Violencia es mentir: Olavarría y las falsedades en la prensa.

Violencia es mentir

Por Leandro Grille. (19/3/17)

religion

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Cerca de 4.000 uruguayos fueron atrapados por la desconexión entre la realidad y el relato mediático que se verifica cotidianamente en Argentina. Esa distancia, que es un componente de la manida “grieta” que dividiría a los argentinos entre kirchneristas y antikirchneristas, peronchos y gorilas, zurdos y fachos, negros y tilingos, CEO y choripaneros, alcanza todos los aspectos de la vida social y, en ocasiones, puede engullir a turistas, visitantes y melómanos. Ese fue el caso el pasado sábado 11 de marzo, cuando se produjo el concierto mulitudinario más importante de la historia del rock argentino: el recital del Indio Solari y los Fundamentalistas del Aire Acondicionado.

Para todos los que no fuimos, el último concierto del Indio Solari será una incógnita duradera: el misterio de Olavarría. Desde la misma noche del sábado exótico, una porción mayoritaria de la prensa argentina, fogoneada por la irresponsabilidad de la agencia Télam, que es la voz oficial del gobierno nacional de ese país, se empeñó en instalar que el show ofrecido por el exvocalista de la mítica banda platense Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota había devenido tragedia, con muchos muertos, multitud de lastimados y desaparecidos. Las primeras versiones cifraban entre siete y catorce las personas fallecidas víctimas de avalanchas humanas, centenares de heridos de diversa gravedad que habrían hecho colapsar las instalaciones sanitarias de esa ciudad de la provincia de Buenos Aires, y un contingente indeterminado de desaparecidos. Sin embargo, con el paso de las horas los números de la tragedia se fueron acotando hasta confirmarse la muerte de dos personas, cuyas autopsias indicaron paro cardiorrespiratorio, un combo de alcohol y drogas, sin evidencia de aplastamiento, unas decenas de personas atendidas en el hospital municipal de Olavarría, en su mayor parte con cuadros leves por el consumo excesivo de sustancias, algunos contusos y, presumiblemente, algunas pocas personas que no han retomado el contacto con sus familiares, pero sin denuncias concretas, y ya no en Olavarría, porque un rastrillaje hecho por 500 militares, para encontrar gente perdida o muerta en las inmediaciones de la localidad, no halló a nadie.

El Indio Solari había advertido días antes del concierto que podía haber intenciones de empañar la fiesta. Le pidió a la gente que no fuera imprudente y que se cuidaran: “La canalla no descansa nunca”. El problema era claro para un hombre de la inteligencia de Carlos Indio Solari. Su dimensión artística, su incomparable poder de convocatoria, y su identificación con la parte izquierda de la “grieta” –aunque expresamente rechace ser considerado un militante– lo habían transformado en una “rata kirchnerista” para los partidarios del gobierno de Macri, así que no se podía descartar que, confundidos en la multitud, hubiese gente interesada en generar incidentes.

El sábado cientos de miles de personas llegaron a Olavarría a una misa que podía ser la última, ahora que se sabe que el Indio, de 68 años, padece del mal de Parkinson. La ciudad, una pequeña urbe de 100.000 habitantes al centro sur de la provincia de Buenos Aires, gobernada por un intendente de Cambiemos había previsto la afluencia masiva, pero todas las expectativas se quedaron cortas: entres 350.000 y 500.000 personas multiplicaron la población de Olavarría y se acercaron al predio de 18 hectáreas conocido como La Colmena para ver al Indio. Como siempre sucede, muchos llegaron con sus entradas, pero otros miles se acercaron sin ellas, confiados en que, comenzado el show, las puertas se abrirían para que ingresaran los que quedaron afuera, que aparentemente eran entre 50.000 y 100.000 personas. Durante el concierto murieron dos personas de paro cardiorrespiratorio y el Indio debió detener varias veces el espectáculo para pedir que se corriera hacia atrás la muchedumbre que se agolpaba en el escenario, para atender a personas ebrias y evitar el sofocamiento de la gente.

