Mariana D.: El repudio de una hija a un padre genocida.

Fuente:
http://www.revistaanfibia.com/cronica/marche-contra-mi-padre-genocida/

Mariana D. se cambió el apellido hace un año. Es la hija del represor Miguel Etchecolatz. El 10 de mayo marchó a Plaza de Mayo. Como las 500 mil personas que se movilizaron en Buenos Aires contra el 2×1, como millones de argentinos, quiere que su padre cumpla la condena en la cárcel. “Es un ser infame, no un loco. Un narcisista malvado sin escrúpulos”, dice ella, que padeció la violencia de Etchecolatz en su propia casa.

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La hija de Miguel Etchecolatz camina por Avenida de Mayo y Perú buscando a sus dos amigas. No agita el pañuelo blanco ni salta con los cánticos. Podría ser cualquier mujer de las miles que asisten a la marcha contra el 2×1. Salvo sus amigas, ninguna de las 500 mil personas que se amontonan en la Plaza de Mayo y alrededores y gritan “como a los nazis les va a pasar, adonde vayan los iremos a buscar” saben que esa mujer anónima es hija de uno de los hombres más conocidos de la represión. Se llama Mariana D. Hace un año se cambió el apellido.

Mariana lloró cuando se conoció el fallo de la Corte que otorgó el 2×1 al represor Luis Muiña. Horas después del fallo de la Corte, Etchecolatz, condenado seis veces por delitos de lesa humanidad, pidió el beneficio del 2×1. Como los que marcharon el 10 de mayo, como millones de argentinos, quiere que los genocidas condenados mueran en la cárcel. Que su padre, el excomisario Miguel Osvaldo Etchecolatz, muera en la cárcel. Mariana D. fue por primera vez a una marcha por los derechos humanos. Nunca se animó a ir a Plaza de Mayo los 24 de marzo. Por miedo a ser rechazada. Por miedo a no poder soportar el dolor en vivo y en directo. Pero ahora está allí por primera vez para decir que ella, también, desea verlos morir en la cárcel.

Etchecolatz era una presencia fantasmagórica en su casa de Avellaneda. Mariana y sus hermanos varones J .M. y F. M. solo lo veían los fines de semana. De lunes a viernes, el padre conducía el aparato represivo de la ciudad de La Plata y alrededores. Daba órdenes para secuestrar personas, torturarlas, asesinarlas. Los sábados y domingos Etchecolatz casi no hablaba. Se la pasaba echado en una cama mirando televisión. Cada tanto emitía un silbido: había que llevarle rápido un vaso de agua mineral fresca con gas. Si algo no le gustaba, Etchecolatz les pegaba unos bifes con la palma abierta a sus hijos.

Mariana supo de grande que su madre intentó varias veces escaparse con ella y sus dos hermanos. Lo planeó varias veces. Etchecolatz se dio cuenta y la amenazó: “Si te vas te pego un tiro a vos y a los chicos”.

A las siete de la tarde del 10 de mayo, a unas cuadras de la Plaza de Mayo, Mariana D., rubia, de estatura media, se mueve con la misma soltura con la que da clases en una universidad privada. Viste zapatillas y campera negra. Y cada vez que pide permiso para avanzar entre la multitud, sonríe. Alguien grita “un médico, por favor, un médico”. Los cuerpos se aprietan unos con otros. Es imposible llegar a la Plaza. Mariana se marea por la oleada de gente, se toma de los brazos de sus amigas, hasta que logra sacarse las zapatillas y treparse a la baranda de una parada de subte. Desde ahí, mira: las banderas de CTERA por la defensa de la educación pública, las del Partido Obrero, la de La Cámpora, los carteles con las caras de los desaparecidos.

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“Debiendo verme confrontada en mi historia casi constantemente y no por propia elección al linde y al deslinde que diferentes personas, con ideas contrarias o no a su accionar horroroso y siniestro pudieran hacer sobre mi persona, como si fuese yo un apéndice de mi padre, y no un sujeto único, autónomo e irrepetible, descentrándome de mi verdadera posición, que es palmariamente contraria a la de ese progenitor y sus acciones (…) Permanentemente cuestionada y habiendo sufrido innumerables dificultades a causa de acarrear el apellido que solicito sea suprimido, resulta su historia repugnante a la suscripta, sinónimo de horror, vergüenza y dolor. No hay ni ha habido nada que nos una, y he decidido con esta solicitud ponerle punto final al gran peso que para mí significa arrastrar un apellido teñido de sangre y horror, ajeno a la constitución de mi persona. Pero además de lo expuesto, mi ideología y mis conductas fueron y son absoluta y decididamente opuestas a las suyas, no existiendo el más mínimo grado de coincidencia con el susodicho. Porque nada emparenta mi ser a este genocida”.

Argumentos personales en la solicitud del cambio de apellido de Mariana Etchecolatz a Mariana D, mujer nacida el 12 de agosto de 1970 en Avellaneda. Texto presentado en noviembre de 2014 en un juzgado de Familia de Capital Federal.

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—¿Cuánto escuchaste por primera vez lo que había hecho tu padre?
—De joven. Fue muy difícil, porque vivíamos en una burbuja, sometidos y desinformados. Aparentábamos lo que no éramos. Las personas que nos rodeaban decían “qué capo es tu viejo”. No había quienes nos dijeran “mirá este hijo de puta lo que hizo”. Una vez que escuché un testimonio en un juicio ya no me hizo falta nada más. Hasta hoy me da aberración.

Mariana es psicoanalista y en el consultorio a veces escucha a pacientes con problemas de sueño. Es ella, esta vez, la que no puede dormir después de la marcha. En su departamento, donde vive con su pareja Nicolás y tres perros que encontró en la calle, hace zapping y pone una película del Rey Lear. Dice que por el cambio de apellido siente una “reparación”, pero que sigue preocupada por “este gobierno de derecha que avanza contra los derechos del pueblo”.

El día que el correo le envió el nuevo documento y abrió el sobre, se desesperó. Seguía teniendo el apellido Etchecolatz. “Fue un error administrativo, así que lo tuve que hacer de vuelta. Mirá lo que me costó borrarme ese estigma”.

—¿Qué sentís con tu nueva identidad?
—Siento calma, perdí el miedo y adquirí la madurez necesaria. Lo de la marcha fue conmovedor. Hay que tener la memoria despierta. Me siento acompañada porque somos millones.

—¿Y cómo lo viven tus otros hermanos y tu mamá?
—Todos nos liberamos de Etchecolatz después de que cayó preso por primera vez, allá por 1984. Vivíamos en Brasil porque era jefe de seguridad de los Bunge y Born, y regresó pensando que era un trámite, como si la Justicia no le llegara a los talones. Al principio lo visitábamos, pero después mi madre, María Cristina, pudo decirle en la cara que íbamos a dejar de verlo. Ella siempre nos protegió de ese monstruo, si no hubiera sido por su amor, no podríamos haber hecho una vida. Y mis hermanos J.M. y F.M. se fueron a vivir lejos de Buenos Aires, cada uno hizo su familia, ahora somos muy unidos. Mi mamá se casó con un hombre que ama, y está en el exterior. Nadie llegó a lo que yo llegué, pero me apoyan.

—¿Para vos tu padre era un monstruo? ¿Lo viviste así?
—Su sola presencia infundía terror. Al monstruo lo conocimos desde chicos, no es que fue un papá dulce y luego se convirtió. Vivimos muchos años conociendo el horror. Y ya en la adolescencia duplicado, el de adentro y el de afuera. Por eso es que nosotros también fuimos víctimas. Ser la hija de este genocida me puso muchas trabas.
—¿Cómo cuáles?
—Portar un apellido así es como que te obliga a sostener lo que hizo, y eso no se lo permito más. Aparte, nunca existió un vínculo real con él. Me produjo inconmensurables angustias, huellas de traumas infantiles, a eso se le suma lo que todos nos fuimos enterando sobre su rol criminal en el terrorismo de Estado. Fue la encarnación del mal en todos los ámbitos.

