La masacre del Mozote en El Salvador: asesinando al servicio de EEUU.

El Mozote: la masacre más mortífera en la historia de América Latina que no conocías
Alejandro López, 21/10/17.

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La tarde del 10 de diciembre de 1981 la tranquilidad del pequeño poblado de El Mozote ubicado al norte de El Salvador, cerca de la frontera con Honduras, habría de esfumarse para siempre. El batallón Atlácatl, un grupo del ejército salvadoreño encargado de poner fin a la guerrilla y formado en la tristemente célebre Escuela de las Américas, conocida como el semillero de militares que inauguraron las dictaduras más sangrientas de América Latina, irrumpió en el poblado.

Su objetivo, según la “Operación Rescate”, era seguir toda huella del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), una organización política que había elegido la guerrilla como el medio para terminar con la precaria situación, pobreza extrema y la poderosa influencia de los Estados Unidos en la política nacional que vivía el Salvador.

Las poco más de 25 casas reunidas en torno a una plaza pública que conformaban El Mozote quedaron vacías ante la llegada de los militares, quienes exigieron a toda la población abandonar inmediatamente sus viviendas y concentrarse en la plaza. Una vez reunidos fueron interrogados por los soldados sobre las actividades de la guerrilla en la zona, obligados a encerrarse en sus casas y amenazados de muerte si a alguno se le ocurría salir a la calle durante el resto de la noche.

“Los soldados del Batallón Atlacatl llegaron el 10 de diciembre al caserío y obligaron a todos los habitantes a que salieran de sus casas y que se formaran en filas en la pequeña plaza del lugar. A la medianoche, se le ordenó a todos que regresaran a sus casas. El Mozote estaba atestado de gente, pues por el temor del operativo muchos otros moradores habían llegado a refugiarse. En total, se calcula que había entre seiscientas y ochocientas personas, la mayoría niños”.

La madrugada del 11 de diciembre el batallón repitió el protocolo inicial y recrudeció sus acciones a un punto sin retorno. Sin excepción, cada habitante de El Mozote se presentó en la plaza, donde fueron divididos entre hombres, mujeres y niños y encerrados por separado en la iglesia, en un sitio conocido como “el convento” y en distintas casas.

Comenzó el interrogatorio. Los soldados formaron a grupos de 5 personas para preguntar de forma intimidante todo lo que supieran sobre el movimiento insurgente. Con las técnicas de la Escuela de las Américas puestas en práctica en distintas dictaduras en el Cono Sur años atrás, el interrogatorio devenía en tortura para cada uno de los miembros del grupo.

“En grupos de cinco y vendados y amarrados de manos, los hombres eran sacados de la iglesia y fusilados. Los pocos que quedaban agonizando eran brutalmente decapitados con golpes de machete en la nuca. A las doce del mediodía ya habían terminado de matar a todos los hombres. Mi esposo, Domingo Claros, fue uno de los primeros en morir. Iba en uno de los primeros grupos, pero comenzó a forcejear y le dispararon. Estaba vivo, un soldado se acercó y con un machete lo degolló. Las mujeres no corrieron mejor suerte. Los soldados entraron a la fuerza en la pequeña casa y comenzaron a seleccionar a las mujeres más jóvenes. La mayoría de madres se opuso, pero fueron sometidas con golpes de culata de fusil o a patadas”.

Una vez finalizado, asesinaban a todos para borrar cualquier evidencia. La cruel escena se prolongó durante horas. La plaza, el convento y la iglesia veían pasar ríos de sangre y un montón de cuerpos apilados mientras la masacre continuaba. Los militares fueron especialmente sádicos con las mujeres y los menores. Muchas de ellas fueron violadas y posteriormente decapitadas.

“Algunas, para horror de los niños y las mujeres, fueron asesinadas en el mismo lugar. Las jóvenes fueron llevadas a las afueras del caserío para ser violadas. Un testigo que ha permanecido en el anonimato durante todo el proceso de investigación, un hombre obligado a servir como guía por los oficiales del Atlacatl, reconoció que las adolescentes fueron violadas durante todo ese día. Los soldados hablaban sobre las violaciones. Contaban y bromeaban sobre lo mucho que les habían gustado las niñas de doce años. Después de violarlas, los soldados las mataban a tiros o las decapitaban. Las mujeres fueron asesinadas con el mismo método practicado a los hombres: se les transportaba en grupos de cinco y se les fusilaba; posteriormente se decapitaban los cadáveres o a las agonizantes”.

El crimen se repitió en otras localidades vecinas de El Mozote durante al menos tres noches. Se trata de la matanza más sanguinaria en la historia de América Latina y un hecho sin precedentes en el que un ejército masacró sin piedad a la sociedad civil desarmada, sin enfrentamiento alguno.

El único testimonio de primera mano de aquellos días de 1981 es el de Rufina Amaya, sobreviviente de la masacre, quien contó una y otra vez cómo asesinaron a su esposo y cuatro hijos en espera de justicia; sin embargo, el gobierno salvadoreño negó sistemáticamente la masacre y sepultó cualquier posibilidad de investigación en 1993, cuando la Ley de Amnistía General promulgada meses atrás cerró el caso con total impunidad. Después de 36 años de la masacre, a inicios de 2017 se esbozó una posibilidad para hacer justicia, luego de que un tribunal salvadoreño reabriera el caso, medio año después de la anulación de la ley que apostó por el olvido y la muerte.

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Liberar a Viglietti

Liberar a Viglietti
Por Milton Fornaro

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Daniel Viglietti (a la derecha) junto al escritor uruguayo Mario Benedetti.

Liberar a Viglietti. La consigna apareció de la noche a la mañana en los muros de Montevideo. Malos tiempos para el cantor, malos tiempos a secas, cuando se persigue, se encarcela, se tortura y se mata por pensar diferente. Era el año 1972, preparatorio del golpe de Estado del 73. Gobernaba Bordaberry pero mandaban los militares. Derrotada desde hacía un año la guerrilla de los tupamaros, las fuerzas represoras continuaron su labor de destrucción con los trabajadores, los estudiantes, los artistas, y contra cualquiera que opinara distinto a los mesías.

Liberar a Viglietti. Algunas de aquellas pintadas, realizadas por manos anónimas y valientes, soportaron el paso del tiempo, aun cuando el preso había sido liberado. Una de ellos perduró en la Puerta de la Ciudadela, un monumento de Montevideo que queda a la entrada de la Ciudad Vieja. No es otra cosa que una puerta reconstruida, de las dos que comunicaban el fuerte amurallado con la ciudad colonial, en el siglo XVIII y a principios del XIX. En esas piedras centenarias las tres palabras escritas a las apuradas adquirían un valor simbólico, impensado sin duda por los ocasionales pintores. Se cuenta que Bartolomé Hidalgo –el primer poeta del que se tienen noticias por estos lados– durante la guerra independentista acostumbraba ir al pie de la muralla para, acompañado por su guitarra, entonar diatribas contra las tropas españolas acuarteladas.

Con la dictadura ya instalada, la pintura todavía podía leerse. Al pasar por el lugar, pensaba en Viglietti y en los otros compatriotas en el exilio. Mirando la frase desleída, se me antojaba que el primer cantor seguía, después de ciento sesenta y pico de años, desafiando con sus versos libertarios a los opresores.

Bartolomé Hidalgo con sus cielitos patrióticos fue el que inauguró lo que luego el crítico Hugo García Robles bautizó como el cantar opinando, una sana costumbre nacional que en los años sesenta del siglo pasado continuaba advirtiéndonos acerca de lo que estábamos viviendo.