La muerte de esos dos asistentes entre casi medio millón de personas fue utilizada para desplegar un verdadero terrorismo comunicacional, instalando la idea de una tragedia incuantificable, al punto de que todos los concurrentes estaban en peligro. En Uruguay miles de personas se volcaron a las redes sociales buscando a seres queridos que habían viajado a Olavarría y se difundieron teléfonos de consulados, listas de ingresados en el hospital municipal, compañías de ómnibus, terminales, en una psicosis desatada, como si Olavarría fuera una zona de desastre. Para colmo, la enorme presencia de visitantes, que más que triplicaban a la población local, supuso el colapso de las vías de comunicación celular, por lo que la gente masticaba su angustia sin poder ponerse en contacto con nadie, esperando la llamada o la confirmación de que un hijo, un hermano, un amigo, estaba sano y a salvo, regresando a casa.

Mientras tanto, en miles de vehículos, ómnibus, camiones (imaginemos que para desconcentrar 450.000 personas se precisan 10.000 ómnibus de larga distancia), la gente iba retornando a sus casas, y quedaba un remanente de los que habían llegado a dedo o habían perdido su pasaje de retorno. Entre todos ellos, los 100 ómnibus que trasladaban uruguayos, en los que la gente venía en paz, contenta por el concierto que habían disfrutado, comentándose todos y en su inmensa mayoría, sin tener ni la más mínima idea de lo que estaba sucediendo en la cabeza de los que esperábamos una llamada, un mensaje que nos tranquilizara ante las versiones de catástrofe que propagaban los medios.

Y empezaron a llegar. Y a desayunarse de que habían vivido una realidad que no tenía nada que ver con lo que se había instalado como realidad. Obligados a discutir con gente que les negaba haber vivido lo que habían vivido. Que quería aleccionarlos sobre el lodazal de sangre y desidia en el que se habían sumergido, mientras ellos y ellas creían que estaban escuchando rocanrol. Les hablaron de los muertos, de las malditas avalanchas, del caos organizativo, de las dificultades para salir, de la gente apelotonada, herida, aplastada, asesinada por la codicia del Indio, esa supuesta rata kirchnerista que viaja en avión privado mientras sus fanáticos descerebrados se hunden en el barro, se drogan con mierda y respiran por cuenta gotas.

Y finalmente, las autopsias revelaron que los dos muertos fallecieron por paro cardíaco, sin señales de aplastamiento, sin haber sido asfixiados, aquejados por males previos agravados por la cantidad de alcohol y drogas que habían consumido. En suma, dos trágicas pérdidas que no pueden ser imputadas ni al evento, ni a la organización, ni a las inconductas masivas ni mucho menos a la gente, al Indio Solari o al kirchnerismo.

En Woodstock murieron tres personas. Entre ellos, uno por sobredosis y otro, menor de edad, atropellado por un tractor. Carlos Santana bajó en helicóptero. Todo el mundo cobró. La gente vivía rodeada de basura porque nadie limpiaba. Pero hoy es recordado como el recital más maravilloso de la historia. Hay decenas de documentales hablando de amor, música y ácido lisérgico en ese campo en Bethel, estado de Nueva York. Y está bien que eso sea lo que se recuerde, porque esos jóvenes hippies de Estados Unidos, en 1969 practicaban una forma de resistencia al gobierno imperialista de su país, empecinado en conquistar Vietnam.

¿Por qué ahora hay que significar el concierto del Indio como una tragedia? Murieron dos personas y eso es siempre triste, pero la muerte es eventualidad posible, y los dos fallecidos podían haber muerto en sus propias casas, dado lo que consumieron y su estado de salud previo. Olavarría no fue Cromañón. Olavarría no fue una guerra. Fue el concierto más masivo que se recuerde, donde hubo muchos problemas, pero donde la gente demostró, una vez más, que se puede cuidar sola, porque a la salida, la Policía dejó un espacio angostísimo para evacuar a la multitud, una zona liberada sin patrullaje para el desastre. Y nada. No pasó absolutamente nada. El pueblo era una fiesta.

Las neurociencias: un intento de colonizar la subjetividad

Colonización de la subjetividad: las neurociencias

El discurso apolítico de las neurociencias convierte intereses económicos y empresariales en conocimientos neutros instituidos como verdades. El Dr. Facundo Manes es uno de los representantes de esta corriente que sitúa a las neurociencias como el paradigma biopolítico funcional al neoliberalismo; un gurú comunicacional sostenido por los medios corporativos y las empresas farmacológicas.

