrutábamos activamente de su compañía.

Tras una fachada de lealtad al usuario, las compañías de tecnología ganan miles de millones prometiendo al público una cosa y al gobierno la contraria. Como reveló Snowden, Microsoft proclama que “es importante que tengas control sobre quién puede y no puede acceder a tus datos personales en la nube”, mientras trabaja con el gobierno americano para proporcionar un acceso más fácil a esos mismos datos.

Esta nueva encarnación de la vigilancia combina la distopía de Orwell con Un mundo feliz de Aldous Huxley. En la creación de Orwell, un Estado autoritario de la vigilancia mantiene el orden; en la de Huxley, la automedicación de soma, una droga antidepresiva que mantiene a todos sonrientes, hace el mismo trabajo. Hoy, la vigilancia se lleva a cabo menos por un Gran Hermano que por un conjunto de Mejores Amigos: estos servicios recuerdan nuestros cumpleaños, responden a nuestras preguntas sin emitir juicios y sugieren películas y libros que nos pueden gustar. Lejos de basarse en el miedo, el nuevo sistema de vigilancia es divertido, atento y útil. Cuando Facebook quebró en algunas ciudades de EEUU durante el verano de 2014, muchos estadounidenses llamaron al 911.

Las empresas tecnológicas nos aseguran que sus productos se centran en nosotros, los clientes. Pero esto no solo oculta sus propios propósitos de obtener ganancias sino también su perfecta armonía de intereses con el Estado. Los gobiernos permiten a las empresas recopilar sistemáticamente información individual -sin importar los riesgos o consecuencias que esto pueda presentar para los consumidores- porque los gobiernos reciben acceso a esos datos a cambio. Las empresas, por su parte, entregan los datos a los gobiernos porque reciben a cambio una legislación favorable.

Esta armonía se vuelve aún más evidente cuando uno examina las puertas giratorias entre el Estado y las compañías tecnológicas. El Center for Responsive Politics descubrió recientemente que las cinco mayores firmas tecnológicas -Apple, Amazon, Google, Facebook y Microsoft- gastaron 49 millones de dólares en lobbying solo en 2015, más del doble de los 20 millones que gastaron los cinco bancos más grandes y aproximadamente 3 millones más que las cinco compañías petroleras más grandes.

Durante los mandatos Obama, la industria tecnológica se afincó en Washington. Casi doscientas personas que trabajaban para la administración de Barack Obama en 2015 estaban trabajando para Google a finales de 2016, mientras que cincuenta y ocho se movieron en la dirección opuesta. Con Obama, los ejecutivos de Google se reunían en la Casa Blanca más de una vez a la semana de promedio.

A pesar de que Silicon Valley se inclina por los demócratas, también ha encontrado una situación favorable en la Casa Blanca de Trump. El multimillonario de Silicon Valley Peter Thiel es ahora uno de los principales asesores de Trump, y una de las primeras medidas del presidente después de las elecciones fue celebrar una cumbre tecnológica en la Trump Tower, invitando a diversos líderes a una recepción que ninguna otra industria recibió. “Estoy aquí para ayudarles, amigos”, prometió.

Una herramienta de control

En 1990, Internet parecía prometer una era de nueva libertad y de mayor conectividad global. Cuando el profesor de derecho de Harvard Lawrence Lessig expresó su inquietud en 2000, no fue escuchado. “Fuera de nuestro control”, advirtió, “el ciberespacio se convertirá en una herramienta de control perfecta”. Pocos estuvieron de acuerdo: “Lessig no ofrece muchas pruebas de que una pérdida de privacidad y libertad al estilo soviético esté en camino”, se burló un revisor escéptico.

Han pasado diecisiete años y ahora tenemos un aparato de vigilancia que excede al de cualquier Estado autoritario del pasado.

Pero no debemos reducir los riesgos del capitalismo informacional a la vigilancia gubernamental. La filosofía subyacente de estas compañías tecnológicas representa una amenaza a la libertad en sí misma. La ideología de Silicon Valley ha saturado el ciberespacio y está reconstruyendo el mundo a su imagen, probablemente superando todo lo que Lessig anticipó.

Los directores ejecutivos de las empresas tecnológicas celebran el presente como “la era más mensurable de la historia”, equiparando la recopilación de información con el ideal ilustrado de descubrimiento de conocimiento. Las corporaciones nos prometen que, siempre que tengan acceso a la información de todos, pueden corregir todos los errores de la sociedad. Esta idea sintetiza la mentalidad Big Data: resolver los problemas humanos requiere únicamente recopilar la información suficiente. Con plena fe en esta ideología, la mayoría de los capitalistas de la información están de acuerdo con Varian, el economista jefe de Google: cualquier resistencia a la pérdida de privacidad se disipará porque “las ventajas en términos de conveniencia, seguridad y servicios serán enormes”.

Pero esta comprensión del progreso basado en los datos constriñe al individuo. La privacidad debe ser un espacio de experimentación creativa, un lugar en el que el individuo puede tomar distancia de los juicios y controles externos. Un mundo sin privacidad, por el contrario, corre el riesgo de la uniformización y el conformismo. Al menos idealmente, las experimentaciones privadas de los individuos desafían las normas e ideologías dominantes; esta fricción, continúa el argumento, empuja a la sociedad hacia adelante. Sin embargo, bajo el capitalismo informacional, el progreso, que una vez exigió respeto por la privacidad, ahora exige su rechazo.