Era Daniel, pero también Zitarrosa, Los Olimareños, Yamandú Palacios, entre otros, quienes llenaban estadios cuando los jóvenes nos bebíamos los vientos creyéndonos protagonistas de los cambios que suponíamos estaban a la vuelta de la esquina. Eran los tiempos del arriba nervioso y del abajo que se mueve. Contribuíamos (obreros y estudiantes, unidos y adelante) a sacudir el abajo. Nos quedábamos afónicos de gritar consignas y de corear estribillos de canciones que conocíamos de memoria.

Daniel fue un admirado referente para muchos de nosotros. Aun sin conocerlo personalmente, lo sentía cercano por circunstancias que tienen que ver con Minas, el pueblo del interior donde nací y viví hasta los diecinueve años.

El padre de Daniel, el coronel Cédar Viglietti, militar constitucionalista y posteriormente, en el 71, fundador del Frente Amplio, se instaló en Minas en la década de 1950. Eximio concertista y estudioso del folclore uruguayo, el coronel era un reconocido profesor de guitarra. Lo conocí un día en que, con otros dos amigos. acompañamos a su casa a un compañero de correrías condenado por los padres a tomar clases. Con el tiempo, cuando el nombre de Daniel comenzó a sonar en la radio supimos que el cantor era hijo del coronel.

Juan Capagorry, un coterráneo que por entonces vivía en Montevideo, amigo de Daniel y autor de las letras de su segundo disco, era quien, cuando recalaba por el pueblo, nos llevaba noticias de los primeros recitales y nos contaba cómo marchaba Hombres de nuestra tierra que ese era el título de aquella grabación. En las conversaciones interminables que tenían lugar en la casa de Nanago Puchet, Daniel fue un contertulio más. Físicamente nunca estuvo allí sentado tomando grapa con nosotros, y sin embargo Capagorry lo hacía estar. Juan generosamente nos regalaba la amistad de Daniel, la desparramaba entre nosotros. Y así fue que en lo de Puchet todos fuimos amigos del Viglietti más famoso. Amigos, como es mi caso, sin haber cruzado una palabra con él, y conociéndole la cara únicamente por las fotos de las carátulas de los discos. Sí escuchábamos y nos aprendíamos sus canciones, y leíamos sus artículos en el semanario Marcha.

Mientras tanto, como un preludio de lo que se desataría en la década siguiente, el gobierno, nervioso, reprimía con saña creciente todo lo que se movía. La militancia política hizo que frecuentara más asiduamente la casa del coronel Viglietti. Allí nos reuníamos con sus hijos Cédar, Graciela y Silvia, y otros compañeros para planificar acciones inocentes de denuncia y protesta. Con Cédar llegamos a compartir incluso una semana de cárcel. Luego, el golpe de Estado hizo que perdiéramos contacto.

Recién en 2004, Graciela me habló por teléfono diciéndome que Daniel quería verme. Después de cuarenta años, por primera vez estuvimos frente a frente. Él había logrado la reedición de un libro del coronel, fallecido en 1979, y me invitaba a participar de la presentación. Lo hice con agrado, y aquella noche conté parte de esta historia.

A partir de aquel día seguimos viéndonos, con él y con Lourdes, su compañera. Incluso en una oportunidad viajamos juntos a la Feria del Libro de Caracas. Era donde cuadrara, en la calle, en algún boliche, en la Fundación Mario Benedetti, o en sus recitales. A veces hablábamos por teléfono o intercambiábamos algún mail. Lo hacíamos con la naturalidad de los amigos de toda la vida, esos que uno conoce desde siempre.

Ahora que se ha ido, seguiré viendo la pintada que no está. Leeré para mí: Liberar a Viglietti. Aquel exorcismo que practicaba creyendo que podía traer de vuelta a todos los compañeros. Del exilio, de la cárcel y de la muerte.

Políticas de aprendizaje: ante el desafío de la pedagogía neoliberal.

POLÍTICAS DEL APRENDIZAJE
5 nov 2017
por Andrés Núñez Leites

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1. Ganas

La pedagogía neoliberal se presenta, entre otras cosas, como un intento de hacer del aprendizaje un proceso divertido, estratégicamente fundado en aquello que los estudiantes desean aprender. Es lógico que si se abandona el objetivo de enseñar un quantum de contenidos en aras del desarrollo de competencias cognitivas y laborales abstractas, a requerimiento de las empresas, cualquier tema sirve, siempre que permita “procesar información” y “resolver problemas”. La escuela y el liceo neoliberal son una góndola de contenidos, donde los docentes son los empleados del supermercado y los estudiantes los clientes que circulan con un carrito donde van colocando conocimientos que sacan de las góndolas (se van haciendo consumidores competentes), según los requieran para solucionar tal o cual “problema” en el marco de una trayectoria individualizada de aprendizaje (el carrito y su desplazamiento). El problema es que aún en esta banalidad del aprendizaje como consumo, muchos chicos carecen de (¡horror!) disciplina, en el entendido de la capacidad de postergar la satisfacción de los impulsos y la búsqueda del placer en aras de un logro más lejano, acumulativo (¡más horror!), progresivo. Y es que las ganas, tomadas tanto variante devaluada del deseo, como capricho inmediato y veloz que carece de otra lógica que la del impulso, no pueden ser un sustento del aprendizaje, en la medida que éste es el contrario de la inmediatez y requiere trabajo, repetición, perfeccionamiento, hábitos. Menos aún en una sociedad en la cual las ganas son markéticamente controladas y aceleradas. Cual uróboros, la pedagogía neoliberal muerde su propia cola.

2. Deseo

Un nivel más elaborado es el del deseo. Mientras las ganas aparecen como una inclinación inmediata y rudimentaria, el deseo, si bien se funda en los mismos impulsos libidinales, requiere elaboración, ritual, construcción. Aquí el docente interviene no tanto como asistente sino como promotor que incentiva el gusto por un tema específico. Esta es una experiencia que muchos hemos tenido como docentes: proponernos, por ejemplo, fomentar el deseo por una forma artística (un arte, un artista, una obra o una serie de obras) a través de la exposición, el análisis, la narrativa y la elaboración práctica por parte de los estudiantes, y tiempo después observar cómo surge la demanda, el deseo y la satisfacción en contacto con el arte. Trabajar en la construcción del deseo honestamente implica asumir el rol civilizatorio de la escuela moderna y su autoritarismo: estamos aquí para darle a los chicos un repertorio experiencial al que no acceden en su casa -incluso más allá de las clases sociales por el propio funcionamiento de la casa como dispositivo- y de paso enseñarles unas modalidades de trabajo sobre dichas experiencias. Una variante demagógica reprobable consiste en incentivar el deseo por tal o cual tema y ocultar nuestra intervención, haciendo que parezca que los chicos eligieron de acuerdo a “su propio deseo”.