Por Nora Merlin*

(para La Tecl@ Eñe)

El sistema capitalista en su variante neoliberal funciona imponiendo ideas a través de los medios de comunicación corporativos y el marketing, que se incorporan, se demandan y terminan naturalizándose. Se trata de un proyecto colonizador que necesita realizar una producción biopolítica de subjetividad, y con ese objetivo se apropia de sentidos y representaciones de la cultura.

La subjetividad neoliberal se configura siguiendo el modelo empresarial planteado como una serie uniformada, en la que lo humano se reduce a su mínima expresión: todo debe estar calculado, disciplinado y controlado. Las personas se someten a los mensajes comunicacionales, que terminan funcionando inconscientemente como órdenes. De esta forma, incorporan los imperativos de la época y sustentan la creencia de que eligen libremente mensajes comunicacionales, mientras que en verdad son impuestos a fuerza de repetición y técnicas de venta.

El neoliberalismo como régimen de colonización de la subjetividad, tapona con objetos tecnológicos y medicamentos el lugar de la falta estructural del sujeto y de lo social, rechazando lo que hace límite o funciona como imposibilidad. Esta operación inevitablemente conduce a la  angustia, principal afecto desarrollado en el neoliberalismo, la que se manifiesta en el cuerpo como taquicardia, sudoración, mareos, ahogos, etc. Otras veces produce culpa inconsciente y necesidad de castigo, porque el sujeto, transformado en consumidor, siempre está en falta, nunca se siente a la altura de los mandatos empresariales del éxito y el mérito. Se establece una dialéctica circular y compulsiva entre desarrollo de angustia o culpa y consumo de psicofármaco-tapón, cuya dosis nunca resulta suficiente.

Entre las tácticas que apuntan a la colonización de la subjetividad, se sitúa el apelar a la ciencia y convertir intereses económicos y políticos en conocimientos neutros que se instituyen como verdades indiscutibles. Se trata de  una manipulación mediática, repetitiva y supuestamente acrítica, que se hace en nombre del prestigio social de la ciencia y de una supuesta objetividad apolítica. Se pretende imponer saberes aparentemente neutrales, que con su insistencia se vuelven sentidos “consensuados” por la comunidad. ¿Quién se anima a contradecir a “La ciencia”? ¿Quién pone en tela de juicio lo que afirma un “doctor”?  La subjetividad indefensa se arrodilla y se somete ante un supuesto saber científico siempre triunfante que se erige como uno de los amos de la civilización.

En esta perspectiva debe considerarse que la investigación sobre el cerebro puede funcionar como una renovada oferta de espejitos de colores. Las neurociencias son un conjunto de disciplinas que estudian la estructura, la función,  y las patologías del sistema nervioso, pretendiendo establecer las bases biológicas que explican la conducta y el padecimiento mental.

Las neurociencias, funcionales al neoliberalismo, se proponen fabricar la construcción biopolítica de un sujeto adaptado al circuito neuronal, portador de amores calculados y angustias medicadas en nombre de una supuesta salud mental equilibrada que viene con receta y protocolo.  Por ejemplo, el Dr. Facundo Manes, uno de los referentes de esta corriente en la Argentina, afirmó que “El amor más que una emoción básica, es un proceso mental sofisticado y complejo”.  Manes determina un amor basado en un circuito neuronal, que se fundaría en el funcionamiento del cerebro cuando nos enamoramos, sosteniendo, por ejemplo, que el tamaño de la pupila influye en la atracción que podemos provocar en el otro.