Bajo el capitalismo del Big Data, la privacidad del individuo queda subsumida en una ideología de progreso vinculada a la obtención de beneficios. Si el liberalismo sostenía que restringir la libertad de expresión es particularmente malo, pues “supone un robo a la especie humana”, el capitalismo informativo defiende que la negativa a compartir información personal es el verdadero robo a la especie humana. Mantener algunos aspectos de uno mismo en privado ahora se interpone en el camino del progreso.

Es sorprendente como el concepto de progreso de Silicon Valley se alinea tan perfectamente con sus propios intereses económicos. Esta ideología no solo promueve la tecnología como la solución a todos los problemas -¿y quién será el encargado de suministrar la tecnología?-, sino que además hace depender tanto los beneficios como el progreso de la existencia de un mismo recurso: cada vez más información personal. Sin embargo, la armonía entre el progreso y el beneficio no es perfecta y esta contradicción es lo que mejor revela el rostro autoritario del Silicon Valley.

Mientras que en términos de “progreso” estas compañías tecnológicas se presentan a sí mismas como pioneras radicales -se mueven rápido y cambian las cosas, como dice el mantra-, cuando se trata de obtener ganancias esta “radicalidad” enmascara un deseo de perfecto conformismo. Como señala la especialista en privacidad Julie Cohen, el capitalismo informacional desea en última instancia “producir ciudadanos consumidores manejables y predecibles, cuyos modos preferidos de autodeterminación se desarrollen a lo largo de trayectorias predecibles y generadoras de beneficios”.

Para hacerlo, estas firmas tecnológicas establecen una densa red de opciones -como en las sofisticadas recomendaciones de Spotify y Netflix- adaptadas a una versión particular de la identidad de un individuo, “diseñadas para promover opciones consumistas y generadoras de beneficios que sistemáticamente desfavorecerán las innovaciones diseñadas para promover otros valores”. Como expone el ex especialista en ética de diseño de Google, Tristan Harris, “si controlas el menú, controlas las elecciones” -y si controlas las elecciones, estás controlando las acciones-.

El capitalismo siempre ha tratado de alinear las ambiciones de la sociedad con las suyas propias. Con Internet, este objetivo está más cerca de cumplirse. Existen pocas fuerzas opositoras, si aún las hay. De los quince sitios web más visitados del mundo, solo uno, Wikipedia, no opera bajo la lógica de Silicon Valley. Teniendo en cuenta la creciente importancia de Internet como un espacio para el desarrollo humano, la penetrante influencia de esta ideología no puede ser saludable para una sociedad diversa y democrática. Esta dinámica no hace más que intensificarse cuando dos compañías, Google y Facebook, prácticamente controlan el mercado.

Como lugar de auto-creación, discusión pública y organización social, Internet influye en la forma de estructurar nuestro pensamiento, nuestro conocimiento y nuestro comportamiento. Hoy, es un espacio construido casi exclusivamente con el objetivo de maximizar los beneficios.

En una burla de su promesa utópica inicial, Internet se ha convertido no solo en una herramienta de vigilancia masiva, sino también en una tecnología de publicidad avanzada y un medio de control social.

Si queremos desafiar este estado de las cosas, debemos comenzar por tener conversaciones más significativas sobre la Internet que queremos. Es algo demasiado importante como para que siga siendo un dominio exclusivo de las empresas.

Los datos, si se deben recopilar, deben democratizarse, no filtrarse a través de algoritmos secretos para obtener beneficios privados. Hasta que se rompa el control tiránico de Internet, en el capitalismo informacional los peligros solo se profundizarán. Como con todas las tiranías, las vidas de los ciudadanos serán cada vez más transparentes, mientras que las actividades de los poderosos serán cada vez más opacas.

Samuel Earle Periodista independiente que escribe en distintos medios.
Fuente:
https://www.jacobinmag.com/2017/04/google-facebook-informational-capitalism

Paraísos fiscales: LOS PROSTÍBULOS DEL CAPITALISMO.

Los prostíbulos del capitalismo
Por: Emir Sader
22 noviembre 2017

religion

Los mal llamados paraísos fiscales funcionan como prostíbulos del capitalismo. Se hacen allí los negocios turbios, que no pueden ser confesados públicamente pero que son indispensables para el funcionamento del sistema. Como los prostíbulos en la sociedad tradicional.

Conforme se acumulan las denuncias y las listas de personajes y empresas que tienen cuentas en esos lugares, nos damos cuenta del papel central y no apenas marginal que ellos tienen en la economía mundial. “No se trata de ‘islas’ en el sentido económico, sino de una red sistémica de territorios que escapan a las jurisdicciones nacionales, permitiendo que el conjunto de los grandes flujos financieros mundiales rehuya sus obligaciones fiscales, escondiendo los orígenes de los recursos o enmascarando su destino” (A era do capital improductivo, Ladislau Dowbor, Ed. Autonomia Literaria, Sao Paulo, 2017, pág. 83).

Todos los grandes grupos financieros mundiales y económicos en general tienen hoy filiales o incluso matrices en paraísos fiscales. Esa extraterritorialidad (offshore) forma una dimensión de prácticamente todas las actividades económicas de los gigantes corporativos, constituyendo una amplia cámara mundial de compensaciones, donde los distintos flujos financieros ingresan a la zona del secreto, del impuesto cero o algo equivalente y de libertad relativamente a cualquier control efectivo.

En los paraísos fiscales los recursos son reconvertidos en usos diversos, repasados a empresas con nombres y nacionalidades distintos, lavados y fomalmente limpios. No es que todo se vuelva secreto, sino con la fragmentación del flujo financiero el conjunto del sistema lo vuelve opaco.

Hay iniciativas para controlar relativamente ese flujo monstruoso de recursos, pero el sistema financiero es global, mientras las leyes son nacionales y no hay un sistema de gobierno mundial. Asimismo, se puede ganar más aplicando en productos financieros y, sobre todo, sin pagar impuestos; es un negocio redondo.

