Alain Touraine: Los culpables de lo que pasa en educación no son los maestros

Original en http://www.aikaeducacion.com/entrevistas/alain-touraine/

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Sus 91 años no le impiden seguir pensando y compartiendo con claridad y lucidez sus ideas acerca de la sociedad que viene. El sociólogo francés, uno de los máximos representantes del pensamiento europeo y premio Príncipe de Asturias 2010 junto a Zygmund Bauman, advierte que hemos pasado de una sociedad posindustrial a un modelo postsocial donde la sociedad, tal y como la conocemos, se descompone en favor de un sistema donde predomina el individualismo. Durante su visita a Barcelona con motivo de la conferencia Encuentros BCN reflexiona en exclusiva para AIKA acerca de la educación que viene:

-Ayer pensaba que no podría dar una conferencia en español, estaba casi seguro de que me iban a salir puras palabras italianas, porque actualmente hablo italiano todos los días y español casi nunca. Estaba un poco asustado, la verdad, pero ha funcionado.

-Le escuché y se le entendió perfectamente. Ha explicado que lo social ha desaparecido, y que hemos de pensar en términos individuales. ¿Cómo encaja la educación en el paradigma que usted plantea?

-Es muy sencillo. La educación en nuestras sociedades era definida como socialización. ¡Eso era horrendo! Es horrendo utilizar la educación como una manera de incorporar los individuos a la sociedad, que es un sistema de poder. La cuestión es reemplazar la socialización, como meta de la educación, por la famosa subjetivación. El papel de la educación es aumentar el grado de autonomía, de iniciativa y de crítica de cada individuo, especialmente de cada joven. No solamente, pero la población más importante es esa.

-Yo fui educado en un liceo público, pero también en mi familia, con los métodos antiguos. Es decir, el profesor, el maestro —una palabra clave: ¡el maestro!—, transmitía ideas universales: la ciencia, la patria, la familia, la cultura (con una C grande), los grandes valores, etc. a jóvenes que vivían en un espacio limitado. Hay que eliminar eso. Entonces, la idea era realmente muy buena: frente a un mundo campesino donde la gente estaba dominada por una burguesía local rentista, se podían acercar temas universales a través de la escuela pública (y contra la Iglesia católica prácticamente, en el caso francés). Yo he vivido eso durante muchos años, largos años de guerra, y no era el momento para discutir órdenes, pero recibir esa educación para mí fue realmente un sufrimiento. Yo fui muy infeliz en la escuela.

-¿La escuela de hoy en día está preparada para este cambio?

-No. Yo creo que está muy atrasada, pero ha cambiado un poco. Lo que he descubierto, en el caso francés, es que un porcentaje relativamente alto de los maestros han cambiado. No son un 10% los que hacen otras cosas sino que hay un 30 o 40% que están tratando de cambiar la capacidad de expresión y de iniciativa de los jóvenes.

-También he descubierto, con más distancia, que no son los maestros realmente los culpables de lo que pasa, es el sistema. El sistema es el ministerio centralizado y los sindicatos que viven del sistema. Aumentar el grado de autonomía e iniciativa para mí es fundamental. Primero, de los maestros, y segundo, y en consecuencia, de los alumnos. La burocratización de la escuela, de la educación, es responsable de este tipo de reproducción social. Cuando se discute sobre educación y hacen huelga en Francia, los sindicatos dicen que con 25 alumnos no se puede hacer nada, pero con 22 es muy fácil. ¡Es estúpido! No quieren cambiar nada. Cambiar cosas es difícil, pero cambiar ideas cuesta más.

-El cambio no consiste en transformar la abstracción en actividades prácticas y de trabajar en una máquina. No se trata de eso, sino de dar más importancia, incluso en las notas de los alumnos (aunque hay que eliminar las notas lo máximo posible) a los medios técnicos y tecnológicos. Usando las palabras del mejor especialista en educación en Francia: hay que realizar un trabajo más cercano, más vinculado con la experiencia. Experiencia significa tecnología, pero también emociones y comunicación. No se puede aislar el conocimiento matemático, o a Platón, o la teoría de la relatividad, sino que es necesario vincular la experiencia, la interpretación y el análisis, no romper a favor de la abstracción, que es la reacción a lo concreto. No se debe eliminar lo concreto. Hay que pensar, por ejemplo, en colores, en formas, en movimiento…
Para el sociólogo francés, el papel de la educación es aumentar el grado de autonomía, de iniciativa y de crítica de cada individuo. Foto: Anna Montero

-¿Cómo encajan las nuevas tecnologías en ese marco?

-Yo creo que las tecnologías como tales no son tan importantes. Lo importante es si la tecnología favorece la reintroducción de la experiencia, incluso en el aspecto de la comunicación y el aspecto afectivo. No hay que aislar el mundo escolar, no aislar al maestro del padre, de la madre, del amigo, de la amiga o del estudiante.

-¿Las nuevas tecnologías ayudan a socializar o a desocializar, en el mundo educativo?

-Depende de las tecnologías. La mayor parte de las tecnologías son colectivas, son máquinas. Yo diría que lo importante en las tecnologías es la información, porque no hay conocimiento sin información. Pero la información no tiene que estar aislada de la comunicación, que es fundamental, ni de las emociones, de lo afectivo. Es una idea clásica muy elemental pero fundamental.

-Del mismo modo, no se debe aislar lo mejor de lo inferior, que no hable solo la elite científica. No es fácil, porque necesitamos una elite científica, y no cualquier persona puede estudiar, por ejemplo, matemáticas a un nivel alto. Pero lo importante es que esta gente tenga la capacidad de ascender en su imaginación y no oponerse, no decir: “si tu eres bueno en matemáticas, no pierdas tu tiempo con pintura, juegos, amistades, conflictos o peleas”. Hay que subir hacia la abstracción y la creación científica o intelectual, pero en relación con toda la vida, como conjunto de experiencias afectivas y de comunicación. El éxito de una nación o un individuo está en la capacidad de pensar de forma abstracta y científica, pero eso no puede eliminar lo concreto, porque eso es una motivación de clase social.

-Hablando de clase social, había dicho usted que la escuela era importante para disminuir las desigualdades…

-No en el momento actual. La escuela, y hablamos de la escuela pública, aumenta las desigualdades. No las mantiene o las reproduce, sino que las aumenta. Hay que respetar la experiencia del alumno o de la alumna. Eso es importante. Por ejemplo, en Francia, no sé en España, está prohibido hacer estadísticas según el origen étnico de los estudiantes. Se hace por buenas razones, es muy respetable, pero el resultado es que cuando se habla en sociología de sectores especiales de la escuelas, de gente en situación difícil, son todos árabes. Ahí el efecto es absolutamente negativo por no utilizar las palabras, los datos, lo que todo el mundo sabe. ¡En el barrio todo el mundo sabe que en esa escuela son todos árabes!

-Lo interesante es que la discriminación étnica es muy fuerte con los hombres y casi nula con las mujeres. Las mujeres, si buscan un empleo, dicen “yo me llamo Leila no se qué” y pueden conseguir el empleo. Si dices “Mohamed”, nunca lo vas a tener. La discriminación y la segregación afectan a los hombres, porque los hombres son considerados superiores.

-¿La falta de escolarización no suele afectar más a las mujeres?

-No. Incluso para los inmigrados, el nivel de escolarización es más alto para las mujeres que para los hombres. Hay que hablar de forma precisa. Las alumnas, las mujeres, obtienen un nivel de escolaridad más alto, pero tienen un nivel de expectativas más bajo. Hay un viejo estudio muy conocido de estudiantes de química. Las niñas estudiantes de química han resultado mejores y estudian más que los hombres, pero ¿cuánto ganarán dentro de cinco años como ingenieras químicas? Las expectativas de las mujeres son más bajas, a pesar de que hay más escolarización o mejores resultados escolares. La contradicción es impresionante, es una demostración de la sociología. Es evidente que no es un problema de competencia, de calidad o de inteligencia, es un puro mecanismo de interiorización, de discriminación. Las expectativas han resultado.

-¿Qué papel le queda al profesor?

-Más y más, se ve una relación inversa. En general, el alumno utiliza la tecnología para dar solución a los problemas, y el papel básico del maestro es ayudar al alumno o la alumna a incorporar un conocimiento o una técnica dentro de la experiencia multidimensional, afectiva y comunicativa del joven.

-A lo largo de su larga carrera profesional ha escrito usted muchísimos libros. En la era de la tecnología, permítame la curiosidad, ¿escribe usted a mano?

-(ríe) Es cierto que en mi caso hay dos cosas. Primero, es un aspecto físico o emotivo, tengo una relación del tipo amorosa-erótica con la escritura. Es hermoso, es un poco como hacer nacer, es una visión femenina, de crear. Segundo, empecé en la profesión muy joven, como profesor. Cuando escribí mi primer libro tenía 28 años.

-Yo hablaba mucho con un amigo, y él me decía que en matemáticas el 10 % produce el 90 % del conocimiento. Le dije que lo mismo pasa con las ciencias sociales, solo que aquí no es el 10 sino el 5 % quién produce el 95 % del conocimiento. Yo creo que esa lógica es un mundo que atrae a los mediocres. Es un trabajo mal pagado, realmente muy mal pagado y con un estatus social muy limitado, pero te da mucha libertad. Ninguna persona me ha dado en toda la vida una orden.

-¡Qué afortunado!

-Es una suerte, he hecho absolutamente lo que quería hacer.

-¿En este mundo en el que se valora tanto la ciencia y la tecnología, cree que se le da poco valor a las ideas de pensadores, de filósofos o sociólogos como usted?

-Yo creo que en el momento actual hay un cambio de mundo, y tratar con ideas es difícil. Yo tenía un amigo físico que recibió un premio Nobel y decía: “Yo era incapaz y fui a un colegio experimental”. Y no le fue tan mal, ¡ganó un premio Nobel!. Es un poco lo mismo. La sociología no es un mundo exacto, es un trabajo de imbéciles muchas veces, aunque no siempre.

-Hay muchos sociólogos hoy aquí…

-¡Pues seguramente muchos de ellos son tontos!