—¿Nunca fue afectuoso con ustedes?
—No. Etchecolatz hizo todo lo que un padre no hace. Era un ser invisible, que usaba la violencia y no se le podía decir nada. Aparentaba tener una familia, pero nos tenía asco y era encantador con los de afuera. Vivíamos arrastrados por él, mudanzas todo el tiempo, sin lazos, sin amigos, sin pertenencias. Una realidad cercenada. Nos cagó la vida. Pero nos pudimos reconstruir.
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Hay algo que Mariana no se explicará jamás: cómo un hombre criado en el campo, en la pampa húmeda bonaerense, de familia honesta y humilde, llegó a convertirse, con una instrucción básica y rudimentaria, en uno de los ejecutores más fríos y eficientes de la maquinaria del terror. A los 13 años entró a la Escuela Vucetich y, tiempo después, se ganó la confianza de Ramón Camps, jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires.

La charla transcurre en el living de su casa. A pocos metros, en una biblioteca hay libros de Zygmunt Bauman, Julio Cortázar, Noam Chomsky, Juan José Hernández Arregui y Edgar Allan Poe.

A Mariana le interesa destacar la figura de su madre, a la que considera una víctima de violencia de género. Etchecolatz le llevaba veinte años. Se conocieron cuando ella fue a hacer una denuncia a la comisaría de Avellaneda. “Se enamoró de una imagen. Luego él la empezó a golpear, ascendió rápidamente en la policía y mi mamá hizo lo que pudo. Se resistió pero era como luchar sola contra toda una fuerza policial. Y cuando cortamos relación con él, empezamos de cero, mi mamá nunca había trabajado y vivimos con lo justo, pero con un alivio descomunal”, dice. Y llora.

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La primera infancia fue feliz. Mariana D. vivió en la casa de los abuelos maternos, en Avellaneda. Les decían “El Perón y la Perona”, por su simpatía con el movimiento peronista. La abuela hacía asados en el patio. Su madre era hija única y disfrutaban de la visita de amigos músicos, se ponían a cantar tangos, a escuchar ópera. Unos tíos abuelos los alzaban y les compraban facturas.

—Eran laburantes, del interior de Buenos Aires. Por su cargo de jefe, Etchecolatz ya vivía poco con nosotros. Mis abuelos no lo querían. Lo llamaban el “mal bicho”.

Mariana nunca reconocerá a Miguel Etchecolatz con la palabra padre o papá. Lo llamará siempre por el apellido.

A los ocho años se fueron a vivir a La Plata. Y empezó el infierno. Jamás pudo completar más de un año en un mismo colegio. A ella y a sus hermanos los cambiaban “por seguridad”. No pudo hacer amigos. Se relacionaban con los hijos de otros represores conocidos, como el ex médico Jorge Antonio Bergés y el mismo Camps, que fue padrino de F.M., el hijo más chico de Etchecolatz.

El bautismo de F.M. lo hicieron en la residencia oficial del máximo jefe de la fuerza, una mansión en La Plata. La familia Etchecolatz viajó en cinco autos “por seguridad”. Había custodia de refuerzo. Se desató tormenta fuerte. Miguel Etchecolatz estaba atento a un handy. Le llamaban “Dorotea Inés”, apodo que combinaba las letras de su cargo como director de la Dirección de Investigaciones.

—Dorotea Inés, Dorotea Inés, hubo un accidente —gritó entonces un custodio. Un custodio suyo se había disparado un arma automática, tras pasar un badén. Etchecolatz bajó de su auto, constató la muerte de su subordinado y siguió como si nada hubiera ocurrido. El bautismo siguió con total normalidad.

—Nunca lo vi sufrir. Ni siquiera cuando una vez le pusieron una bomba en la jefatura de policía y le habían roto el oído. En el hospital seguía dando órdenes como un autómata. Los hijos de Bergés o de Camps al menos recibieron algo de amor, nosotros, nada —dice Mariana.

—¿Nada lo conmovía?
—Lo religioso. Se persignaba dándoles besos a las estampitas. Él se consideraba por debajo de Dios pero por encima de los mortales. Con mi hermano J.M. decíamos que cuando rezaba se estaba comiendo los santos.

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La segunda infancia fue la de vivir con custodios que hacían de niñeras cama adentro en un edificio blindado de tres pisos de calle 62 y 11, en La Plata. No podían dormir en paz. Ciertas madrugadas estallaban disparos y su madre les tapaba los oídos con mantas y colchones. De día los llevaban de paseo por la Escuela Vucetich y por el Tiro Federal. Etchecolatz pernoctaba en el destacamento policial.

—Lo veíamos en fiestas oficiales, en desfiles. Con nosotros infundió el mismo miedo y respeto que con sus subordinados.

Los sábados y domingos, cuando Etchecolatz se aparecía por el edificio de 62 y 11, Mariana y J.M. se escondían en un placard. Apenas escuchaban la voz metálica, los niños temblaban esperando un arranque de furia contra ellos o su madre. Nunca miró sus cuadernos de colegio, nunca jugó con ellos, nunca una caricia.

Cuando dejaba el edificio, Mariana y sus hermanos se ponían a rezar. Para que nunca jamás volviera. “Que por favor se muera”, pensaba ella, entonces.

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Una vez, recuerda Mariana, la llevó a ver una película. Fue una de las pocas salidas juntos. Mariana era la hija contestataria. “Mirá lo que me hacés hacerte”, le decía su padre cuando la castigaba. Movía la mandíbula y las manos, preparaba la escena con frases como “Mmm…vida” o “Marianita, Marianita”, como advirtiendo una futura paliza. Luego de golpear con la palma abierta, pedía perdón. Era flaco, alto, de espalda pequeña y tenía tanta fuerza que un día partió un jarrón al medio con las manos, sin arrojarlo al piso. Mariana tenía 15 años cuando Etchecolatz la invitó al cine. No hablaron nunca: ni antes, ni durante ni después de la película. Era “La Historia Oficial”. Mariana cerró los ojos cuando el personaje de Héctor Alterio le apretó a Chunchuña Villafañe los dedos contra una puerta. La escena la reconoció como familiar. Y no la olvidará jamás. “No tengo dudas que fue un goce silencioso. El del perverso, que es el que más duele”, dice ahora, con la precisión de una pericia psicológica.

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Dice que empezó a salir a la calle con “Néstor y Cristina”. Que sintió los escraches de H.I.J.O.S. como si hubieran sido propios. Que nunca olvidará el velorio de Néstor Kirchner y el cierre de mandato de Cristina Fernández de Kirchner. “Fue hermoso sentir lo politizado que estábamos, ir de marcha en marcha, este pueblo no va a sucumbir ante los poderosos”.

Cuando cumplió veinte años se alejó de su familia. Viajó a España, volvió, vivió sola. Trabajó de secretaria. Se puso a estudiar en la Facultad de Psicología, aunque no en la Universidad Nacional de Buenos Aires como hubiera querido. Su hermano F.M. abandonó la universidad. “Su examen está desaparecido”, le dijo un profesor.

—Lo terrible es que con mis hermanos nos refugiamos en el anonimato por la sombra de ese hijo de puta. Ellos no lo soportaron y se fueron de la ciudad, yo decidí quedarme. Vivir así es duro, humillante. A mí me bochaban los exámenes por el apellido y volvía a casa con un ataque de angustia.

