El malvado siempre es el otro

El malvado siempre es el otro

por DANIEL MOLINA
12 AGO 2017
Original en: rionegro.com.ar

religion

La mayoría de las creencias son falsas, pero todos piensan que aquello en lo que creen es verdadero. De esa manera se agrega una nueva falsedad a la lista de las creencias falsas. Y esa ceguera sobre la falsedad de nuestras creencias no es una mera falsedad más: es la razón de nuestro enceguecimiento. Es lo que permite que sigamos creyendo falsedades y sigamos creyendo que son ciertas. Como dice el Evangelio: “Se ve la paja en el ojo ajeno y no se ve la viga en el propio”.

En el escenario de la política partidaria es fácil comprobar que casi todo aquel que tiene una idea arraigada cree que todos los que no piensan como él están completamente equivocados. Y esta forma de ver las ideas propias (como ciertas) y las ajenas (como erróneas) es universal: no depende de tal o cual ideología política.

Sostener ideas falsas (y sostenerlas fervientemente) no sólo es un problema para la vida de las personas tomadas individualmente, sino de las sociedades en su conjunto. Cuando la amalgama social se resquebraja y un sector con poder trata de imponer al conjunto su propia visión como la única versión aceptable de la realidad se desata la violencia (al menos, discursiva).

Esa guerra por el sentido (de la que habló Nietzsche en “La genealogía de la moral”, y que retomó Foucault en “Las palabras y las cosas”) puede darse en el ámbito general de la convivencia ciudadana (y en la política, hasta llevar a la guerra civil) o puede darse en ámbitos más acotados (en los que se desarrollan luchas para lograr el reconocimiento de tal o cual derecho que hasta el momento no es admitido como tal).

La guerra civil argentina entre 1810 y 1880 entre unitarios y federales es un buen ejemplo de la lucha global política por el sentido que debería tener la Argentina como país que se estaba fundando. Las luchas que iniciaron los primeros sindicalistas anarquistas a fines del siglo XIX por los derechos de los trabajadores son ejemplos claros de los combates parciales para que se reconocieran nuevos derechos (que por aquel entonces eran inexistentes –como la jornada de ocho horas o el descanso semanal– y hoy nos parecen absolutamente lógicos).

La historia nos muestra que todas las facciones en pugna pensaban que sus creencias eran no sólo las verdaderas sino las mejores. En medio de los combates muy poca gente es capaz de pensar racionalmente. Y olvidamos las crueldades y horrores que ambos bandos cometieron. Muchos patrones conservadores llamaron al Ejército para que dispare contra los trabajadores desarmados y muchos anarquistas pusieron bombas para destruir a sus enemigos, pero en el medio murieron incluso niños.

Si hoy se hiciera una encuesta en los países occidentales sobre qué se opina del nazismo es muy probable que casi la totalidad lo considerase un movimiento demoníaco. Pero ese mismo sector social no opinaba lo mismo hace 80 años, en pleno nazismo. La mitad (en algunos países más, en otros menos) de la clase media occidental adhería al fascismo o al nazismo. Y no sólo era un apoyo que sostenían masas ignorantes: gran parte de la dirigencia política europea veía a Hitler y a Mussolini con simpatía. Hasta un hombre que luego los combatió aguerridamente como Churchill admiraba a ambos líderes hasta un par de años antes de que se desatara la Segunda Guerra Mundial.

¿Cómo fue posible que tanta gente haya aplaudido a regímenes que hoy nos parecen horribles (desde la Inquisición hasta el comunismo, desde los campos de concentración hasta la esclavitud o la segregación racial)? Por la misma razón por la que hoy se apoyan ideas y acciones que en un futuro no muy lejano verán como horribles, pero que hoy a muchos les parecen positivas: porque creyeron entonces (y también ahora) que sus creencias son verdaderas y que, además, son buenas. Todos los horrores de la historia se produjeron siempre en nombre del bien.

Hitler persiguió a los judíos, homosexuales, gitanos y enfermos para “limpiar” a Alemania de la “escoria” y permitirle así crecer sana y fuerte (y millones aplaudieron esa creencia). La Iglesia católica desató la Inquisición –imponiendo la tortura y la humillación pública– para infundir el bien.

Mientras más preocupada esté una creencia por limpiar al mundo de los que considera “malos” más se parecerá al fascismo o la Inquisición. Cuando se cree que el otro es el culpable (de cualquier cosa que nos moleste) y que tal “bando” es el de los “buenos” (y el de enfrente es el de los “malos”) más cerca se está de pensar como los nazis.

Hoy la gente autoritaria suele disfrazarse de justiciera: quiere que todos los que cometen una acción que no les gusta sean destruidos (incluso ni importa que haya pruebas del “delito”, con la simple denuncia pública basta). Las redes sociales están llenas de personas que enloquecen ante cada denuncia (sin pruebas). El clima de caza de brujas está servido: nadie puede contradecir la creencia de los que denuncian y persiguen al mal. Al igual que durante la Inquisición o el nazismo es imposible tratar de razonar con los que los que luchan por el bien.

Si queremos un mundo mejor no será llevando a los “malvados” a la picota, sino poniendo en duda nuestras creencias más arraigadas. Si lo hacemos correctamente, dejaremos de ver a los que piensan y actúan distinto como enemigos que deberíamos destruir.

Sólo así habremos dado un paso en el largo camino de la civilización.

En la política partidaria es fácil comprobar que casi todo aquel que tiene una idea arraigada cree que todos los que no piensan como él están equivocados.

De ciclones y mariposas: la teoría del caos, la irreversibilidad del tiempo y la autoorganización de la vida.

De ciclones y mariposas, por Rafael Mandressi.

Una meditación en torno a la teoría del caos, la irreversibilidad del tiempo y la autoorganización de la vida.

religion

Una mariposa aletea en la selva amazónica y pone en marcha sucesos que terminarán produciendo, algunos días después, un ciclón en el Caribe. Acuñada por el meteorólogo norteamericano Edward Lorenz a comienzos de los años sesenta, la imagen -conocida como «efecto mariposa»- se ha convertido en una suerte de viñeta de la llamada teoría del caos. El «efecto mariposa» ilustra uno de los aspectos fundamentales descriptos por esta teoría: pequeñísimas causas capaces de provocar grandes consecuencias o, para llamarlo por su nombre, el fenómeno de «sensibilidad a las condiciones iniciales». Pero Lorenz no parece haber sido el único a quien la inspiración asistió a la hora de expresar sus ideas. Términos como catástrofes, autoorganización, caos, complejidad, fractales, atractores extraños y otros, que podrían formar parte del arsenal retórico de un telepredicador o encontrarse en los versos de algún poeta más o menos hermético, integran sin embargo el vocabulario de una de las orientaciones más prometedoras de la investigación científica contemporánea. Se trata, para muchos, de un «nuevo paradigma» que la física, la matemática y la biología han dado a luz, y al que últimamente se han acoplado algunas ciencias sociales. A pesar de interpretaciones erróneas y exageradas, de derrapes hacia la mística o la ideología, ese conjunto de teorías de nombre evocador trae consigo un modo genuinamente nuevo de pensar la realidad. Naturalmente, no es posible dar cuenta de manera exhaustiva de las «ciencias del desorden»; lo que sigue es pues un apretado recorrido a través de algunos de sus principales temas.

La ciencia es percibida, tradicionalmente, como una actividad cuyo cometido es descubrir el orden, a menudo oculto, de la naturaleza. En la actualidad, sin embargo, muchos científicos se interesan por el «desorden» bajo todas sus formas, y la propia idea de elaborar una «ciencia del desorden» gana terreno. Parece haber en ello una paradoja: ¿un desorden que es objeto de una «ciencia» sigue siendo realmente un desorden? Si se acepta, en efecto, que la ciencia apunta a revelar el orden oculto de las cosas, el desorden no puede ser otra cosa que una impresión provisoria resultante de nuestra incomprensión, una ilusión que los progresos de la labor científica borrarán poco a poco.

De hecho, durante mucho tiempo ése fue el programa de la ciencia, cuya historia aparecía como una progresión inexorable hacia el saber absoluto. Poco importaba que no se hubiera alcanzado aún la meta, la certeza de su existencia iluminaba el conjunto del proceder. Pero desde hace por lo menos tres décadas, esa fe en un conocimiento perfecto ha perdido algo de su robustez. Hoy se acepta, por ejemplo, que la incapacidad para predecir ciertos comportamientos de algunos sistemas físicos no es el mero fruto de la ignorancia o de la insuficiencia de los instrumentos disponibles.

Viejas entidades antes proscriptas o menospreciadas, como el azar, han vuelto por sus fueros. El «desorden» ya no es visto como una anomalía, una arruga en el mantel del universo, sino como una característica para nada excepcional que se encuentra tanto en los movimientos en el sistema solar como en los cambios climáticos, los ritmos cardíacos o la vida económica.

Orden y desorden

Para calibrar la real magnitud de este cambio de óptica, basta con detenerse un instante en el propio concepto de desorden. Como la misma palabra lo indica, es una noción negativa a la que no se le puede dar un contenido más que refiriéndose, aunque sea implícitamente, a cierta concepción del orden. El orden, a su vez, es el tema de fondo que todas las mitologías, las religiones y las filosofías han intentado resolver, pero siempre dando por sentado que ese orden existe. Todo desorden, por lo tanto, tiende a aparecer como una imperfección, una causa de inquietud. Dicho de otro modo, para el confort psicológico de los seres humanos, no es indiferente que la Naturaleza sea o no ordenada, encierre o no «desorden» o «caos».

Queda claro que el término «desorden» significa aquí algo más profundo e incluso más dramático que un trivial estado de confusión, una disposición de las cosas más o menos irregular. Se trata nada menos que de un Orden que ha sido desgraciada y gravemente perturbado. El desorden se vuelve entonces escandaloso, se presenta como un estado o un proceso particular que no habría debido existir, y remite a un Orden ideal, social o natural, que ha sido escarnecido.