No deja de sorprender que se presente a las neurociencias como lo más moderno cuando en realidad se trata de un reduccionismo  pre-freudiano, que homologaba lo psíquico a lo biológico y que afirmaba que los procesos mentales eran cerebrales. (“Un servidor de pasado en copa nueva”, como dice Silvio Rodríguez). Reducir el sujeto, la relación con el prójimo, lo social, a la actividad espontánea de la corteza cerebral o a la conectividad neuronal implica un anacronismo. El descubrimiento de la neurona, a fines del siglo XIX, realizado por Santiago Ramón y Cajal fue un aporte fundamental a la neurología. Pero ya en 1895 siendo neurólogo, Sigmund Freud sostuvo que esa disciplina era estéril para investigar lo psíquico.  Abandonó ese camino y se orientó hacia lo que sería el psicoanálisis: descubrió la importancia de la palabra y la escucha en la afectación del cuerpo y la producción de síntomas, planteando que  es vía la palabra y la escucha de cada sujeto que advendrá la curación. En 1.900 descubrió el inconsciente e inventó el psicoanálisis como práctica, construyendo una teoría que traería muchas novedades, entre ellas un nuevo cuerpo que no sólo es orgánico ni determinado por conectividades neuronales, sino que está marcado, traumatizado y sintomatizado por las palabras del Otro. El psicoanálisis propuso un corte epistemológico radical: vino a cuestionar la universalidad de la norma, otorgando, como nunca antes había sucedido en la historia de la cultura, dignidad a la diferencia absoluta: cada sufrimiento es singular, cada caso es una excepción, cada amor es único, la sexualidad no es biológica, uniformada ni coincide con la genitalidad y el cuerpo hablado se constituye como erógeno. Más tarde Jacques Lacan continuó desarrollando  el psicoanálisis: lo articuló a la lingüística, la lógica, la topología, etc., y ese cuerpo teórico constituye la herramienta fundamental para tramitar el sufrimiento del hablante-ser.

Hoy la palabra neurociencia está de moda en consonancia con el desarrollo  neoliberal; en éstos tiempos y en nuestro país tiene entre sus representantes a un gurú comunicacional sostenido por los medios corporativos, el Dr. Facundo Manes. Dicho neurólogo no resulta un actor social neutral sino una figura ligada al  gobierno, probablemente candidato de Cambiemos en las próximas elecciones. Asimismo, se quiere crear un polo de “neurociencias aplicadas” en beneficio de empresas privadas, negocios inmobiliarios y laboratorios.”

Las neurociencias intentan avanzar hacia la medicalización a partir de situaciones comunes de la vida, por ejemplo un duelo, una ruptura de pareja, un conflicto, apuntando a narcotizar la angustia, la culpa y lo que consideran anomalías sintomáticas. Otro aspecto a considerar es que parten de un supuesto que en sentido estricto constituye una estafa, que es la adaptación o la homeostasis y la armonía como horizontes posibles de la existencia humana sexuada y mortal. Para graficarlo, sería la metáfora del amor como media naranja, o la acomodación de los sujetos al orden instituido, generando la ilusión de una completud sin restos, diferencias ni perturbaciones.

Los psicoanalistas nos oponemos a regresar a la caverna paleontológica que proponen las neurociencias. Nuestro punto de vista es que el padecimiento subjetivo singular no está causado por la neurona, que el inconsciente no es biológico y que los tratamientos que proponen las neurociencias no son modernos ni serios. La medicación que proponen opera como una mordaza para adormecer a los sujetos y silenciar el sufrimiento, lo que termina agravándolo, en tanto que desde una posición psicoanalítica de lo que se trata es de que exprese y se aloje en una escucha especializada: el analista.

El proyecto de las neurociencias no es inocente, apunta a la medicalización de la sociedad, pretendiendo engrosar el mercado de consumo de medicamentos acorde con las corporaciones de los laboratorios, así como disciplinar y adaptar los sujetos a la moral y la norma del dispositivo capitalista.

Hoy la palabra neurociencia está de moda en consonancia con el desarrollo  neoliberal; en estos tiempos y en nuestro país tiene entre sus representantes a un gurú comunicacional sostenido por los medios corporativos, el Dr. Facundo Manes. Dicho neurólogo no resulta un actor social neutral sino una figura ligada al  gobierno, probablemente candidato de Cambiemos en las próximas elecciones. Asimismo, se quiere crear un polo de “neurociencias aplicadas” en beneficio de empresas privadas, negocios inmobiliarios y laboratorios. Ese centro se constituiría a través de la reconversión y refuncionalización de los hospitales neuropsiquiátricos José T. Borda y Braulio Moyano, que a su vez pasarán a ser “centros de atención, experimentación e investigación relacionados con las neurociencias aplicadas”. Una decisión tan fundamental de política sanitaria no se puede tomar de forma unilateral, sino que debe ser el resultado de un debate que incluya a todos los agentes involucrados en la salud mental.