A Mariana había gente que le retiraba el saludo por el sólo hecho de portar ese apellido. Cuando en una librería entrega la tarjeta de crédito para pagar, del otro lado del mostrador escuchaba: “Qué apellido, eh”. Ella se quedaba muda. No sabía, no podía, responder o hacer algún gesto.

La última vez que escuchó la voz de su padre fue en la cárcel de Magdalena, en 1985. Dijo: “Qué vergüenza estos zurdos, lo que me hicieron”. Y nada más.

—¿Cómo te sentías cuando escuchabas su apellido en los medios?
—Me invadía el terror. Me angustié desesperadamente con lo de Julio López. Me temo que aún sigue sosteniendo poder desde la cárcel, no es un ningún viejito enfermo, lo simula todo. Todavía hay gente que piensa que fue alguien íntegro porque “nunca robó nada”. Como si eso lo exculpara de los crímenes aberrantes que cometió.

—¿Y quién es verdaderamente Etchecolatz?
—Es un ser infame, no un loco, alguien que le importan más sus convicciones que los otros, alguien que se piensa sin fisuras, un narcisista malvado sin escrúpulos. Antes me hacía daño escuchar su nombre, pero ahora estoy entera, liberada.

—¿Qué deseas de acá en adelante?
—Que no salga nunca más. Nunca me había animado a contar mi historia. Y lo único que quiero expresar ante la sociedad es el repudio a un padre genocida, repudio que estuvo siempre en mí. Mejor dicho: el repudio de una hija a un padre genocida.

¿Está nuestra civilización condenada a desaparecer como la Roma antigua?

¿Está la civilización occidental condenada a desaparecer como la Roma antigua?
Rachel Nuwer
BBC Future
11 mayo 2017

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¿Son las actuales guerras y desequilibrios el comienzo del fin del dominio de Occidente?

El economista Benjamin Friedman una vez comparó la sociedad occidental moderna con una bicicleta, cuyas ruedas se mantienen en movimiento gracias al crecimiento económico.Si ese movimiento reduce su velocidad o para, los pilares que definen nuestra sociedad -entre ellos la democracia, las libertades individuales y la tolerancia social- se tambalearían.
Nuestro mundo se convertiría en un lugar cada vez más hostil, luchando por recursos limitados y rechazando a cualquiera fuera de nuestro grupo.
De no poder echar a andar esas ruedas nuevamente, eventualmente vendría el colapso.

Eso ha ocurrido antes en la historia humana y ninguna civilización es inmune
¿Estamos en la víspera de un nuevo colapso? ¿Qué factores generarían el fin de la sociedad occidental como la conocemos?

Dos escenarios

Es imposible tener certeza sobre el futuro, pero las matemáticas, la ciencia y la historia pueden darnos pistas.
Safa Motesharrei, un científico de sistemas de la Universidad de Maryland (EE.UU.), utiliza modelos informáticos para obtener una comprensión más profunda de los mecanismos que pueden conducir a la continuidad o al colapso de nuestro entorno.

“Si tomamos decisiones racionales para reducir la desigualdad, el crecimiento poblacional, agotamiento de los recursos naturales y la contaminación podemos evitar el colapso”
Safa Motesharrei, investigador

Según los resultados que Motesharrei y sus colegas, publicados en 2014, hay dos factores fundamentales: la tensión ecológica y la estratificación económica.
Mucho se ha hablado del impacto en el medio ambiente como ruta hacia una potencial desaparición de la humanidad, en particular por el agotamiento de los recursos naturales.

En cuanto a la estratificación económica, lo que sucede es que las élites empujan a la sociedad hacia la inestabilidad y el eventual colapso, debido a la acumulación de enormes cantidades de riqueza y recursos.
Eso deja a los pobres, que son mayoría y sirven de mano de obra, con poco o ningún recurso.

Eventualmente, la población trabajadora entra en crisis, porque la porción de riqueza que reciben es insuficiente.
Al quedarse sin mano de obra, las élites colapsan.

¿Hay salidas?

Las desigualdades que observamos hoy en día dentro de sociedades, y al comparar un país con otro, apuntan hacia el colapso.Las inequidades seguirán pronunciándose y llevando a más protestas, pronostican los expertos.

Por ejemplo, 10% de los generadores de ingresos a nivel mundial producen tantas emisiones de gases contaminantes como el 90% restante combinado.
Cerca de la mitad de la población mundial vive con menos de US$3 al día.

Sin embargo, el fin no es inevitable.

“Si tomamos decisiones racionales para reducir factores tales como la desigualdad, el crecimiento explosivo de la población, la tasa de agotamiento de los recursos naturales y la tasa de contaminación -todo perfectamente factible- podemos evitar el colapso, y no estabilizaremos en una trayectoria sostenible”, escribió Motesharrei.

Desafortunadamente, algunos expertos creen que estas decisiones difíciles superan nuestras capacidades políticas y psicológicas.

“El mundo no se detendrá ahora para resolver el problema del clima durante este siglo, simplemente porque es más costoso en el corto plazo que seguir actuando como de costumbre”, dice Jorgen Randers, profesor emérito de estrategia climática en la Escuela de Negocios BI de Noruega.

Pistas en la historia

La historia también nos suministra pistas sobre lo que pudiera venir en el futuro.En el año 100 antes de Cristo el Imperio Romano se extendía a lo largo del Mediterráneo.
Los romanos pudieron haberse quedado en esa zona, cercanos al mar, pero las exploraciones dieron buenos frutos y se sintieron alentados a seguir su expansión territorial.
Sin embargo, la transportación por tierra era lenta y costosa, a diferencia de la marítima, por lo que la expansión se hizo cara.
Según Joseph Tainter, profesor de medio ambiente y sociedad en la Universidad Estatal de Utah, una de las lecciones más importantes de la caída de Roma es que la complejidad tiene un costo.
En el siglo III, Roma agregaba cada vez más elementos nuevos: un enorme ejército, caballería, provincias subdivididas (cada una con sus propias burocracias, tribunales y defensas).
Eventualmente, no pudo seguir financiando esa creciente complejidad.
El fin del Imperio Romano lo provocó su debilidad fiscal.

Migrantes y fronteras

A medida que naciones pobres continúan desintegrándose en medio de conflictos y desastres naturales, provocarán inmensas olas de migrantes que se dirigirán hacia países más estables.
Las sociedades occidentales reaccionarán a ese fenómeno fijando restricciones migratorias (incluso prohibiciones de entrada); construyendo multimillonarios muros y desplegando tropas y drones que custodien sus fronteras.
Eso irá de la mano con gobiernos más autoritarios y populistas, y mayor control sobre quién entra y quién sale de un país.

Ricos vs pobres

Mientras tanto, una brecha cada vez mayor entre ricos y pobres, dentro de las ya vulnerables naciones occidentales, empujará a la sociedad hacia una mayor inestabilidad que nace desde adentro.

“Para el 2050, Estados Unidos y el Reino Unido habrán evolucionado hacia sociedades de dos clases, donde una pequeña élite vivirá bien, mientras que la mayoría verá decrecer su calidad de vida”, dice Randers.

Mientras más insatisfecha y atemorizada se sienta la gente, más propensa será a refugiarse entre quienes identifiquen como de su grupo(en términos religiosos, raciales o de nacionalidad).Si la gente admite que existen problemas, asignarán la culpa de esos problemas a todos los que no pertenezcan a su grupo, aumentando así el resentimiento y la violencia de masas.Europa sentirá las presiones en primer lugar, dada su proximidad con África, su puente terrestre con Medio Oriente y su vecindad con las naciones políticamente más volátiles del Este.
Es probable que Estados Unidos se mantengan más tiempo estable, debido al efecto amortiguador de los océanos.