Si se tiene en cuenta que, por ejemplo, la noción de «caos» tiene, en los textos científicos, un sentido técnico muy preciso (los fenómenos «caóticos» son aquellos en los cuales muy pequeñas diferencias en las causas son capaces de provocar grandes diferencias en los efectos), las disquisiciones anteriores sobre el orden y el desorden pueden sonar desproporcionadas, cuando no desubicadas. De hecho, los peores enemigos de la teoría del caos son las especulaciones sobre el Desorden universal que la misma ha desencadenado, gracias a la elección de un nombre tan cargado de referencias culturales. Es cierto, como no se cansan de advertir los científicos, que debe evitarse atribuir al uso que ellos hacen de la palabra caos, así como a los demás «desórdenes» del mismo tipo, un alcance mágico.

No obstante, es imposible separar los campos de manera absoluta. Durante siglos, recuerda el historiador de las ciencias Pierre Thuillier, el proyecto que ha animado el trabajo científico ha sido platónico, lo cual equivale a decir que aun bajo su forma más laica, la ciencia ha estado vinculada a ciertas conjeturas religiosas sobre el orden universal. Platón fue, en efecto, uno de los grandes fundadores de la «religión cósmica», que consistía en venerar el mundo que nos rodea, caracterizado por la organización y la inteligibilidad, como el reflejo de la Razón divina. Ese mundo es consecuencia, según Platón, de la acción del Demiurgo, un ser mítico cuya intervención ha consistido en poner en orden el desorden primordial del universo.

Pero no se trata de cualquier orden: el Demiurgo, dice Platón, es matemático y ha instaurado por doquier el imperio de las formas y de las proporciones geométricas. El mundo no sólo está ordenado, sino que está matemáticamente ordenado. El trabajo de los científicos consistirá, entonces, en encontrar las estructuras racionales que han servido como «modelos» al Demiurgo. Así, desde Platón y pasando por Galileo, Kepler, Newton y Einstein, la ciencia ha valorizado las formas matemáticas que manifestaban mejor las cualidades ideales atribuidas a una Potencia Ordenadora (Dios, la Naturaleza, u otra): pureza, simplicidad, regularidad, armonía, belleza. En otras palabras, cuanto más simple es algo, más bello y más verdadero es.

De este modo, la introducción del «desorden» como objeto de estudio interesante y válido por sí mismo implica un abandono del platonismo, es decir de la creencia en una jerarquía absoluta de las formas matemáticas en cuya cima reinan las formas más simples y armónicas. En la irrupción de las ciencias del desorden anida, en definitiva, un cambio de estética, una mutación de tipo filosófico y cultural, una transformación de la sensibilidad, que va bastante más allá de un mero conjunto de inventos especializados.

El Orden según Newton

Cuando la posteridad elige la caricatura para fijar el recuerdo de ciertos individuos puede ser tremendamente injusta. Sir Isaac Newton ha sufrido ese proceso, y su mayor mérito parece haber sido observar las manzanas cayendo de los árboles. Flaco favor hace esa imagen a quien contribuyó como nadie a la creación de una verdadera catedral científica, llamada mecánica clásica. A través de esa espléndida construcción intelectual, Occidente dispuso, desde el último tercio del siglo XVII, de la visión de un Universo ordenado y predecible.

De acuerdo a la mecánica newtoniana, el mundo es un gigantesco mecanismo regido por «leyes naturales» eternas e inmutables. Esas leyes, que se expresan mediante ecuaciones matemáticas (las ecuaciones del movimiento), determinan que en circunstancias idénticas resulten siempre cosas idénticas, y si las circunstancias cambian ligeramente, el resultado cambiará también en forma proporcionalmente pequeña. Esta última propiedad se verifica fácilmente, por ejemplo, al disparar un proyectil: si se apunta una fracción de milímetro más abajo o más arriba, la diferencia en la trayectoria será igualmente minúscula y no impedirá que el tirador dé en el blanco.

Pero esto no ocurre siempre: en muchos casos, una diferencia pequeña en el punto de partida produce enormes diferencias en los estados posteriores. Dicho de otro modo, una variación ínfima en las condiciones iniciales puede amplificarse dramáticamente a medida que avanza el tiempo. Esta característica, propia de muchos sistemas dinámicos de cualquier naturaleza (físicos, químicos, biológicos, etc.), se llama precisamente sensibilidad a las condiciones iniciales. Se comprende sin dificultad los aprietos en que este hecho pone a la mecánica clásica diseñada por Sir Isaac y otros: el comportamiento futuro de esa clase de sistemas deja de ser predecible, las ecuaciones de Newton ya no son capaces de indicar qué pasará con un sistema semejante en un momento dado. Esos sistemas, sensibles a las condiciones iniciales, presentan lo que se ha llamado un comportamiento caótico.

El Demonio de Laplace

No es necesario ir muy lejos ni pensar en sistemas demasiado complicados para encontrar ejemplos de sensibilidad a las condiciones iniciales. Basta con algo tan sencillo como un cono parado sobre su vértice; por más que se ponga vertical a su eje, terminará cayendo, y el lado sobre el que caiga dependerá de diferencias pequeñísimas que alteran el equilibrio: un ligero soplo de aire, una minúscula mota de polvo. En teoría, es posible predecir de qué lado caerá el cono, pero ello requeriría el conocimiento preciso de todas las fuerzas a las que está sometido en el momento inicial de equilibrio, lo cual es a todas luces imposible puesto que implicaría introducir la totalidad de una inmensa cantidad de parámetros como condiciones iniciales en las ecuaciones del movimiento.

Hay en esto una aparente paradoja: suena contradictorio afirmar, en efecto, que la evolución de un fenómeno es, al mismo tiempo, impredecible y determinista. En todo caso, va en contra de la idea que sostiene que todo lo que esté determinado debe ser predecible, cuya formulación más célebre pertenece a Pierre-Simon de Laplace, matemático, físico y astrónomo francés, que vivió a caballo de los siglos XVIII y XIX.

Laplace trazó en 1814, en su Essai philosophique sur les probabilités, el perfil de una inteligencia sobrehumana «que por un instante conociese todas las fuerzas de que está animada la naturaleza y la situación respectiva de los seres que la componen»; si esta inteligencia, conocida como el Demonio de Laplace, fuese además capaz de someter sus datos al análisis matemático, «abrazaría en la misma fórmula a los movimientos de los más grandes cuerpos del Universo y los del átomo más ligero: nada sería incierto para ella, y el porvenir, como el pasado, estaría presente ante sus ojos».

En ese mismo párrafo, Laplace daba sin nombrarlo una definición sintética del determinismo: debemos considerar, decía, «el estado presente del Universo como el efecto de su estado anterior, y como causa de su estado futuro». En otras palabras, dado el estado de un sistema en un instante preciso, para cada uno de los momentos anteriores o ulteriores hay un único estado de ese sistema compatible con el primero. Sin duda esto se aplica al cono parado sobre su punta: la totalidad de su historia podría ser reconstruida o predicha conociendo todos los datos relativos a un instante cualquiera de esa historia. Pero ese conocimiento es inaccesible, salvo que se sea el Demonio de Laplace, Dios o algún otro sucedáneo, y es sabido que ni bien ingresa a consideración esta hipótesis se acaba la ciencia.

La expresión «caos determinista» con que se designa este tipo de comportamientos de un sistema no hace, en definitiva, sino dar cuenta de esa reconciliación entre lo impredecible y lo determinado. No es un asunto menor, sobre todo si se considera que implica reconocer que hay muchos fenómenos en la naturaleza que son, a la vez, transparentes y opacos para el conocimiento humano. Saber que se ignora no es nuevo ni fundamentalmente inquietante; en cambio, saber que una vez desentrañado un orden sigue existiendo una porción de ignorancia irreductible por siempre jamás y sin que medien en ello propiedades inefables o fuerzas ocultas, tiene un cierto retrogusto trágico.

El tiempo irreversible

«La ciencia moderna se basa en la noción de leyes de la naturaleza. Estamos tan acostumbrados a ella, que ha llegado a ser como una perogrullada, y sin embargo posee implicaciones muy profundas», dice el premio Nobel de química Ilya Prigogine. Una de estas características esenciales, agrega, «es la eliminación del tiempo. Siempre he pensado que en esta eliminación tuvo una influencia importante el elemento teológico. Para Dios todo está dado. La novedad, la elección o la acción espontánea dependen de nuestro punto de vista humano. En los ojos de Dios el presente contiene el futuro y el pasado».

Los «ojos de Dios» o los del Demonio de Laplace asumen, para los seres humanos, la forma de leyes físicas que la mecánica clásica vertió como ecuaciones matemáticas. Una de las curiosidades de estas leyes es que en ellas el tiempo no tiene una dirección definida: tanto da si el tiempo avanza o retrocede, y por lo tanto los procesos resultan perfectamente reversibles.

Obsérvese, en particular, la segunda ley de Newton, donde la fuerza resulta del producto de la masa por la aceleración: F = m x a. La aceleración es, a su vez, velocidad sobre tiempo (v/t), y la velocidad es distancia sobre tiempo (d/t). La aceleración es, en consecuencia, distancia sobre tiempo al cuadrado (d/t²), y la segunda ley de Newton puede escribirse entonces: F = m x d/t².

La variable tiempo (t) se halla pues elevada al cuadrado, lo que significa que cualquiera sea su signo, positivo o negativo, el resultado no varía. Dicho de otro modo, la trayectoria del movimiento es idéntica en una dirección o la otra. Conocidas las condiciones iniciales de un sistema -su estado en un instante cualquiera-, las ecuaciones del movimiento proporcionan una trayectoria única y permiten reconstruir toda su historia y todo su futuro. Es como si se filmara un péndulo de movimiento perpetuo: no se puede saber en qué sentido se pasa la película.