3. Necesidad

Otra posibilidad es plantearnos cuáles son las necesidades de aprendizaje de los chicos. Aquí coliden dos versiones: la versión neoliberal y la visión moderna conservadora. Nótese que no digo “derecha e izquierda” porque en realidad las fronteras se desdibujan en este combate de líneas: el neoliberalismo pedagógico es abrazado tanto por la izquierda progresista como por la derecha empresarial y la reacción conservadora está en manos de la izquierda marxista y la derecha católica. Quizás podríamos plantearnos una lectura de clases, que comparto apenas a modo de esbozo: de un lado los empresarios y los profesionales high tech, del otro los funcionarios públicos, los remanentes del proletariado organizado y la pequeña burguesía conservadora. Para la versión neoliberal, los chicos necesitan adaptarse a la lógica del funcionamiento de la firma: competencias cognitivas y laborales para la flexibilidad funcional, la precariedad laboral, la formación y la autopromoción permanente como mercancía apetecible para el mercado, aprender procesando información con recursos informáticos para resolver problemas funcionales. Para la versión conservadora, necesitamos contenidos (porque estos incluso son la base de cualquier desarrollo de competencias cognitivas), cultura general, la retención y el dominio de los principales logros de nuestra cultura, como piso semiótico sobre el cual desarrollar luego cualquier trayectoria profesional o técnica. El debate es si lanzarnos de lleno al mundo globalizado donde hasta los estados nacionales decaen en favor de las firmas trasnacionales, o resistir en aras de una reconstrucción nacional conservadora o socialista.

4. Interés

Aún con la caída de los metarrelatos modernos de la revolución socialista centrada en el poder del Estado y el progreso burgués fundado en la ciencia y la tecnología y su efecto de derrame sobre las masas, la pregunta filosófica sobre nuestro destino como sociedades y más allá, como humanidad, vuelve a emerger sobre la base de la catástrofe ecológica. Dada la evolución del capitalismo se vuelve difícil pensar en términos de un “interés de clase”, como en tiempos modernos, y traducir las necesidades de aprendizaje de los chicos en términos de “emancipación”, en aras de la asunción de la gestión de los medios sociales de producción, sobre todo si nos mantenemos dentro de un esquema económico signado por flujos desterritorializados y una creciente pérdida del empleo como fenómeno estructural y masivo. En todo caso, una visión que no contradice esa mirada materialista típica de la izquierda obrerista, pero que le agrega la riqueza de las soluciones autonomistas de las pequeñas burguesías (las bases del anarquismo y los socialismos utópicos que odiaba Marx), es pensar en términos de un futuro post-laboral. Es decir: la autonomización creciente del sistema económico en relación con su base social está llevando a que el empleo permanente y estable en el aparato productivo sean fenómenos marginales y la regla sea la precariedad. En ese contexto prepararse para la supervivencia adquiere toda su relevancia. Demos un paso más: no sólo prepararse para el decrecimiento económico, sino pensar el decrecimiento como estrategia de emancipación puede ser quizás la única clave liberadora actual. Entonces, junto a la formación en habilidades cognitivas y contenidos básicos de nuestra cultura general, la educación tendría que volver sobre los fundamentos de las necesidades humanas. Sería el interés de los estudiantes, visto aquél como una necesidad anclada en su pertenencia social, y con una óptica liberadora, aprender a cultivar alimentos en una huerta orgánica y comunitaria, purificar y abastecerse de agua, construir una vivienda con materiales orgánicos del entorno, elaborar vestimenta, producir e intercambiar bienes en una economía de escala humana, cooperar de manera horizontal para resolver conflictos y tomar decisiones válidas para un colectivo humano en un territorio de convivencia.

NO RESPETO TU OPINIÓN: Acerca de los que opinan sin fundamento.

NO RESPETO TU OPINIÓN
Por David Puche.
Original en: http://www.caminosdellogos.com/2017/06/no-respeto-tu-opinion.html

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Pues no, no la respeto. Esto es lo que pienso de muchas de las cosas que escucho en conversaciones personales o a través de los medios o de las redes sociales. Sí, ya lo sé, en nombre de la tolerancia tenemos que soportarnos y llevarnos bien y aceptar lo que dicen los demás, porque no hay una sociedad pacífica y libre donde esto no es así; pero ello no quiere decir que encima tengas que respetar cada tontería que dice cualquier hijo de vecino. De hecho, la estultización del discurso común está alcanzando tales cotas en esta “sociedad de la información” (en la que la posibilidad de difusión de opiniones es inversamente proporcional a la calidad media de las mismas) que se hace tarea necesaria el oponerse abiertamente a las opiniones borreguiles que contaminan el espacio público con sus miasmas de pensamiento fanático y enfermizo. Una mezcla de estupidez, maldad y locura en proporciones variables que amenaza seriamente el decurso de dicha sociedad “pacífica y libre”. Ésta no puede sostenerse sobre tanta porquería. Lo que ahora se llama posverdad ‒aunque siempre ha existido y se ha llamado de muchas formas‒, convertida en estándar social, o lo que es igual, que cada cual se queda con la tontería que prefiere porque la verdad no importa (tan sólo importa la reafirmación de una subjetividad que se impone sobre toda objetividad), es una amenaza gravísima que nos retrotrae a situaciones pretéritas. Desde la destrucción de la Biblioteca de Alejandría a Auschwitz, pasando por la Inquisición y lo que usted quiera. Esta involución al magma de las opiniones infundadas es un regreso del lógos al mito ‒entendido en la peor de sus acepciones‒ que constituye una auténtica amenaza civilizatoria. Esas opiniones (o mejor: el hecho de opinar así) son como un virus que se contagia exponencialmente, y lo malo es que luego esa misma gente tiene derecho a votar y arruinarnos la existencia a todos. Así que enfrentarse a esos discursos y hacerlos pedazos es un derecho y una obligación; es cuestión de higiene mental y social, y hasta de autodefensa.

Una de sus formas más frecuentes es la cháchara de los magufos que quieren devolvernos a una especie de medievo (digital, eso sí) y dudan de todo resultado científico. Son todos unos fanáticos religiosos, aunque los de la variante laica creen que son otra cosa; pero únicamente han sustituido unas vocecillas por otras en sus cabezas huecas, porque su finalidad y sus métodos son los mismos. Se los huele a leguas. Donde unos ven a Dios, otros ven conspiraciones masónicas o ecologistas, o a los alienígenas que dominan a la humanidad en silencio y levantaron las pirámides e hicieron los dibujos de Nazca para no perderse. Todos ellos vienen a ser lo mismo, tanto argumental como psicológicamente. Chalados con mucha labia. No tienen ni idea de nada (“la ciencia aún no ha podido explicar…”, dicen ante cosas perfectamente explicadas hace décadas), pero se han leído una decenita de artículos en internet, o alguien les prestó un libro una vez, y ya hablan ex cátedra de todo. Ellos, sin necesidad de estudiar ni de saber, pueden mantener cualquier discusión como buenos todólogos que son, y en su necedad resultan infatigables. Que las opiniones estén socialmente blindadas es su truco para enrocarse en cualquier disparate. “Bueno, yo opino esto, y la ciencia opina esto otro. Y todas las opiniones valen igual”. Bum. No entienden que la ciencia no opina nada, que opinar es básicamente hablar sin saber, o sea, lo que ellos hacen, mientras que la ciencia demuestra lo que dice, o sea, pone pruebas encima de la mesa. Muchas pruebas, no una ni dos ni diez. En la variante religiosa del asunto, el argumento suele ser: “bueno, yo creo en Dios, y tú en la ciencia. Es lo mismo, todos creemos en algo, todo es cuestión de fe”. Pero no, no es fe, no tiene nada que ver con eso. Tú crees en algo irracionalmente, y yo no, porque hay evidencias; no tiene nada que ver con cerrar los ojos y caminar sobre el vacío. En la ciencia, todo está claro y afianzado ‒y si no, se reconoce como hipótesis, no como dogma‒. Otra cosa es que tú no lo entiendas, bien porque eres tonto o bien porque no lo quieres entender.