“El sistema offshore creció con metástasis en todo el globo y surgió un poderoso ejército de abogados, contadores y banqueros para hacer funcionar el sistema.

En realidad, el sistema raramente agrega algún valor. Al contrario, está redistribuyendo la riqueza hacia arriba y los riesgos hacia abajo, generando una nueva estufa global para el crimen” (Treasured Islands: Uncovering the Damage of Offshore Banking and Tax Havens, Shaxon, Nicholas. St. Martin’s Press, Nova York, 2011.

El tema de los impuestos es central. Las ganancias son offshore, donde escapan de los impuestos, pero los costos y el pago de los intereses son onshore, donde son deducidos los impuestos.

La mayor parte de las actividades son legales. No es ilegal tener una cuenta en las islas Caimán. “La gran corrupción genera su propia legalidad, que pasa por la apropiación de la política, proceso que Shaxon llama de captura del Estado (Dowbor, pág. 86).

Se trata de una corrupción sistémica. La corrupción envuelve a especialistas que abusan del bien común, en secreto y con impunidad, minando las reglas y los sistemas que promueven el interés público y nuestra confianza en las reglas y sistemas existentes, intensificando la pobreza y la desigualdad.

La base de la ley de las corporaciones y de las sociedades anónimas es que el anonimato de la propiedad y el derecho a ser tratadas como personas jurídicas, pudiendo declarar su sede legal donde quieran e independiente del local efectivo de sus actividades, tendría como contrapeso la transparencia de las cuentas (Dowbor, pág. 86).

Las propinas contaminan y corrompen a los gobiernos, y los paraísos fiscales corrompen el sistema financiero global. Se ha creado un sistema que vuelve inviable cualquier control jurídico y penal de la criminalidad bancaria. Las corporaciones constituyen un sistema judicial paralelo que les permite incluso procesar a los estados a partir de su propio aparato jurídico.

La revista británica The Economist calcula que en los paraísos fiscales se encuentran 20 trillones de dólares, ubicando a las principales plazas financieras que dirigen estos recursos en el estado norteamericano de Delaware y en Londres. Las islas sirven de localización legal y de protección en términos de jurisdicción, fiscalidad e información, pero la gestión es realizada por los grandes bancos. Se trata de un gigantesco drenaje que permite que los ciclos financieros queden resguardados de las informaciones.

El discurso del odio envenena Brasil

El discurso del odio envenena Brasil
XoXé Hermida
20/11/17

Grupos ultras desatan una caza de brujas contra artistas, profesores, feministas o medios de comunicación, mientras la extrema derecha se dispara en las encuestas

religion

Bienvenidos a Brasil, segunda década del siglo XXI, un país donde un candidato a presidente, Jair Bolsonaro, que hace apología pública de la tortura y alardea de su homofobia, tiene un 20% de intención de voto.

En este Brasil hay quien dice que artistas y feministas fomentan la pedofilia, que el expresidente Fernando Henrique Cardoso, responsable del mayor programa de privatizaciones de la historia de Brasil, y el multimillonario estadounidense George Soros patrocinan el comunismo, que las escuelas públicas, la Universidad y la mayoría de los medios de comunicación están dominados por una “patrulla ideológica” de inspiración bolivariana, incluso que el nazismo nació de la izquierda.

En el Brasil de hoy mensajes así martillean a diario las redes sociales y movilizan a exaltados como los que intentaron agredir en São Paulo a la filósofa feminista Judith Butler, al grito de “quemad a la bruja”. En este país sacudido por la corrupción y la crisis política es perfectamente posible que la policía se presente en un museo para confiscar una obra. O que el comisario de una exposición espere la llegada de las fuerzas de seguridad para conducirlo a declarar ante una comisión que investiga los malos tratos a la infancia.

“Esto era impensable hasta hace poco. Ni en la dictadura ocurrió esto”. Tras una vida dedicada a organizar exposiciones artísticas, Gaudêncio Fidelis se ha visto estigmatizado casi como un delincuente. Su crimen fue organizar en Porto Alegre una exposición, Queermuseu, en la que conocidos artistas presentaron obras que invitaban a reflexionar sobre el sexo. En las redes sociales se organizó tal alboroto, con el argumento de que era una apología de la pedofilia y la zoofilia, que el patrocinador, el Banco Santander, ante la amenaza de un boicoteo de clientes, decidió cerrarla. “No conozco otro caso en el mundo de una exposición de estas dimensiones que fuera clausurada”, lamenta Fidelis.

Sobre Fidelis pesa ahora una orden para que la policía lo conduzca a declarar a la comisión del Senado sobre malos tratos a los niños. Como él, también están llamados el director del Museo de Arte Moderno de São Paulo y un artista que protagonizó una performance en la que aparecía desnudo. La fiscalía llegó a abrir una investigación después de que se difundiesen imágenes en las que se veía a una niña tocando un pie del artista. “Pedofilia”, bramaron de nuevo las redes. La misma acusación que cayó sobre una de las glorias nacionales, el cantante Caetano Veloso.

El responsable de involucrar a los artistas en la investigación parlamentaria sobre los abusos a la infancia es un senador y pastor evangélico, Magno Malta, muy conocido por su extremismo y sus modales exaltados. Pero los organizadores de la escandalera en las redes no tienen nada de religiosos. Son un grupo de veinteañeros que hace un año, durante las masivas movilizaciones para pedir la destitución de la presidenta Dilma Rousseff, lograron encandilar a buena parte del país.