Pero la intuición o la experiencia personal indican otra cosa: el tiempo no es reversible. Algo aparentemente tan trivial como la mezcla de agua con tinta roja lo muestra claramente; de nada sirve seguir revolviendo la mezcla con la esperanza de que el agua y la tinta vuelvan a separarse espontáneamente. El proceso es irreversible. El tiempo tiene una dirección o, como se dice también, una «flecha».

La «flecha del tiempo» fue introducida en física por el segundo principio de la termodinámica, rama de la física que estudia las relaciones entre el calor y otras formas de energía. Los dos principios fundamentales de esta ciencia rigen el conjunto de transformaciones físico-químicas que tienen lugar en un sistema. El primer principio afirma la conservación de la energía total del sistema en el curso de dichas transformaciones. Un ejemplo sencillo: el trabajo que mueve un automóvil más las pérdidas (en forma de calor, por ejemplo) equivalen a la energía química de la combustión de la gasolina liberada en el interior de los cilindros del motor.

El segundo principio, en su versión original, describe la evolución espontánea de un sistema aislado (que no intercambia materia ni energía con el exterior) y establece que en el curso de esa evolución la energía del sistema, si bien permanece constante, se transforma en parte en calor. Éste no puede a su vez transformarse en otra forma de energía, por lo que al cabo de cierto tiempo el sistema llega al equilibrio termodinámico, estado final en el que ninguna transformación de energía es ya posible. Este segundo principio puede ser formulado también a través de una magnitud abstracta, llamada entropía. La entropía, según el segundo principio, sólo puede crecer en el desarrollo de cualquier transformación de energía, de forma que, transcurrido un tiempo suficientemente largo, alcanza un valor máximo que caracteriza el estado de equilibrio termodinámico.

La entropía y la Venus de Milo

El camino que conduce al equilibrio termodinámico o hacia la entropía máxima es un camino hacia la desorganización o el desorden progresivo. Esto puede ser ilustrado recurriendo a un magnífico ejemplo ideado por el físico español Jorge Wagensberg. Sea, dice Wagensberg, una obra de arte, «una delicada escultura despertada del mármol en la antigua Grecia. Tomémosla prestada para una experiencia: le aplicamos una potente carga de dinamita y accionamos el detonador a distancia. Cuando el polvo y los gases se disipan, descubrimos sin sorpresa unos pedruscos apenas reconocibles. Está claro que se trata de la misma materia, pero organizada de otro modo. Se ha desorganizado, diríamos. Sometamos ahora los nobles escombros a idéntica prueba. (Ver aparecer de nuevo la estatua entre las nubecillas de la segunda explosión nos dejaría atónitos.) Ante nosotros (en cambio) unos cascotes aún más pequeños y deformados. La desorganización ha seguido su curso. El proceso es irreversible. Y lo es en una sola dirección, desde el orden hacia el caos, desde la belleza hacia cualquier cosa. Si nos percatamos además de que con ello hemos definido el fluir del tiempo, entonces es hora de espantarse, provisionalmente, en honor del segundo principio de la termodinámica. No sabemos qué es mejor, si no tener tiempo como los mecanicistas o tenerlo en esta dirección».

Puede considerarse también, por ejemplo, un sistema constituido por la superficie del suelo y una piedra situada libremente a cinco metros por encima, se dirá -con razón- que es una configuración muy improbable. Improbable pero no imposible: al lanzar una piedra hacia arriba, existe un punto sobre el suelo en el que la misma va a inmovilizarse antes de volver a caer hacia la tierra. En ese punto, la energía total del sistema es energía potencial; la piedra inicia su caída y a medida que va cayendo, esa energía potencial va transformándose en energía cinética, para terminar en calor cuando se da contra el suelo.

Esa caída de la piedra es un viaje hacia el equilibrio termodinámico, hacia la entropía máxima, pero también hacia un estado cada vez más probable: no hace falta decir que encontrar piedras en el suelo, al costado del camino, es bastante más común que encontrar una libremente suspendida a tres metros por encima de la cabeza. De este modo, si se plantea en términos de probabilidades, los procesos espontáneos que llevan a los sistemas aislados hacia el equilibrio termodinámico consisten en una sucesión de estados cada vez más probables. En el Universo, todo lo que llama la atención es improbable: la vida, la belleza, cualquier estructura organizada, en suma. Desorden y orden corresponden pues, respectivamente, a probabilidad e improbabilidad, o a entropía y su contrario, neguentropía.

Problemas de la irreversibilidad

Si el segundo principio de la termodinámica rigiera absoluta e implacablemente, las perspectivas de futuro del Universo no serían nada alentadoras. Al igual que la piedra suspendida en el aire, el Universo habría empezado en un nivel de entropía muy bajo, correspondiente a un «orden» inicial, para llegar a la muerte térmica al cabo de un tiempo suficientemente largo. No hay modo de saber si esto es cierto o no hasta que llegue el momento fatal, puesto que se ignora si el Universo es un sistema abierto o aislado. Sí es claro, en cambio, que el segundo principio, al hacer referencia a sistemas aislados y en equilibrio, no es compatible con la descripción de los sistemas vivos, abiertos por excelencia.

Si se quieren dejar fluir los más bajos instintos, puede hacerse la prueba de aislar un ser vivo, privándolo del intercambio de materia y energía con su entorno. Por ejemplo, encerrar un pajarito en un cubo de cristal perfectamente hermético. Se comprobará que el segundo principio no perdona: el sistema se dirigirá inexorablemente a su estado de equilibrio termodinámico, es decir a la muerte biológica. Para los seres vivos, dice Jorge Wagensberg, se necesita pues una termodinámica de no equilibrio para sistemas no aislados.

Esa termodinámica tiene en cuenta casos particulares en los que sistemas abiertos pueden alcanzar una situación estable de no equilibrio llamada «estado estacionario». La situación estable es posible porque el sistema, al ser abierto, puede enviar al entorno toda la entropía que en su interior se produce y mantener así su propia entropía constante. En otras palabras, el sistema establece una suerte de pacto con el entorno, se adapta a él y permanece estable en el estado estacionario, sin avanzar hacia el equilibrio termodinámico. Cualquier perturbación fortuita que tienda a desplazarlo del estado estacionario es resistida; el sistema, por así decir, es capaz de «absorber» esas perturbaciones azarosas (llamadas «fluctuaciones»). Las mismas no tienen pues oportunidad de progresar, de amplificarse, y por lo tanto no alteran el comportamiento del sistema.

Hasta aquí, la vida del sistema sigue siendo previsible y tranquila. Pero esto es así siempre y cuando el sistema no se halle demasiado alejado del equilibrio termodinámico. En caso contrario, las cosas cambian radicalmente. Lejos del equilibrio se presentan casos de inestabilidad, en los cuales las fluctuaciones sí pueden resultar decisivas.

Lo que ocurre es que el estado estacionario compatible con las condiciones del entorno deja de ser único, situación que se expresa matemáticamente en las ecuaciones que describen la evolución del sistema: las mismas se vuelven no lineales, es decir que tienen más de una solución. Llevado esto a una gráfica (ver figura), aparecen puntos críticos, llamados bifurcaciones, donde la evolución futura del sistema deja de ser única, depende de una perturbación ínfima (antes irrelevante) y es por ende incierta: varias soluciones son posibles, pero sólo una se convertirá en realidad. ¿Cuál de ellas? Eso lo decide el azar, una «chispa de azar», según la bella expresión del biólogo francés Henri Atlan.

El nombre de «bifurcación» dado a esos puntos críticos expresa bien la situación: se llega a un estado de incertidumbre, donde varias sendas se abren y no es posible saber de antemano cuál de ellas habrá de ser seguida por el sistema. Lo que ocurre en una bifurcación recuerda la situación de sensibilidad a las condiciones iniciales: basta con apartarse una distancia tan débil como se quiera de la bifurcación para ser precipitado en una dinámica que se aleja para siempre de la misma. Es algo así como encontrarse en el ojo de un ciclón: en ese lugar reina la calma, la armonía; pero un mínimo apartamiento significa ser devorado por la turbulencia más feroz.

Se asiste de esta manera a la reconciliación del azar y el determinismo. La descripción de un sistema con bifurcaciones implica, dice Jorge Wagensberg, la coexistencia de ambos: «entre dos bifurcaciones reinan las leyes deterministas, pero en la inmediata vecindad de tales puntos críticos reina el azar. Esta rara colaboración entre azar y determinismo es el nuevo concepto de historia que propone la termodinámica moderna».

Ilya Prigogine ha llamado a este fenómeno «orden por fluctuaciones», noción que se asemeja a la de «criticalidad autoorganizada», propuesta por el físico Per Bak, del Laboratorio Nacional de Brookhaven, en Nueva York.

La hipótesis de Bak es que los sistemas dinámicos evolucionan de modo natural hacia un estado crítico, y una vez que han llegado a él exhiben una propiedad muy característica: una perturbación pequeña puede desencadenar respuestas de diversa magnitud, desde una respuesta pequeña, que no modifica sustancialmente el estado del sistema, hasta una respuesta extrema, que provoque el colapso total del mismo.

Pero Bak propone una analogía visual que ayuda a comprender mejor esta idea. Se tira un pequeño chorro de arena sobre una bandeja circular. El montón crece firmemente hasta que alcanza el límite y de repente, más arena (un solo grano, por ejemplo) puede desencadenar avalanchas de todo tipo, ya sea una avalancha pequeña, intrascendente, avalanchas de mediana entidad, o una tan grande que lleve al montón de arena a derrumbarse por completo. El montón, cuando no recibe más arena adicional, representa el sistema en el estado crítico, donde una ínfima perturbación fortuita puede arrastrarlo hacia un nuevo e imprevisible estado.