Otro final

El colapso también puede producirse sin tanto dramatismo o violencia.
En algunos casos, las civilizaciones simplemente se desvanecen, pasando a la historia no con un estrépito, sino con un gemido.
“Las naciones occidentales no van a colapsar, pero su buen funcionamiento y la naturaleza amistosa desaparecerán, porque la inequidad va a explotar”, argumenta Randers.
“La sociedad democrática y liberal fracasará, mientras que gobiernos más fuertes como el de China serán los ganadores”.

¿Correremos el mismo destino que los romanos?

Pese a todo lo dicho, la civilización occidental no es una causa perdida.
La toma de decisiones basadas en la razón y la ciencia, y la presencia de un liderazgo extraordinario y una excepcional buena voluntad, pueden darle mayor bienestar a la sociedad humana.
Eso requiere que seamos más cooperativos, generosos y abiertos a la razón cuando se enfrentemos situaciones abrumadoras.
“La pregunta es, ¿cómo podemos lograr preservar algún tipo de mundo humano mientras avanzamos en estos cambios?”

El escalofriante diálogo que muestra cómo Italia dejó morir a 60 niños

El 11 de octubre de 2013, murieron 268 personas, entre ellas 60 niños, en el mar Mediterráneo. Huían de la muerte y la devastación que dejaba a su paso la guerra en Siria y se encontraron con la indiferencia de quienes no quisieron ayudar. En el barco viajaban un total de 480 personas que solicitaron ayuda por teléfono a las autoridades italianas, quienes tardaron cinco horas en socorrerlos.

El semanario italiano L’Espresso ha publicado las llamadas entre un hombre de la embarcación que se identifica como médico, Mohaned Jammo, con la Guardia Costera italiana. La primera llamada de socorro informa a Roma de que en la embarcación hay “100 niños, 100 hombres y 100 mujeres” y que “el agua está entrando” y el barco “hundiéndose”. La responsable italiana, después de conocer su posición, les facilita el número de las autoridades de Malta porque, según dice ella, la embarcación se encuentra “más cerca de Malta”.

Jammo llama a Malta pero allí le informan que su ubicación está mucho más próxima a Italia que a Malta. Ante tal contradicción, vuelve a llamar a Italia: “Por favor, dense prisa, el agua está entrando. Nos mueven las olas, se lo juro, el agua está entrando, estamos en una auténtica emergencia. El barco se está hundiendo”, explicaba Jammo a su interlocutora en Roma. Ella, insistía una y otra vez en que se pusiera en contacto con Malta, pese a que el patrullero italiano Libra se encontraba a una hora y media de distancia del accidente, mucho más cerca que cualquier barco maltés.

Era la última llamada que realizaría Jammo en nombre de toda la barcaza. El teléfono se quedó sin saldo y ya nadie más volvió a llamarles, pese a tener su número guardado y la insistencia del doctor sirio de que no les “abandonaran”. El barco estaba naufragando, ya que un grupo de milicianos había disparado a la nave porque al parecer pretendían robar y secuestrar a los pasajeros, según explica L’Espresso. Al final, la barcaza no pudo soportar más y volcó.

Desde la primera llamada de auxilio, al mediodía, hasta que las autoridades italianas acuden a su rescate, pasaron cinco horas en las que las autoridades maltesas pidieron insistentemente a Italia que prestaran auxilio.

Malta tenía un avión en la zona y estaba viendo cómo se hundían los migrantes y el barco de rescate de Italia no llegaba. “¿Pero podéis daros prisa? ¡La gente está en el agua!” pedían desde Malta. Como se deduce de las conversaciones, Malta no envió ningún barco de rescate a la zona porque tardaría mucho más que el italiano, que estaba a escasas 15 millas de la tragedia.

En los cuatro primeros meses de 2017, hubo más de 6.000 cruces en el Mediterráneo para llegar a Italia, lo que eleva el total de personas que han arriesgado sus vidas para tocar tierra comunitaria a 43.000. Según los datos de ACNUR, 1.500 personas han desaparecido o muerto en el Mediterráneo durante este año.

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Uruguay: Las familias pagan la electricidad el doble que las empresas.

“Las familias pagan el doble que las empresas”
Fuente: http://brecha.com.uy/las-familias-pagan-doble-las-empresas/

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Partiendo de la idea de que la energía es más un derecho humano que una mercancía para lucrar, el sindicato de trabajadores de UTE plantea estudiar la estructura de la tarifa eléctrica para equilibrar ciertas injusticias: los grandes consumidores pagan la mitad que los usuarios residenciales. Para empezar propone exonerar de IVA los quilovatios necesarios para satisfacer las necesidades básicas de una familia tipo. Un planteo con base en la justicia social entre tanta reivindicación corporativa.

Con el respaldo del Pit-Cnt, y en el entendido de que “no deberíamos estar pagando lo que pagamos” por la energía eléctrica, el sindicato de trabajadores de Ute (Aute) impulsa una rebaja de la tarifa residencial. La idea es quitarle el Iva a los primeros 200 quilovatios que consume una familia tipo para satisfacer sus necesidades básicas de energía (el promedio de consumo residencial es 230 quilovatios). “Intentamos instalar el concepto de que la energía es un derecho humano y no sólo una mercancía”, dijo a Brecha Gabriel Soto, presidente del sindicato. En ese sentido, se pusieron a estudiar la estructura de la tarifa junto a un equipo de técnicos y el Instituto Cuesta Duarte. Pero no hay una sola tarifa. Hay muchas, que se dividen en dos grandes bloques: las residenciales y las de los medianos y grandes consumidores. “Vimos que la energía a nivel domiciliario cuesta el doble de lo que paga el sector productivo. Hay una suerte de subsidio indirecto. La tarifa domiciliaria subsidia a los grandes consumidores. Lo que nosotros decimos es que hay gente que está pagando el doble y no parece justo ni razonable.”

Además, según quedó claro en los estudios que encaró Aute, el peso del costo de la tarifa es diez veces mayor en los hogares que en las empresas. En concreto y en promedio, pagar la factura del servicio le insume a las familias un 4 por ciento de sus ingresos (en los hogares más pobres alcanza el 10 por ciento) y a las empresas 0,4 por ciento. “No sólo les cuesta la mitad el megavatio, sino que tienen un impacto en sus ingresos diez veces menor que los hogares”, explica Soto. Asimismo, según dijeron a este semanario los economistas Pablo Messina y Martín Sanguinetti,1 técnicos que integraron el equipo que realizó los estudios, si bien a Uruguay le puede resultar estratégico beneficiar con tarifas diferenciadas a algunos grandes consumidores, “en la estructura de costos de las empresas la electricidad no tiene un impacto tan alto. En los lácteos, por ejemplo, que la utilizan intensivamente, no alcanza al 1 por ciento de los costos”. Explicaron que darles energía a los hogares es más caro que dársela a una gran empresa, porque hay muchos costos asociados al tendido, a las necesidades de atención, a la mano de obra, y “los costos de proveer de energía eléctrica a la industria son mucho menores”, igual hay margen para intentar equilibrar “la estructura injusta de la tarifa”.