El fascismo eterno, por Umberto Eco

El fascismo eterno / Umberto Eco

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El fascismo no poseía ninguna quintaesencia, y ni tan siquiera una sola esencia. El fascismo era un totalitarismo difuso. No era una ideología monolítica, sino, más bien, un collage de diferentes ideas políticas y filosóficas, una colmena de contradicciones”.

El fascismo fue, sin lugar a dudas, una dictadura, pero no era cabalmente totalitario, no tanto por su tibieza, como por la debilidad filosófica de su ideología. Al contrario de lo que se puede pensar, el fascismo italiano no tenía una filosofía propia: tenía sólo una retórica.
La prioridad histórica no me parece una razón suficiente para explicar por qué la palabra «fascismo» se convirtió en una sinécdoque, en una denominación pars pro toto para movimientos totalitarios diferentes. No vale decir que el fascismo contenía en sí todos los elementos de los totalitarismos sucesivos, digamos que «en estado quintaesencial». Al contrario, el fascismo no poseía ninguna quintaesencia, y ni tan siquiera una sola esencia. El fascismo era un totalitarismo difuso. No era una ideología monolítica, sino, más bien, un collage de diferentes ideas políticas y filosóficas, una colmena de contradicciones.

El término fascismo se adapta a todo porque es posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos, y siempre podremos reconocerlo como fascista. A pesar de esta confusión, considero que es posible indicar una lista de características típicas de lo que me gustaría denominar Ur-Fascismo, o fascismo eterno. Tales características no pueden quedar encuadradas en un sistema; muchas se contradicen mutuamente, y son típicas de otras formas de despotismo o fanatismo, pero basta con que una de ellas esté presente para hacer coagular una nebulosa fascista.

1. Culto de la tradición, de los saberes arcaicos, de la revelación recibida en el alba de la historia humana encomendada a los jeroglíficos egipcios, a las runas de los celtas, a los textos sagrados, aún desconocidos, de algunas religiones asiáticas.
Cultura sincrética, que debe tolerar todas las contradicciones. Es suficiente mirar la cartilla de cualquier movimiento fascista para encontrar a los principales pensadores tradicionalistas. La gnosis nazi se alimentaba de elementos tradicionalistas, sincretistas, ocultos. La fuente teórica más importante de la nueva derecha italiana, Julius Evola, mezclaba el Grial con los Protocolos de los Ancianos de Sión, la alquimia con el Sacro Imperio Romano. Si curiosean ustedes en los estantes que en las librerías americanas llevan la indicación New Age, encontrarán incluso a San Agustín, el cual, por lo que me parece, no era fascista. Pero el hecho mismo de juntar a San Agustín con Stonehenge, esto es un síntoma de UrFascismo.
2. Rechazo del modernismo. La Ilustración, la edad de la Razón, se ven como el principio de la depravación moderna. En este sentido, el Ur-Fascismo puede definirse como irracionalismo.
3. Culto de la acción por la acción. Pensar es una forma de castración. Por eso la cultura es sospechosa en la medida en que se la identifica con actitudes críticas.
4. Rechazo del pensamiento crítico. El espíritu crítico opera distinciones, y distinguir es señal de modernidad. Para el Ur-Fascismo, el desacuerdo es traición.
5. Miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El Ur-Fascismo es, pues, racista por definición.
6. Llamamiento a las clases medias frustradas. En nuestra época el fascismo encontrará su público en esta nueva mayoría.
7. Nacionalismo y xenofobia. Obsesión por el complot.
8. Envidia y miedo al “enemigo”.
9. Principio de guerra permanente, antipacifismo.
10. Elitismo, desprecio por los débiles.
11. Heroismo, culto a la muerte.
12. Transferencia de la voluntad de poder a cuestiones sexuales. Machismo, odio al sexo no conformista. Transferencia del sexo al juego de las armas.
13. Populismo cualitativo, oposición a los podridos gobiernos parlamentarios. Cada vez que un político arroja dudas sobre la legitimidad del parlamento porque no representa ya la voz del pueblo, podemos percibir olor de Ur-Fascismo.
14. Neolengua. Todos los textos escolares nazis o fascistas se basaban en un léxico pobre y en una sintaxis elemental, con la finalidad de limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico. Pero debemos estar preparados para identificar otras formas de neolengua, incluso cuando adoptan la forma inocente de un popular reality-show.

El Ur-Fascismo puede volver todavía con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice sobre cada una de sus formas nuevas, cada día, en cada parte del mundo.

Acerca de las declaraciones del pastor evangelista uruguayo Jorge Márquez

Previo al artículo conviene ver este video donde puede verse lo declarado por el señor Jorge Márquez en un programa de televisión uruguayo:

La fábula del pastor mentiroso

por Federico Graña

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Si bien son notorios los avances de nuestra sociedad en lo que respecta a la consolidación de los derechos de la población LGBTI (lesbianas, gays, bisexuales, trans e intersexuales), todavía estamos insertos en un mundo en el que, como bien señaló Martin Luther King, “las personas supuestamente educadas no piensan lógica y científicamente”. Por lo tanto, “Salvar al hombre del sarcasmo de la propaganda es, en mi opinión, uno de los principales objetivos de la educación. La educación debe darnos la capacidad de sopesar la evidencia y discernir lo verdadero de lo falso, lo real de lo irreal y los hechos de la ficción”.

Es desde ese lugar, el de discernir lo verdadero de lo falso, que en estas breves líneas me sumergiré en la aventura de deconstruir un discurso. O, para ser más exacto, una novela de ficción. En estos últimos días, un pastor evangelista recorre medios de comunicación utilizando una mezcla de argumentos que intentan teñir de racionalidad un relato fantástico. Una historia en la que hordas intolerantes apañadas por el gobierno de turno buscan imponer algo que él define como “creencias”.

Sus afirmaciones van desde de la inconstitucionalidad del matrimonio igualitario hasta la novedad de que Albert Einstein negaba la teoría de la evolución y era creacionista. Todo esto, acompañado por una actuación exagerada. Rodeado de libros que sacude mientras habla y afirma supuestos contenidos de guías y manuales, alerta sobre “cosas que se vienen para acá”, anuncia que “ya están permitidas la pedofilia y la zoofilia en algunas partes del mundo”, denuncia que los responsables “son el feminismo y el lobby LGBTI”, e incluso llega a afirmar que la guía didáctica Educación y diversidad sexual es distribuida por el Instituto Nacional de Alimentación (INDA). Con esta actuación vende su producto, el miedo. Miedo al distinto, al vulnerable, tratando de ubicar a las personas y organizaciones que defienden sus derechos como seres intolerables, ligados a prácticas poco éticas; en fin, intenta convertirlas en victimarios.

Pero lo importante, lo central, lo que nos permite discernir entre lo verdadero y lo falso es que nunca dice en qué páginas se encuentran esos contenidos en la guía, ni cuáles son las naciones en las que la pedofilia y la zoofilia están permitidas, ni qué organizaciones feministas o LGBTI son las que promueven esas acciones. Y la razón de que no lo diga no es que el tiempo es tirano en la pantalla chica: no lo dice porque lo que afirma es falso.

En primer lugar, la frase a la que hace referencia el pastor no se encuentra en la guía didáctica de diversidad sexual, que, por otra parte, nunca fue repartida por el INDA. Tampoco pudo nombrar organizaciones feministas y LGBTI que promuevan la pedofilia, porque son ampliamente conocidas tanto las numerosas campañas que estas organizaciones han impulsado en contra de la prostitución infantil, como las denuncias que han hecho instituciones de todo tipo que aún protegen y cobijan en sus filas a los abusadores de niños y niñas.

Por otro lado, también es falso el argumento de que en nuestra carta magna se define el matrimonio. La palabra “matrimonio” aparece una sola vez en toda la Constitución, en el artículo 42, haciendo referencia al reconocimiento de derechos de las hijas e hijos nacidos fuera del matrimonio. Es decir, no existe ningún tipo de definición sobre cómo debe estar compuesto un matrimonio; por lo tanto, cuando insinúa que la Ley de Matrimonio Igualitario vigente viola la Constitución, el pastor nuevamente miente.

Por último, y con respecto a la discusión sobre creacionismo y evolución, y la supuesta negación de esta última por parte de Einstein, que el pastor infiere de la frase “Dios no juega a los dados”, es pertinente señalar que Einstein no creía en la religión. En 1954, cuando el físico le escribió a Eric Gutkind para debatir sobre la publicación de Escoge una vida: la llamada bíblica a la rebelión, afirmó: “La palabra de Dios para mí no es más que la expresión y el producto de la debilidad humana. La Biblia es una colección de honorables pero primitivas leyendas, las cuales son bastante infantiles”. (1) Quizá Márquez no hubiese caído en ese error si supiera que Einstein rechazaba la teoría de la mecánica cuántica y que afirmaba que las leyes físicas son siempre predecibles y, por lo tanto, utilizó esa frase como metáfora. O, tal vez, fue el uso de la literalidad como herramienta interpretativa lo que indujo a Márquez al error. Esa misma literalidad que lo hace afirmar que el mundo se hizo en siete días o que la mujer salió de la costilla de Adán, pretendiendo que estas tesis tengan el mismo estatus que las teorías científicas que comprobaron su falsedad.

Es cierto, uno podría decir que es muy fácil rebatir sus argumentos y que incluso estos pueden ser graciosos por lo disparatados. Pero en estos tiempos en que los discursos de odio al diferente copan las pantallas, se extienden en el mundo y llegan a los máximos puestos de poder, es necesario poner límites. Y para eso, además de la lucha de las organizaciones de la sociedad civil y del compromiso del Estado de seguir profundizando, protegiendo y promoviendo los derechos de las personas, necesitamos una sociedad en la que lo falso y lo verdadero no pesen lo mismo en la balanza. Una sociedad en la que la fábula del pastor mentiroso vuelva a ser lo que siempre fue: una fábula.

(1) http://www.lettersofnote.com/2009/ 10/word-god-is-product-of-humanweakness.html

Giovanni Papini: Sobre el amor

Giovanni Papini: Sobre el amor

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La mujer ve en el hombre aquél que debe dominarla, al enemigo. El hombre ve en ella a quien querría dominarlo, a la enemiga. Entre ellos se miran como el animal no capturado y el cazador no victorioso. Los dos derrotados están siempre a punto de odiarse. La forma más célebre de este odio se llama amor.