El improbable «programa genético»

El segundo principio de la termodinámica no concuerda, como se dijo, con la descripción de sistemas vivos. Éstos no muestran una tendencia al desorden, a la desorganización creciente, sino, por el contrario, a la complejidad y a la organización. La flecha del tiempo irreversible parece en ellos invertida: el estado inicial de un sistema tal como lo describe el segundo principio de la termodinámica resulta ser en los seres vivos el estado final. Menudo problema, al que la biología molecular dio respuesta con el descubrimiento de los mecanismos moleculares de la herencia.

La evolución de los sistemas vivos no está regida, como las apariencias indican, por una causalidad extraña, donde el estado final comanda el proceso antes aun de su propio advenimiento. Se trata, dice entre otros el biólogo francés Jacques Monod (uno de los fundadores de la biología molecular y premio Nobel de medicina en 1965), del desarrollo de un programa, al igual que en las máquinas programadas (una computadora, por ejemplo): el funcionamiento de estas máquinas parece orientado hacia la realización de un estado futuro, pero en realidad está determinado causalmente por un programa preestablecido, que determina la sucesión de estados por los que la máquina debe pasar.

De esta manera, para dar cuenta de la inversión aparente de la flecha del tiempo, la biología molecular toma prestada de la cibernética una metáfora que hará fortuna: el programa genético. A pesar de la contundencia con que se ha instalado en la biología moderna, esta metáfora presenta dificultades teóricas serias. La primera es, naturalmente, la del origen del primer programa, ante la ausencia de programador evidente. La segunda, que deriva de la anterior, reside en el carácter paradójico de un programa que debe programarse a sí mismo, es decir que necesita, para ser leído y ejecutado, conocer los productos de su propia ejecución.

Esta paradoja se aprecia claramente si se piensa que un procedimiento de cálculo en computadora necesita dos tipos de ingredientes, pertenecientes a niveles lógicos diferentes: datos y un programa. El programa es una serie de instrucciones que se aplican a los datos, opera sobre ellos, y ocupa por lo tanto respecto de éstos un nivel lógico superior. Si esa diferencia de niveles lógicos no existiera, una misma información podría funcionar simultáneamente como dato y como programa. Al operar sobre los datos, el programa operaría sobre sí mismo, es decir que se programaría a sí mismo.

El problema que esto supone es el que surgiría si se decide transmitir un mensaje a seres de los cuales se ignora todo, hasta su existencia. Por ejemplo, eventuales «extraterrestres». La dificultad es que se necesitaría comunicar no sólo el contenido del mensaje, sino también el hecho de que se trata de un mensaje, y finalmente las instrucciones para decodificarlo. Comunicar que se comunica no es la tarea más ardua: alcanza con apostar a que el supuesto receptor hará él mismo la suposición de que el objeto físico que le llega es el soporte de un mensaje. Pero con la transmisión de un programa de decodificación las cosas se complican. Escrita bajo la forma de un mensaje explícito, esa información que quiere ser de un nivel lógico superior sería rebajada al rango de simple dato, como el propio mensaje a decodificar, y ello volvería a generar el problema de comunicar su modo de decodificación, y así al infinito. En síntesis, para comprender el modo de decodificación que permitirá comprender el mensaje, es preciso haber comprendido ya el mensaje, lo cual torna superflua la información sobre el modo de decodificación. Superflua, pero no obstante indispensable.

Ésa es la implicación de la metáfora del código genético. Los operadores que realizan la transcripción y la traducción de los ADN en proteínas enzimáticas son ellos mismos proteínas enzimáticas codificadas en el ADN, de tal suerte que para llevar a cabo la traducción hace falta haberla llevado ya a cabo. Así pues, si se toman al pie de la letra las nociones de programa y de código, no se comprende cómo podrían decodificarse las instrucciones del programa. Y sin embargo funciona. Es preciso pues concluir que la existencia individual del ser vivo, y sólo ella, sabe resolver la paradoja. Esa solución tiene un nombre: autoorganización.

La autoorganización

Henri Atlan, autor de una impresionante obra teórica sobre la autoorganización, sostiene que esta teoría permite comprender, precisamente, «la naturaleza lógica de sistemas donde aquello que oficia de programa se modifica incesantemente, de manera no preestablecida, bajo el efecto de factores aleatorios del entorno», dando lugar a un aumento de la complejidad de ese sistema. No otra cosa dice el principio de «orden por fluctuaciones», según el cual bajo ciertas condiciones la materia es capaz, por la intervención de lo aleatorio, de autoorganizarse para dar nacimiento a formas nuevas.

Las investigaciones sobre la autoorganización se han desarrollado, en los últimos veinticinco años, en el seno del archipiélago científico, en esos pasajes donde se navega entre físico-química, biología y cibernética. La necesidad de dar respuesta a problemas como los planteados por el segundo principio de la termodinámica y por la noción de programa genético apuraron la consolidación de un concepto cuyos insumos principales fueron elaborados, en lo esencial, en Estados Unidos en la segunda posguerra: teoría matemática de la comunicación, teoría general de sistemas, cibernética.

En una formulación lo más sintética posible, el fenómeno de autoorganización puede describirse como sigue: al verse afectado por perturbaciones aleatorias, un sistema con una estructura o una organización dada, modifica su estructura, se reorganiza. Literalmente, el sistema se organiza a sí mismo, en respuesta a la intervención de un factor azaroso. Una característica fundamental del proceso es que al término del mismo se ha producido un aumento de la complejidad del sistema. En otras palabras, su nueva estructura es más compleja que la inicial. Naturalmente, a falta de una definición de complejidad, todo esto puede no querer decir gran cosa. Afortunadamente, hay definiciones disponibles, entre las cuales una de las más acabadas pertenece, una vez más, a Henri Atlan .

La autoorganización es, en definitiva, un modelo que explica el pasaje de lo local a lo global, cuando ese pasaje implica un aumento de complejidad y produce la emergencia de algo nuevo. En el nivel de organización más global emergen propiedades nuevas en relación con el nivel más elemental. Se trata, por ejemplo, de propiedades biológicas de las células vivas, nuevas respecto de las propiedades químicas de las moléculas, o propiedades psicológicas de la mente humana, nuevas respecto de las propiedades fisiológicas del cerebro.

De la interacción local de los componentes individuales de un sistema emerge algún tipo de propiedad global, algo que no se podría haber previsto a partir de lo que se sabía de las partes componentes. A su vez, la propiedad global, ese comportamiento emergente, vuelve a influir en el comportamiento de los componentes individuales que la produjeron. Orden surgiendo de un sistema dinámico complejo, propiedades globales fluyendo del comportamiento general de los individuos.

Los Gingko de Hiroshima: esperanza frente a la devastación.

Hiroshima, nuestro amor
Por Ariel Dorfman

religion

Hace unos días, tres árboles Gingko que mi mujer y yo habíamos plantado frente a nuestro hogar en Durham, Carolina del Norte, sufrieron un asalto a mansalva. Cuando salí a defenderlos de un tropel de trabajadores que excavaban hoyos gigantescos justo al lado de las raíces de esos árboles para enterrar cables de fibra óptica, largos y sinuosos y amarillos como serpientes, me animaba no solo el deseo de salvar a esos hermosos retoños de las depredaciones de la modernidad, sino también inspirado por la memoria de la primera vez, treinta y tres años atrás en Hiroshima, que supe de los Gingko, la primera vez que tuve la suerte de conocerlos.

–Tiene Usted que ver los Hibakujumoku, los árboles sobrevivientes –me dijo Akihiro Takahashi, el director del Museo Memorial de la Paz de Hiroshima, casi comandándomelo imperiosamente al final de una larga conversación en su oficina–, tiene que ver los Gingko.

Me había estado relatando la historia de su propia supervivencia a la edad de catorce años después que la bomba atómica cayó sobre su ciudad el 6 de agosto de 1945, gracias a que se encontraba en su escuela a un kilómetro y medio del epicentro. Minuciosamente fue desplegando su experiencia: un centelleo de luz seguido por un estallido ensordecedor que le hizo perder la conciencia, despertando para hallarse, trastornado y cubierto de quemaduras, lanzado contra un muro a diez metros de distancia. Y lo que había visto cuando se dirigió hacia un río cercano para ver si las aguas le apaciguaban la piel calcinada. Una escena apocalíptica: cadáveres esparcidos como rocas, un bebé que lloraba en los brazos de su mamá incinerada, hombres atravesados por pedazos de vidrio deambulando por las ruinas de calles y puentes como fantasmas, con la ropa hecha harapos, el aire ennegrecido e irrespirable, barrios enteros ardiendo, 85 mil hombres, mujeres y niños muertos instantáneamente, los miles que sucumbieron después debido a lesiones y radiación. El cuerpo de Takahashi ostentaba señales de ese crimen de guerra y su persistente desenlace. Una de sus orejas estaba chata y deforme, y sus manos retorcidas y encrespadas, con uñas largas y negras que crecían de varios dedos. Una de esas manos gesticuló hacia la ciudad más allá del Museo donde los Gingko, insistió, por medio de un intérprete, probarían mejor de lo que él lo pudiera hacer, la perduración de la esperanza, la necesidad de buscar la paz y la reconciliación.

Y, en efecto, los tres árboles que visité en los templos de Hosen-Ji y Miyojoin-Ji y en los jardines de Shukkeien eran una maravilla, frondosos y magníficos y obstinados. Protegidos por la profundidad de sus raíces, germinando nuevos brotes casi inmediatamente después de la explosión, estos árboles venían a ser expertos en el arte de sobrevivir, una especie, me contó el intérprete, que tenía, según fósiles encontrados en China, 270 millones de años de antigüedad. Se estimaba que bien podía ser uno de los seres vivos con más existencia ininterrumpida en el planeta. Y algunos ejemplares llegaban a cumplir más de dos mil quinientos años. Y estos, los que miraba yo con reverencia en Hiroshima, habían brotado de verde en medio de cuerpos carbonizados y gritos de humanos agonizantes, mientras caía una lluvia negra.