Y aunque el catálogo es extenso, aún sumaría a los crédulos religiosos y a los conspiranoicos laicos un tercer tipo importante de opinadores profesionales, de desvirtuadores de la verdad y del conocimiento. Son toda esa panda procedente del ámbito humanístico, con un 0 % de conocimiento e interés científico, que lleva desde los años sesenta haciendo pedazos la cultura occidental con sus disparates (“bueno, yo no tengo nada que decir, así que voy a dedicarme a desvirtuar a los que sí lo hacen”). Son esos teóricos acomplejados, intelectualmente inanes, que desde la plataforma vacía de los “estudios culturales” y otros sectores de la mercadotecnia ideológica posmoderna han sembrado la duda en la ciencia y la han querido reducir a uno más entre los múltiples relatos que componen la cultura; un relato sospechoso, además, de ser una imposición del poder, un aparato de transmisión de ideología, etc. ‒la posmodernidad, que es pura ideología tardocapitalista, siempre encuentra en los demás lo que ella misma es‒. En fin, esto ya ni lo comento; ya le he dedicado mucha atención en anteriores páginas, querido lector. Pero tanto unos como otros (meapilas, new age, post-lo-que-toque) son, realmente, unos hipócritas que dicen todo esto a través de unos medios tecnológicos que son pura ciencia cristalizada, aplicaciones del acervo intelectual de la humanidad que no funcionan ni mediante la fe, ni mediante la voluntad, ni por las opiniones de sus desarrolladores, sino gracias a millones de horas de trabajo acumuladas y a un conocimiento riguroso y contrastado, basado en leyes científicas. Es muy fácil echar lodo sobre la verdad, cuando uno se sirve de ella para a continuación negarla y poner sus santos cojones por encima. Estos tipos se benefician todo el tiempo de una ciencia que niegan, lo cual les permite seguir diciendo las tonterías que dicen. Una sociedad basada en sus opiniones nos devolvería a los tiempos del Homo erectus, porque desconfiarían hasta de los que hacen fuego y creerían que son demonios, o que forman parte de una conspiración para dominarnos, o por lo menos que se creen mejores, dado que “yo no sé hacer fuego”. En efecto, su argumento implícito es: “si yo no lo entiendo es que no hay nada que entender; si resulta muy complicado es que me quieren engañar”. Y a continuación lo mismo lo ponen en Twitter o WhatsApp, porque ya se sabe, los mensajes llegan a su destino por arte de magia; la ingeniería informática depende de la fe o las opiniones de los usuarios.

Así es como van por la vida los negacionistas del Big Bang, de la evolución de las especies, del cambio climático, de las vacunas, y de tantas otras cosas (a la vez que, por lo general, defienden cualquier forma de paraciencia). Al menos, entre los fanáticos religiosos, los hay que son coherentes y prefieren morirse antes que usar dichas vacunas; quizá habría que dejarles, para que la selección cultural hiciera el trabajo que la natural no podrá hacer con ellos. Todos estos alucinados cada vez son más, como señalan las encuestas. No falla: en épocas de crisis graves y prolongadas, ante la falta de expectativas de futuro y la crisis identitaria que suele ir asociada (la cual se agrava ante la inmigración masiva, la amenaza del terrorismo, etc.), resurge el pensamiento tribal, y con éste, el pensamiento supersticioso y mágico. Hoy, eso sí, todo está mediado por internet; es un milenarismo 2.0. La falta de confianza de la humanidad en sí misma la devuelve una y otra vez a los brazos de la religión y la superchería, y ello además está fomentado institucionalmente, porque la gente con semejante perfil psíquico débil es más acrítica y fácil de controlar. Muy útil cuando estás deconstruyendo la democracia y tus planes de futuro son probablemente aún más oscuros. Así que más vale que la población no piense mucho. Y es por ello que hay que volver a emprender, cada pocas generaciones, el paso del mito al lógos, pues el primero resurge todo el tiempo, incluso en el “ilustrado” Occidente. Por eso mismo la filosofía no deja de ser imprescindible, por cierto.

“¿Dónde están las pruebas? Porque a mí la ciencia no me convence”, repiten una y otra vez los dementes que niegan, p. ej., la esfericidad de la Tierra, o que el hombre haya pisado la Luna. Da igual cuántas pruebas o argumentos les des; siempre los negarán con su mala fe y te remitirán a su libro sagrado (ese que a su vez no necesita ser probado, porque para eso es sagrado) o al pasaje de Heidegger donde dice que la ciencia es la forma moderna de metafísica (frase que no han entendido en absoluto, pero la van a repetir toda su vida). “Como no puedo demostrar nada de lo que digo, tengo que hacer dudar a terceros de lo que dices tú”; echar la mierda en el ventilador es la técnica argumentativa que mejor se les da, la táctica preferida de la religión y de los políticos de la “democracia espectáculo”. La cultura de masas, de hecho, se asienta sobre esa táctica. Pero lo cierto es que los demagogos tienen razón en algo: todas las opiniones valen igual, ciertamente. O sea, nada, porque opinar sale gratis y lo hace cualquier ignorante, a diferencia del que se prepara durante años para hablar de un tema ‒y normalmente sólo de uno‒, lo cual le da el derecho a hacerlo. La sofística de hoy en día pasa por sembrar la duda acerca de todo discurso, por hacerlos pasar a todos por iguales, por homogenizarlo todo como mera opinión. Y ya se sabe, todas son igual de respetables. Pero no, no lo son. Muchas son pura inmundicia, y cada vez más, disfraces del fascismo. ¿Por qué habría que respetarlas? Frente a la sofística ‒la absolutización de la opinión‒, se convierte en un deber ético de todo aquel con formación la disolución de las opiniones, en el sentido platónico del término “opinión”. Sin embargo, se dirá que esto es poco democrático; que hay que defender el derecho a opinar. Pues no. Hay que defender el derecho a razonar, no a decir tonterías. Para que haya democracia el espacio público ha de estar depurado de errores y mentiras. Difundirlas es lo más nocivo ‒y antidemocrático‒ que se puede hacer. Conduce a la involución de la inteligencia colectiva (es absolutamente falso que todas las opiniones “sumen”), y por tanto a su maleabilidad. Por eso se está haciendo, y a un ritmo frenético, desde las leyes educativas a los parlamentos, pasando por los medios de comunicación y por la “industria cultural”, etc. Ríanse ustedes si quieren de la importancia que les doy a estos chalados, pero luego llegan los gobiernos occidentales y quieren meter poco a poco la homeopatía en la medicina, o cavar túneles desde las sacristías a las aulas de los sistemas educativos nacionales. Y es lo mismo. Por eso hay que defender la verdad ‒que es objetiva, contrastable, basada en la razón y en evidencias empíricas‒ ante cualquier desvarío de la subjetividad psicótica posmoderna que se autoimpone a la realidad. Esa verdad que, por ello mismo, por bajar esos humos, siempre ofende.

© David Puche, 2017. Contenido protegido por SafeCreative. Se permite y agradece su difusión, siempre que su procedencia sea debidamente reconocida y enlazada.