Con su desenfado juvenil y su aire pop, los chicos del Movimento Brasil Livre (MBL) parecían representar la cara de un país nuevo que rechazaba la corrupción y abogaba por el liberalismo económico. De la noche a la mañana se convirtieron en figuras nacionales. En poco más de un año su rostro ha mutado por completo. Lo que se presentaba como un movimiento de regeneración democrática es ahora una potente maquinaria que explota su habilidad en las redes para difundir campañas contra artistas, hostigar a periodistas y profesores señalados como de extrema izquierda o defender la venta de armas. Además de una legión de internautas, cuentan con poderosos apoyos como los alcaldes de São Paulo y Porto Alegre. O el dueño de la mayor cadena de tiendas de ropa del país, Flávio Rocha, que en un artículo advirtió que ese tipo de exposiciones forman parte de un “plan urdido en las esferas más sofisticadas del izquierdismo” como “medio para llegar al comunismo”.

“Hasta los años 90, estas campañas provenían de colectivos extremistas evangélicos, pero ahora estamos ante un fenómeno nuevo, el conservadurismo laico”, explica Pablo Ortellado, profesor de Gestión de Política Públicas en la Universidad de São Paulo. “Este tipo de guerras culturales está ocurriendo en todo el mundo, sobre todo en EE UU, aunque aquí tienen colores propios. Se aprovecharon los canales de comunicación organizados durante las movilizaciones por la destitución de Rousseff. Surfeando esa ola, se ha creado un nuevo movimiento conservador con un discurso antisistema y muy oportunista, porque que ni ellos mismos creen muchas cosas de las que dicen. Pero es extremadamente preocupante. Tengo 43 años y jamás había vivido algo así”.

En este clima, los brasileños serán llamados a las urnas dentro de un año para elegir nuevo presidente. “Y me temo”, dice Ortellado, “una campaña violenta en un país superpolarizado”.

Nadie más expeditivo que el candidato a la presidencia Jair Bolsonaro al hablar de los artistas: “Merecen ser fusilados”. Fusilar es una actividad que excita a este exmilitar, diputado y candidato a la presidencia, quien ya lamentó que el expresidente Cardoso no fuese ejecutado cuando era opositor a la dictadura que gobernó el país entre 1964 y 1985. El año pasado, Bolsonaro dedicó su voto a favor de la destitución de Rousseff a uno de los mayores torturadores de la dictadura. Y hace poco posó orgulloso con una camiseta que tenía estampado: “Derechos humanos, estiércol de la escoria social”.

Este individuo tiene en las encuestas una intención de voto del 20%, solo por detrás del expresidente Lula da Silva. Los estudios del mayor instituto privado de demoscopia, Datafolha, revelan que el 60% de sus apoyos son jóvenes de menos de 34 años. El fenómeno Bolsonaro, explica Mauro Paulino, director de Datafolha, “se alimenta del miedo que se ha apoderado de la sociedad brasileña”. Un 60% de la población confiesa que vive en un territorio controlado por alguna facción criminal. Cada año son asesinados 60.000 brasileños. Y los partidarios de la venta libre de armas han crecido del 30% al 43% desde 2013.

Gualeguaychú, Argentina: una ciudad víctima del glifosato de Monsanto.

Gualeguaychú, la ciudad que no toma agua de la canilla por miedo al cáncer.
Gastón Rodríguez
Domingo 19 de Noviembre de 2017
Fuente: https://goo.gl/ZEb9TY

religion

En Gualeguaychú ya nadie toma agua de la canilla. Muchos también dejaron de bañarse en el río. Una mujer reconoce que siente miedo hasta de respirar. Ninguno que conozca su historia se atrevería a decir que está exagerando.

“Anto era una nena sana –empieza Natalia Bazán–, andaba en bicicleta, iba a pescar. Pero un día me la arrancaron, comenzó un infierno y ahora la tengo adentro de una urna en mi dormitorio. No le deseo a nadie ver a un hijo morirse así.”

Antonella González tenía la vida que quería tener a los nueve años. Mamá, papá, cuatro hermanos y la playa de Ñandubaysal cerca de casa. La alegría sólo se interrumpía cuando los neumonólogos insistían en el uso del puff. “Algunos decían que tenía asma y otros, una alergia bronquial, pero Anto solamente había tenido una crisis respiratoria a los cinco años. Lo único que hacía el puff era generarle muchas palpitaciones.”

El año pasado Antonella viajó a Santa Fe para pasar las vacaciones de invierno con su tía, que aprovechó para incorporar una nueva opinión. El médico que revisó a Antonella no necesitó hacerle ningún análisis para descubrir que el problema era otro. “Con sólo tocarla se dio cuenta de que tenía el bazo inflamado y que debía internarla de inmediato porque podía ser leucemia”, recuerda Natalia.

Antonella volvió a Entre Ríos y un médico privado confirmó el diagnóstico. “La tuve que llevar a un consultorio porque en el hospital de Gualeguaychú no hay niños con cáncer, no hay una lista de chicos que hayan sido diagnosticados alguna vez y tampoco hay oncopediatras. El médico me dijo ‘hasta acá llegué’ y me aconsejó que la llevara a Buenos Aires.”

La mañana del 28 de julio de 2016, Antonella ingresó al Hospital Garrahan. Le pincharon un dedo y a las pocas horas la dejaron internada. “Una vez que nos acomodamos –cuenta Natalia– una de las enfermeras me preguntó qué pasaba en Entre Ríos, porque la mayoría de los chicos con cáncer que eran atendidos en el hospital venían de ahí.”