Y fue así que, décadas más tarde, cuando los majestuosos robles que se sembraron hace setenta años atrás en Durham, comenzaron a morirse y fue necesario derribarlos, nos pareció natural, casi inevitable, reemplazarlos con árboles Gingko. Adquirimos dos ejemplares bonitos y los hicimos plantar, a nuestras expensas, en la vereda frente a nuestro hogar, e incluso persuadimos al municipio de que cultivara otro para el vecino. No se trataba tan solo de desafiar a la muerte –estos árboles perdurarían más allá de los robles, estarían acá cuando nosotros ya no respiráramos, a estos árboles no los derribarían con facilidad– sino también de una decisión estética. Los Gingko son elegantes y dúctiles, y sus hojas se presentan en delicados lóbulos verdes en forma de pequeños abanicos encantadores.

He ido regando todos los días esos árboles milagrosos y cada madrugada les doy la bienvenida, llegando en algunas ocasiones a hablar con ellos, canturrearles una que otra melodía.

No era extraño, entonces, que cuando presencié una caterva de trabajadores cavando zanjas al lado de los Gingko, poniendo sus raíces al alcance de los cables mortíferos, me lancé al rescate. Ayudado por mi castellano (todos los que labraban eran de origen hispano, probablemente indocumentados), los convencí con vehemencia de que alejaran sus fosas de los Gingko. Enseguida hice lo propio a lo largo de la calle donde otros árboles peligraban.

Por cierto, el destino de estos ejemplares específicos que fueron liberados de este trance es trivial comparado con las vidas arrasadas por el estallido nuclear, pero hay, sin embargo, un simbolismo más profundo que emerge de esta embestida del “Giga-Power” contra los Gingko que siguen agraciando nuestro vecindario. Es un conflicto, después de todo, entre la naturaleza en su forma más prístina, lenta y sublime y las exigencias de una sociedad de alta velocidad que, armada de una prodigiosa capacidad tecnológica, se expande en forma supersónica, perforando atropelladamente cualquier espacio o territorio que se encuentre en su camino, con tal de lograr comunicaciones más rápidas y eficientes e instantáneas. Es una batalla que, como cada día es más evidente, la Tierra está perdiendo.

Lejos de mí oponerme al progreso y el contacto global, y menos todavía ahora en esta época en que el chovinismo aislacionista muestra sus garras. Me seduce la idea de que las múltiples hebras de la humanidad se entrelacen por medio de cables y fibras ópticas que podrían permitirnos ensayar la paz y el entendimiento entre diferentes culturas y naciones que Akihiro Takahashi soñó en Hiroshima. Pero me perturba la irresponsabilidad con que aceleramos hacia el futuro con nuestra tecnología arrogante, sin medir las consecuencias de nuestras acciones, cuántos Gingko –y no solo aquellos árboles, sino que todos los animales y especies– están amenazados hoy por nuestros deseos insaciables, nuestra búsqueda incesante del desarrollo, nuestra incapacidad de medir la alegría y la felicidad sino a través del último artefacto y la conexión más vertiginosa y la primacía del dinero y las ganancias.

Los Gingko de Hiroshima, esos tenaces hermanos y hermanas mayores de los tiernos retoños frente a nuestra casa en Carolina del Norte, fueron capaces de resistir las secuelas más devastadoras de la ciencia y la tecnología, la división del átomo, un poder destructivo que puede convertir el planeta entero en un cementerio.

Su supervivencia constituyó un mensaje de esperanza en medio de la lluvia negra de la desolación, la esperanza de que trataríamos la vida, como lo han hecho ellos, con reverencia, templando las fuerzas desenfrenadas que pueden llevarnos a todos a la extinción.

Cuán paradójico, cuán triste, cuán estúpido sería que, setenta y dos años después que Hiroshima abriera las compuertas al posible suicidio de la humanidad, no hayamos comprendido esa advertencia, ese llamado al futuro, lo que las hojas suaves de los Gingko todavía tratan de murmurarnos.

* Autor de La muerte y la doncella y, más recientemente, la novela Allegro, vive con su mujer en Estados Unidos y Chile.

Eric Sadin: La tecnología digital debilita la libertad humana.

El ensayista francés Eric Sadin analiza en su obra, y en esta nota, las relaciones entre el individuo, la sociedad, los datos, los programas, los iPhones o los smartphones, los grandes sistemas que deciden por sí solos y la amenaza de los Data Center.

Entrevista realizada por Por Eduardo Febbro

religion

Ya no estamos solos. Un doble o muchos dobles nuestros persisten en los incontables Data Center del mundo, en las redes sociales, las memorias gigantescas de Google, de Facebook o de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos, la NSA. Es lo que el ensayista francés Eric Sadin, uno de los autores más proféticos y brillantes en el análisis de las nuevas tecnologías, llama “la humanidad paralela”.

Eric Sadin ha explorado como pocos las mutaciones humanas inherentes a la erupción de la hiper tecnología en nuestras vidas. Lejos de contentarse con un anecdotario trivial de los instrumentos tecnológicos que surgieron desde hace décadas, Sadin los piensa de una forma inédita. Su último libro, L’Humanité Augmentée, L’administration numérique du monde (La humanidad aumentada, La administración digital del mundo), explora la capacidad cada vez más creciente que tienen los dispositivos inteligentes para administrar el rumbo del mundo.

La obra navega fuera de los senderos evidentes. Ni elogio fúnebre de la especie humana ni cántico de rodillas a las nuevas tecnologías, sino una reflexión pura que demuestra que nos encontramos en un momento crítico de la historia humana. Para Eric Sadin, Hal 9000, la computadora súper potente que en la película 2001 Odisea del Espacio equipa la nave Discovery, ha dejado hace mucho de ser una ficción: Hal 9000 ha sido incluso superada por la tendencia actual hacia una “administración robotizada de la existencia”. GPS, iPhone, smartphone, sistemas de gestión centralizados que deciden por sí solos, trazabilidad permanente, todo confluye en la creación de lo que el autor llama un “órgano-sintético que repele toda dimensión soberana y autónoma”.

–Eric Schmidt, el presidente de Google, dice en su último libro The New Digital Age que “acabamos de dejar los starting-blocks” de la revolución numérica. Usted, al contrario, estima que la revolución digital se acaba. ¿Fin o nueva fase?

–La década actual señala el fin de lo que se llamó “la revolución digital”, que empezó a principios de los años ’80 mediante la digitalización cada vez más vasta de lo real: la escritura, el sonido, la imagen fija y animada. Ese amplio movimiento histórico se desplegó paralelamente al desarrollo de las redes de telecomunicación e hizo posible el advenimiento de Internet, o sea, la circulación exponencial de los datos en la red. Esta condición tecnológica universalizada trastornó prioritariamente tres dimensiones: las condiciones de acceso a la información, el comercio y la relación con los otros a través de los correos electrónicos y las redes sociales. Hoy, esta arquitectura que no cesó de desarrollarse y consolidarse está sólidamente instalada a escala global y permite el advenimiento de lo que yo llamo “la era inteligente de la técnica”.

–La historia del siglo XXI se parece entonces a una redefinición de las líneas antropológicas. Usted la define como una humanidad “comprometida en una odisea incierta e híbrida, antropólogo-mecánica”.

–Nuestro tiempo instaura una relación con la técnica que ya no está prioritariamente fundada sobre un orden protético, o sea, como una potencia mecánica superior y más resistente que la de nuestro cuerpo, sino como una potencia cognitiva en parte superior a la nuestra. Hay robots inmateriales “inteligentes” que colectan masas abismales de datos, las interpretan a la velocidad de la luz al tiempo que son capaces de sugerir soluciones supuestamente más pertinentes, e incluso de actuar en lugar nuestro, como ocurre con el trading algorítmico, por ejemplo.

–Precisamente, el trading algorítmico desempeñó un papel nefasto en la crisis financiera de 2008. Un dispositivo creado por el ser humano operó una suerte de sustitución que terminó ahondando la crisis.

–Las transacciones financieras mundiales se llevan a cabo mediante la colecta automatizada de volúmenes astronómicos de datos: su tratamiento en tiempo real, la compra o la venta de acciones están a cargo de robots numéricos que trabajan a una velocidad que sobrepasa nuestras capacidades cognitivas. Hace 30 años, esa actividad estaba realizada por seres humanos, pero fue poco a poco transferida hacia sistemas interpretativos y reactivos. Ese fenómeno expone el momento inquietante de nuestra contemporaneidad, donde las producciones tecnológicas concebidas por seres humanos nos sustituyen e incluso actúan en lugar nuestro.

–En su último ensayo, La humanidad aumentada, la administración digital del mundo, usted expone un mundo cartografiado de manera constante por los sistemas digitales. Usted muestra la emergencia de una suerte de humanidad paralela –las máquinas– destinadas a administrar el siglo XXI. Se impone una pregunta: ¿qué queda entonces de nuestra humanidad?

–La historia de la humanidad está constituida por una infinidad de evoluciones sucesivas en todos los campos. Desde el Renacimiento, nuestro potencial humano se fundó sobre la primacía humana constituida por la facultad de juzgar, la facultad de decisión y, por consiguiente, de la responsabilidad individual que funda el principio de la Ley. La asistencia de las existencias por sistemas “inteligentes”, además de que representa una evolución cognitiva, redefine de facto la figura de lo humano como amo de su destino en beneficio de una delegación progresiva de nuestros actos concedida a los sistemas. Una creación humana, las tecnologías digitales, contribuyen paradójicamente a debilitar lo que es propio al ser humano, o sea, la capacidad de decidir conscientemente sobre todas las cosas. Esta dimensión en curso se amplificará en los próximos años. Además, nuestras vidas individuales y colectivas están cada vez más reorientadas por sistemas que nos conocen con mucha precisión, que nos sugieren ofertas hiper individualizadas, que nos aconsejan este u otro comportamiento. Por medio del uso de nuestros protocolos de interconexión se opera una cuantificación continua de los gestos, la cual autoriza un “asistente robotizado” expansivo de las existencias.