Las neurociencias implican el triunfo de la medicalización, del paradigma positivista y de la investigación técnica desligada de los efectos políticos y subjetivos  de vivir con otros y otras. Supone el negocio de los laboratorios y el triunfo de la colonización neoliberal que produce psicología de masas,  donde el sujeto se reduce a ser un objeto de experimentación manipulado, cuantificado y disciplinado.

El sujeto no se calcula por expertos ni viene con protocolo de “normalización civilizada”, no cedamos la cultura.

Buenos Aires, 15 de marzo de 2017

*Psicoanalista, docente e investigadora de la UBA- Magister en Ciencias Políticas- Autora de Populismo y psicoanálisis

¿Por qué hoy no es posible la revolución?, por Byung-Chul Han

¿Por qué hoy no es posible la revolución?, por Byung-Chul Han

Para descifrar la alta estabilidad del sistema de dominación liberal hay que entender cómo funcionan los actuales mecanismos de poder. El comunismo como mercancía es el fin de la revolución¿Por qué hoy no es posible la revolución?

Cuando hace un año debatí con Antonio Negri en el Berliner Schaubühne, tuvo lugar un enfrentamiento entre dos críticas del capitalismo. Negri estaba entusiasmado con la idea de la resistencia global al empire, al sistema de dominación neoliberal. Se presentó como revolucionario comunista y se denominaba a sí mismo profesor escéptico. Con énfasis conjuraba a la multitud, la masa interconectada de protesta y revolución, a la que confiaba la tarea de derrocar al empire.La posición del comunista revolucionario me pareció muy ingenua y alejada de la realidad. Por ello intenté explicarle a Negri por qué las revoluciones ya no son posibles.

¿Por qué el régimen de dominación neoliberal es tan estable? ¿Por qué hay tan poca resistencia? ¿Por qué toda resistencia se desvanece tan rápido? ¿Por qué ya no es posible la revolución a pesar del creciente abismo entre ricos y pobres? Para explicar esto es necesario una comprensión adecuada de cómo funcionan hoy el poder y la dominación.

Quien pretenda establecer un sistema de dominación debe eliminar resistencias. Esto es cierto también para el sistema de dominación neoliberal. La instauración de un nuevo sistema requiere un poder que se impone con frecuencia a través de la violencia. Pero este poder no es idéntico al que estabiliza el sistema por dentro. Es sabido que Margaret Thatcher trataba a los sindicatos como “el enemigo interior” y les combatía de forma agresiva. La intervención violenta para imponer la agenda neoliberal no tiene nada que ver con el poder estabilizador del sistema.

El poder estabilizador de la sociedad disciplinaria e industrial era represivo. Los propietarios de las fábricas explotaban de forma brutal a los trabajadores industriales, lo que daba lugar a protestas y resistencias. En ese sistema represivo son visibles tanto la opresión como los opresores. Hay un oponente concreto, un enemigo visible frente al que tiene sentido la resistencia.

El carácter estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor; es decir, cautivador.

El sistema de dominación neoliberal está estructurado de una forma totalmente distinta. El poder estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible como en el régimen disciplinario. No hay un oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza.

Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad.

Es ineficiente el poder disciplinario que con gran esfuerzo encorseta a los hombres de forma violenta con sus preceptos y prohibiciones. Es esencialmente más eficiente la técnica de poder que se preocupa de que los hombres por sí mismos se sometan al entramado de dominación. Su particular eficiencia reside en que no funciona a través de la prohibición y la sustracción, sino a través del deleite y la realización. En lugar de generar hombres obedientes, pretende hacerlos dependientes. Esta lógica de la eficiencia es válida también para la vigilancia. En los años ochenta, se protestó de forma muy enérgica contra el censo demográfico. Incluso los estudiantes salieron a la calle. Desde la perspectiva actual, los datos necesarios como oficio, diploma escolar o distancia del puesto de trabajo suenan ridículos. Era una época en la que se creía tener enfrente al Estado como instancia de dominación que arrebataba información a los ciudadanos en contra de su voluntad. Hace tiempo que esta época quedó atrás. Hoy nos desnudamos de forma voluntaria. Es precisamente este sentimiento de libertad el que hace imposible cualquier protesta. La libre iluminación y el libre desnudamiento propios siguen la misma lógica de la eficiencia que la libre autoexplotación. ¿Contra qué protestar? ¿Contra uno mismo?