Lo que pasa en Entre Ríos es el glifosato. Una investigación publicada por la revista internacional Environmental Pollution y realizada por científicos del Conicet reveló que el herbicida volcado en los campos argentinos por el agronegocio no se degrada –por lo tanto, se acumula– y que la concentración de glifosato constatada en Entre Ríos –con epicentro en la localidad de Urdinarrain, dentro del departamento de Gualeguaychú– se encuentra entre las más altas a nivel mundial.

Ya en marzo de 2015, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), que forma parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS), concluyó que “existe evidencia suficiente” para relacionar al glifosato con, precisamente, la proliferación de la enfermedad.

“Lo comprobé yo misma hablando con las madres –dice Natalia–. Me acuerdo de Amber y Lourdes, dos chiquitas que tienen cáncer en el riñón y que todavía siguen internadas en el Garrahan y también de Aixa, otra nena que al igual que Anto fue trasplantada y la sigue luchando, pero hay muchos más.”

“En el hospital se atienden un montón de chicos de Entre Ríos pero también de otras provincias sojeras, como Santa Fe. Nosotros presentamos notas a la dirección para tener un protocolo de atención especial para estos casos que incluya, por ejemplo, preguntas sobre el lugar donde viven, si están cerca de campos fumigados, pero seguimos esperando una respuesta. Los trabajadores venimos alertando sobre los agrotóxicos hace mucho, pero nadie asume la responsabilidad”, se queja Gustavo Lerer, bioquímico y delegado de ATE en el Garrahan.

Antonella soportó cinco bloques de quimioterapia que, en palabras de su mamá, la destrozaron por dentro. También sufrió infecciones y contrajo bacterias. Pese a todo, estando internada terminó 4° grado y hasta juró a la Bandera. El 16 de mayo pasado, luego de una espera de casi un año, Antonella fue trasplantada, pero sólo reaccionó bien el primer mes. El lunes 6 de noviembre, a las 10:25, murió en una cama de terapia intensiva.

La muerte de Antonella movilizó a Gualeguaychú, que ya marchó una vez bajo el lema “Stop Cáncer” y que volverá a hacerlo el próximo 10 de diciembre.

El otro hecho destacable fue la creación de Donar en Vida, una organización dedicada a concientizar sobre la donación de sangre y que apadrina a chicos y adultos con cáncer. “Nosotros decimos que lo que enferma está en el aire, en el agua, en lo que comemos, por eso en Gualeguaychú nadie toma agua de la canilla. Acá se le pone gotas de lavandina a todo o se compra agua mineral y filtros. Los que no pueden pagarlo van a los bomberos. Se forman colas larguísimas de gente con baldes y bidones”, cuenta Susana Olivera, una de las fundadoras (la otra, de manera simbólica, es Antonella).

Tadeo, Bautista y Heber tienen cuatro años cada uno. Venecia es la más chica: tiene tres; y Lisandro con cinco recién cumplidos, es el más grande. Todos son apadrinados por la fundación porque comparten el diagnóstico de leucemia.

“Queremos presentar un proyecto en el Congreso –continúa Susana– que termine con la fumigación. Europa está prohibiendo el glifosato pero acá tiran con todo. Al poder no le importa la salud del pueblo, sólo le importa facturar. El intendente, por ejemplo, es médico y no puede ignorar lo que está pasando”.

Tiempo se comunicó con el municipio de Gualeguaychú y desde el entorno del intendente Esteban Piaggio se comprometieron a dar una respuesta que nunca llegó.

“Faltan números y controles. La gente está tan desprotegida que si uno se para un rato en la vereda se puede enfermar”, dice Fabián Magnota, un periodista de Gualeguaychú que decidió actuar frente al silencio oficial. “El comentario recurrente en la ciudad era: ‘Che ¿viste quién tiene cáncer?’ Descubrí que la provincia no tiene estadística oficial, así que en 2015 empecé a registrar día por día quién moría en la ciudad y cuáles eran las causas. El resultado fue que estábamos un 10% por encima de la media nacional.”

Magnota no quiere arriesgarse. Por eso cada día maneja hasta Pueblo Belgrano, distante a unos 15 kilómetros y sin soja cerca, para sacar agua de un pozo.

“Hay que parar con esta mierda que mata a los chicos –cierra Natalia–. La vida no puede ser un negocio. Quiero que lo de Anto una a todo el pueblo, porque esto le puede pasar a cualquiera. Podés tener toda la plata del mundo y tu hijo igual se te muere de cáncer.” «

El próximo 15 de diciembre expira la licencia del glifosato en la Unión Europea (UE) y los países que no apoyan su uso –Bélgica, Francia e Italia– ya anunciaron que lo prohibirán localmente.

Según representantes del agronegocio argentino, el conflicto generaría perjuicios significativos para las exportaciones de granos, en un negocio que mueve 16.800 millones de dólares al año y más de cinco millones de hectáreas tratadas con agroquímicos.

En septiembre, el gobierno de Francia ya había prohibido el uso del glifosato y, según la opinión de la mayoría de los analistas internacionales, la UE avanzaría en la misma dirección.

En el campo argentino temen que la decisión de la UE provoque una burbuja de precios que podría superar, incluso, los valores del año 2008 –cuando la soja pasó los 600 dólares–, debido a una menor cosecha de commodities agrícolas en los países productores.

El titular de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid), Pedro Vigneau, advirtió que la indecisión de la comunidad europea sobre el uso del glifosato pone en riesgo la producción en los países del Mercosur y la seguridad alimentaria global. “Basarse en ideologías políticas para avanzar hacia una prohibición del herbicida de mayor uso en la agricultura mundial, es una amenaza directa al Mercosur”, remarcó Vigneau.