Científicos uruguayos consideran dañina la Ley de Riego planteada por el gobierno

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DECLARACIÓN:

El Ing. Agrónomo Tabaré Aguerre, Ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca desde hace siete años y principal promotor de la nueva Ley de Riego, afirmó el pasado viernes 27 de octubre de 2017 que “es tener falta de conciencia agropecuaria cuando se dice que una ley que promueve, facilita, estimula las construcciones que van a hacer más eficientes desde el punto de vista ecónomico, más saludable desde el punto de vista ambiental. Porque los 35 tambitos, cada uno hace su tajamarcito, en el pedacito de la cañadita que tiene más baja, y termina siendo, dijera el presidente Mujica, el expresidente Mujica, un revolcadero de chanchos. Porque esas son las que están verdes por cianobacterias. Porque tienen 2 metros de profundidad. Ahora, recorran las 1200 represas que tiene este país construidas para regar arroz básicamente y me avisan y yo voy a ver si hay alguna represa que esté verde por cianobacterias. No están. ¿Y saben porqué no están? Porque como la inversión es privada y tiene que tratar de garantizar la rentabilidad, porque es una inversión privada, hay un mínimo de eficiencia entre metro cúbico embalsado y metro cuadrado inundado. Porque la tierra vale, y porque la obra es una inversión. Y eso garantiza una profundidad mínima, que hace que los rayos del sol no estén permanentemente llegando al fondo, que es lo que origina entre otras cosas las floraciones algales. Ahora, si discutimos estos temas sin saber de lo que estamos hablando, o con una visión estereotipada, es difícil.”
Aunque lo desconozca el Sr. Ministro, los lagos y embalses profundos sufren problemas derivados de la contaminación por nutrientes tanto como los poco profundos, e inclusive como los ríos grandes y profundos, estuarios y algunas regiones marinas. Cada ecosistema a su manera, con particularidades. Los lagos llanos son más vulnerables que los lagos profundos, y los lagos y embalses son más vulnerables que los cursos de aguas corrientes. Esto quiere decir que con menos nutrientes, experimentan el mismo proceso de deterioro. Pero ningún ecosistema acuático se salva cuando el ingreso de nutrientes supera su límite de tolerancia. Eso no es un descubrimiento nuevo. Mencionaremos un ejemplo fácilmente verificable en una búsqueda rápida en internet. El Lago Erie se encuentra en el límite entre Estados Unidos y Canadá, es uno de los llamados “grandes lagos”. Mide 340 km de largo y alcanza profundidades de 64 metros (dentro de la disciplina científica que los estudia, con más de 5 metros un lago es considerado profundo). Desde hace aproximadamente 50 años las cianobacterias dominan el funcionamiento del lago, debido a la falta de eficiencia del uso de nutrientes en su cuenca. Su situación ambiental es desastrosa y su calidad de agua, pésima. Sin duda, la comunidad científica internacional aprendió mucho de la experiencia del Lago Erie, y de los muchísimos lagos y ríos del mundo que sufren eutrofización. Lamentablemente, la mayoría de los gestores y tomadores de decisión en nuestro país, no parecen haber aprendido de la experiencia internacional.

Tampoco se ha logrado aprender al respecto mirando más cerca. No se ha aprendido mirando el profundo embalse de Salto Grande, los embalses del Río Negro, lagos de canteras en Ciudad de la Costa, o el mismo Río de la Plata, sistemas con altos niveles de nutrientes y floraciones recurrentes de microalgas y cianobacterias potencialmente tóxicas. También se sabe desde hace décadas que muchas especies de cianobacterias controlan su flotación y pueden elegir la posición en la que se ubican en la columna de agua. Es por esto que, el hecho de que la luz llegue o no llegue al fondo, poco tiene que ver con que las cianobacterias puedan desarrollarse. Son otros los mecanismos que explican este proceso. El problema ambiental que genera la actividad tambera, al igual que otras actividades agrícolas, no deriva de que los embalses sean poco profundos. Deriva de que los ecosistemas de agua dulce se encuentran entre los ecosistemas más frágiles del planeta y ya soportan décadas de modificaciones e impactos que han debilitado su resistencia natural a nuestras acciones. Deriva de que se usa más fertilizante del que se debería, de que éste se dispone sobre la superficie del suelo donde satura los primeros centímetros y es fácilmente transportado por el agua que escurre, de que el ganado accede a los cursos de agua y allí defeca y orina, y muchas otras razones, sobre las que abunda la literatura científica especializada. Y sobre todo, de que lo que es una pérdida de nutrientes casi despreciable para la actividad agropecuaria, es un problema serio para la calidad del agua.

Lamentablemente, las floraciones de cianobacterias no son la única consecuencia de la contaminación por nutrientes. En lagos eutrofizados también son frecuentes las mortandades masivas de peces. Por otra parte, la eutrofización es solo una de las consecuencias ambientales que genera la construcción de embalses. Tanto la fragmentación longitudinal de los cursos de aguas corrientes (es decir, de las nacientes a la desembocadura), como la desconexión del curso respecto de su zona de inundación, generan pérdidas muy significativas de biodiversidad. La fragmentación de estos ecosistemas, seguida por la eutrofización, son los mayores impactos a los ecosistemas de agua dulce a nivel mundial. Esta ley promoverá ambos.

Las consecuencias de la contaminación por nutrientes se expresan frecuentemente en otros sitios y otros momentos (ej. aguas abajo del sitio de origen de los nutrientes, y en ocasiones mucho más tarde). Los cambios que generan en el funcionamiento de los ecosistemas se retroalimentan positivamente, haciendo que revertir la problemática, o incluso sólo tratar sus consecuencias, sea mucho más costosa o hasta inviable, a medida que avanza la gravedad de la situación. Como sociedad deberíamos ser más exigentes con el conocimiento que manejan nuestras autoridades a la hora de tomar decisiones tan trascendentales como la aprobación de esta ley. En las decisiones políticas pueden primar otros criterios por sobre los criterios ambientales, pero no es válido que se usen argumentos técnicamente equivocados para justificar esas decisiones.

Es preocupante darse cuenta que los impulsores de la modificación de la Ley de Riego, minimizan y desconocen las consecuencias ambientales de esta actividad, y ver que se pretende sustentar un proyecto de intensificación productiva con costos ambientales tan altos, sobre la base de argumentos errados.

Aspiramos, desde nuestro rol como científicos, a aportar a la construcción de un modelo de desarrollo que se centre en la defensa del patrimonio colectivo de ésta y de las futuras generaciones. Una visión de largo alcance debe apostar fuertemente a la educación y a la ciencia, y lograr posicionar en la frontera del conocimiento a cada política que afecte la sustentabilidad de nuestro proyecto como país. Estamos de acuerdo con la última afirmación del Sr Ministro: si discutimos estos temas sin saber de lo que estamos hablando, o con una visión estereotipada, es difícil.

Los científicos abajo firmantes, reunimos una prolífica producción científica sobre temas de ecología de ecosistemas acuáticos y contaminación por nutrientes (eutrofización), siendo autores de cientos de artículos en revistas internacionales y de varios capítulos de libros sobre la materia.

Además de nuestro rol como investigadores, nuestro compromiso con la sociedad se expresa en la participación, generación o coordinación de múltiples convenios de cooperación y asesoramiento a distintos organismos estatales con responsabilidad directa en la gestión de nuestros recursos naturales (intendencias, DINAMA, DINAGUA, OSE, etc.), así como participación en comisiones de cuenca, entre otras actividades.

Agradecemos considere su difusión en el medio de prensa que Usted dirige. Quedamos a las órdenes para profundizar los temas si lo considera pertinente.