Soto sabe que la propuesta de que los grandes consumidores paguen un poco más para que las familias paguen un poco menos puede desatar discusiones respecto del aparato productivo, la competitividad y el riesgo de que se pierdan puestos de trabajo. Por eso advierte que “como trabajadores siempre defendemos las fuentes de empleo. Pero las cámaras empresariales son profesionales en quejarse del costo de los energéticos, y han instalado en la población la idea de que son carísimos para la producción. Siempre dicen que si se aumenta la tarifa eléctrica ese costo lo tienen que transferir en precio a la población y se pone en riesgo el empleo. Ese discurso es casi una extorsión, y desde el punto de vista instrumental es falso. Por eso creemos que hay condiciones para que los grandes consumidores terminen asumiendo un poco más de los costos de tener el sistema eléctrico disponible”.

Si bien la propuesta de exonerar de Iva a una parte del consumo de los hogares no modifica la estructura de tarifas, “asume que la energía es un derecho humano. La leche no lleva Iva, si le ponés el impuesto te va a saltar todo el mundo, pero la leche es mucho menos necesaria que la electricidad. Podés vivir sin tomar leche, pero es difícil vivir sin electricidad”, argumenta Messina.

Precisamente, la intención que hay atrás del planteo de Aute tiene que ver con reinstalar la discusión sobre si se debe considerar a la energía eléctrica como un derecho o como una mercancía. En el pasado ese debate se saldó con la ley nacional de electricidad que promulgó la dictadura en 1977. Se creó un marco jurídico que priorizó el enfoque estrictamente comercial: se estableció que la estructura tarifaria estuviera fijada por los costos, y se prohibió por ley que ésta tuviera consideraciones sociales. “Entonces –sostuvo Soto– es el negocio por encima del servicio público, contradiciendo la idea fundacional de la empresa, que nace para garantizar que se desarrolle el servicio público, que llegue a todos los hogares y al aparato productivo, postergando los réditos económicos.” Fue esa ley la que –en sintonía con el marco regulatorio de la década del 90– perforó el monopolio de Ute en la generación de energía, previendo la existencia de actores privados. Y si bien durante años no hubo muchos interesados en participar del mercado eléctrico, con la llegada de los gobiernos progresistas –y el atractivo negocio eólico– empezó a registrarse un fuerte interés de los capitales.

PRIVATIZAR EL VIENTO. Diez años atrás todos estaban de acuerdo en que era imprescindible modificar la matriz energética basada hasta el momento casi exclusivamente en la generación hidráulica y térmica. La imprevisibilidad de la primera –que depende del agua que se junte en los embalses–, los altos costos de la segunda –además de la falta de control de un recurso que Uruguay no tiene, como el petróleo, y el daño ambiental implícito– y la demanda creciente de energía, colocaban al país en un escenario de escasez y precios elevados. La oportunidad del cambio la dio el desarrollo de nuevas tecnologías que permitían generar energía con fuentes alternativas y renovables. Y tomada la decisión política, el proceso fue rápido. El país avanzó con firmeza y se convirtió en ejemplo mundial. Pero en el vértigo del cambio de matriz, si bien se ganó cierta tranquilidad y el escenario actual es de sobreproducción, se perdieron algunos activos importantes. Según denuncia Aute, más del 50 por ciento de los recursos energéticos está en manos de privados. Dice Soto: “Hoy dependemos de los capitales privados para abastecer de energía eléctrica a la población. Si los privados bajan la llave, Uruguay no tiene capacidad de producción para alimentar el sistema”.

De acuerdo a los informes elaborados por el gremio, desde 2006 en adelante comenzó un proceso intenso de inversiones orientadas a cumplir con el plan de ampliar y cambiar la matriz energética. Entre ellas se destacan las realizadas por Ute en mejorar y ampliar el parque térmico, con la construcción del ciclo combinado de Punta del Tigre, y una nueva red de alta tensión con la estación convertidora de frecuencia que conecta Uruguay con Brasil. Pero además Ute y el Poder Ejecutivo plantearon una serie de incentivos para las inversiones privadas en la generación renovable: viento, sol y biomasa. “El cambio en las fuentes se hizo mediante un fuerte proceso de privatización, lo que genera un uso ineficiente de estos energéticos a la hora de combinarlos con los otros. (…) La sobreinversión, tanto en parques eólicos como fotovoltaicos en modalidad de contratos, deja en evidencia que la instalación de dichas fuentes es un negocio atractivo para el capital”, se lee en el texto. El crecimiento fue rápido porque se les generó a los privados un negocio muy rentable y seguro.

Según Soto, desde la multipartidaria de 2008 hasta ahora “la expansión privada ha sido una topadora que se llevó todo por delante. Esta privatización de la generación de energía eléctrica propicia negocios brutales a las empresas, que le venden a la Ute en condiciones inmejorables”. Las exoneraron del 100 por ciento de los impuestos: “Hay inversiones de 3.500 millones de dólares que no le dejaron ni un solo peso al Estado. Se les ofreció un contrato de 20 años mediante el cual la Ute se compromete a comprarle toda la energía que generaran y pagarles en dólares a un precio fijo”, aseguró el dirigente. Incluso, en febrero de 2015, se previó por decreto que aunque los aerogeneradores no vuelquen lo producido a la red –porque hay excedente y se puede dañar el sistema–, si las aspas se mueven porque hay viento, la empresa estatal les paga igual aunque la energía no se use. El decreto es una suerte de reconocimiento de la sobreinversión. Según Messina, la Ute asume que dejó crecer mucho a los privados, pero parte de la base de que si bien ha perdido el monopolio de la generación, sigue teniendo el monopolio de la compra. “Pero hay dos peligros: la posibilidad de oligopolizarse (y aunque dicen que eso es imposible, hay algunas resoluciones de directorio que reflejan que sí hay movimientos en esa dirección); y el segundo es que los generadores muchas veces forman parte de un paquete de negocios de un grupo económico muy grande. Los Otegui tienen parque eólico. Los Fernández, de Fripur, son otros. Abengoa Teyma se estaba fundiendo en Europa y mientras estaba generando valor acá en Uruguay con parques eólicos.”

Quizás la ciudadanía tenía la idea de que si ya no había escasez, si no se dependía del petróleo y se ponían a funcionar sistemas de generación tecnológicamente más eficientes, los costos de la energía iban a disminuir. Pero no. Eso no pasó ni va a pasar, dijo Soto, quien aseguró que si bien la necesidad de cambiar la matriz e independizarse del petróleo fue compartida, no están de acuerdo en cómo se hizo. “Cuando dependíamos de la hidráulica, en años de sequía se disparaban los costos porque se tenía que recurrir a la térmica. Ahora si falta agua igual vas a tener que recurrir a la térmica, porque no se puede dejar la eólica como base porque no es constante. Pero, además, si tenés mucha agua, igual no vas a poder ahorrar, porque te comprometiste a comprar toda la energía que produzcan los molinos. Generar en Palmar cuesta siete dólares por megavatio, los contratos promedio de los molinos son de 70 dólares (el megavatio). Y estás obligado a despachar la eólica. La generación nunca bajará del 40 por ciento de la estructura de costos.” Además, dijo, la gestión es ineficiente, “porque en 2015, 2016 y en 2017 hemos estado tirando agua sin turbinar. Era agua que podíamos haber aprovechado, pero no podemos porque estamos obligados a comprar diez veces más caro”.

RESTRINGIR LO PÚBLICO. ¿Y por qué si el negocio era tan rentable no lo hizo el propio Estado? Según algunas fuentes consultadas, Ute tenía capacidad financiera y capacidad para endeudarse. La empresa está calificada internacionalmente como triple A. De hecho, además de los subsidios fiscales, los beneficios de la ley de protección de inversiones y de un apartado específico que se creó para estos emprendimientos, el propio gobierno gestionó una línea de créditos del Bid para los privados.

