Guy Standing: La corrupción del capitalismo actual es sistémica.

El británico Guy Standing es economista, profesor de la londinense School of Oriental and African Studies (SOAS). Adquirió mucha notoriedad cuando publicó un ensayo sobre la economía moderna titulado El precariado. Una nueva clase social (ed. Pasado & Presente). En esta obra afirmaba que existía una nueva clase social sin perspectivas de mejora, totalmente incapaz de reaccionar y al límite del desastre, a la que llamaba “precariado” (en contraposición al proletariado). Ahora publica en castellano un ensayo que continúa con la línea de El precariado y que se titula La corrupción del capitalismo. Por qué prosperan los rentistas y el trabajo no sale a cuenta (editorial Pasado & Presente). Standing no se limita a analizar el sistema económico actual, sino que hace propuestas para combatir sus injusticias.

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Usted afirma que lo que han llevado a cabo los políticos que se presentan como neoliberales es, finalmente, lo contrario del liberalismo. ¿Cómo lo argumenta?

Los neoliberales, en los años 80, en tiempos de Reagan y Thatcher, llegaron a controlar algunos grandes Estados, lograron ser hegemónicos, y convirtieron el neoliberalismo en la tesis central de la economía de estos años, imponiéndolo en el Banco Mundial y en la UE. En aquel momento parecía que su teoría defendía el libre mercado. Liberalizaron los capitales y, de alguna manera, estos capitales fueron los que finalmente se comieron a la política neoliberal. A partir de este momento el sistema deja de defender el neoliberalismo y pasa a defender el capitalismo rentista, de los grandes propietarios y las grandes empresas. Ahora nos encontramos en el sistema menos de libre mercado que hemos tenido nunca. Los que dominan la economía mantienen la retórica neoliberal, basada en la división entre público y privado, pero en realidad están trabajando para un mercado que no es en absoluto libre.

¿Por qué este sistema no es realmente liberal?

Lo que tenemos ahora es un sistema de capitalismo rentista. Los que tienen el control del sistema sacan beneficios de sus posesiones, y en lugar de tener un mercado libre, tenemos un mercado de extracción de rentas. Es importante que los políticos progresistas sepan explicar que este sistema no sólo es inmoral sino que también es ineficiente. Estamos en un sistema que implica un aumento de la desigualdad y la ruptura definitiva del antiguo sistema de distribución de rentas.

¿Si el sistema fuera auténticamente liberal, iríamos mejor?

No. Yo no digo, en absoluto, que si el mercado fuera totalmente libre la economía sería más justa o mejor. En La corrupción del capitalismo lo que trato de demostrar es que dicen mentiras. Cuando afirman que defienden un mercado libre mienten. En realidad, traicionan su propia ideología.

Usted defiende que la corrupción que se vive en muchos países no es coyuntural, sino sistémica. ¿Por qué?

La corrupción de la política parte del capitalismo financiero global, que se ha apoderado de la economía. La corrupción política está vinculada a la corrupción económica. Para entender la corrupción que impera en todas partes, incluido en España, hay que tener en cuenta cómo funciona el conjunto del sistema. Ha habido un cambio en la correlación entre las fuerzas políticas y los estamentos de población que representan. Antes los conservadores representaban a las clases altas y los socialdemócratas a los pobres, pero ahora los conservadores, como el PP, representan el capitalismo financiero.

¿El capitalismo financiero corrompe la política?

En el capítulo 7 de La corrupción del capitalismo hablo de goldmansachismo, explicando cómo funcionan las puertas giratorias de Goldman Sachs, cómo funcionan en todo el mundo, incluso en España. Trump criticaba a Clinton porque recibía dinero de Sachs, pero después Trump ha colaborado con ellos. Muchos políticos entran en política para pasar después a ganar dinero en Goldman Sachs, pero también hay ejecutivos que se pasan de Goldman Sachs a la política. Eso es la corrupción absoluta. Las puertas giratorias son la pérdida absoluta de la decencia.

En La corrupción del capitalismo predice que las rentas del trabajo no harán más que reducirse, mientras las rentas del capital irán creciendo…

Yo lo que digo es que el sistema de reparto de beneficios ya se ha roto. Había una ley no escrita que decía que había un equilibrio entre las rentas del capital y las del trabajo, y durante mucho tiempo, ciertamente, hubo un equilibrio. Pero desde que los rentistas se han apoderado del sistema económico mundial, los beneficios que van al capital, y especialmente los beneficios que se sacan de las rentas, ha crecido mucho. En cambio, por lo que respecta a los beneficios que vienen del trabajo, algunos trabajadores de la parte alta de este grupo han visto crecer sus beneficios, pero para los sectores más bajos del mercado laboral, lo que yo denomino el precariado, la tendencia ha sido la contraria: sus ingresos han ido bajando. Hay dos tipos de desigualdades. La primera entre capitalistas y trabajadores, y la segunda dentro del grupo de los trabajadores, entre los asalariados y el precariado.

¿Eso provoca alteraciones del sistema político?