Enlace al audio al que se hace referencia:

https://www.dropbox.com/s/jr2au4bwej0uh9h/Aguerre.mp3?dl=0

Dr. Guillermo Goyenola (Doctor en Ciencias Biológicas. Máster en Ciencias Biológicas. Licenciado en Ciencias Biológicas. Investigador activo del Sistema Nacional de Investigadores).
Dr. Franco Teixeira de Mello (Doctor en Ciencias Biológicas. Máster en Ciencias Ambientales. Licenciado en Ciencias Biológicas. Investigador activo del Sistema Nacional de Investigadores).
Dr. Carlos Iglesias (Doctor en Ciencias. Máster en Ciencias Ambientales. Licenciado en Ciencias Biológicas, Investigador activo del Sistema Nacional de Investigadores).
Dra. Mariana Meerhoff (Doctora en Ciencias. Máster en Biología. Licenciada en Ciencias Biológicas. Investigadora activa del Sistema Nacional de Investigadores).
Dra. Cecilia Alonso (Doctor en Ciencias Naturales. Master en Biotecnología. Licenciada en Ciencias Biológicas)
Dra. Natalia Venturini (Doctora en Oceanografía Biológica. Master en Oceanografía Biológica. Licenciada en Ciencias Biológicas, Investigador activo del Sistema Nacional de Investigadores).
Dr. Hugo Inda (Doctor en Ciencias Biológicas. Máster en Ciencias Biológicas. Licenciado en Antropología. Investigador activo del Sistema Nacional de Investigadores).
MSc. Jun Pablo Pacheco (Máster en Biología. Licenciado en Ciencias Biológicas).
Dr. Danilo Calliari (Doctor en Oceanografía, Licenciado en Ciencias Biológicas. Investigador activo del Sistema Nacional de Investigadores).
MSc. Federico Quintans (Máster en Ciencias Ambientales. Licenciado en Ciencias Biológicas).
MSc. Lucía Gaucher (Máster en Biología. Licenciada en Ciencias Biológicas).
Dra. Sylvia Bonilla (Doctora en Ciencias Biológicas, Máster en Biología, Licenciada en Ciencias Ambientales, Investigadora Asociada del Sistema Nacional de Investigadores).
Dr. Dermot Antoniades (Doctor en Geología, Licenciado en Ciencias Ambientales, Investigador Asociado del Sistema Nacional de Investigadores).
Dr. Daniel Conde (Doctor en Ciencias Biológicas, Licenciado en Oceanografía Biológica, Investigador activo del Sistema Nacional de Investigadores).
Dr. Rafael Arocena (Doctor en Ciencias Naturales, Magister en Biología, Lic. en Ciencias Biológicas, Investigador activo del Sistema Nacional de Investigadores).
Dra. Gissell Lacerot (Doctora en Ciencias, Master en Ciencias Ambientales, Licenciada en Ciencias biológicas. Investigadora activa del Sistema Nacional de Investigadores)
Dra. Laura Rodríguez‐Graña (Doctora en Oceanografía, Licenciada en Ciencias Biológicas, Investigadora activa del Sistema Nacional de Investigadores).
MSc. Anahí López (Master en Geociencias, Licenciada en Ciencias Biológicas).
Lic. Claudia Fosalba (Licenciada en Ciencias Biológicas).
Dra. Carolina Crisci (Doctora en Oceanografía, Licenciada en Ciencias Biológicas).
Dr. Nicolás Vidal Carcavallo (Doctor en Ciencias. Máster en Ecología. Licenciado en Ciencias Biológicas, Investigador activo del Sistema Nacional de Investigadores).
MSc. Juan Clemente. (Master en Biología, Licenciado en Ciencias Biológicas).
Dr. Iván González. (Doctor en Ciencias, Master en Biología, Licenciado en Ciencias Biológicas. Investigador Activo del Sistema Nacional de Investigadores)
Dra. Lorena Rodríguez Gallego (Doctora en Biología. Máster en Ciencias Ambientales. Licenciada en Ciencias Biológicas. Investigadora activa del Sistema Nacional de Investigadores).
Dr. Luis Aubriot (Doctor en Ciencias Biológicas, Máster en Biología, Licenciado en Ciencias Biológicas, Investigador activo del Sistema Nacional de Investigadores).
Dra. Carla Kruk. (Doctora en Ciencias de la Vida. Magister en Biología. Licenciada en Bioquímica. Investigadora activa del Sistema Nacional de Investigadores).
Dra. Claudia Piccini. (Doctora en Ciencias Biológicas. Máster en Ciencias Biológicas. Licenciada en Ciencias Biológicas. Investigadora activa del Sistema Nacional de Investigadores)
Dr. Javier García (Doctor en Ciencias Naturales, Máster en Biología, Licenciado en Ciencias Biológicas, Investigador activo del Sistema Nacional de Investigadores).

Relato de dos uruguayas que vivieron en el Moscú de la era soviética

Uruguayas en el Moscú de los 70
MIGUEL BARDESIO
Lunes, 23 Octubre 2017, para el diario El País, Uruguay.

religion

Ricardo Saxlund fue un periodista uruguayo corresponsal en Moscú del diario de extracción comunista El Popular. En 1972, en medio de la persecución previa a la dictadura, llegó a la capital soviética con su esposa y sus 11 hijos, entre ellos Marta y Raquel Saxlund, quienes a su llegada a la URSS tenían 13 y 11 años.

Vivían en un apartamento cerca de la emblemática Plaza Roja. Aprendieron el idioma e hicieron la secundaria y la universidad en aquel país. Marta se recibió de periodista y volvió a Uruguay en 1984. Raquel se casó, tuvo dos hijos y permaneció hasta 1991. Ambas guardan buenos recuerdos de aquellos tiempos juveniles, mantienen amistades y han vuelto varias veces. Es más, Raquel planea otra visita en ocasión del Mundial de 2018.

Casas.

El Estado otorgaba vivienda a las familias, por lo general en apartamentos dentro de grandes complejos. Las puertas no daban a la calle, si no a un patio interior, que era el centro de la vida social de los vecinos. Había juegos infantiles y en invierno se formaban pistas de patinaje. A través de grandes arcos se daban las salidas a la calles exteriores.

Podía darse el confinamiento. Marta recuerda casos de apartamentos compartidos por varias familias. Se dividían las habitaciones y compartían la cocina, que podía tener dos o tres heladeras.

Bebidas.

El refresco gaseoso más popular era la Puratina, una especie de guaraná. Había una bebida cola con la marca Bailkal y existía un refresco de centeno fermentado, una especie de malta pero más fuerte. Rondando los 80, con mayor apertura en el régimen, aparecieron las primeras gaseosas de origen occidental: Fanta y Pepsi. Coca Cola por entonces no.

La tradición en helados era más básica que la uruguaya. “Todos eran de crema doble, como si fuera chantilly congelado, y a eso se le agregaban diferentes salsas o frutos”, recuerda Marta.

Compras.

“Era muy común que lo que fueras a buscar al supermercado no estuviese. Entonces traías otra cosa y buscabas cambiarla por lo que necesitabas”, asegura Raquel y ejemplifica: “Yo iba a buscar papel higiénico, pero como no encontraba, traía pasta de dientes. Y empezaba a hablar con los vecinos a ver quién me lo cambiaba por el papel”.