–Usted se refiere al surgimiento de un componente “órgano-sintético que repele toda dimensión soberana y autónoma”. En suma, el mundo, nuestras vidas, están bajo el orden de lo que usted llama “la gobernabilidad algorítmica”. El ser humano ha dejado de administrar.

–No se trata de que ya no administre más, sino de que lo hará cada vez menos en beneficio de amplios sistemas supuestamente más eficaces en términos de optimización y de seguridad de las situaciones individuales y colectivas. Esto corresponde a una ecuación que está en el corazón de la estrategia de IBM. Esta empresa implementa arquitecturas electrónicas capaces de administrar por sí mismas la regulación de los flujos de circulación del tráfico en las rutas o la distribución de energía en ciertas ciudades del mundo. Esto es posible gracias a la colecta y al tratamiento ininterrumpido de datos; los stocks de energía disponibles, las estadísticas de consumo, el análisis de los usuarios en tiempo real; la energía disponible, las estadísticas del consumo, el análisis de la utilización en tiempo real. Estas informaciones están conectadas con algoritmos capaces de lanzar alertas, de sugerir iniciativas o asumir el control decidiendo por sí mismos ciertas acciones: aumento de la producción, compras automatizadas de energía en los países vecinos, o corte del suministro en ciertas zonas.

–Eso equivale a una suerte de pérdida mayor de soberanía.

–La meta consiste en buscar la optimización y la seguridad en cada movimiento de la vida. Por ejemplo, hacer que una persona que pasa cerca de una zapatería pueda beneficiarse con la oferta más adecuada a su perfil, o que alguien que se pasea en una zona supuestamente peligrosa reciba un alerta sobre el peligro. Vemos aquí el poder que se le delega a la técnica, o sea, el de orientar cada vez más con mayor libertad la curva de nuestras existencias. Ese es el aspecto más inquietante y más problemático de la relación que mantenemos con las tecnologías contemporáneas.

–El escándalo del espionaje que explotó con el caso Prism, el dispositivo mediante el cual la NSA espía todo el planeta, puso al descubierto algo terrible: no sólo nuestras vidas, nuestra intimidad, son accesibles, sino que nuestras vidas están digitalizadas, convertidas en Big Data, dobladas.

–Prism reveló dos puntos cruciales: en primer lugar, la amplitud abismal, casi inimaginable, de la colecta de informaciones personales; en segundo, la colusión entre las compañías privadas y las instancias de seguridad del Estado. Este tipo de colecta demuestra la existencia de cierta facilidad para apoderarse de los datos, guardarlos y, luego, analizarlos para instaurar funcionalidades de seguridad. La estrecha relación que liga a los gigantes de la red con la NSA debería estar prohibida por la ley, salvo en ocasiones específicas. De hecho, no es tanto la libertad lo que disminuye sino partes enteras de nuestra vida íntima. El medio ambiente digital favoreció la profundización inédita en la historia del conocimiento de las personas. Este fenómeno está impulsado por las compañías privadas que colectan y explotan esas informaciones, a menudo recuperadas por las agencias de seguridad y también por cada uno de nosotros mediante las huellas que diseminamos permanentemente, a veces sin ser conscientes, a veces de manera deliberada. Por ejemplo, a través de la exposición de la vida privada en las redes sociales.

–El caso NSA-Prism marca todo un hito en la historia. De alguna manera, incluso si la gente ha reaccionado de forma pasiva, hemos perdido la inocencia digital. ¿Cree usted que aún persiste la capacidad de rebelarse en esta gobernabilidad digital?

–Con Prism habrá un antes y un después. Este caso mostró hasta qué punto la duplicación digital de nuestras existencias participa de la memorización y de su explotación. Esto ocurrió en apenas 30 años bajo la presión económica y de las políticas de seguridad sin que se haya podido instaurar un debate a la medida de lo que estaba en juego. Este es el momento para tomar conciencia, para emprender acciones positivas, para que los ciudadanos y las democracias se apropien de lo que está en juego, cuyo alcance concierne a nuestra civilización.

–La ausencia de Europa ha sido en este robo planetario tan escandalosa como cobarde. Usted, sin embargo, está convencido de que el Viejo Mundo puede ahora desempeñar un papel central.

–Me parece que Europa, en nombre de sus valores humanistas históricos, en nombre de su extensa tradición democrática, debe influir en la relación de fuerzas geopolíticas de Internet y favorecer la edificación de una legislación y una reglamentación claras. El término Big Data, más allá de las perspectivas comerciales que se desprenden de él, nombra ese momento histórico en el cual el mundo está copiado bajo la forma de datos que pueden ser explotados en una infinidad de funcionalidades. Se trata de una nueva inteligibilidad del mundo que emerge a través de gigantescas masas de datos. Se trata de una ruptura cognitiva y epistemológica que, me parece, debe ser acompañada por una “carta ética global” y marcos legislativos transnacionales. No obstante, hay que desconfiar de todo intento de toma de control por ciertos países capaz de conducir a una fragmentación de Internet. Justamente, el valor de Internet radica en su dimensión universalizada. Me parece que lo que necesitamos es un acuerdo en torno de algunas exigencias fundamentales.

-En su libro, usted se refiere a una figura mítica del cine, Hal, el sistema informático de la nave Discovery que aparece en la película 2001 Odisea del espacio. ¿Hal es, para usted, como la figura que encarna nuestro devenir tecnológico a través de la inteligencia artificial?

–Hal es un sistema electrónico hiper sofisticado que representa la figura mayor de la película de Stanley Kubrick. Hal es un puro producto de la inteligencia artificial, es capaz de colectar y analizar todas las informaciones disponibles, de interpretar las situaciones y actuar por sí misma en función de las circunstancias. Exactamente como ciertos sistemas existentes en el trading algorítmico, o en el protocolo de Google. Hal no corresponde más a una figura imaginaria y aislada sino a una realidad difusa llamada infinitamente a infiltrar sectores cada vez más amplios de nuestra vida cotidiana.

–En esa misma línea se sitúa para usted el iPhone o los smartphones. No se trata de juguetitos sino de un casi complemento existencial.

–Creo que la aparición de los smartphones en 2007 corresponde a un acontecimiento tecnológico tan decisivo como el de la aparición de Internet. Los smartphones permiten la conexión sin ruptura espacio-temporal. Con ello los smartphones exponen a un cuerpo contemporáneo conectado permanentemente, tanto más cuanto que puede ser localizado vía el GPS. También, a través de él se confirma el advenimiento de un “asistente robotizado” de las existencias por medio de las innúmeras aplicaciones capaces de interpretar un montón de situaciones y sugerirle a cada individuo las soluciones supuestamente más adaptadas.

–Esos objetos, que son táctiles, nos hacen mantener una relación estrecha con el tacto. Pero, al mismo tiempo que tocamos, las cosas se tornan invisibles: toda la información que acumulamos desaparece en la memoria de los aparatos: fotos, videos, libros, notas, cartas. Están pero son invisibles.

–En efecto, ese doble movimiento trastornante debería interpelarnos. Nuestra relación con los objetos digitales se establece según ergonomías cada vez más fluidas, lo que alienta una suerte de creciente proximidad íntima. La anunciada introducción de circuitos en nuestros tejidos biológicos amplificará el fenómeno. Por otro lado, esa “familiaridad carnal” viene acompañada por una distancia creciente, por una forma de invisibilidad del proceso en curso. Esto es muy emblemático en lo que atañe a los Data Centers que contribuyen a modelar las formas de nuestro mundo y escapan a toda visibilidad. Es una necesidad técnica. Sin embargo, esa torsión señala lo que se está jugando en nuestro medio ambiente digital contemporáneo: por un lado, una impregnación continua de los sistemas electrónicos, y, por el otro, una forma de opacidad sobre los mecanismos que la componen.

-Los poderes públicos, principalmente en Europa, son incapaces de administrar el universo tecnológico, incapaces de encuadrarlo con leyes o fijar límites. La ignorancia reina, pero la tecnología termina por imponerse, al igual que las finanzas, a todo el espectro político. De alguna manera, los poderes públicos son víctimas de la ignorancia y de lo que Paul Virilio conceptualizó como nadie: la velocidad.

–Una velocidad aumentada sin nunca cesar caracteriza el movimiento vertiginoso imprimido por la innovación tecnológica. Estamos viviendo en el seno de un régimen temporal que se vuelve exponencial, prioritariamente mantenido por la industria que impone sus leyes. Lo propio de los regímenes democráticos es su facultad deliberativa, su capacidad colectiva para elegir conscientemente las reglas que enmarcan el curso de las cosas. Ese componente está hoy eminentemente fragilizado. Ahora como en el futuro, debemos enfrentarnos activamente, sin nostalgia y bajo diversas formas, a la amplitud de lo que está en juego éticamente, bajo la inducción de esta “tecnologización” de nuestras existencias. Tanto en las escuelas y universidades, creo que es urgente enseñar el código, la composición algorítmica, la inteligencia artificial. Creo que son los profesores de “humanidad numérica” quienes deberían ingresar en las escuelas y contribuir a despertar las conciencias y ayudar a encontrar las perspectivas positivas que se están abriendo con este movimiento. Es preciso que en adelante desarrollemos una conciencia crítica ante nuestra propia utilización, que se instaure lo que yo llamo “una disciplina de la utilización”. Esta disciplina me parece indispensable si no queremos estar infinitamente pegados a las producciones tecnológicas, si no queremos volvernos un mismo cuerpo con la técnica. Es preciso mantener cierta distancia, porque es la distancia quien condiciona el principio mismo de una relación abierta y singularizada con el mundo.