El amor es una guerra diferente de todas: el abrazo no es sino la tentativa de suprimir a uno de los antagonistas, El varón en el acto de conquistar es un vagabundo atraído mediante perpetuas emboscadas para hacerlo prisionero. La esencia del amor consiste en querer reducir a dos seres a la unidad: uno u otro debería ser anulado pero ninguno de los dos quiere ser destruido y cada uno intenta destruir. Las dos voluntades idénticas pero contrarias, se consumen en una lucha dolorosa interrumpida por breves armisticios de felicidad.

Ya en su origen carnal el amor es presentimiento de muerte: el oscuro impulso de crear un ser nuevo destinado a tomar nuestro puesto el día del fin. El acoplamiento se asemeja a un asesinato y termina en una agonía. Más fuerte es el deseo, más el abrazo carnal se parece a la asfixia, y cuando los besos no bastan para obtener la imposible unidad los dos se muerden como si quisieran arrancar la carne del enemigo e incorporársela para fundirse al fin, gracias a una amorosa antropofagia. El macho penetra a la hembra como una espada en una vieja herida, y el vientre de la virgen mana sangre. El término del deseo es un doble agonizar, y el supremo espasmo se parece al de la muerte con gemidos y estertores. Pero los moribundos, al resucitar, están otra vez divididos en dos cuerpos, en dos almas solos como antes, más alejados que antes. La tristeza casi rencorosa del hombre después de la cópula nace al descubrir esa soledad invencible.

El amor en sus formas extremas es hambre de unidad. Busca la reducción de dos criaturas a una sola carne con un solo espíritu y no logra siquiera dos cuerpos con una sola alma. Las más desesperadas voluptuosidades consumen a los dos cuerpos pero no anulan la eterna separación: cada corazón, después de todos los vuelos de la fuga, está más solitario que antes.

Entre las causas del amor, una es la soledad; y el amor nos deja todavía más solos. Su promesa de comunión perfecta nos consolaba con la esperanza, pero la prueba nos despoja también de la esperanza. Cada uno de los amantes sólo puede amarse a sí mismo, a lo sumo, ama en el otro algo de sí mismo. Es un trueque mágico de sueños. La mujer, débil, le transfiere al hombre su anhelo de heroísmo, el hombre impuro, irradia en la mujer su ansia de inocencia. Cada uno ama en el otro un retrato pintado por la propia fantasía. Pone en el amado lo que en sí mismo es deseo, veleidad. Un manto imperial drapeado sobre un enano ruin, o un manto de Virgen sobre una mujerzuela fácil de comprar. Y no aprenden: caen. Al final la experiencia descubre que el fantasma imaginario no tiene nada que ver con la persona concreta. Y cada fantaseador se vuelve a encontrar solo, hurgando en las cenizas de las llamaradas inútiles, después de haberle resistido a la verdad años y años, esa verdad que tratamos en lo posible de no ver, por vergüenza.

En otros es más fuerte el instinto de la propiedad tener cerca a una criatura que depende de nosotros, que es toda nuestra, que nos debe todos los bocados de su pan, todos los placeres de su cuerpo, todos los pensamientos de su alma, La hipocresía, que por mitades participa de los amores felices, convalida exteriormente la felicidad del poseedor. Pero pasado el furor de los primeros tiempos, el poseído, ya seguro de su poder, amengua el calor de su representación y su dueño descubre poco a poco que la obediencia es ficticia y la subordinación ilusoria: el alma del esclavo está ocupada por impulsos no confesados, por inquietantes abismos donde nadie ha llegado a fondo con su mirada. El posee un cuerpo y no conoce sus secretos, imagina poseer un alma y solo tiene su fingida fachada. Y si llega un día en que de veras quiere disponer del otro como de algo suyo, advierte que no se posee siquiera a sí mismo. Tiene ante él un friso de costumbres, una mecánica de gestos, y nada más: la verdadera sustancia se le escapa antes de haberla sorprendido; además nunca fue suya y ahora está más pobre y más solo que antes.

La esencia del amor y su grandeza reside en querer lo imposible y en su impotencia para alcanzarlo. Imposible la unidad, imposible el consorcio, imposible la propiedad.

Entre el hombre y la mujer es imposible tanto la paz-los dos vueltos uno- como la victoria- la sumisión perfecta de uno. Queda la guerra con su inútil crueldad. Una guerra es la que rendirse es el principio del desquite y una media victoria el redoblamiento de la servidumbre, en la que gozamos con nuestras llagas y sufrimos cuando el adversario es golpeado por nuestras manos. Me han herido: con la misma arma cúrame: reside aquí la única dicha del amor, también si la cicatriz se abre bajo los bálsamos. Una guerra que no se parece a ninguna donde no hay paz ni posible tregua, sino un querer saltar más allá de nuestra sombra, como los niños de Heráclito, y un querer abrazar las sombras vanas como los muertos del Dante, y un querer destruirnos a nosotros mismos en el otro, y un desear la muerte para vivir una vida más hermosa. Extraña guerra en la que los mordiscos son besos más profundos, el abrazo casi estrangulamiento, en la que la victima triunfa en su propia sangre y el asesinato es la mayor prueba de amor, el suicidio la fidelidad suprema, y el hacer sufrir el principio y el fin de la voluptuosidad.

Porque la guerra no se lleva a cabo sólo entre los dos sino dentro de cada uno de ellos, la guerra entre el instinto de crear y el instinto de destruir, entre la fuerza que protege y la fuerza que martiriza, entre el deseo de dar felicidad al otro aunque debamos pagarla con nuestro dolor y el deseo de complacerse en el dolor de él. En toda pareja hay un verdugo y un torturado, y casi siempre el que atormenta no goza y el que es castigado es feliz. El amor está de tal manera circunscripto a lo imposible que destruye lo que quiere crear y da lo que quiere quitar.

Al igual que el absoluto, del que es sinónimo, es un antes y un después: jamás certeza del presente. Lo único soportable que tiene el amor es el deseo naciente y el recuerdo lejano. Surge del deseo y el deseo transfigura al amado y a la amada: toda la gracia, el poder, la dulzura del amor, pertenecen a este tiempo de preparación y de distancia, cuando cada uno es para el otro un misterio o un espejo para recrearse en su propia belleza. Ni bien el deseo es satisfecho, viene la tristeza, el desencanto, el remordimiento: comienza el fin. Y cuando el amor ha terminado y está lejano, y se recuerda sólo la belleza del principio, la ilusión de la victoria, el delirio de la embriaguez sexual, entonces experimentamos más gozo-pero es el gozo de la memoria que contempla nuestra sustancia. Lo mejor del amor se reduce a una angustiosa promesa de felicidad y a una añoranza dulce de la felicidad jamás gozada.

Solo el indefinido amor al amor- amor no comenzado o amor ya muerto- nos ofrece un resarcimiento del suplicio guerrero.

Y esta compensación concedida sólo a las almas lo suficientemente grandes para ser dignas de infelicidad. Y son las menos. En la mayoría el amor es juego de compartida lujuria o desviación del orgullo, o insaciada curiosidad por lo nuevo, o imitación, sugestión, simulación de buena fe.

El amor tiene sus raíces en la animalidad y su meta en lo absoluto, y no es sino una vana contorsión para liberarse de la carnalidad y convertir en verdad lo imposible. Por eso es una batalla en la que todos son vencidos, un odio que el perdón excita, un encuentro que duplica la soledad, una agonía de la que nacen nuevas vidas. Sólo quien lo acepta como castigo tiene en premio el presentimiento de un orden más elevado de amor, amor a todas las criaturas y a su supremo Principio.

De Informe para los hombres.

Benjamín Nahum: “Los uruguayos vamos a desaparecer”

Benjamín Nahum: “Los uruguayos vamos a desaparecer”

03 feb 2017 László Erdélyi

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SE GANÓ el derecho de mirar el Uruguay en el largo plazo, algo que pocos pueden reclamar. Es, junto a José Pedro Barrán (1934-2009), un referente indiscutido de la Historia uruguaya contemporánea. Transitó un camino de riesgo, el de la escuela de los Annales francesa, esa que evita los hitos, las batallas y el bronce de los viejos relatos y propone una Historia más ciudadana en torno a la economía, la sociedad, la cultura y la educación. Tras seis décadas de trabajo produjo numerosos libros. Junto a Barrán publicó colecciones inolvidables como Historia rural del Uruguay moderno (7 volúmenes entre 1967 y 1978), o Batlle, los estancieros y el Imperio Británico (8 vols. entre 1979 y 1987).

Benjamín Nahum, que recibió el Premio Bartolomé Hidalgo a la Trayectoria (ed. 2016), acaba de publicar un nuevo libro, Encuentro con la historia. La estancia alambrada y otros artículos. Entrevistas (Banda Oriental, 2016), en realidad una iniciativa “de ayudantes mías” aclara. “Quisieron averiguar un poco más de la vida del historiador, porque la obra la conocían. En la primera parte recogieron artículos que no habían estado nunca en libro. Y yo le digo a la gente, ‘no lean la primera parte, es un plomo, vayan a la segunda que es más humana'” dice riendo sobre los reportajes que cierran el volumen.

Nos recibió en el salón comunal del edificio donde reside en la calle Cebollatí, sobre la rambla de Montevideo.

LOS JÓVENES Y EL CELULAR.
—Usted describe su último libro como un texto más. Sin embargo no es un libro inocente.

—¿¡Qué quiere decir con que no es inocente!?

—Allí replantea alguna de sus tesis más conocidas, las actualiza, y lo hace para jóvenes que apenas lo conocen. Y se ha quejado, dice sentirse distanciado de esta nueva generación.