Hay dos razones o restricciones que explican en parte por qué todo este desarrollo no lo hizo el propio Estado. Según explicó Sanguinetti a Brecha, “en Uruguay la inversión pública se contabiliza como gasto corriente, es una idea que viene de los manuales de cuentas públicas del Fmi del año 86. Con esa lógica se contabiliza como déficit fiscal cosas que no lo son. Por recomendación del propio Fmi, en 2001 se sugirió cambiar el sistema. Pero en Uruguay nunca se cambió”. La otra restricción es la ley de tope de endeudamiento de las empresas públicas. En 2005 se levantó un poco el tope y se ha modificado varias veces, pero nunca se cambió. “Lo que está claro es que si vos te planteás un cambio de la matriz como el que se dio y no modificás esas cosas, es que no te lo estás planteando hacer con lo público”, opinó Messina.

Soto explicó que para el sindicato el cambio de matriz debió hacerse con recursos propios: “Ute tiene el mejor puntaje internacional. Tiene una capacidad de endeudamiento enorme, y de hecho eso fue lo que se utilizó para que los privados pudieran obtener créditos más blandos para invertir en esto. Si el Estado no puede invertir, alguien lo tiene que hacer, y entonces aparece el factor privado. Es la acumulación por desposesión. El capital avanza sobre los servicios y la infraestructura pública. Si hubiera sido el Estado el encargado de materializar el cambio de matriz energética estaríamos todos aplaudiendo. Salvo el capital privado, claro”.

Ambos son integrantes de Cooperativa Comuna.

Megavatio por megavatio
La actual matriz

El parque generador uruguayo tiene una potencia instalada de 4.300 megavatios. En los últimos diez años ha aumentado su capacidad de generación en un 300 por ciento y ha diversificado las fuentes en una fuerte apuesta a las energías renovables no tradicionales: eólica, biomasa y fotovoltaica. Éstas, sumadas a la hidráulica, representan el 70 por ciento del potencial generador. El resto de las fuentes son térmicas.

Hidráulica. Uruguay cuenta con tres centrales en el Río Negro, propiedad de Ute, con una potencia total de 593 megavatios; y la central binacional de Salto Grande, en el río Uruguay, de 1.890 megavatios, de los cuales 945 le corresponden a Uruguay y el resto a Argentina.

Térmica. Ute cuenta con tres centrales:
Motores a fuel oil en Central Batlle: 80 megavatios.
Central Térmica de Respaldo: 200 megavatios.
Central de Punta del Tigre: 300 megavatios + 50 megavatios (unidades 7 y 8). Está prevista próximamente la incorporación de la Central de Ciclo Combinado, que tendrá una potencia acumulada de 532 megavatios.

Eólica. La potencia instalada es de 1.140 megavatios. Está previsto que para principios de 2018 se llegue a los 1.470 megavatios. Casi toda la generación está en manos de privados.

Fotovoltaica. Alcanza actualmente los 78,5 megavatios y se prevé que se expanda hasta los 220,5 megavatios en enero de 2018. Ute no tiene parques generadores de este tipo.

Biomasa. La potencia instalada es de 407 megavatios. De ese total, 161 y 180 corresponden a las plantas de celulosa de Upm y Montes del Plata, respectivamente, de los cuales consumen la parte mayoritaria, volcando a la red el excedente, que puede modelarse como de 40 megavatios cada una.

El sistema eléctrico uruguayo está interconectado con Argentina y Brasil, lo que le permite realizar intercambios de energía. Con Argentina mediante la Central de Salto Grande y con Brasil a través de la conversora de Rivera-Livramento, y próximamente vía Cerro Largo.

Uruguay: el maltrato de una empresa agrícola a sus trabajadores.

Nota inicial: El 5 de mayo de 2017 fue incendiada intencionalmente la carpa que los trabajadores de la empresa agrícola uruguaya Molino Arrozal 33 habían instalado en el curso de un paro con reclamaciones de mejores condiciones de trabajo. La foto es elocuente al respecto. El artículo que viene a continuación explica la intervención del estado uruguayo en relación a esta empresa, que padece una serie de irregularidades.

religion

MTSS multa a Arrozal 33 e intima a cumplir normas de seguridad laboral
08 • mayo • 2017 Cecilia Álvarez, La Diaria.
Fuente: https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/5/mtss-multa-a-arrozal-33-e-intima-a-cumplir-normas-de-seguridad-laboral/

La Inspección General del Trabajo y de la Seguridad Social (IGTSS), tiene tres expedientes abiertos sobre la empresa Arrozal 33, del departamento de Treinta y Tres. Los trabajadores -a quienes el jueves les incendiaron el campamento sindical- han denunciado en reiteradas oportunidades a la arrocera por incumplir normas de seguridad laboral. A fines de abril, la IGTSS impuso una multa por 50 unidades reajustables (unos 50.000 pesos) por no haber cumplido una intimación previa que obligaba a la empresa a realizar el traslado del personal en vehículos que cumplan con la normativa vigente, informó a la diaria el inspector general del Trabajo, Gerardo Rey. Según denunciaron los trabajadores en la Comisión de Legislación del Trabajo de la Cámara de Diputados, los traslados se hacen en la caja de camionetas doble cabina, “sin ningún tipo de agarradera”, lo que ha generado varios accidentes. Richard Olivera, dirigente del Sindicato Único de Trabajadores del Arroz y Afines (SUTAA) y delegado sindical en Arrozal 33, contó en la comisión que durante uno de los traslados una trabajadora, de 18 años, “cayó y se lastimó toda. Y el ingeniero en jefe -ahora no está- , le dijo: ‘No te voy a llevar nada al doctor; quedate ahí’. Tuvo que venir el padre de la muchacha de su casa para llevarla al doctor. No pasó nada y todo quedó impune. Un compañero también cayó desde una camioneta y [el ingeniero] le dijo: ‘Vos te caíste de la camioneta por venir de mano suelta’, pero no es así. Vamos unos agarrados de los otros para poder llegar al trabajo. Se está incumpliendo todo”. Según contó Rey, se intimó a la empresa a corregir las condiciones de traslado del personal, la empresa pidió una prórroga para cumplir, que se le dio, “se concurrió nuevamente y se verificó que no había cumplido, y se colocó la multa”. La intimación a regularizar la situación sigue pendiente.

Otras de las intimaciones que tiene pendiente la empresa refieren a la entrega de agua potable a los trabajadores, a la capacitación en primeros auxilios y planes de evacuación, al estado de las viviendas (en tierras de la empresa hay un pueblo conformado donde viven parte de los trabajadores) y a la presentación y aplicación de un plan de mantenimiento de la maquinaria. Este último punto es uno de los reclamos de los trabajadores que se hicieron carne recientemente: el jueves 27 de abril una máquina cosechadora se incendió cuando estaba en pleno funcionamiento. “El operario se salvó porque se tiró”, contó a la diaria César Rodríguez, dirigente de la Unión Nacional de Asalariados, Trabajadores y Rurales y Afines (UNATRA). El accidente también fue denunciado ante la IGTSS, pero no hubo una nueva visita, lamentó Rodríguez.

En la comisión, Rodríguez había contado que de un lote de diez u 11 equipos de maquinaria, se constató que sólo uno de ellos “cumplía más o menos” con las condiciones de seguridad. “Los nueve o diez restantes no tenían ningún tipo de protección en toma de fuerza de tractor, en cardán, en transmisiones con cadena; así están operando. Los trabajadores trabajan en descarga de arroz en altura, con polvillo, sin ningún tipo de protección personal: sin lentes, sin máscara, sin casco. Venimos denunciando esta situación en la Dinatra [Dirección Nacional de Trabajo] hace más de dos años y medio. Tenemos problemas en todo el sector arrocero, pero esta empresa tiene un comportamiento crónico en cuanto a irregularidades”.