Es importante distinguir entre el poder que impone y el que estabiliza. El poder estabilizador adquiere hoy una forma amable, smart, y así se hace invisible e inatacable. El sujeto sometido no es ni siquiera consciente de su sometimiento. Se cree libre. Esta técnica de dominación neutraliza la resistencia de una forma muy efectiva. La dominación que somete y ataca la libertad no es estable. Por ello el régimen neoliberal es tan estable, se inmuniza contra toda resistencia porque hace uso de la libertad, en lugar de someterla. La opresión de la libertad genera de inmediato resistencia. En cambio, no sucede así con la explotación con la libertad. Después de la crisis asiática, Corea del Sur estaba paralizada. Entonces llegó el FMI y concedió crédito a los coreanos. Para ello, el Gobierno tuvo que imponer la agenda liberal con violencia contra las protestas. Hoy apenas hay resistencia en Corea del Sur. Al contrario, predomina un gran conformismo y consenso con depresiones y síndrome de Burnout. Hoy Corea del Sur tiene la tasa de suicidio más alta del mundo. Uno emplea violencia contra sí mismo, en lugar de querer cambiar la sociedad. La agresión hacia el exterior que tendría como resultado una revolución cede ante la autoagresión.

Cada uno es amo y esclavo. La lucha de clases se convierte en una lucha interna, consigo mismo.

Hoy no hay ninguna multitud cooperante, interconectada, capaz de convertirse en una masa protestante y revolucionaria global. Por el contrario, la soledad del autoempleado aislado, separado, constituye el modo de producción presente. Antes, los empresarios competían entre sí. Sin embargo, dentro de la empresa era posible una solidaridad. Hoy compiten todos contra todos, también dentro de la empresa. La competencia total conlleva un enorme aumento de la productividad, pero destruye la solidaridad y el sentido de comunidad. No se forma una masa revolucionaria con individuos agotados, depresivos, aislados.

No es posible explicar el neoliberalismo de un modo marxista. En el neoliberalismo no tiene lugar ni siquiera la “enajenación” respecto del trabajo. Hoy nos volcamos con euforia en el trabajo hasta el síndrome de Burnout [fatiga crónica, ineficacia]. El primer nivel del síndrome es la euforia. Síndrome de Burnout y revolución se excluyen mutuamente. Así, es un error pensar que la multitud derroca al empire parasitario e instaura la sociedad comunista.

¿Y qué pasa hoy con el comunismo? Constantemente se evocan el sharing (compartir) y la comunidad. La economía del sharing ha de suceder a la economía de la propiedad y la posesión. Sharing is caring, [compartir es cuidar], dice la máxima de la empresa Circler en la nueva novela de Dave Eggers, The Circle. Los adoquines que conforman el camino hacia la central de la empresa Circler contienen máximas como “buscad la comunidad” o “involucraos”. Cuidar es matar, debería decir la máxima de Circler. Es un error pensar que la economía del compartir, como afirma Jeremy Rifkin en su libro más reciente La sociedad del coste marginal nulo, anuncia el fin del capitalismo, una sociedad global, con orientación comunitaria, en la que compartir tiene más valor que poseer. Todo lo contrario: la economía del compartir conduce en última instancia a la comercialización total de la vida.

El cambio, celebrado por Rifkin, que va de la posesión al “acceso” no nos libera del capitalismo. Quien no posee dinero, tampoco tiene acceso al sharing. También en la época del acceso seguimos viviendo en el Bannoptikum, un dispositivo de exclusión, en el que los que no tienen dinero quedan excluidos. Airbnb, el mercado comunitario que convierte cada casa en hotel, rentabiliza incluso la hospitalidad. La ideología de la comunidad o de lo común realizado en colaboración lleva a la capitalización total de la comunidad. Ya no es posible la amabilidad desinteresada. En una sociedad de recíproca valoración también se comercializa la amabilidad. Uno se hace amable para recibir mejores valoraciones. También en la economía basada en la colaboración predomina la dura lógica del capitalismo. De forma paradójica, en este bello “compartir” nadie da nada voluntariamente. El capitalismo llega a su plenitud en el momento en que el comunismo se vende como mercancía. El comunismo como mercancía: esto es el fin de la revolución.