Con esta diferencia de reparto de rentas, se ha generado una presión extraordinaria sobre los políticos y los gobiernos. Y en los últimos años los gobiernos se han encargado de velar por los beneficios de los rentistas. Y hay otro problema: la parte más privilegiada de los asalariados también obtiene algunos beneficios de rentas y está dividida entre un proyecto conservador y uno progresista. Los políticos de los partidos de izquierda no han entendido el problema del precariado. Tienen que centrarse en él, en aquellos que no tienen una defensa política, más que centrarse en los asalariados, que cada vez tienen más intereses en común con los extractores de renta.

¿Eso debe tener consecuencias también en las elecciones, no?

Es importante que los nuevos movimientos políticos que han ido surgiendo últimamente en Europa puedan articular un mensaje que refleje los intereses del precariado, porque si no, nos encontraremos con movimientos políticos ultraconservadores que recogerán las presiones del precariado, que es lo que ya está pasando en algunas partes. Si estos grupos consiguen captar la atención del precariado, nos esperan tiempos muy oscuros.

Usted reclama un sistema que asegure a la renta de los ciudadanos. ¿Lo ve viable económicamente? ¿Y políticamente?

En un capítulo de La corrupción del capitalismo hablo de la renta básica, un tema que también he desarrollado en otras publicaciones. Creo que tiene que ser un punto esencial de las políticas progresistas. No es una utopía, sino una visión de futuro. Podemos y los nuevos partidos políticos que se están desarrollando no tienen que lanzar la toalla ante lo que es la posibilidad de crear una nueva economía y una nueva sociedad.

¿Con qué argumentos defiende la renta básica?

Creo que la renta básica es esencial para un futuro mejor, y tengo tres grandes argumentos para defenderla. En primer lugar hay un motivo de justicia social: El capital no procede tanto de lo que hacemos ahora sino de lo que han hecho nuestros antepasados, todos, durante generaciones, y por lo tanto se tiene que repartir entre todos. No es cuestión de caridad, es cuestión de justicia. También hay que conseguir una renta básica por una cuestión de libertad, de libertad republicana. Si la gente no es libre, no puede haber democracia. Porque si no tienes recursos, no puedes decir que no a nada. Sin recursos estás sometido, estás dominado. No puedes tomar tus decisiones, y eso afecta a la base de la democracia. En tercer lugar, la renta básica ofrecería seguridad a la gente; no sólo económica, sino también psicológica, vital. Y eso es importante, porque la gente que no tiene estabilidad pierde racionalidad, se vuelve menos inteligente, le cuesta más tomar decisiones…

¿Pero la renta básica no sería como regalar dinero?

Los conservadores dicen que no se puede dar alguna cosa a cambio de nada. Este es su argumento clásico. Pero ellos mismos promueven estos “regalos” cuando permiten las herencias sin cobrar nada. Si fueran coherentes con su discurso, tendrían que prohibir las herencias. Además, muchos de los beneficios del capitalismo se extraen de patrimonio común, de propiedades que corresponden a todos. Lo peor es que este argumento de que no se puede dar alguna cosa a cambio de nada, más emocional que lógico, no sólo lo defienden los partidos de derechas sino también los sindicatos de trabajadores…

¿La solución a los problemas social, pues, tendría que pasar por la renta básica?

La renta básica no se tiene que entender como la panacea. Pero es una parte esencial del proyecto para llegar a una sociedad más justa. Sin ella no puede haber una sociedad mejor.

Hay quien argumenta que la globalización ha sido buena para desarrollar a los países subdesarrollados. ¿Es así?

Yo no creo que este sistema sea bueno en ningún sitio. En India y en África, donde yo he trabajado durante muchos años, el Estado es muy débil. Y si las grandes compañías han corrompido el Estado en Europa, mucho más fácil todavía les resultará corromperlo en lugares donde las instituciones son más débiles y más pobres. Al capitalismo le sale muy barato comprar a políticos y banqueros en los países poco desarrollados. El capitalismo rentista, que extrae rentas de estos países, es un freno para el desarrollo. No colabora con que África y Asia se desarrollen, sino más bien con lo contrario. Es imprescindible una agenda política progresista para estos países.

Usted, en el prefacio del libro, se pregunta si los ciudadanos tenemos que seguir respetando las reglas del juego, si tenemos en cuenta que el capitalismo rentista ha ido asociado a la corrupción de todo el sistema. ¿Cuál es su conclusión?

En el capítulo final de La corrupción del capitalismo yo argumento que en la situación a la que hemos llegado, en que el capitalismo rentista controla todo el sistema y los sectores dominantes de los partidos conservadores se han vendido a los rentistas, nos tenemos que preguntar dos cosas. La primera: ¿Tenemos una democracia? La segunda: ¿Tenemos que seguir las reglas que el capitalismo rentista ha establecido para la democracia? Si llegamos a la conclusión de que la respuesta a la primera cuestión es negativa, necesariamente la respuesta para la segunda también tiene que ser negativa.

¿Qué propone, entonces?

Yo no defiendo un modelo revolucionario clásico, leninista. Creo que los partidos progresistas tienen que trabajar conjuntamente para olvidar las diferencias y articular una acción colectiva. Hay que tener claro quién es el enemigo de la democracia. Si actuamos colectivamente en el espacio público, si nos movilizamos contra los capitales rentistas y ponemos presión, el sistema acabará por cambiar.

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