Además, Olivera dio detalles en la comisión sobre otros accidentes laborales que ocurrieron en la empresa. “Al Beto, un compañero mío, lo agarró un cardán -hasta ahora me duele- y le arrancó el brazo. El hombre decía: ‘No es nada, gurises; estoy bien. Ustedes quédense tranquilos que estoy bien’. Tenía 20 y pocos años el muchacho. Decía: ‘No pasó nada; yo estoy bien’, y le llevaban a un lado el brazo y la mano. A las pocas horas, falleció”. “A un primo hermano mío también lo agarró un cardán y lo lastimó todo; le molió toda la parte superior del cuerpo. Fue exprimido contra el fierrerío de los cardanes”. “A un compañero lo agarró un sinfín de la cosechadora y lo ahorcó; estaba solo en la chacra”. Marcelo Amaya, dirigente del SUTAA y UNATRA, explicó ante los legisladores el impacto que pueden tener los cardanes en accidentes: “A nosotros se nos erizan los pelos porque sabemos lo que sucede cuando algún cardán manotea a una persona. Eso trabaja a 540 revoluciones por minuto y no hay forma de que un trabajador se salve si el cardán le manotea la ropa. Puede arrancarle el brazo, una pierna o, en el primer golpe, matarlo. Es más grave aun que esto siga ocurriendo en la empresa, según comentan los trabajadores, por la cantidad de accidentes que ha habido”.

Sin tarjeta

En la Comisión de Legislación del Trabajo los dirigentes sindicales también denunciaron otros hechos. Por un lado, que los trabajadores reclaman la instalación de un tarjetero electrónico para marcar la hora de entrada y salida, pero la empresa se niega. Lo reclaman porque actualmente apuntan sus horarios en papel, lo que puede ser borrado por “mandos medios” de la firma. “La empresa se niega a ponerlo, y el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social [MTSS] acepta su fundamento y no le exige su colocación. La empresa dice que no tiene lugar donde poner el tarjetero, pero estamos hablando de una ciudad; hasta se puede elegir dónde colocarlo. Hay porteros y hasta un destacamento policial dentro de la empresa. Se han hecho varias inspecciones y se ha podido constatar que hay lugar donde instalar el tarjetero”, explicó Amaya en la comisión.

El otro hecho reciente que denuncian los trabajadores es el despido del padre de uno de los delegados sindicales de la empresa. De hecho, reclaman su reintegro, porque el trabajador hacía 15 días que había vuelto de una licencia médica por una afección cardíaca compleja, lo que configura un hecho “arbitrario, y por fuera de los plazos”, informó Rodríguez. Estos temas estarán sobre la mesa de negociación que tendrán los trabajadores y la empresa el miércoles en la Dinatra. En este contexto, también influye el incendio que sufrió la carpa sindical que los trabajadores habían dejado instalada tras 14 días de paro. Si bien se hizo la denuncia policial, los sindicalistas no han tenido novedades de la investigación, ni han sido llamados a declarar.

El diputado Daniel Placeres (Movimiento de Participación Popular, Frente Amplio), presidente de la Comisión de Legislación del Trabajo, concurrió a Arrozal 33 y en diálogo con la empresa llegaron a un preacuerdo que permitió que los trabajadores levantaran un paro que llevaba 14 días. En aquel entonces, a mediados de abril, se acordó el reintegro de dos delegadas sindicales y el levantamiento de una sanción que habían tenido por concurrir a una asamblea de la UNATRA, y la instalación de una mesa de negociación para discutir cuestiones salariales y condiciones de trabajo. El 19 de abril, ante las denuncias de los trabajadores, los integrantes de la Comisión de Legislación del Trabajo acordaron hacer una visita a la empresa, que se coordinará esta semana. “El gran problema que hay es que el MTSS debería tener más presencia en la parte de seguridad laboral. Son zonas muy alejadas, muy aisladas, y una presencia asidua del MTSS ayudaría cuando se hacen acuerdos o denuncias”, opinó Placeres. Rey aseguró que en los últimos dos años y medio hubo “varias inspecciones” en la empresa, y que ha recibido varias intimaciones y multas, aunque todavía no se llegó a la clausura preventiva, otra de las potestades de la IGTSS. En general, es “una empresa de incumplimiento”, opinó.

Douglas Tompkins: El millonario que amaba al planeta Tierra.

Del Tamaño de Dinamarca
por Hector Abad Faciolince
Fuente: http://www.hectorabad.com/del-tamano-de-dinamarca/

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Nada más sospechoso, para la extrema izquierda y la extrema derecha, que un judío rico. Ocurre en tiempos de Putin y de Trump, como ocurría antes, en los de Hitler, o mucho antes, en los de Isabel la Católica, o en la antigüedad, en los de Poncio Pilatos. Y de este “judío millonario”, de nombre Douglas Tompkins, se hicieron muchos chistes hace un par de años porque habiendo sido el inventor de los mejores trajes térmicos (North Face fue su primera empresa), se murió de frío en un lago chileno.

En realidad ni siquiera era judío (se crió como anglicano), pero la mezquindad y la mentira inventan lo que sea con tal de hacer daño y sospechar que en toda donación se encierra una maldad, un interés, un cálculo. A Tompkins lo acusaron de las más abominables fantasías: que iba a fundar otro Estado judío en Patagonia; que tenía en mente un inmenso proyecto inmobiliario; que ocultaba intereses en la industria minera; que había que expulsarlo cuanto antes del país pues estaba despojando a los chilenos y a los argentinos de su propia tierra.

Tompkins se había enamorado de la Patagonia desde su juventud, cuando todavía no tenía ni un peso, pero hizo un viaje de aventura desde el norte de Estados Unidos hasta el estrecho de Magallanes. Cuando liquidó todo lo que tenía en su segunda gran empresa, Esprit, y empezó a comprar en Chile y Argentina toda la tierra que le quisieran vender, lo acusaron de tener oscuros planes y las más escabrosas intenciones: vender el agua de los glaciares del sur a los países árabes; hacer depósitos subterráneos para alojar allí los residuos tóxicos de Europa y los desechos nucleares de las centrales atómicas de Estados Unidos y Japón. Los viejos terratenientes chilenos y argentinos lo odiaban, porque no lo entendían. Era imposible que hubiera un loco dedicado a comprar haciendas con la sola intención de ponerlas a producir árboles, agua, oxígeno y belleza.

Douglas Tompkins decía que a su muerte iba a donar las más de 400 mil hectáreas que había ido comprando después de vivir un cuarto de siglo en la Patagonia, siempre y cuando el gobierno chileno se comprometiera a convertir ese territorio en un parque nacional. Con el aporte gubernamental, que es todavía mayor, las nuevas extensiones protegidas por Chile suman más de 4,5 millones de hectáreas, cuenta el periodista Carlos E. Cué: “una superficie similar a la de Dinamarca”. Dentro de ese territorio hay árboles milenarios, alerces, que iban a ser explotados industrialmente. Y en lugar de industrias de alimentos, Tompkins impulsó pequeñas empresas de agricultura ecológica y sostenible.