—Y si… yo voy a cumplir 80 años, y los chicos a quienes les di clase el año pasado tienen 20, 22… Están siempre con el celular en la mano. No te dan piola. Cruzan la calle mirando el celular, la avenida Gonzalo Ramírez, y es un suicidio. Nos llevó cinco años lograr que pusieran un semáforo allí, donde cruzan miles de jóvenes. Lo pedimos sin decir, claro, el verdadero motivo: que cruzaban sin mirar. Siempre cito una frase del escritor sueco Henning Mankell, en realidad sobre su personaje, el inspector Wallander. Lo ve envejecer y dice: ‘Veía crecer a su alrededor una sociedad que le resultaba ajena’. Nunca imaginé que en Suecia pudiera pasar exactamente lo mismo que en Uruguay. En Facultad, por ejemplo, los jóvenes se entienden mejor con mis ayudantes, que son de 30, 40. Cuando quieren hacer una sinvergüenzada y toman textos de la computadora, yo no me doy cuenta pero mis ayudantes sí. ‘Esto lo sacó de tal lado, o de tal otro’. No es que yo me aleje, es el medio el que me aleja.

—Una de las cosas más terribles que le puede ocurrir a una comunidad es que la comunicación intergeneracional se rompa. ¿No vale la pena intentarlo?

—Pero corremos en desventaja. Yo pegué una frase de Einstein en la cartelera estudiantil que decía: ‘El día que se sustituya la interacción humana por la tecnología seremos una generación de idiotas’. Creo que nos acercamos a eso. Se ve en el ómnibus, en la calle. En clase no permiten el celular prendido, y eso nos va salvando, por ahora. Pero sí permiten el mate, y hay una fila esperando el mate, y si yo le pregunto a alguno que está esperando ese mate sobre lo que estamos hablando en clase, difícilmente me sepan contestar. Pero bien, pensando por las buenas, de pronto no tuvieron tiempo de desayunar y fue lo único que pudieron preparar para venir a clase.

—Es llamativo cómo esta nueva generación rechaza la política. ¿Es algo coyuntural, o está más vinculado al fracaso del batllismo como proyecto político que usted ha señalado en sus libros?

—Yo creo que hay demasiados elementos negativos en el presente de estos jóvenes como para que puedan manifestar interés por la política. Y no, no creo que vaya tan lejos su rechazo. A José Batlle y Ordóñez se lo criticó porque no patrocinó una democracia política, una vigencia abierta y clara del sufragio obligatorio, de la representación proporcional, de la vigencia de ciertos principios básicos para un proceso claramente democrático. Lo que sucede es que Batlle hizo tanto en el plano social y económico, y sobre todo en el plano humano, que yo le disculparía lo otro. Algo que los blancos no le perdonan. El Partido Nacional reclamó de forma clara la vigencia de una plena democracia política, para llegar al poder por la vía legítima. Algo que venía del siglo XIX, una larga pelea entre quienes están en el poder y no quieren irse, y quienes quieren acceder al poder sin llegar. Se dieron revoluciones, revoluciones, revoluciones… hasta que se implantan esos elementos básicos de la democracia y la cosa se tranquiliza.

—Recuerdo la idea del colegiado, que siempre tuvo buena prensa. Sin embargo, visto desde la actualidad, no era un mecanismo que ampliara ciudadanía.

—Creo que era más para evitar la posibilidad de dictaduras. Fue una forma de empujar juntos, blancos y colorados, por el país modelo que quería Batlle. Sin embargo duró poco, se reveló bastante inefectivo. No es lo mismo uno decidiendo, que nueve. Washington Beltrán hizo una muy buena descripción del segundo colegiado que integró el Partido Nacional. Eran tantas las reuniones y acuerdos previos para conjuntar voluntades, que marchaban con pies de plomo. No caminaba. Eso no era un Poder Ejecutivo. A veces las decisiones deben tomarse de forma rápida, porque los problemas crecen, se agravan. En fin, siempre me pareció que era una aspiración para llegar a un gobierno más autónomo, menos personalista.

EL INMIGRANTE SORPRENDIDO.
—Volvamos a Mankell. Una de las razones de su éxito editorial es su forma impiadosa de retratar la decadencia de un Estado de Bienestar modélico como fue el sueco. Usted ha señalado en Batlle, los estancieros y el Imperio Británico que en Uruguay tenemos una democracia social que no cristalizó. Esa parálisis, ¿comenzó a principios del siglo XX?

—No creo que nazca allí. Incluso la dictadura de Terra fue vista como fuera del tono tradicional de la política uruguaya. Terra fue denostado, a pesar de haber hecho algunas obras importantes. Lo que sucede es que hasta la Segunda Guerra Mundial todo —excepto algunos períodos— fue bonanza, pues producíamos las materias primas que los países en guerra precisaban. Compraban sin preguntar el precio. Uruguay no terminó de entender eso, y se quedó mirando cómo compraban hasta la última vaca.

—Plata en caja, sin previsiones.

—Y era una forma de fortalecer al país, y también a una clase media que se fue haciendo algo conservadora, que deseaba conservar algunos factores que veía como naturales en un país como Uruguay. Me refiero a los inmigrantes. Mi padre era inmigrante, y como él miles. Venían de Italia, España, Turquía, donde se rompían el alma sin conseguir nada. Yo no tengo claro si él, de haberse quedado en Turquía, hubiese podido ir a la escuela. Cuando una cultura está basada en preceptos religiosos tan fuertes, hay que aceptarlos o irse.

—¿De dónde era él?

—De Magnesia, que es un nombre griego, pues era una de las colonias que los griegos fundaron en Asia Menor. El inmigrante que escapaba de esa situación, llegaba acá y quedaba sorprendido. La educación era gratis.

—Además le decían que tenía derecho al tiempo libre.

—Más que eso. Uno de los editoriales de Batlle defendiendo la ley de 8 horas estaba dirigido a los obreros, para convencerlos. Ellos venían de sus países donde trabajaban 16, 20 horas por día. ¿Cómo que iban trabajar sólo 8 horas? Les iba a llevar el doble de tiempo alcanzar las metas que se habían fijado. No sólo los empresarios no querían esa ley, también una parte importante de los trabajadores. En un editorial Batlle dice: “Ocho horas para trabajar, ocho horas para descansar, y ocho horas para acariciar a los hijos”. Eso me dio la pauta de que era un tipo de político no habitual en el Uruguay.

—Un humanista.

—Porque yo me pregunto —algo que molesta a los blancos— por qué si Batlle se dio cuenta de la miseria urbana y buscó eliminarla, ¿acaso Saravia no veía que la gente que iba con él a morir en batalla no era también miserable? No se lo reprocho. Sólo quiero dejar en claro una diferencia de visión. Saravia peleaba por el voto, por la representación proporcional. Fenómeno. Pero no vio al desgraciado que tenía al lado, que no tenía dónde caerse muerto. Batlle intentó por unos cuantos medios moderar o limitar esa miseria. Por ejemplo un tipo de 65 años que no puede comer todos los días. Sucede que cuando tenía 20 años no trabajó, y bueno, entonces que se jorobe. El Estado batllista dice no, hay que darle de comer con una pensión a la vejez. Y eso trasládelo a otras cosas, a las escuelas para los niños, a los hospitales aunque les haya sacado el crucifijo, al divorcio por la sola voluntad de la mujer. ¿Qué? ¿Acaso se dio cuenta de lo que sufrían las mujeres? Tuvo el coraje de juntarse con una mujer y tener con ella tres hijos ilegítimos, según la sociedad. No se podía casar con ella, pues estaba casada con otro hombre que tardó en morir.

—Pero usted ha señalado que estos hitos no cayeron del cielo, que son parte de un proceso. Por ejemplo el voto femenino.

—Es probable. Él estuvo en Europa, donde percibió esa tendencia.

—Aunque en Europa tardó más.

—Claro, por supuesto. Él lo traía de antes, esa tendencia a compensar a los sectores más débiles, los viejos, las mujeres, los niños. Es parte de su formación en términos filosóficos, y de su personalidad.

SUBITE A UN UBER.
—De todas formas una de las principales críticas al igualitarismo es que tiende a matar la iniciativa individual. Cuando en realidad, la idea detrás del igualitarismo tal como la entendían los antiguos atenienses consistía también en igualar el acceso a las oportunidades para el desarrollo individual. Por ejemplo el caso de Uber, en el Uruguay de hoy. Aún con el problema del pago de impuestos, que está por resolverse y no es menor, uno ve a muchos jóvenes entusiasmadísimos trabajando en Uber, haciéndose cargo de sus riesgos, alquilando un auto o poniendo el propio. Pero muchos lo ven mal. Los condenan. Esos jóvenes defienden su derecho a la igualdad de oportunidades.

—Pienso que en ese sentido hemos ido decayendo. No sé bien por qué causas. Por eso Mujica dijo “los uruguayos somos medios haraganes”. Yo lo comparto totalmente. Veo trabajar al obrero acá y me doy cuenta que este país está liquidado. Porque al ritmo que trabaja ese obrero no trabaja ningún obrero en Estados Unidos, en Europa, ni hablar en el Lejano Oriente. En el mundo un obrero calificado produce cien; acá produce treinta. Así no competimos con nadie. Absolutamente. La única que puede mantener la competencia es la vaca. Pero el hombre… no creo que tengamos futuro en ese sentido. Realmente no. El mundo se ha tecnificado mucho, y si no nos tecnificamos y elevamos la producción de lo que sea, no tenemos chance alguna. Afuera la gente se tecnifica, y además le mete esfuerzo en la producción. Acá no lo veo. Me preocupa el futuro del país.

—La cultura uruguaya parece castigar la iniciativa individual. Y si esa iniciativa resulta exitosa, peor. Por ejemplo se ve claro en los discursos de ciertas corporaciones.

—A mí los discursos no me preocupan demasiado. Sí me preocupa que no se perciba, o si se percibe se calla, que la dirigencia de ciertos sectores de la clase obrera está jugando con fuego. Yo siempre pongo el caso de ADEOM, el sindicato de los funcionarios municipales de Montevideo. Es una lacra del movimiento obrero. Creo que el movimiento sindical se compromete al tener a ADEOM en su seno, pues lo que ese sindicato busca es simplemente no trabajar y ganar cada vez más. El otro día un trabajador tuvo un ataque al corazón trabajando —algo lamentable— e hicieron un paro de cuatro días. Perciben el trabajo público como una dádiva que han recibido no se sabe bien cómo, y al menor costo de trabajo posible. Basta ver la basura de Montevideo. Siempre tienen un pretexto, no hay camiones, se rompen los camiones. ¿Se rompen solos?