Pérez-Reverte: Las redes son formidables, pero están llenas de analfabetos.

religion

Arturo Pérez-Reverte, el hoy autor de 25 novelas exhibe los modos de un dandi y conversa con paciencia de orfebre en un ámbito que desentona con sus recuerdos bélicos: mármoles, copas de cristal y una vista soberbia al río de la Plata, desde el décimo piso del Hotel Alvear de Buenos Aires.

Para saber quién es Pérez-Reverte y conocer sus vivencias de guerra, ¿hay que leer ‘El pintor de batallas’?

Mi biografía está repartida en todas mis novelas. Les presto a mis personajes la mirada que mi vida y mis lecturas me han dejado. Pero ‘El pintor de batallas’ es una novela autobiográfica. Tiene un 5 por ciento de novelesco: todo lo que cuento, las circunstancias, y hasta la mirada del protagonista, son reales.

¿Por qué nunca volvió a abordar ese tipo de registro?

No fue una novela feliz, pero era lo que necesitaba escribir. Durante un año y medio ajusté cuentas con mis recuerdos. Un ejercicio de reflexión personal. Todo ese álbum de fotos oscuras en 21 años de guerra pesaba demasiado y pensé que escribiendo sobre eso ordenaría la memoria. Fue algo duro y profundo, pero esa gimnasia cumplió su cometido. Cerré una puerta. No hubo ni habrá otro libro igual. Ahora escribo para pasarlo bien. Soy un escritor feliz.

¿Umberto Eco lo marcó como novelista?

No, pero fue clave por otras razones. Él entendía a la literatura como yo. Cuando empecé a escribir se hacían novelas aburridas; la trama no importaba, pero sí el estilo. En la Argentina hay mucho de eso, escritores que no tienen nada que decir. Una literatura onanista, vaciada de ideas, que se mira al espejo. Estaba escribiendo ‘La tabla de Flandes’ y al leer ‘El nombre de la rosa’ tuve la certeza de que no estaba solo ni equivocado.

¿Cuál es el momento de mayor inseguridad al escribir?

Cuando voy por la mitad de la novela. Te pongo un ejemplo del mar: trazas un rumbo y de golpe todo se va al carajo: no te funciona la electrónica, solo tienes la carta náutica y el compás. Calculas el rumbo, pero llevas navegando un día y ya no sabes si vas bien o vas mal, pero ruegas haber hecho bien los cálculos. Pasa igual en la novela: en la mitad dejo de verla desde afuera y pierdo la conciencia de la calidad de mi trabajo. ‘Espero haber hecho bien los cálculos –me digo–, porque ya no puedo ver si voy bien o mal y tengo que seguir’. Es un momento de incertidumbre que, como todo, se sobrelleva con cojones.

¿Nunca se hunde?

Es estresante, pero a mí no me hunde nada. Si no lo hizo la guerra… Me hundirán los años, pero no la vida.

¿Volvería a elegir esa vida?

Sin duda. La guerra es una forja estupenda para quien sobrevive a ella. Le debo todo. Sin eso, no sería escritor ni sería nada. Te inyecta realidad en dosis muy intensas. De lo peor y lo mejor.

¿Y no le dejó traumas?

No visibles, al menos. Soy un tipo estable, duermo bien. Y cuando los recuerdos se hacen demasiado presentes, cojo un libro o voy a navegar, y todo vuelve a su sitio.

¿La imaginación no basta para escribir? ¿Hay que vivir primero?

Siempre elegiría la experiencia. Escribir es secundario. Muchos están muertos sin saber que lo están.

¿La de los Balcanes fue su guerra más atroz?

En todas vi lo peor. En El Salvador vi cadáveres de niños atados con alambre y quemados con cigarrillos. En el Líbano vi matar prisioneros. Pero los Balcanes fueron muy duros: tres años de continua barbarie.

¿Ha usado armas?

Solo una vez. En el 77, en Eritrea. Fue una derrota devastadora. Las fuerzas etíopes atacaron, hubo una matanza y había que huir hacia la frontera con Sudán. ‘Toma un arma y búscate la vida’, me dijeron. Logré cruzar. No recuerdo si llegué a tirar. Como iba armado, los sudaneses me confundieron con un mercenario y me encarcelaron. Además, tenía disentería. Podría haber muerto. Si hay que ir al infierno, ya sé cómo es.

En sus novelas asoma cierta mirada indulgente hacia aquel que comete atrocidades…

No es eso. He visto a gente infame hacer cosas maravillosas y a amigos hacer canalladas. En Eritrea me asignaron un soldado, Boldai, que me cuidaba cuando enfermé. Boldai se exponía a fuego enemigo para traerme agua. Cuando la ciudad cayó, lo vi matar prisioneros y violar mujeres. Supe cómo ellas gritan cuando las violan. Y el tipo que lo hacía era mi amigo.

¿Cuál fue su reacción?

Imagínate una ciudad ardiendo, llena de muertos, donde se remataba a los heridos y yo diciéndole a Boldai: ‘Oye, no, eso está muy mal’… Al final, todo el mundo –desde aquel que va borracho y atropella a un niño, al que mata para robarse un reloj– encontrará un pretexto para alivianar esas cargas en la conciencia.

¿Cuáles son las suyas?

Más que cosas malas en mi vida como reportero fueron las cosas que podría haber hecho y no hice. Son imágenes que me revisitan y que, como todos, también necesito justificar: tenía que transmitir, no era mi guerra, me hubieran matado… Pero los gritos siguen aquí (se toca la cabeza): los de las chicas violadas en Eritrea, los del niño herido que me miraba en Chipre con su oso de peluche; los del chico en Paso de Las Yeguas (Nicaragua) que me pedía ayuda cuando diez tíos de Somoza se lo llevaban…

Un concepto muy revertiano: el hombre como ángel y bestia…

Nadie es ciento por ciento hijo de puta. Hasta el más miserable es capaz de un acto de grandeza, lo cual no lo excusa de ser un hijo de puta. En el año 78 viajé a una base argentina en la Antártida y ahí conocí a varios oficiales jóvenes y encantadores de la marina. Tipos elegantes, brillantes, divertidos y nos hicimos muy amigos. Algunos fueron mis contactos durante la guerra de Malvinas. Años después, abro el periódico y reconozco sus fotos. El titular decía: ‘Detuvieron a los represores de la Esma’ (uno de los mayores centros de tortura de la dictadura argentina). Eran Ricardo Cavallo, a quien conocía como Marcelo, y otros. Esto demuestra que no siempre identificas el mal cuando lo tienes cerca. Y eso que soy experto en detectar hijos de puta. A estos ni los olí.

¿Por qué dejó El bar de Lola, su espacio los domingos en Twitter?

Porque me cansé de que un simple tuiteo se convirtiera en titular de prensa todos los lunes. Era ridículo que una cosa dicha en tono relajado se tradujera luego en ‘Pérez-Reverte insultó a una feminista’. Mis lectores saben quién soy. Era fatigoso tener que explicar cosas obvias. Las redes son formidables, pero están llenas de analfabetos, gente con ideología pero sin biblioteca, y pocos jerarquizan. Dan igual valor a una feminista de barricada que a un premio Nobel.

¿Sirve de algo hacerse de enemigos?

Es inevitable, porque la vida significa tomar opciones. El enemigo es útil y es como el mar, que es muy hijo de puta. El saber que está ahí, esperando a que cometas un error para acabar contigo, te da, como decía Conrad, una saludable incertidumbre. Cuando navego solo, pongo el piloto automático y un despertador cada 15 minutos. Duermo en cubierta, atento a los mercantes. El saber que estoy en peligro, me mantiene vivo. La vida es igual: saber que hay enemigos te ayuda a cuidarte más, a recordar que el mundo es un lugar peligroso y que debes estar alerta.

¿No es eso extenuante?

El mundo se divide entre sacerdotes y guerreros: los que manipulan sin correr riesgos y los que los asumen. A mí me gusta pelear.

¿La alta cultura volverá a ser para una élite?

Creo que habrá una cultura popular de masas, más mediocre, diluida, pasteurizada, y otra de élite, de consumo personal, fragmentada en individuos. Una suerte de gueto de culto individual como en plan monacal: el individuo con su biblioteca, su música y sus consumos personales. La cultura tal y como la hemos entendido desde Homero hasta ahora, como mecanismo que tira de la sociedad, como referencia moral e intelectual, está condenada a muerte. Creo que trasmutará en una especie de híbrido, donde se mezclarán Borges con las telenovelas mexicanas; la Mona Lisa y la Venecia de turistas. Será una cultura sin jerarquización, donde para la gente tendrá igual importancia una selfi en la torre Eiffel que asistir a un concierto en la Ópera de Viena. La paradoja es que la cultura ha accedido a lugares impensados, pero ha debido devaluarse para tornarse accesible, con lo cual lo positivo de la cultura se pierde.

Como España, Argentina tiene un pasado traumático no resuelto. ¿Se puede aspirar a una historia más neutral para las próximas generaciones?

Eso se logra con cultura y entendiendo que todos tienen muertos en el armario. No hay que negarle al malo que hable. Si Hitler diera hoy una conferencia, habría que ir. Pero hoy se confunde diálogo con apostolado, sin tener en cuenta que todo sirve para comprender. En Sarajevo le pagué a un francotirador para que me dejara acompañarlo. Me contó por qué mataba y cómo elegía a sus víctimas. Si hubiera dicho ‘a este no lo saco en el telediario’, habría renunciado a ese conocimiento. Nunca vas a convencer a un hijo de puta de que no lo sea, pero puedes entender por qué lo es.

Eso no es muy políticamente correcto…

Me da igual. Lo difícil es complejo y la gente que no acepta las ambigüedades es porque no es culta. He escuchado a asesinos, torturadores, criminales, y eso me ha enriquecido. Pero para eso hay que estar educado. Porque si te acercas sin nada, te arrastra. Hay que ser alumnos continuos de la vida.