“Los tipos de tumores que crecieron pueden estar relacionados con los agroquímicos”

Héctor Arocena tiene 60 años, es jefe del Servicio de Oncología del Hospital Centenario, de Gualeguaychú, y responsable del Registro Provincial de Tumores de Entre Ríos para la Zona 4, que comprende Gualeguaychú, Gualeguay, Urdinarrain, Paranacito e Islas del Ibicuy. Avisa que él no hace Oncopediatría, sino que se ocupa sólo de los adultos, y con esa aclaración revela un dato importante: en toda la provincia no hay especialistas que traten el cáncer en niños.

El registro de los casos en Entre Ríos se creó en 2001. Desde entonces se publican a través del Instituto Nacional del Cáncer. Pero el último informe completo es del año 2012.

“En 2001 teníamos en Gualeguaychú 270 nuevos casos por año. En 2012, esa cifra trepó a 460 (un aumento del 70 %). Eso quiere decir que hay más de un nuevo caso de cáncer por día”, explica Arocena.

El oncólogo destaca que la incidencia (aparición de nuevos casos) del cáncer aumentó a nivel nacional y mundial y que, por supuesto, Gualeguaychú no es la excepción. Sin embargo, presenta una particularidad que enciende las alarmas: la ciudad registra el doble de incidencia en comparación con el resto de las zonas en cuatro tumores: linfomas, estómago, vejiga y riñón. “Si en las otras zonas de la provincia, el índice está en siete u ocho por ciento, en Gualeguaychú llega a 17%, y eso tiene que ser estudiado, porque puede estar relacionado con la ingesta de agua contaminada con agroquímicos, que sabemos que son cancerígenos. Cuando uno ingiere líquido, pasa por el estómago, es absorbido por los riñones y luego depositado en la vejiga para eliminarlo a través de la orina. Por eso se habla tanto del agua en Gualeguaychú.

–¿Las causas que inciden en el cáncer en adultos se replican en los niños?

–Son las mismas, salvo que la leucemia, por ejemplo, tenga un componente hereditario. También es cierto que un chico está más expuesto que un adulto. Por referencia de los hematólogos de Paraná, es preocupante la cantidad de pacientes pediátricos que tenemos. «

Uruguay: El modelo económico que el pueblo jamás eligió.

EL MODELO QUE NO ELEGIMOS, por Hoenir Sarthou

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Poco a poco –aunque rapidísimo en términos históricos- el país se va convirtiendo en algo muy distinto de lo que era. Tan distinto que a veces nos cuesta reconocernos, y seguramente nos costará más en pocos años.
La transformación puede ejemplificarse con los cambios en el control de tres factores esenciales: la tierra, el agua y el dinero.
El primer factor es la tierra. En menos de treinta años, un país que parecía destinado a producir alimentos, carne, leche, cereales, frutas, verduras, además de cuero, lana y algo de turismo, se llenó de soja y de plantaciones forestales. Soja y celulosa representan algo así como la tercera parte de nuestras exportaciones, por más que, zonas francas mediante, no todo lo que figura en el papel como exportación pague los impuestos de las exportaciones tradicionales. La soja y la celulosa vienen de la mano de poderosas empresas agroindustriales, en general extranjeras, que controlan crecientes extensiones de tierra, desplazan del campo a miles de familias agricultoras y logran privilegios tributarios, ambientales y legislativos. El caso paradigmático es UPM, que, primero por el conflicto con Argentina y ahora con su polémica segunda planta, parece haberse convertido en el eje de la vida nacional.
El segundo factor es el agua, sometida a una doble afectación. Por un lado, la ya constatada contaminación de los cursos de agua del país, como consecuencia del uso abusivo e incontrolado de productos químicos por parte de la agroindustria. Por otro, la ley de riego, que permite la inconstitucional privatización del agua para riego, abriendo nuevas puertas a capitales externos interesados en controlarla. También implica la alteración del ciclo natural del agua, que, según los técnicos de la Universidad de la República, será nefasto para la calidad del recurso, con consecuencias perjudiciales para la salud humana.
El tercer factor es el dinero. Una ley del año 2014 hizo que todas nuestras operaciones económicas relativamente importantes –desde el cobro del sueldo hasta la compra de una casa- deban hacerse obligatoriamente a través del sistema bancario. Una política de reducciones tributarias hace que también las operaciones más chicas –incluidas las compras en el supermercado- se hagan con instrumentos bancarios. El resultado es que una creciente parte de la economía nacional pasa por el sistema bancario, que ha incrementado sus ganancias en grado que los usuarios de tarjetas parecen no sospechar, a pesar de que ellos pagan esas ganancias, con cada producto que compran (al que obviamente el comercio le carga el costo bancario) y al tener su dinero en cuentas que no generan interés. Cuentas por las que además pagarán a través de los “créditos de nómina” (préstamos sobre el sueldo o jubilación), y los cargos por exceso o escasez de movimientos.
¿Quién eligió ese modelo? ¿Quién decidió que la tierra y el agua se destinaran cada vez más a la mega inversión agroindustrial? ¿Quién pidió que los bancos controlaran todo el dinero e intervinieran en todas las transacciones económicas? ¿Qué partido político incluyó esas propuestas en su programa? ¿Cuándo lo discutimos?