—¿Esta no es una forma de suicidio colectivo?

—Por supuesto. Yo siempre digo una cosa que es medio grosera, y la digo medio en broma: yo estoy de salida, pero me preocupan mis nietos. No sé qué va a pasar con ellos cuando tengan 20, 30 o 40 años. Y me preocupa porque este país ha tenido muchos méritos en muchos campos, y sería una lástima que por esa desidia, por esa negligencia, por esa auto atribución de derechos que no tienen —porque el derecho que va contra el otro no es un derecho, es una agresión— se comprometa el futuro del país. Un índice grave, preocupante, es el descenso de los nacimientos. Los nacimientos no cubren la tasa de mortalidad de la población uruguaya. ¿Eso qué quiere decir? Que se puede hacer la cuenta matemática para saber cuándo los uruguayos vamos a desaparecer (ver proyecciones del INE o CEPAL, N. de R.). No es por capricho de una o dos personas. La gente prefiere tener pocos hijos, o no tener.

—O emigrar e irse.

—Muchas veces no lo tomamos en cuenta. Hay medio millón de uruguayos afuera. ¿Por qué?

—Por falta de oportunidades.

—Y también por motivos políticos, se dio una gran expulsión en ese sentido. Pero hay gente que ha querido volver para radicarse, y se terminaron volviendo a donde estaban. No encontraron ninguna motivación real para quedarse, a pesar de que es su país y lo extrañan.

LA IDENTIDAD PRODUCTIVA.
—¿Podemos decir que el declive del Uruguay comienza en 1916?

—Del batllismo sí.

—¿Del Uruguay no?

—No, porque contra lo que piensan los historiadores económicos, que si el PBI les baja un poco dicen “¡es una crisis bárbara!”, a mí que soy historiador me gusta más el testimonio de la gente que está viviendo el proceso. Cuando la Primera Guerra Mundial vendieron hasta la última vaca, y no puedo decir que el país estuvo en una crisis, no señor. El Uruguay es un conjunto de sectores sociales, algunos tuvieron graves problemas, los obreros de Montevideo, por ejemplo, por la poca importación de productos. Como había guerra, había poca importación, y entraba muy poco dinero en la aduana. Pero a los ganaderos les fue estupendamente bien. El historiador económico no ve eso. ¡Ah!, bajó el producto bruto interno y se les produjo un descenso en no se qué cálculo logarítmico. No miran los testimonios de los ganaderos. Lo mismo pasó en la Segunda Guerra Mundial. Y también con la Guerra de Corea, del 50 al 53, donde el Uruguay se fue otra vez para arriba. Después de eso empezó el descenso. Yo creo que falló el plan de Luis Batlle para la industrialización. Éramos un país chico que no tenía la técnica ni los mercados exteriores suficientes. Entonces atendían el “mercadito” uruguayo con una industria que si no era subsidiada por el Estado, no caminaba.

—Y llegamos al día de hoy, con un Uruguay que sigue buscando su identidad productiva, pues no se conforma con ser solo ganadero. Un país donde las cosas importantes se discuten poco. En realidad… no se discute nada. Hay un escritor mexicano, Fabio Morábito, que evoca el término “trópico uruguayo”. Habla de “el país triste e intelectual” que quiso ser trópico, pero no llegó.

—Penetrante el mexicano.

—De origen italiano. Lo dice en su libro También Berlín se olvida. Entonces seguimos buscando esa identidad pero sin demasiada euforia, a ritmo uruguayo. Un amigo oceanógrafo se me quejaba de su elección vocacional, decía que en este país su carrera no tenía sentido. “Un país que tuvo la proteína libre vagando por el campo no necesitó mirar al mar para conseguir el sustento”.

—Claro, tiene toda la razón. Teníamos la proteína libre vagando por el campo. Entonces, ¿para qué iba a trabajar el gaucho? Le bastaba enlazar una vaca por ahí, y se acabó. Ahora, pasó mucho tiempo de eso. ¿Por qué no pudimos vencer ese concepto de la facilidad asociada al poco trabajo? Pasó un siglo y medio, y no pudimos dejar de creer que con poco trabajo igual se conseguía alimentación.

LA HORA DEL ALAMBRE.
—Hablando del gaucho, usted ha trabajado mucho sobre el alambramiento de los campos ocurrido en el siglo XIX. Un proceso paradójico que buscó proteger la propiedad mientras expulsó a la miseria a un montón de gente.

—Por la velocidad con que se hizo, se buscó antes que nada asegurar la propiedad, no mejorar la producción, ni hacer potreros o praderas. Ocurrió entre 1872 y 1882.

—Aunque había productores innovadores. ¿Qué pasó?

—Sí, sobre todo entre los estancieros extranjeros, hacendados ingleses, escoceses, o algún francés en el litoral. Fueron los que importaron animales finos para mejorar el ganado criollo, que solo daba un cuero grueso y sebo. Ellos sí empezaron a cambiar. Habían visto en Europa lo que rendía el ganado mejorado. Además Europa no aceptaba el tasajo. Entonces cuando llegan los estancieros ingleses —los Young, los Jackson, los Mac Entyre— comenzaron a producir un ganado más al gusto de lo que consumían los europeos. Pero los del litoral Este y Norte, brasileros en su mayoría, alambraron para cuidar sus tierras. En Artigas, Tacuarembó y Rivera buscaban que no les entrara más nadie, pero siguieron con la misma vaca. No tenían interés en mejorar el ganado. Para qué, si lo vendían igual.

—Es paradójico. Por un lado los estancieros ingleses, afincados aquí, lideraban la innovación. Por otro lado el capital inglés fue uno de los grandes frenos al reformismo batllista, como usted lo dejó claro junto a Barrán en Batlle, los estancieros y el Imperio Británico.

—Claro, pero eso fue responsabilidad del Estado, por la colocación de la deuda externa. Hay un par de artículos en mi último libro, Encuentro con la historia, que lo explican. No ponían grandes impuestos, los terratenientes no aceptaban una imposición fuerte sobre sus campos, y entonces, ¿qué era lo que podían gravar? La importación de artículos que consumía la clase media urbana, y también la clase obrera. Generaban ingresos importantes, pero los pagaban los sectores menos pudientes de la sociedad. Ocurría que esos ingresos por impuestos muchas veces no cubrían los gastos del Estado. No hay que olvidar que dos por tres había una revolución y tenían que hacerle frente con ejército, armas, animales. Entonces salen al exterior a buscar plata. De una dependencia solo económica pasamos a una dependencia económica y financiera. Con Barrán hicimos una cuenta: de cada cinco zafras laneras, una era para pagar al intermediario que se llevaba la lana a Europa y la vendía allá a cualquier precio. Si de cada cinco perdíamos una… era bravo para un país y para su Estado decir “tengo plata suficiente” y más cuando cada tanto se levantaba en armas fulano o zutano.

—¿De cuándo es ese cálculo de las cinco zafras?

—De fines del siglo XIX. Lo pudimos calcular porque había empresarios que hacían números, de ahí lo tomamos. Como no sabíamos nada de balances, fuimos a hablar con Faroppa, sin saber que era un gran personaje intelectual y gran persona. Le preguntamos si nos podía hacer el balance. “Sí muchachos, yo se los hago”. Los publicamos en Historia rural del Uruguay moderno hablando del ganadero que solo tenía ganado criollo, o del que empezó a darse cuenta que la oveja no competía con el vacuno, porque comía otro tipo de pasto, y la trajo pensando que “por lo menos da lana”. Al combinar la explotación ovina y vacuna dio un paso adelante. Y varios factores del exterior ayudaron a la expansión de la oveja. Cuando en Estados Unidos la Guerra de la Secesión liquidó la producción de algodón en 1860, 65, algodón que alimentaba la industria textil europea, entonces esas fábricas de Europa salieron al mundo a buscar una alternativa al algodón, un textil que les permitiera seguir trabajando. Lo encontraron en el Río de la Plata, en Australia y en Nueva Zelanda. Esa lana ayudó a mantener la vigencia de la explotación ganadera.

—Al mismo tiempo que la Guerra de Secesión, Uruguay participaba de la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay, un conflicto gigantesco, de escala similar al norteamericano. Trabajando sobre el tema el año pasado, de pronto me sorprendió un dato: que Uruguay exportaba la mitad de lo que exportaba toda la Argentina. Hoy la diferencia es mucho mayor. ¿Acaso esto no habla del fracaso de nuestro modelo productivo, y del éxito del centralismo porteño? Algo muy difícil de contestar.

—De entender y de contestar. Sí, es cierto. Lo que pasa es que Argentina es un país riquísimo, deslumbrante, que puede producir y alimentar a una cuarta parte del mundo, por lo menos.

—Creo que ellos tienen, incluso, otra cabeza, otro lugar en el mundo a la hora de producir.

—Sí, pero es un fenómeno reciente. Volviendo a lo que usted mencionó, cuando aquí vino el Presidente Roca de visita, en 1899, se quedó asombrado de la velocidad con que el Uruguay había alambrado, en diez años, las dos terceras partes de su territorio. A la Argentina eso le costó mucho más tiempo. Sí, los argentinos en aquella época corrían de atrás.

CONCIENCIA DE NACIÓN.
—Volvamos a la ausencia de identidad productiva que tiene el Uruguay.

—Más que ausencia, poca preocupación por tenerla. Ahora la cosa está cambiando un poco. El hecho de que hayan venido tantos productores de soja argentinos ha generado una transformación del agro uruguayo. Pero es algo que viene desde afuera del país. Esa revolución originada en la soja no la hicieron los estancieros uruguayos. El que lo hizo imitó a los extranjeros.

—Sabe que en los últimos años varios intelectuales extranjeros de peso, por ejemplo Cees Nooteboom, o el historiador norteamericano Thomas Whigham, me han planteado a bocajarro la siguiente pregunta: “¿Qué hacen, de qué viven, qué es el Uruguay?”