La socialista Michelle Bachelet le deja a Chile un legado grandioso al aceptar el regalo de Tompkins y al tomar la decisión de aumentarlo. No había trampas ni mentiras en las declaraciones que no querían creerle al filántropo gringo. ¿Quién va a regalarle al planeta más de 350 millones de dólares? La viuda de Tompkins, Cris McDivitt, lo explica así: “tu último traje no tiene bolsillos”. No nos llevamos nada a la tumba. Pero la propia vida y la herencia que dejas a tu muerte puede ser una gran inspiración. Uno de sus mejores amigos y compañero de aventuras (estaba en otro kayak cuando Doug murió), Yvone Chouinard, le dice a Cué: “espero que su ejemplo sea contagioso”, y añade: “Doug y yo éramos muy pesimistas sobre el futuro del planeta, las cosas están muy mal, y más ahora con Trump en EE UU, pero bueno, al menos están estos proyectos en Sudamérica.”

Luz en la oscuridad. Se dice que este regalo en la Patagonia es la donación privada de tierras más grande de la historia. Tompkins fue uno de los primeros en señalar las consecuencias del cambio climático y en luchar contra él. Por comprar tierras con el único fin de conservar el paisaje y el ecosistema, lo acusaron de todos los delitos imaginables. Hoy ya no quedan dudas: su filantropía es un ejemplo para los ricos de todo el mundo que ni siquiera saben qué hacer con su dinero.

La noticia de su fallecimiento:
http://internacional.elpais.com/internacional/2015/12/11/actualidad/1449794326_441296.html

Traficando con los órganos de los refugiados sirios.

El testimonio de un traficante que explota la desesperación de los refugiados sirios que venden sus órganos
Alex Forsyth
BBC, Beirut
3 mayo 2017

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Hay un destello de orgullo en la mirada de Abu Jaafar cuando explica cómo se gana la vida.
Jaafar trabajaba como guardia de seguridad en un bar, pero todo cambió cuando conoció una banda que traficaba órganos.
Su “empleo” ahora es encontrar a gente desesperada. Tan desesperada que está dispuesta a vender una parte de su cuerpo.
Y nunca le faltan “clientes”, debido al flujo constante de refugiados sirios a Líbano.
“Yo exploto a la gente”, me dijo.
“Pero hay que tener en cuenta que muchos de estos refugiados podrían haber muerto en la guerra, y que vender un órgano no es nada en comparación con los horrores de la guerra”, agregó.

“Los exploto. Pero al mismo tiempo ellos se benefician”.
“Una vez me pidieron un ojo”
Su base de operaciones es un pequeño café en un edificio dilapidado cubierto con lonas de plástico en un suburbio del sur de Beirut.
“Sé que lo que hago es ilegal, pero en mi opinión estoy ayudando a los refugiados”, afirmó Jaafar.
En el fondo del café hay un cuarto diminuto lleno de muebles viejos. En cada rincón hay una jaula con un perico.

En los campamentos de refugiados en Beirut muchas personas ven la venta de un órgano como la única forma de sobrevivir.
En ese cuarto, Jaafar negoció la venta de órganos de cerca de 30 refugiados en los últimos tres años.
“Generalmente los compradores piden riñones. Pero también he traficado otros órganos”, relató.
“Una vez me pidieron un ojo. Y logré encontrar a alguien dispuesto a venderme uno de los suyos”.
“Tomé una foto del ojo y la mandé por Whatsapp a los compradores antes de cerrar el negocio”.

Las calles angostas en las que Jaafar busca “clientes” están repletas de refugiados.
Una de cada cuatro personas en territorio libanés cruzó la frontera desde Siria huyendo de la guerra.
La ley en Líbano impide a la mayoría de estos refugiados trabajar en el país, por lo que muchas familias se encuentran en una situación angustiante.

Los palestinos protestaron recientemente por su sufrimiento en Líbano. El gobierno allí no les permite prácticamente recibir ayuda ni trabajar.
Como eran considerados refugiados en Siria no pueden ser registrados nuevamente como tales por Naciones Unidas.
Por eso, prácticamente no reciben ayuda y viven en la pobreza absoluta en campamentos sobrepoblados.
Casi tan vulnerables como los palestinos son los refugiados que llegaron desde Siria luego de mayo de 2015, cuando el gobierno libanés solicitó a la ONU que suspendiera el registro de refugiados.
“Aquellos que no están registrados como refugiados viven en la miseria”, me dijo Abu Jaafar.
“Están desesperados y la única forma de obtener dinero para sobrevivir es vender sus órganos”.

Algunos refugiados, especialmente los niños, mendigan en las calles.
Algunos menores trabajan como lustrabotas, o deambulan entre los autos para vender chicle o pañuelos de papel.
Otros son explotados en diferentes empleos o acaban en la prostitución.

Casi la mitad de la población siria de 23 millones, antes de la guerra, ha sido desplazada por el conflicto.
Pero vender un órgano es una forma de hacer dinero rápido.
Una vez que Jaafar encuentra un candidato lo conduce con los ojos vendados a un lugar secreto.
A veces los médicos operan en casas alquiladas, transformadas en clínicas temporales, donde antes de la cirugía se realiza a los donantes pruebas de sangre.
“No me importa si mueren”
“Cuando la operación está terminada los conduzco de nuevo a su casa”, agregó Jaafar.
“Sigo en contacto con ellos durante cerca de una semana hasta que le saquen los puntos”.
“Luego de eso ya no me importa qué les sucede. Realmente no me importa si mueren. Yo obtuve lo que quería”, me dijo sin tapujos.
“Mientras hayan recibido su pago, qué pase con ellos no es mi problema”.

Su “cliente” más reciente fue un adolescente de 17 años que huyó de Siria luego de que su padre y sus hermanos murieran en la guerra.
El adolescente había estado en Líbano durante tres años, sin trabajo, con deudas que no paraban de crecer. Y tenía la responsabilidad de mantener a su madre y a sus cinco hermanas.
Así que accedió, a través de Abu Jaafar, a vender su riñón derecho por US$8.000.
Dos días después de la operación vi al chico visiblemente dolorido a pesar de los calmantes.
Estaba sentado en un sofá destartalado y cambiaba constantemente de posición para intentar aliviar su sufrimiento.
Su rostro estaba brilloso por el sudor y sus vendajes estaban manchados de sangre.
Abu Jaafar no quiso decirme cuánto dinero ganó con el riñón del adolescente.

Jaafar afirmó que no tiene idea sobre el destino final de los órganos, aunque cree que son exportados.
En todo Medio Oriente hay escasez de órganos para trasplantes.
Debido a tradiciones religiosas y culturales muchos se oponen a la donación de órganos y prefieren enterrar a sus seres queridos rápidamente después de la muerte.
Jaafar asegura que hay al menos otros siete “operadores de órganos” en Líbano.
“Este negocio está floreciendo. Y el boom comenzó luego de la llegada de refugiados sirios en masa a Líbano”.

Abu Jaafar siempre anda armado. Es respetado y temido al mismo tiempo en su barrio en Beirut.
Jaafar sabe que lo que hace es ilegal, pero no le teme a las autoridades. Incluso pintó su número de teléfono en paredes de edificios cercanos a su casa.
En su barrio, el traficante es al mismo tiempo respetado y temido.
Y siempre lleva un revólver oculto en el pantalón.
“Lo que hago es ilegal pero estoy ayudando a la gente”, reiteró.
“Así es como yo percibo mi trabajo. Mis clientes usan el dinero para mejorar su vida y la de su familia”.
“Pueden, por ejemplo, comprar un auto para ganarse la vida como taxistas, o viajar a otro país en busca de una vida mejor”, aseguró.
“Es la ley la que perjudica a los refugiados al negarles ayuda y no permitirles trabajar”.
“Yo no fuerzo a nadie a donar un órgano. Sólo facilito el proceso cuando hay demanda”.

Al despedirnos, Jaafar encendió un cigarrillo y levantó una ceja antes de hacerme una pregunta.
“Y tú. ¿Por cuánto dinero me venderías un ojo?