Marta también recuerda las colas en los comercios. “No faltaba dinero, sino productos”. La vestimenta tampoco tenía mucha variedad. Era frecuente que las tiendas vendieran las mismas prendas y las rusas de una región terminaran vestidas prácticamente iguales.

Educación.

Exclusivamente pública, los niños y adolescentes hacían primaria y secundaria en los mismos edificios. El liceo iba hasta “décimo”, pero empezaba en lo que sería el cuarto de escuela uruguayo por lo que terminaba a los 16 o 17 años. El horario era de 8:00 a 14:00 horas.

Los docentes eran multifuncionales. “La directora daba las clases de literatura o de matemáticas y era también la administrativa”, recuerda Marta. El énfasis en la disciplina no le pareció excepcional. “Igual que en Uruguay, te podían mandar a la dirección”.

Los estudiantes universitarios con mejores niveles recibían un premio mensual de 60 rublos si eran rusos y de 90 para los extranjeros. Un almuerzo en comedores estudiantiles podía costar 1 o 1,5 rublos, por lo que a veces les daba para ahorrar.

Pioneros.

Los niños y adolescentes solían sumarse al Movimiento Pioneros, que era como los Scout, pero de raigambre comunista. Recibían el pañuelo rojo distintivo en ceremonias similares al juramento de la bandera y prometían seguir el ideario de Lenin y del Partido. Raquel Saxlund recuerda que recibió el pañuelo de la madre del cosmonauta Yuri Gagarin.

En verano se organizaban los campamentos de pioneros. Los adolescentes se iban ¡por 40 días! a instalaciones en las afueras de la ciudad. Había competencias de nado y otros deportes, además de otras actividades de trabajo en oficios de campo, juegos y entretenimiento.

Salud.

Gratuita y obligatoria, como la enseñanza. El Estado no solo daba acceso, sino que imponía a los ciudadanos chequeos médicos cada seis meses.

Marta cuenta que sufrió un episodio de rara alteración que implicaba que los niveles máximos y mínimos de su presión prácticamente no tuvieran diferencia. Fue estudiada y atendida por varios especialistas hasta que le dieron medicación específica para el mal y lo superó.

Unos 30 años después, en Uruguay, hizo la misma crisis y aquí le han dicho que no hay tratamiento para su condición. “Nuestros servicios de salud son lamentables”, compara.

Televisión.

A las 21:00 era la hora del informativo, llamado Tiempo. Comenzaba con un boletín informativo del Comité Central del Partido Comunista y luego se daban noticias internacionales y el pronóstico del clima. Duraba media hora.

Otros contenidos de los canales de TV era series de ficción, como 17 instantes de la primavera, muy recordada por Marta. No existía la publicidad.

El programa Encuentro con los niños se emitía antes del informativo. Era conducido por una señora que aparecía en pantalla con un muñeco de conejo y daba las buenas noches a los niños.

Transporte.

Tener un auto era un lujo en la URSS de los 70, reservado a los funcionarios con cargo medio o alto en el Partido Comunista. Las marcas eran Lada y Moskvich, en orden de prestigio.

La mayoría de las personas se movilizaba en el transporte público en trenes, subtes, ómnibus, trolebuses o taxis.

Raquel menciona otra modalidad. “El Uber de hoy era común en la Unión Soviética. Parabas a cualquier auto que pasaba y le preguntabas cuánto te cobraba por llevarte”.

El pasatiempo durante los viajes era la lectura. “Así como hoy van todos con el celular, en la URSS se leía”, recuerda Marta. Los libros eran baratos y a la cabeza de las preferencias estaba la poesía.

Esparcimiento.

La salida cultural preferida por los rusos hasta hoy es el teatro. Los concurrentes se visten de gala para asistir al Bolshói (Gran teatro).

En los cafés no se podía permanecer charlando porque había colas de espera. En un restaurante podía ocurrir lo contrario. “Te sentabas en una mesa y venía un funcionario a decirte que no había lugar. Nosotros ya cumplimos con el plan, ya atendimos las 10 mesas que nos tocaban, decía y no había caso”, recuerda Raquel.

Por más que no había boliches nocturnos, los jóvenes solían hacer grandes fiestas cuando finalizaban el secundario en “décimo”. Comenzaban en la misma escuela y luego hacían paseos por la ciudad.

A los 18 años, los varones iniciaban el servicio militar obligatorio, por lo que los amigos organizaban despedidas en casas. Ahí corría mucho el alcohol, o sea, el vodka. La tradición indicaba empinarla a temperatura natural. También tomaban cerveza.

Música.

La música pop soviética que sonaba en los años 70 les recuerda a las hermanas Saxlund a Márama o Rombai. “Cuando escuché por primera vez la cumbia cheta, me acordé enseguida de los acordes de aquellos años”, dice Marta.

También había cantantes de música folclórica o patriótica. Los artistas extranjeros de mayor llegada eran Los Beatles, Rolling Stones, Raphael o Lolita Torres.

El final.

Raquel tenía dos grandes amigas en la URSS, ambas de nombre Tania. Una era vecina del complejo y la otra hija de un funcionario del partido. “Tenía acceso a todo lo que quisiera: ropa, gustos… Luego de la Perestroika, no soportó el cambio y se suicidó”, relata.

La URSS cayó en 1991. Para ese entonces, casi todos los Saxlund se habían vuelto a Uruguay. Solo quedó Ricardo, el padre, un enamorado del país. Falleció en Moscú en 1995 y allí están sepultados sus restos. Para Marta, aquellos años fueron “muy felices”. Raquel también los valora especialmente. “Lo que me dio la URSS no me lo hubiera dado nunca Uruguay”.

“El cine no demonizaba a Estados Unidos”.

Durante la Guerra Fría, gran parte de las películas de acción o bélicas de Hollywood se encargó de asociar a los soviéticos con el rol villano. Las uruguayas Marta y Raquel Saxlund no recuerdan el caso inverso. Ellas vivieron en la URSS entre 1972 y 1991. “De EE.UU. no se hablaba prácticamente”. Las películas nacionalistas se afirmaban en el triunfo sobre el nazismo en la Segunda Guerra Mundial, que en la URSS así como en la Rusia de hoy se le llama Gran Guerra Patria. “Los malos habían sido los nazis, la ultraderecha”.

Las tres grandes fechas patrias de la URSS eran el 1 de mayo por el Día de los Trabajadores, 9 de mayo, que se celebraba el triunfo sobre el nazismo, y el 7 de noviembre como aniversario de la Revolución de Octubre. En todos los casos había desfiles en la Plaza Roja, muchas veces con tanques, misiles y armamento militar muy pesado que al irse pasaba por la puerta de la casa de las uruguayas. “Las primeras veces nos asustábamos”.

Las francotiradoras soviéticas que le volaban la cabeza a los nazis

religion
Francotiradoras sovéticas de la Segunda Guerra Mundial.

Autor: Jacinto Antón.

Eran en su mayoría muy jóvenes, algunas unas crías. Procedían de toda la Unión Soviética. El Ejército Rojo las reclutó a millares en la Segunda Guerra Mundial para emplearlas como francotiradoras: debían apuntar sus armas en la distancia y volarles los sesos a los soldados enemigos, literalmente. Esa era su misión, ese era el oficio para el que las preparaban meticulosamente, y aunque mataban nazis que habían invadido y devastado su país y muchas consiguieron largas listas de víctimas e incluso algunas llegaron a disfrutarlo, no hubo prácticamente ninguna que no se desmoronora y llorara su primera vez, al alcanzar con su arma a un ser humano. Tampoco se libró ni una de ellas, rodeadas de una gran masa de camaradas sexualmente hambrientos, de tener que soportar el acoso y los abusos de sus mandos y compañeros varones, mayormente ebrios: un verdadero combate en dos frentes. Pese a que varias se hicieron muy populares y hasta consiguieron el título de Heroinas de la URSS, no pudieron hacer luego carrera en el ejército y a su regreso a casa se las denostó a menudo como viragos o prostitutas.