—Es una pregunta que debemos hacernos los uruguayos.

—Y que no hacemos.

—No. Dígame usted si ve alguna reacción ante el hecho que le mencioné, lo de las cifras de nacimientos y fallecimientos. ¿Alguien dijo algo? Yo no lo veo. Claro, es un problema que se va a plantear dentro de 30, 40, 50 años. Pero si somos conscientes de que ese problema está y se va a agravar, ¿por qué no hacemos nada? ¿No se puede hacer algo para superarlo? Es llamativo que eso ocurra en un país conformado, con una conciencia, que la tiene. Una conciencia de nación, orgullosa.

—En varios reportajes que le han hecho usted reitera una preocupación: “uno de mis temores es que la gente pierda la esperanza”.

—Sí, porque objetivamente el surgimiento del Frente Amplio en los 70 trajo una gran ilusión de cambio con un tinte social muy marcado. Y en estos años de gobierno del Frente Amplio sucedió algo que los historiadores sabíamos: que una cosa es un programa y otra cosa es aplicarlo. Le pasó a Batlle y Ordóñez. No es fácil superar la multitud de obstáculos que se presentan, incluso sociales. Son tantas las dificultades y los asuntos pendientes que hay gente que los votó que hoy está desilusionada. Hay buenas ideas, pero enfrentadas a graves problemas. Por ejemplo en la Educación, algo de extrema importancia para el presente y para el futuro. Han hecho congresos, miles de reuniones, y no se ha producido un cambio favorable importante. Estamos hablando de la educación de las generaciones futuras. Si los preparamos mal, hipotecamos el país. Y no los preparamos para el mundo tecnificado del futuro. Súper tecnificado, además, como va a ser dentro de 20, 30 años. No digo que no haya esfuerzos valederos, pero no se ven bien los frutos. Que pruebas PISA sí, que PISA no, que estamos mejor, que estamos peor.

—Sin preguntarnos cuál es nuestro lugar en el mundo.

—El lugar en el mundo lo va a dar la gente joven que va a dirigir el país en 20 años. Esa es otra cosa ante la cual deberíamos reaccionar. El Frente Amplio debería reaccionar. Un hombre de setenta y pico de años, por más brillante y capaz que sea, no puede dirigir un país. Por la energía que hace falta, hay que romperse el alma. No lo digo tanto por Tabaré Vázquez, lo digo por Mujica que no se murió de casualidad, cada gira que hacía era una tortura.

—A veces tengo la sensación de que, atrincherados detrás de varios discursos —gobierno versus oposición, progresistas versus conservadores, izquierda versus derecha, o blancos contra frentistas contra colorados— los uruguayos nos alejamos del otro. Le colgamos el estereotipo, y comenzamos un diálogo de sordos. Es una pena, porque no creo que falte inteligencia.

—Ni inteligencia ni buenas intenciones.

—¿Coraje?

—Realmente no lo sé. Me deja muy preocupado el futuro de mis nietos. Dónde van a trabajar, a dónde irán a perfeccionarse, o si estarán a la altura del resto del mundo, algo inevitable. ¿Por qué en Shanghai sacan los mejores puntajes en las pruebas de matemática? ¿Los de acá no saben multiplicar, restar, calcular? Hace cuarenta, cincuenta años, lo sabían. Está el tema del uso de la calculadora, y eso de que saber las tablas de multiplicar es cosa de viejos… no digo que no la usen, pero es importante que sepan que el futuro no pasa por el elemento mecánico, el futuro está en la cabeza. Creo que hay una cosa muy importante que está fallando en la Educación: falta vocación. La educación nunca dio dinero. El muchacho que entra al IPA o a magisterio, si busca plata, le erró. Se hubiera hecho abogado, escribano…

—La famosa frase de Reyes Abadie: “La enseñanza en el Uruguay no es gratuita, la pagamos los profesores”.

—Exacto. Un gran profesor, porque tenía vocación. Eso hoy no lo veo. Cae un chaparrón, y paro. En mi época, a no ser que uno estuviera muerto, tenía que ir a dar clase. Lo dictaba la propia conciencia. Usted sabía que a las ocho de la mañana habían ido treinta chiquilines a escuchar su clase, a aprender, a saber cómo desenvolverse en el mundo, a tomar iniciativas propias. Es decir, era una siembra. Pero para sentirlo así hace falta vocación.

—Vocación y pasión.

—Claro. Pero yo remarco la vocación porque creo que el verdadero docente es aquél que ayuda al otro a crecer, a descubrir un mundo de conocimientos, provocar su interés en ese mundo que lo va a satisfacer, lo va a formar. Pero olvídense de la plata. En la época de Varela al maestro rural le pagaban con dos gallinas por mes, siempre que existiera algún pobre peón rural al cual se le ocurriera mandar al nene a la escuela, que eran muy pocos. Pero eso era lo que pagaban. Si usted mira a lo largo del siglo XIX los presupuestos uruguayos, puede que le sobrara para la educación el 1%, o el 2% apenas. Claro, tenían que pagar la deuda externa y los costosos ejércitos. En eso se les iba el 50 o 60% del presupuesto. Poco quedaba para salud o para la educación.

—¿No ve posibilidades de cambio?

—Yo me encuentro medio pesimista. Veo gente haciendo mucho esfuerzo, pero está trabada por el corporativismo. Yo dije una vez, un poco en broma, que Marx nunca pensó que iba a existir un país donde la lucha de clases sería sustituida por la lucha de las corporaciones. Realmente lo veo, y me da lástima. Veo a los muchachos que dan clases hoy, y no los considero docentes. No es que no tengan derecho a vivir mejor y a tener un sueldo más digno. Claro que tienen derecho. Pero no a costa de sacrificar días y días en paros que al primero que perjudican es al chico. Pues esos días no los recupera más. O peor, dan el mal ejemplo, pues los chicos ven que pueden faltar al trabajo como si fuera cosa de apilar ladrillos, algo que se puede hacer hoy, mañana, pasado, da lo mismo.

—Como si esos chicos no fueran también sus hijos, los hijos de todos, el futuro.

—Eso habría que darse cuenta.

Un futuro posliberal

Un futuro posliberal
por Yuval Noah Harari

religion

El liberalismo es compatible con las diferencias socioeconómicas, pero considera que todas las personas tienen igual valor. ¿Podrá sobrevivir a la aparición de una élite de humanos mejorados científicamente?

Dos de las amenazas que tendrá el liberalismo en el siglo XXI son, en primer lugar, que los humanos perderán completamente su valor y, en segundo, que seguirán siendo valiosos colectivamente, pero perderán su autoridad individual, para ser gestionados por algoritmos externos. Eso significa que el sistema seguirá necesitándonos para que compongamos sinfonías, enseñemos historia o escribamos códigos informáticos, pero nos conocerá mejor que nosotros mismos, y por lo tanto tomará por nosotros la mayoría de las decisiones importantes, y nosotros estaremos encantados de que lo haga. No será necesariamente un mundo malo; sin embargo, será un mundo posliberal.

Hay, sin embargo, una tercera amenaza para el liberalismo en este siglo y es que algunas personas seguirán siendo a la vez indispensables e indescifrables, pero constituirán una élite reducida y privilegiada de humanos mejorados. Estos superhumanos gozarán de capacidades inauditas y de creatividad sin precedentes, lo que les permitirá seguir tomando muchas de las decisiones más importantes del mundo. Desempeñarán servicios cruciales para el sistema, mientras que el sistema no podrá entenderlos ni gestionarlos. Sin embargo, la mayoría de los humanos no serán mejorados, y en consecuencia se convertirán en una casta inferior, dominada tanto por los algoritmos informáticos como por los nuevos superhumanos.

Dividir a la humanidad en castas biológicas destruirá los cimientos de la ideología liberal. El liberalismo puede coexistir con brechas socioeconómicas. En realidad, puesto que favorece la libertad más que la igualdad, da por sentadas dichas brechas. Sin embargo, el liberalismo todavía presupone que todos los seres humanos tienen igual valor e igual autoridad. Desde una perspectiva liberal, es perfectamente correcto que una persona sea multimillonaria y viva en un castillo lujoso y que otra sea campesina, pobre y viva en una choza de paja. Porque, según el liberalismo, las experiencias únicas del campesino siguen siendo tan valiosas como las del multimillonario. Esta es la razón por la que los autores liberales escriben extensas novelas sobre las experiencias de los campesinos pobres… y por la que incluso los multimillonarios leen ávidamente esos libros. Si el lector va a Broadway o al Covent Garden a ver Los miserables, descubrirá que los mejores asientos cuestan centenares de dólares, y que la suma de la riqueza del público probablemente alcance miles de millones, pero que, aun así, empatiza con Jean Valjean, que cumplió diecinueve años de cárcel por robar una hogaza de pan para dar de comer a su sobrino hambriento.

La misma lógica opera el día de las elecciones, cuando el voto del campesino pobre vale exactamente lo mismo que el del multimillonario. La solución liberal a la desigualdad social es conceder el mismo valor a las diferentes experiencias humanas, en lugar de crear las mismas experiencias para todos. Sin embargo, ¿cuál será la suerte de esta solución cuando ricos y pobres estén separados no solo por la riqueza, sino también por brechas biológicas reales?

En un artículo publicado en The New York Times, Angelina Jolie se refería a los elevados costos de las pruebas genéticas. Hoy en día, la prueba que Jolie se hizo cuesta tres mil dólares (lo que no incluye el precio de la mastectomía, de la cirugía reconstructiva y de los tratamientos asociados). Esto en un mundo en que mil millones de personas ganan menos de un dólar al día, y otros mil quinientos millones, entre uno y dos dólares diarios. Aunque trabajen con ahínco toda la vida, nunca podrán costearse una prueba genética de tres mil dólares. Y las brechas económicas no hacen más que ensancharse. A principios de 2016, las 62 personas más ricas del mundo tenían tanto dinero ¡como los 3,600 millones de personas más pobres! Puesto que la población mundial es de alrededor de 7,200 millones de personas, ello significa que estos 62 multimillonarios acumulan en conjunto tanta riqueza como toda la mitad inferior de la humanidad.