Una guerra que no sintió para nada ajena

“Cubrí la Guerra de las Malvinas desde Buenos Aires y mi experiencia no fue halagadora. Vi chicos desorientados en una guerra imposible de ganar. Trasmitía para el diario ‘Pueblo’ desde un Entel de la calle Florida y días antes del fin de la guerra venía por la calle y oí que en los bares todos gritaban ‘goooool’. Y pensé: ‘Mientras los chicos están muriendo, estos celebran un gol’.

Ese día comprendí que Argentina iba a perder y que merecía perder. Siempre he procurado no tomar partido en las guerras, pero en este caso, sin querer, lo tomé. Esos pilotos llamados Sánchez, Pérez, de bigotes, peinados para atrás, que iban con esos cojones contra la flota inglesa, eran italianos, españoles, eran mis primos, mis hermanos. No podía evitar una proximidad psicológica con ellos. Un día llamé exultante al diario: ‘Le hemos dado al Invencible’, dije. ‘Le habrán dado, querrás decir’, me corrigió mi editor. Era mi guerra también, algo rarísimo, al margen de que los ingleses me caen bastante mal”.

Entrevista realizada por Loreley Gaffoglio
La Nación (Argentina)

Lo que José Mujica no quería que Noam Chomsky dijera.

¿A quién le sirve Chomsky?
por Hoenir Sarthou

religion

La visita de Noam Chomsky a Montevideo constituyó un verdadero desafío para intérpretes de signos y decodificadores de mensajes comunicacionales, no sólo por responsabilidad del propio Chomsky.
Para quienes no lo conozcan, Chomsky (Pensylvania, EEUU, 1928) es un destacado lingüista, filósofo, activista y analista político, identificado con las corrientes más radicales y críticas del pensamiento político de su país.
La información de que se dispone es que llegó al Uruguay invitado por Mujica, con quien está participando en la realización de un documental cinematográfico. Así fue que visitó la chacra de Mujica y concurrió con él al célebre “quincho de Varela” el día previo a dar, en el edificio de la Intendencia de Montevideo, una conferencia auspiciada por la oficialista Fundación “Líber Seregni”.
La situación puede sorprender, porque Chomsky, a la vez que gran objetor de los gobiernos y la política exterior de los EEUU, es también un duro crítico de los gobiernos progresistas de Latinoamérica, a los que ha señalado más de una vez su ambigüedad y falta de decisión para romper las condiciones que les impone el poder financiero y corporativo transnacional.
¿Qué hacía del brazo de Mujica por Montevideo y por qué su conferencia tuvo lugar en la sede del gobierno departamental bajo el auspicio de la Fundación “Líber Seregni”?
Mucha gente se hace estas preguntas desde el lunes de mañana. Así como muchos señalan que las ideas que expuso no fueron demasiado originales.
De hecho, la parte más extensa de su exposición, previa a las cuatro preguntas que se le dirigieron al final, estuvo destinada a advertir sobre los riesgos de un posible conflicto nuclear internacional y sobre el problema –alarmante según Chomsky- del calentamiento global.
Ciertamente, dos temas conocidos.
La posibilidad de un conflicto atómico de dimensiones mundiales estuvo presente en la política y en el pensamiento, sobre todo europeo, desde el inicio de la Guerra Fría hasta la caída del “socialismo real” soviético, en 1989. Hace más de cuarenta años, como muchos otros intelectuales estadounidenses y europeos, Erich Fromm, en su libro “¿Podrá sobrevivir el Hombre?” alertaba sobre ese peligro. Sin embargo, la lucha entre el mundo capitalista y el mundo comunista terminó sin que las bombas atómicas llegaran al río. Ese antecedente, sumado a que los uruguayos –quizá ingenuamente- nos sentimos lejanos del posible escenario de un conflicto de ese tipo y a que, en todo caso, no tenemos cómo prevenirlo, hizo que la advertencia de Chomsky, si bien fue oída con reverencia por el prestigio del expositor, no inquietara demasiado a la concurrencia.
La alerta de Chomsky puede ser leída de dos maneras. Puede pensarse que es una especie de reacción refleja de un intelectual que vivió la guerra fría y, ante cualquier hipótesis de tensión entre Rusia y los EEUU, piensa en el peligro nuclear. La forma en que lo expuso Chomsky, como un riesgo para toda la vida humana en el planeta, fortalece esa interpretación. Las guerras son casi siempre la forma de resolver conflictos que afectan a grandes intereses. Y los dueños y gerentes de grandes intereses piensan en términos de negocios. Destruir todo el planeta no parece compatible con los intereses que desatan y financian las guerras. Otra cosa sería si pensáramos en formas de destrucción controlada, en ciertas regiones y afectando a ciertas poblaciones. Chomsky lo planteó como destrucción planetaria global, pero fundó su temor en algo más inquietante: la posibilidad tecnológica recientemente alcanzada por los EEUU de destruir de un golpe la capacidad de disuasión nuclear de Rusia. Según Chomsky, EEUU, por creer que puede ganar, o Rusia, por sentirse amenazada, podrían desatar el desastre que él tema. O sea, un asunto complejo sobre el que sólo podemos estar atentos.
El otro gran punto de la exposición fue la advertencia sobre el calentamiento global. Un tema que se ha vuelto controversial, sobre todo desde que la opinión oficial del gobierno de los EEUU es que el calentamiento global no existe o, en todo caso, no importa. Como suele ocurrir, las opiniones científicas tampoco son unánimes en el tema. Y mucha menos unanimidad hay respecto a las soluciones. Existen los partidarios de reducir el consumo y el desarrollo tecnológico para salvaguardar al planeta, pero hay también quienes sostienen que será un mayor desarrollo tecnológico el que encontrará las soluciones a los problemas ambientales que la misma tecnología pueda haber generado.
Parecía que la conferencia iba a terminar con la exposición de estos riesgos globales, respecto a los que poco podemos hacer los uruguayos. Pero hubo una segunda parte, disparada por la primera pregunta que se hizo. Y allí Chomsky cambió de tema y de tono. Su visión sobre los gobiernos progresistas latinoamericanos hizo dar un giro a todo el acto. Dijo que los países latinoamericanos son ricos pero que sus riquezas han sido destinadas al beneficio de un pequeño sector de la sociedad y de los inversores extranjeros. Afirmó que eso no ha cambiado con los gobiernos progresistas o de izquierda. Habló de gobiernos que no han sabido o querido superar la primarización de la economía (la venta de materias primas con poco o ningún valor agregado), dijo claramente que el mundo está controlado por corporaciones financieras y comerciales que son las que realmente gobiernan. Denunció que esas corporaciones necesitan neutralizar a los Estados para evitar su poder regulador y sus controles. Habló de corrupción y describió a los tratados internacionales como mecanismos para asegurar los intereses de los inversores transnacionales. En síntesis, dejó claro que las grandes fuerzas económicas globales han seguido actuando y prosperando con éxito durante los gobiernos progresistas.
Era extraño oír esas cosas en un edificio oficial, con un ex presidente “progresista” sentado a la mesa, de la que colgaba un enorme cartel que rezaba: “FUNDACIÓN LÍBER SEREGNI”.
¿A quién le sirvió la visita de Chomsky?
Si la conferencia hubiese terminado en la primera parte, el recuerdo de la visita sería el de una advertencia, hecha por un intelectual prestigioso, sobre riesgos planetarios, peligro nuclear y calentamiento global, sobre los que poco podemos hacer los uruguayos. Pero sobre todo habría quedado, a través de los noticieros, la imagen de Mujica paseándose de la mano de Chomsky, y la de Chomsky presentándose en la Intendencia de Montevideo, “sponsoreado” por la Fundación Líber Seregni.
En ese caso, el oficialismo frenteamplista habría salido ganando. Porque uno de los problemas del Frente es que, día a día, se divorcian de él los militantes de izquierda intelectualmente más formados. Para ese sector, que no es muy numeroso pero constituyó siempre el núcleo duro del Frente, el aval de Chomsky era muy significativo.
Pero, cuando parecía que no iba a ocurrir, Chomsky se despachó con juicios que, sin nombrarlo expresamente, eran una dura crítica al gobierno frentemplista.
Insisto: ¿a quién le sirvió la visita de Chomsky?
No es que lo que dijo no se hubiese dicho antes, por cierto. Pero que lo dijera él, en la Intendencia, con Mujica sentado a su lado y bajo el auspicio de la Fundación Líber Seregni, que hablara de la corrupción que los gobiernos progresistas no han sabido evitar, que denunciara el intercambio desfavorable de materias primas por productos con valor agregado y la apuesta a inversiones extranjeras destructivas y abusivas que terminan destruyendo a los Estados y vaciando a la democracia, se volvió un boomerang para el oficialismo que auspiciaba y presenciaba la conferencia.
Ignoro si la visita y la conferencia de Chomsky respondían a la intención oficialista de sanear sus credenciales izquierdistas, pero, si así fue, al oficialismo le salió el tiro por la culata.
Es de esperar que esa suerte de sinceramiento intelectual, hecho por académico extranjero a quien nadie le contestó ni le negó nada, nos ayude a instalar nuevos temas en nuestros debates públicos.
Nuestra soberanía, la inversión extranjera, las ventajas que le damos y lo poco que nos deja, nuestra inserción en la economía global, los tratados internacionales que firmamos en secreto, las leyes prefabricadas que aprobamos sin siquiera analizarlas, el papel de nuestro Estado, el sentido de decirnos una sociedad democrática cuando cada vez decidimos menos cosas. Esos temas sobre los que deberíamos discutir y no discutimos. Temas que, este lunes, un anciano académico extranjero tiró, como a un gato erizado, sobre la mesa de la Fundación Líber Seregni.