La respuesta es obvia. No hubo discusión. El modelo se fue imponiendo de a poco.. Hoy una concesión, mañana una inversión, sorpresivamente una ley que impone la intervención bancaria, poco después un tratado o un contrato de inversión que aseguran beneficios inusuales a cierta empresa, luego otra ley que modifica el régimen del agua.
El argumento es siempre el mismo: “El mundo va en esa dirección”; “Es el progreso” y “Hay que modernizarse”. Son palabras mágicas con las que una legión de políticos y tecnócratas, de diversos pelos partidarios, justifican leyes, tratados y contratos que no redactaron ellos, que vienen prefabricados desde los “tanques de ideas” de las corporaciones transnacionales con el beneplácito de organismos internacionales como el Banco Mundial. Si no fuera trágico, sería hasta divertido ver a los defensores de esos “emprendimientos” cuando balbucean argumentos que tampoco construyeron ellos.
Esa línea argumental presupone que “el mundo” va en dirección deseable, como si no existiera una concentración escandalosa de la riqueza, como si los recursos naturales y la naturaleza misma no dieran señas de agotamiento, como si en “el mundo” no murieran millones de personas por hambre, sed, enfermedades curables y guerras causadas por la lógica del “progreso y modernización”, pregonada por corporaciones que controlan cada vez más los recursos naturales escasos.
Como lo había señalado la CEPAL hace ya muchos años, la división internacional del trabajo, es decir la asignación de áreas específicas de producción a cada región del mundo, es uno de los rasgos característicos del sistema económico en que vivimos. El proceso que solemos llamar “globalización”, ha acentuado ese rasgo, por estrategia de las corporaciones transnacionales, cuyas “cadenas de valor” instalan distintos aspectos de la producción y comercialización en regiones diversas (extracción de materias primas donde las haya; producción donde la mano de obra, las regulaciones y los impuestos sean menos exigentes; tecnología de los lugares donde ésta esté más desarrollada, venta en los mercados con mayor capacidad adquisitiva).
Es obvio que algunos intereses le han asignado a Uruguay el papel de productor de soja y de celulosa, materias primas que requieren cultivos poco amigables con la tierra y con el agua. Y es obvio también que en la división del trabajo no nos toca la industrialización de esas materias, que se hace en su mayor parte fuera del país.
Si alguna duda cupiera sobre que existe una planificación empresarial en esta asignación de tareas, bastaría recordar que en 1987 se aprobó la ley de forestación y que el Banco Mundial comenzó a subvencionar la forestación. Casi al mismo tiempo (gobierno colorado) se votó la ley de zonas francas y poco después (gobierno blanco) la ley de privatización de puertos, que hoy, junto con la forestación, forman parte esencial del modelo celulósico.
Desde que gobierna el Frente Amplio, la aceptación y promoción de ese modelo ha adoptado, a veces, un cierto aire compungido, un discurso de “No nos gusta, pero es lo que hay; no podemos oponernos y tampoco quedar afuera”, que cada vez con mayor frecuencia adopta el tono entusiasta para cantar loas a la “modernización” y al “progreso”.
Los dirigentes blancos y colorados se ven en problemas. No quieren apoyar al gobierno, pero tampoco quieren cuestionar al modelo, entre otras cosas porque blancos y colorados fueron los que lo iniciaron. Entonces se limitan a cuestionar la gestión y a denunciar casos de corrupción. La realidad es que el modelo no tiene oposición significativa, sino partidos que disputan por gestionarlo. Eso le ha hecho decir al ex fiscal Enrique Viana que, en la práctica, en el Uruguay “vivimos en un régimen de partido único”.
Cabe preguntarse si realmente no existe alternativa a ese modelo agroindustrial y financiero que se ha ido instalando en los últimos treinta años. Las visiones pesimistas, y las interesadas, coinciden en que nada puede hacerse desde el Uruguay para evitar un modelo de desarrollo que abarca al mundo.
Sin embargo, hay cosas que llaman la atención. Que la bancarización sea obligatoria, por ejemplo, es una peculiaridad uruguaya, que no existe en casi ningún otro país del mundo. ¿Por qué tuvimos que ser más realistas que el rey? ¿Por qué fuimos en la bancarización más allá que la mayoría de los países europeos?
Volviendo al caso paradigmático de UPM, ¿hay necesidad de financiar con mil millones de dólares una infraestructura que no está pensada para el país sino para un proyecto agroindustrial en particular? Un proyecto que, además, ni siquiera está comprometido a instalarse en el país. ¿Hay necesidad de pasar por sobre la Constitución y ofrecerle a UPM participar en y controlar, además de las obras de infraestructura, la reforma de las normas laborales del país, los cambios en los planes de ordenamiento territorial de cuatro departamentos y los programas de enseñanza técnico-profesional de esos mismos departamentos? ¿No resulta demasiado?
Por resignación o complicidad, la mayor parte del sistema político ha resuelto no sólo no oponerse sino ser el abanderado de un modelo productivo y financiero que, desde hace décadas, incluida supuestamente la más próspera de nuestra historia, nos ha dejado una deuda gigantesca y no nos ha traído autonomía productiva, ni infraestructura, ni cuidado del medio ambiente, ni integración social, ni un sistema de enseñanza aceptable del que no deserten tres cuartas partes de los gurises. La culpa en el fondo es nuestra, de los ciudadanos, porque, por comodidad o por ignorancia, hemos confiado y dejado hacer más de la cuenta.
¿Es todo eso inevitable? ¿No hay ningún camino, ninguna estrategia que nos permita pensar nuestra economía, nuestro país y nuestras vidas con mayor independencia?
Sin caer en la ingenuidad, hay datos que indican que quedan aun espacios en los que, con creatividad y coraje, se puede ejercer cierta autonomía.
Probablemente eso es lo que deberíamos estudiar y discutir, cuando nos dejen algún rato libre los reclamos antidiscriminación y las mutuas acusaciones de corrupción que nuestro sistema político intercambia como si fueran flores.