Es probable que el costo de las pruebas de ADN se reduzca con el tiempo, pero con regularidad aparecen procedimientos nuevos y caros. De ese modo, mientras que los tratamientos antiguos se pondrán gradualmente al alcance de las masas, las élites se encontrarán siempre un par de pasos por delante. A lo largo de la historia, los ricos han gozado de muchas ventajas sociales y políticas, pero nunca había habido una enorme brecha biológica que los separara de los pobres. Los aristócratas medievales afirmaban que por sus venas corría sangre azul superior y los brahmanes hindúes insistían en que eran naturalmente más listos que nadie, pero esto era pura ficción. Sin embargo, en el futuro podríamos ver cómo se abren brechas reales en las capacidades físicas y cognitivas entre una clase superior mejorada y el resto de la sociedad.

Cuando se les plantea esta situación hipotética, la respuesta estándar de los científicos es que también en el siglo XX muchos adelantos médicos empezaron con los ricos, pero que al final beneficiaron a toda la población y contribuyeron a reducir y no a ampliar las brechas sociales. Por ejemplo, al principio, las clases superiores de los países occidentales sacaron provecho de vacunas y antibióticos, pero en la actualidad estos mejoran la vida de todos los humanos en cualquier parte.

Sin embargo, la posibilidad de que este proceso se repita en el siglo XXI podría ser solo una ilusión, por dos razones importantes. Primera: la medicina del siglo XX aspiraba a curar a los enfermos. La medicina del siglo XXI aspira cada vez más a mejorar a los sanos. Curar a los enfermos fue un proyecto humanitario, porque daba por hecho que existe un estándar normativo de salud física y mental que todos pueden y deben disfrutar. Si alguien caía por debajo de la norma, era tarea de los médicos resolver el problema y ayudarlo a “ser como todo el mundo”. En cambio, mejorar a los sanos es un proyecto elitista, porque rechaza la idea de un estándar universal aplicable a todos, y pretende conceder a algunos individuos ventajas sobre los demás. La gente quiere una memoria superior, una inteligencia por encima de la media y capacidades sexuales de primera. Si alguna forma de mejora resulta tan barata y común que todos puedan disfrutarla, esta se considerará simplemente el nuevo umbral de base que la siguiente generación de tratamientos se esforzará en sobrepasar.

Segunda: la medicina del siglo XX benefició a las masas porque el siglo XX fue la época de las masas. Los ejércitos del siglo XX necesitaban millones de soldados sanos y la economía necesitaba millones de trabajadores sanos. En consecuencia, los Estados establecieron servicios de salud pública para asegurar la salud y el vigor de todos. Nuestros mayores logros médicos fueron los servicios de higiene masivos, las campañas de vacunación masivas y la superación masiva de las epidemias. La élite japonesa de 1914 tenía un interés particular en vacunar a los pobres y en construir hospitales y sistemas de alcantarillado en los barrios humildes porque, si querían que Japón fuera una nación fuerte con un ejército fuerte y una economía fuerte, necesitaban muchos millones de soldados y obreros sanos.

Pero la época de masas podría haber terminado, y con ella la época de la medicina de masas. En el momento en que los soldados y obreros humanos dejen paso a los algoritmos, al menos algunas élites podrían llegar a la conclusión de que no tiene sentido proporcionar condiciones mejoradas o incluso estándares de salud para las masas de gente pobre e inútil, y que es mucho más sensato centrarse en mejorar más allá de la norma a un puñado de superhumanos.

En la actualidad, la tasa de natalidad ya está cayendo en países tecnológicamente avanzados como Japón y Corea del Sur, donde se realizan esfuerzos prodigiosos en la crianza y la educación de cada vez menos niños, de los que se espera cada vez más. ¿Cómo pueden esperar grandes países en vías de desarrollo como la India, Brasil o Nigeria competir con Japón? Estos países podrían equipararse a un largo tren. Las élites de los vagones de primera clase gozan de servicios de salud, educación y niveles de ingresos equiparables a los de los países más desarrollados del mundo. Sin embargo, los centenares de millones de ciudadanos de a pie que atestan los vagones de tercera clase siguen padeciendo enfermedades muy extendidas, ignorancia y pobreza. ¿Qué preferirán hacer las élites indias, brasileñas y nigerianas en el próximo siglo: invertir en resolver los problemas de centenares de millones de pobres o en mejorar a unos cuantos millones de ricos? A diferencia de lo que ocurría en el siglo XX, cuando la élite tenía interés en resolver los problemas de los pobres porque eran vitales desde el punto de vista militar y económico, en el siglo XXI la estrategia más eficiente (y, no obstante, despiadada) podría ser desenganchar los inútiles vagones de tercera clase y acelerar solo con los de primera. Para competir con Japón, Brasil necesitará mucho más a un puñado de superhumanos mejorados que a millones de trabajadores de a pie sanos.

¿Cómo pueden las creencias liberales sobrevivir a la aparición de superhumanos con capacidades físicas, emocionales e intelectuales excepcionales? ¿Qué ocurriría si resulta que esos superhumanos tienen experiencias fundamentalmente diferentes de las de los sapiens normales? ¿Qué ocurrirá si a los superhumanos les aburren las novelas sobre las experiencias de humildes ladrones humanos, mientras que los humanos normales y corrientes encuentran ininteligibles los culebrones sobre los amoríos de los superhumanos?

Los grandes proyectos humanos del siglo XX (superar el hambre, la peste y la guerra) pretendían salvaguardar una norma universal de abundancia, salud y paz para toda la gente, sin excepción. Los nuevos proyectos del siglo XXI (alcanzar la inmortalidad, la felicidad y la divinidad) también esperan servir a toda la humanidad. Sin embargo, debido a que estos proyectos aspiran a sobrepasar la norma, no a salvaguardarla, bien podrían derivar en la creación de una nueva casta superhumana que abandone sus raíces liberales y trate a los humanos normales no mejor que los europeos del siglo xix trataron a los africanos.

Si los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos dividen a la humanidad en una masa de humanos inútiles y una pequeña élite de superhumanos mejorados o si la autoridad se transfiere completamente a algoritmos muy inteligentes, el liberalismo se hundirá. ¿Qué nuevas religiones o ideologías podrían llenar el vacío resultante y guiar la evolución subsiguiente de nuestros descendientes casi divinos? ~

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Traducción del inglés de Joandomènec Ros.

Este es un fragmento de Homo deus.

Congo: el país maldito por su riqueza

El país maldito por su riqueza
Dan Snow
Historiador.

En la imagen: Ronald Reagan saludando al sanguinario dictador Mobutu
religion

El conflicto más sangriento del mundo desde la Segunda Guerra Mundial sigue retumbando.
Una guerra en la que más de cinco millones de personas han muerto, millones más quedado al borde de la inanición y víctimas de enfermedades y en la que millones de mujeres y niñas han sido violadas.
La Segunda Guerra del Congo, llamada también Gran Guerra de África, que ha succionado soldados y civiles de nueve países e innumerables grupos rebeldes armados, se ha peleado casi enteramente dentro de las fronteras de este desafortunado país.

Muchas de las operaciones mineras del país se conectan con las aguas del imponente río Congo.
Es un lugar aparentemente bendecido con toda clase de minerales, pero siempre queda abajo en el índice de desarrollo humano de Naciones Unidas, pues hasta los más afortunados viven en pobreza extrema.
La República Democrática del Congo es potencialmente uno de los países más ricos de la Tierra, pero el colonialismo, la esclavitud y la corrupción lo condenaron a ser uno de los más pobres.
Allí estuve este verano para descubrir en el pasado de este país qué lo llevó a semejante violencia y anarquía.
Del imperio a la esclavitud
Recorrer el abusivo pasado del Congo mientras viajaba por su presente desgarrado por la guerra, fue la experiencia más perturbadora de mi carrera.
Conocí a víctimas de violaciones, rebeldes, políticos inflados y ciudadanos asustados en un país que dejó de funcionar: gente que lucha por sobrevivir en un lugar maldito por un pasado que desafía la descripción, una historia que no los libera de su apretón mortal.
El presente apocalíptico de Congo es producto directo de decisiones y acciones tomadas en los últimos cinco siglos.
A fines del siglo XV, un imperio conocido como el Reino del Congo dominaba la porción occidental del país y pedazos de otros estados modernos como Angola.
Era sofisticado, tenía su propia aristocracia y una impresionante administración pública.
Cuando los mercaderes portugueses llegaron en la década de 1480, se dieron cuenta que era una tierra de una inmensa riqueza natural, rica en recursos, particularmente en carne humana.
Mapa de RD Congo
Congo era una fuente aparentemente inagotable de esclavos fuertes y resistentes a enfermedades. Los portugueses descubrieron rápidamente que esa “mercancía” sería más fácil de explotar si el interior del continente permanecía en la anarquía.
Hicieron lo posible por destruir cualquier fuerza política indígena capaz de cercenar sus intereses esclavistas o mercantiles.
Enviaron dinero y armas modernas a rebeldes, derrotaron a ejércitos congoleses, asesinaron reyes, masacraron élites y estimularon la secesión.
Para los años 1600, el otrora poderoso reino se había desintegrado en una anarquía acéfala de miniestados atrapados en guerras civiles endémicas. Los esclavos, víctimas de estos conflictos, huían a la costa y desde donde se los llevaban a América.
Unas cuatro millones de personas fueron embarcadas a la fuerza en la desembocadura del río Congo. Los buques ingleses estaban en el centro de este comercio. Las ciudades y los mercaderes británicos se hicieron ricos gracias a los recursos que los congoleses jamás verían.
Este primer encuentro con los europeos marcó el resto de la historia de Congo.
Las expediciones de Stanley facilitaron la explotación de Congo por el rey Leopoldo.