Lo cuenta la investigadora rusa Lyuba Vinogradova (Moscú, 1973) en su espeluznante y a la vez conmovedora historia de esas francotiradoras Ángeles vengadores(recién publicada en Pasado & Presente). Vinogradova, reconocida colaboradora de Antony Beevor y Max Hastings y de la que la misma editorial ya publicó su obra sobre las no menos asombrosas aviadoras soviéticas de la misma contienda(Las brujas de la noche,2016), incluye en su libro los testimonios directos de algunas francotiradoras a las que ella mismo conoció y entrevistó. Como Yekaterina Térejova, de 90 años y con una leve cojera resultado de una herida de guerra en Sebastopol, que había abatido a treinta alemanes. Aunque parezca un score tremendo, la cifra palidece ante las de algunas de sus camaradas, como la legendaria Liudmila Pavlichenko, considerada la mejor francotiradora de todos los tiempos, a la que se acreditan 309 víctimas mortales (Vinogradova cuestiona el dato), la mayor parte con su rifle semiautomático Tokarev SVT-40 con mira telescópica de 3.5 aumentos (la mayoría de los francotiradores, sin embargo, preferían el más sencillo rifle de cerrojo Mosin-Nagant, más preciso).

Vinogradova refiere numerosos casos de duelos de francotiradoras con su contraparte alemana (siempre hombres), incluso con ases del rifle. Como el que se le acredita a Pavlichenko, que se habría cargado, tras acecharlo 24 horas, a un tipo que había comenzado a cazar en Dunkerque y llevaba (según la libreta que se recuperó del cadáver) 500 enemigos cobrados. Ese sería uno de los 33 francotiradores alemanes liquidados por la ucraniana.

Tosia Tinguinova tuvo su duelo a los veinte años. Dispararon a la vez. Mató al francotirador alemán. A ella la salvó el retroceso del fusil que la apartó unos centímetros, con lo que la bala del enemigo fue a perforar la culata de su arma en vez de alcanzarla en la cabeza.

Las francotiradoras fueron, con las aviadoras, la élite de las mujeres soldado soviéticas, de las que el Ejército Rojo, ante la escasez de varones por la sangría de la contienda, envió al frente más de medio millón (muchas más si incluimos a las partisanas y las milicias civiles) para servir en todos los puestos, desde simple infantería a zapadoras, artilleras y tanquistas. La iniciativa contrasta con la oposición absoluta de Hitler a que las alemanas tomaran las armas.

A las francotiradoras, que obligaron a millares de soldados alemanes a andar a gatas, se las adiestró como a sus colegas masculinos y padecieron como ellos los rigores de una guerra salvaje, a los que se sumaron penurias específicas como que les cortaran las trenzas, no disponer de ropas y calzado adecuados, de instalaciones sanitarias específicas o de las medidas de higiene que requerían. La regla era un fastidio cuando cazabas nazis. Muchas, cuenta Vinogradova, llevaban las braguitas y sujetadores que habían traído de casa debajo de la ropa interior reglamentaria de hombre. Se las enseñó a disparar, a camuflarse, a permanecer inmóviles largos periodos de tiempo. Vinogradova cita que algunos estudios apuntaban (valga la palabra) que ellas podían tener más rendimiento en la caza al ser más tranquilas y pacientes. En su contra tenían la dificultad de encajar el violento retroceso del fusil.

“Era por supuesto mucho más difícil y traumático matar a una persona con el rifle que desde un avión”, señala. “A 200 o 300 metros, a través de la óptica, ves perfectamente la cara de tu víctima, sabes muy bien a quién estás matando. Todas explican que el primer muerto era un gran shock. Algunas se acostumbraban, otras no”. Al matar a su primer alemán, Lida Lariónova saltó de la trinchera horrorizada y corrió hacia sus filas gritando: “¡He matado a una persona!”. Tonia Majliaguina, que era huérfana, se lamentó tras abatir al primero de los suyos: “¡Era el padre de alguien, y yo lo he matado!”. La muerte fue dejándolas de impresionar de manara gradual. “¡Un cartucho, un fascista!”, animaba Roza Shánina cuando llevaba ya más de veinte alemanes. Murió casi al final de la guerra, con el vientre abierto por la metralla, tratando de contener con las manos los intestinos que se le desparramaban y pidiendo a sus compañeros que la mataran rápido. Cuando le entregaron la medalla que había ganado, Bella Morózova hizo lo posible por enseñar solo un lado del rostro.Una bala le había entrado por la sien del otro atravesándole la cavidad nasal y dejándola sin un ojo. Tenía solo 19 años. Y regresó al frente. El soldado que se había enamorado de ella no cambió de opinión tras verla desfigurada y tras la guerra formaron una familia y vivieron muchos años juntos; un raro final feliz.

Las francotiradoras luchaban en parejas y la muerte de la compañera, muy habitual, solía representar un trauma terrible. Alguna perdió hasta cuatro.
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Liudmila Pavlichenko, al acecho.

Vinogradova resigue la carrera de un buen número de francotiradoras a lo largo de la guerra. Casos muy notables como los de Natasha Kovshova (capaz de darle a sus objetivos en el puente de la nariz, su firma) y Masha Polivánova, una de las parejas más notables de francotiradoras. En 1942, en Sutoki-Byakovo, prestaban apoyo a un francotirador varón y un ataque los dejó aislados a los tres. Fueron heridos y las chicas —su compañero pudo arrastrarse y escapar— se juramentaron en su pozo de tiradoras para no caer vivas en manos del enemigo (lo que significaba invariablemente para una francotiradora violación, tortura y ejecución). Quitaron el seguro de sus granadas, esperaron a que llegaran los atacantes y entonces las hicieron estallar matándose y llevándose por delante a unos cuantos alemanes.

Hay casos como el de Sasha Shlíajova, a la que la coquetería de conservar una bonita bufanda roja durante su sus misiones le costó que la matara un francotirador alemán. A Tania Baramziná, elegida como francotiradora aunque era corta de vista y llevaba gafas, la capturaron, torturaron y mataron con un lanzagranadas.

Dedica un capítulo Vinogradova a Pavlichenko, que visitó EE UU en loor de multitudes, a la que Woody Guthrie le dedicó una canción y que fue admirada por Chaplin, que le besaba los dedos fascinado, decía, de que hubieran matado a centenares de nazis. “Encuentro su historia muy extraña”, señala la autora. “En realidad considero que cualquier estrella con más de 300 muertos, femenina o masculina, es falsa. La propaganda necesitaba héroes”. Vaya, ¿y Záitsev, el gran tirador que aparece en Enemigo a las puertas? “Muchos de los francotiradores que he conocido eran muy escépticos con su tanteo. Lídiya Bakieva, que mató a 76 alemanes me dijo: ‘Eras super afortunada si le dabas a uno al día. Matar diez, bueno, ¡eso habría requerido que se pusieran en fila esperando a que les dispararas!”.

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Las francotiradoras Kiseliova, Bulátova y Morózova y un colega varón, en 1944.