La tendencia a la desigualdad económica y sus nocivas consecuencias.

religion

15/11/17

Investigadores de la Universidad Estatal de Washington, Estados Unidos, y otras 13 instituciones han descubierto que la tendencia desde la prehistoria se inclina hacia la desigualdad económica.

En un gran estudio, los científicos vieron disparidades en el aumento de la riqueza con el incremento de la agricultura, específicamente la domesticación de plantas y animales grandes, y una mayor organización social.

Sus hallazgos, publicados esta semana en la revista ‘Nature’, tienen profundas implicaciones para la sociedad contemporánea, ya que la desigualdad conduce repetidamente a trastornos sociales, incluso a colapsos, afirma el autor principal del trabajo, Tim Kohler, profesor de Arqueología y Antropología Evolutiva en la Universidad Estatal de Washington, en Estados Unidos. Señala que actualmente Estados Unidos tiene uno de los niveles más altos de desigualdad en la historia del mundo.

“La desigualdad tiene muchos efectos sutiles y potencialmente perniciosos en las sociedades”, afirma Kohler. El estudio reunió datos de 63 sitios arqueológicos o grupos de sitios. Comparando los tamaños de las casas dentro de cada sitio, los autores asignaron coeficientes de Gini, medidas comunes de desigualdad desarrolladas hace más de un siglo por el estadístico y sociólogo italiano Corrado Gini. En teoría, un país con igualdad de riqueza completa tendría un coeficiente de Gini de 0, mientras que un país con toda la riqueza concentrada en un hogar obtendría un 1.

Los investigadores encontraron que las sociedades cazadoras-recolectoras solían tener disparidades de riqueza bajas, con un Gini mediano de 0,17. Su movilidad dificultaría la acumulación de riqueza y no la transmitiría a las siguientes generaciones. Los horticultores, pequeños agricultores de baja intensidad, tenían una media de Gini de 0,27. Las sociedades agrícolas de mayor escala tenían un Gini de medios de 0,35.

Para sorpresa de los investigadores, la desigualdad siguió aumentando en el Viejo Mundo, mientras que llegó a una meseta en el Nuevo Mundo, apunta Kohler. Los científicos atribuyen esto a la capacidad de las sociedades del Viejo Mundo “para literalmente aprovechar grandes mamíferos domesticados como el ganado y, finalmente, caballos y el búfalo de agua”, dice Kohler.

Los animales de tiro, que no estaban disponibles en el Nuevo Mundo, permiten a los agricultores más ricos cultivar más tierra y expandirse a nuevas áreas, lo que aumentó su riqueza al tiempo que creó una clase de campesinos sin tierra. “Estos procesos incrementaron la desigualdad operando en ambos extremos de la distribución de la riqueza, aumentando las tenencias de los ricos mientras se disminuían las pertenencias de los pobres”, escriben los investigadores.
DESIGUALDAD DE RIQUEZA EN EL ANTIGUO VIEJO MUNDO SIMILAR A LA DE LA ESPAÑA ACTUAL

El Viejo Mundo también vio la llegada de la metalurgia del bronce y una élite guerrera que hizo incrementar las puntuaciones de Ginis a través de grandes casas y conquistas territoriales. Los modelos de los investigadores ubican a los Ginis más altos en el antiguo Viejo Mundo a 0,59, cerca del 0,56 de la Grecia contemporánea y del 0,58 de España.

Es muy inferior al 0,73 de China y al 0,80 de Estados Unidos, una cifra de 2000 citada en el documento de ‘Nature’. El informe ‘Allianz Global Wealth Report 2016’ sitúa a Estados Unidos EN 0,81 de Gini y Kohler ha visto a Estados Unidos con un Gini de 0,85, “que es probablemente la mayor desigualdad de riqueza para cualquier país desarrollado en este momento”, lo cual le resulta preocupante.

Las sociedades con alta desigualdad tienen baja movilidad social. Kohler explicó en un artículo de ‘Science’ publicado a principios de este año que encontró que las tasas de movilidad han caído del 90 por ciento para los niños estadounidenses nacidos en 1940 al 50 por ciento para los niños nacidos en la década de 1980. Los resultados, según los investigadores, “implican que revivir el ‘sueño americano’ de altas tasas de movilidad absoluta requeriría un crecimiento económico que se comparta más ampliamente a través de la distribución del ingreso”.

Otros estudios han encontrado que las sociedades desiguales tienden a tener una peor salud, mientras que las sociedades más equitativas presentan mayores expectativas de vida, confianza y voluntad de ayudar a los demás, según Kohler. “Las personas deben ser conscientes de que la desigualdad puede tener efectos perjudiciales en los resultados de salud, en la movilidad, en el grado de confianza, en la solidaridad social, en todas estas cosas –advierte–. No nos estamos ayudando por ser tan desiguales”.

La disminución de la desigualdad es extremadamente difícil y generalmente se produce a través de la peste, la revolución, la guerra masiva o el colapso estatal, según ‘The Great Leveler’, un libro de Walter Scheidel, de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos. El propio Kohler ha documentado cuatro periodos de creciente desigualdad entre los pueblos antiguos del suroeste de Estados Unidos, cada uno de los cuales termina en violencia y mayor igualdad. El último coincidió con la despoblación completa del área de Mesa Verde.

“En cada caso, no solo se da este descenso en las puntuaciones de Gini, sino que también vemos un aumento en la violencia que acompaña a ese declive –relata Kohler–. Podríamos estar preocupados en Estados Unidos, ya que, si el índice Gini sube demasiado, podríamos invitar a la revolución, o podríamos estar invitando al colapso estatal. Hay solo algunas cosas que van a disminuir nuestro índice Gini dramáticamente”.