El desarrollo ha sido sofocado, el gobierno ha sido débil y el estado de derecho, inexistente. Eso no se debe a una falla innata de los congoleses. A los poderosos les convenía destruir, suprimir e impedir cualquier gobierno fuerte, estable y legítimo.
Eso interferiría -como han amenazado los congoleses en algunas ocasiones- con la fácil extracción de los recursos nacionales. Congo vive bajo la maldición de su riqueza natural.
Es un país enorme, del tamaño de Europa occidental.
Soldado en Kibati cerca a Goma, con el volcán Nyiragongo al fondo
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República Democrática del Congo es un estado fallido, condenado desde la llegada de los europeos.
El agua interminable del segundo río más largo del mundo, el Congo, un clima benigno y un suelo rico y fértil, debajo del que hay abundantes depósitos de cobre, oro, diamantes, cobalto, uranio, coltán y petróleo, para mencionar sólo algunos de los minerales que deberían hacerlo uno de los países más ricos del mundo.
En cambio, es uno de los más desahuciados.
Al interior de Congo llegó a fines del siglo XIX un explorador nacido en Reino Unido, Henry Morton Stanley, cuyo sueño era establecer asociaciones de libre comercio con las comunidades que iba conociendo. Pero estos fueron destrozados por el infame rey de Bélgica, Leopoldo, quien creó un vasto imperio privado.
El suministro más grande de caucho fue encontrado justo cuando se había vuelto una materia prima indispensable en Occidente, en virtud de las llantas de bicicletas y autos, así como el aislamiento eléctrico.

La locura por las bicicletas en la Inglaterra victoriana fue facilitada por el caucho congolés recogido por los esclavos.
Hombres congoleses eran acorralados por la brutal fuerza de seguridad belga, sus esposas internadas como garantía y maltratadas durante su cautiverio. Los hombres eran forzados a la selva a cosechar el caucho.
La desobediencia o resistencia era castigada inmediatamente con azotes, amputación de manos y muerte. Millones perecieron.
Los líderes tribales capaces de resistir eran asesinados, la sociedad fue diezmada y se les negaba la educación.
Se creó un régimen rapaz y bárbaro de una élite belga sin el mínimo interés en desarrollar el país o su población… y ha perdurado.
Supuestamente para acabar con la brutalidad, Bélgica se anexó el Congo, pero los problemas en su excolonia persistieron.
La minería floreció, los trabajadores sufrían en condiciones deplorables, produciendo los materiales que alimentaron la producción industrial en Europe y Estados Unidos.
En la Primera Guerra Mundial, los hombres dieron la vida, pero fueron los minerales de Congo fueron los que los mataron.
Las cubiertas de bronce de los proyectiles aliados disparados en Passchendaele y Somme eran 75% de cobre congolés.
En la Segunda Guerra Mundial, el uranio de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki provenían de una mina en el sureste de Congo.
Las libertades occidentales eran defendidas con recursos de Congo, mientras a los negros congoleses se les negaba el derecho al voto, a formar sindicatos o asociaciones políticas. Se les negaba todo, más allá de una educación básica.
Se les mantenía en un nivel infantil de desarrollo que convenía a gobernantes y dueños de minas, pero garantizaba que cuando llegara la independencia no hubiera una élite nativa que condujera al país.
Por eso la independencia en 1960 fue predeciblemente desastrosa.
Independencia, Mobutu y Kabila
Fragmentos del inmenso país intentaron separarse inmediatamente, el ejército se amotinó contra sus oficiales belgas y en pocas semanas la élite belga que gobernaba evacuó el estado, dejando a nadie con capacidad para manejar el gobierno o la economía.
De 5.000 empleos gubernamentales antes de la independencia, apenas tres eran de congoleses y no había ningún abogado, doctor, economista o ingeniero congolés.
El caos amenazaba con apoderarse de la región. Las superpotencias de la Guerra Fría entraron para disputarse el terreno.
Atrapado entre estas rivalidades, el líder congoleño Patrice Lumumba fue horriblemente golpeado y ejecutado por rebeldes con apoyo occidental. Un hombre fuerte del ejército, Joseph-Desire Mobutu, que fue sargento de la policía colonial, se hizo cargo.

Mobutu fue cortejado por Occidente durante décadas.
Mobutu se convirtió en tirano. En 1972 se cambió el nombre a Mobutu Sese Seko Nkuku Ngbendu Wa Za Banga, que significa “el guerrero todopoderoso que, gracias a su resistencia e inflexible voluntad para ganar, va de conquista a conquista, dejando un rastro de fuego”.
Occidente lo toleró mientras los minerales fluyeran y Congo se mantuviera fuera de la órbita soviética.
Él, su familia y amigos desangraron al país de millones de dólares, construyeron un palacio de US$100 millones en la selva más remota de Gbadolite, una larguísima pista de aterrizaje a su lado, diseñada para el Concorde, que era fletado para ir de compras a París.
Los disidentes eran torturados o comprados, los ministros robaban presupuestos enteros, el gobierno era atrofiado. Occidente le permitía a su gobierno que pidiera millones de dólares prestados, que luego eran robados. Hoy es Congo el que debe pagar la cuenta.
En 1997, una alianza de países vecinos, encabezada por Ruanda -furiosa porque Congo le daba refugio a muchos de los responsables del genocidio de 1994- invadió para deshacerse de Mobutu.
Un exiliado congoleño, Laurent Kabila, fue reclutado en África oriental para actuar como líder. El ejército de Mobutu, sin dinero, implosionó. Sus líderes, compinches incompetentes del presidente, abandonaron a sus hombres en una alocada carrera para escapar.
Mobutu salió una vez más de su Versalles selvático, en su avión cargado de objetos valiosos, mientras sus propios soldados le disparaban.
Ruanda había conquistado a su inmenso vecino con una facilidad espectacular. Sin embargo, una vez instalado, Kabila, el títere de Ruanda, se negó a cumplir órdenes.
Ruanda volvió a invadir, pero esta vez fue detenida por sus antiguos aliados que se pelearon entre ellos y arrastraron a Congo a una guerra terrible.
Caos interminable
Ejércitos extranjeros se enfrentaron en lo profundo de Congo mientras el frágil estado colapsaba totalmente y la anarquía reinaba.
Cientos de grupos armados cometieron atrocidades, millones murieron.
Las diferencias étnicas y lingüísticas atizaban la ferocidad de la violencia, mientras el control de la impresionante riqueza natural de Congo añadía una terrible urgencia a la lucha.
Niños soldados reclutados a la fuerza acorralaban ejércitos de esclavos para que extrajeran minerales como coltán, componente clave de teléfonos celulares, la última obsesión del mundo desarrollado, mientras aniquilaban a comunidades enemigas, violando a las mujeres y forzando a los sobrevivientes hacia la jungla donde morían de inanición y enfermedades.

Una paz profundamente fallida y parcial fue fabricada hace una década. En el este de Congo, hay una nueva guerra, una compleja red de rivalidades internas e internacionales con grupos rebeldes enfrentados al ejército y la ONU, mientras pequeñas milicias comunitarias contribuyen a la inestabilidad general.
El país ha colapsado, las carreteras ya no unen a las principales ciudades, el cuidado de la salud depende de la ayuda y la caridad. El nuevo régimen es tan miserable como sus predecesores.
Me subí a uno de esos trenes cargados de cobre que van directamente de minas de propiedad extranjera a la frontera y de ahí al Lejano Oriente, cruzando por barrios marginales de congoleños desplazados y empobrecidos.
Los portugueses, los belgas, Mobutu y el actual gobierno asfixiaron deliberadamente el desarrollo de un Estado, ejército, poder judicial y sistema educativo fuertes, porque interfiere con su misión primaria: hacer dinero de lo que hay bajo la tierra.
Los millones de dolares que esos minerales generan no han llevado más que miseria y muerte a la gente que vive encima, mientras se enriquecía una élite microscópica en Congo y sus patrocinadores extranjeros, y sustentando nuestra revolución tecnológica en el mundo desarrollado.
Congo es una tierra lejana, aunque nuestras historias están íntimamente entrelazadas. Hemos prosperado gracias a una relación asimétrica, pero estamos totalmente ciegos a ella. El precio de esa miopía ha sido el sufrimiento humano a una escala inimaginable.

Preguntas que Dan Snow contestó en Twitter

¿Te sentiste realmente en peligro?
Había disparos cuando estábamos en la línea del frente, pero la peor amenaza eran las terribles carreteras y los malos vehículos.
¿Por qué volver al Siglo XVI e ignorar el devastador papel de los movimientos revolutionarios en la desestabilización de Congo en los últimos 50 años?
Tratamos de hacer ambos. Los problemas del pasado reciente son hijos de la historia más distante.
¿Por qué las naciones occidentales no han mostrado más interés en estabilizar al país, considerando su riqueza mineral?
Lamentablemente, creo que los líderes piensan que es un problema masivo e insoluble que no entiende, en una tierra lejana.
¿Cómo ves a estos países saliendo de esta situación?
Ruanda logró con éxito reducir su pobreza y desarrollar su infraestructura. Hace falta un liderazgo totalmente diferente.
Visité la República Democrática del Congo en 2012. ¿Por qué la gente es tan inconsciente del impacto negativo de los europeos occidentales (y ahora también los chinos)?
Es un punto ciego para nosotros. No sé por qué. Quizás no nos gusta morar en nuestros fracasos.
¿Que aconseja a empresas que quieran invertir en el país? Tener impecables contactos políticos locales, o no tratar.
¿Cree que la guerra en Congo es el obstáculo a la pobre utilización de los recursos naturales del país?
Los señores de la guerra controlan el acceso a los recursos y las mineras más grandes y responsables no se arriesgan a invertir.
¿Es la pobreza en un país tan rico causada por líderes congoleños avaros o potencias postcoloniales?
La nacionalidad de los gobernantes no ha importado mucho, todos se han comportado igual. La riqueza potencial los ha corrompido a todos.
¿Cuán difíicil fue viajar a través de la República Democrática del Congo?
Exceptionalmente difícil. Carreteras colapsadas, los bandidos mandan en la noche, no hay caminos entre las ciudades importantes.
¿Cómo podemos ayudar al pueblo congoleño a beneficiarse de sus propios recursos naturales?
Podemos presionar a los jugadores internacionales en la industria de la extracción de recursos para que sean más transparentes.
Si tuvieras que escoger una sola cosa para cambiar en Congo, ¿qué sería?
El estado de derecho. La gente necesita protección cuando se violan sus derechos, para comenzar negocios y para saber a dónde va el dinero.