Byung-Chul Han es filósofo.

Traducción de Alfredo Bergés.

¿Por qué los hombres se suicidan más que las mujeres?

¿Por qué los hombres se suicidan más que las mujeres?

“Me sentía desesperado. No hallaba qué hacer. Por eso se me cruzó por la mente la idea de matarme”.

Pero Antonio Gómez, de 48 años, no se limitó a pensarlo. Su matrimonio hacía aguas y la precaria economía familiar era cada vez más asfixiante, así que se puso manos a la obra para terminar con aquel infierno.

“Pensé que era lo mejor”, recuerda hoy.

Su caso no lo reflejan las estadísticas, ya que ninguno de sus tres intentos terminó en suicidio. Ni la vez que tomó veneno, ni la que se puso un arma en la cabeza, ni siquiera la última, que lo llevó al hospital.

Pero si lo hubiera logrado, se hubiera sumado a los 804.000 suicidios que registró la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2012.

Y aunque en la estadística global apenas se percibiría, hubiera aumentado la diferencia entre la tasa masculina y la femenina.

Es que, si ese mismo año fueron ocho de cada 100.000 las mujeres que decidieron quitarse la vida, la tasa de hombres que llegaron a hacerlo fue casi el doble: 15 por cada 100.000 habitantes.

“El suicidio es un fenómeno masculino”, asegura a BBC Mundo la doctora en psiquiatría Anne Maria Möller-Leimkühler.

“La tasa entre hombres es al menos tres veces más alta que entre las mujeres, y es así en todos los países, con pocas excepciones, como por ejemplo China”, añade.

“El suicidio es la principal causa de muerte en hombres de entre 20 y 45 años, y es tres veces más frecuente que los accidentes de tráfico“.

Brecha de género

Sabe lo que dice, ya que es la autora del estudio The Gender Gap in Suicide and Premature Death or: Why Are Men So Vulnerable? (La brecha de género en el suicidio y la muerte prematura o ¿por qué son los hombres tan vulnerables?).

Pero además sus afirmaciones las respalda el informe La prevención del suicidio. Un imperativo global, publicado por la OMS en 2014.

De acuerdo al documento, en relación al suicidio el desequilibrio de sexos se da en todas las regiones salvo en el Pacífico Sur.

La tasa de suicidio masculina es el doble de la femenina, según los datos de la OMS.

Y el fenómeno abarca las regiones de renta alta, media o baja, aunque en los países más ricos la brecha entre géneros es mayor.

Pero son Europa y América los continentes en los que la diferencia entre la tasa de suicidio masculina y la femenina es más acusada.

En Europa se suicidan 4,9 mujeres de cada 100.000 habitantes y 20 hombres, más del cuádruple.

Y en América lo hacen 2,7 mujeres y 9,8 hombres.

“Pero las tasas de suicidio no son del todo fiables”, advierte la experta, profesora del Departamento de Psiquiatría y Psicoterapia de la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich, Alemania.

Aunque las estadísticas no son del todo fiables, advierten los expertos consultados por BBC Mundo.

No todos los casos se reportan, y no todos los suicidios se registran como se debería, explica.

“Por ejemplo, en los casos de ahogamiento o de sobredosis no es fácil saber si la muerte fue accidental o suicida”, señala.

“Los expertos suelen estar de acuerdo en que las cifras de suicidio están subestimadas a nivel mundial”.

Y así lo hicieron todos los especialistas consultados por BBC Mundo.

Alexandra Fleischmann, del Centro de Coordinación para la Prevención del Suicidio de la OMS, aclaró que solo 60 países miembro de la organización tienen datos de calidad sobre mortalidad. “El resto son estimaciones”.

“Tormenta perfecta”

Las razones para llegar a considerar el suicidio una opción son múltiples, señalan los expertos a quienes entrevistó BBC Mundo.

“La edad más crítica es entre los 25 y 50”, especifica John Murphy, el coordinador de Suicide, Harm, Awareness, Recovery and Empathy (Suicidio, daño, conciencia, recuperación y empatía, SHARE), a BBC Mundo.

SHARE se creó en Escocia ante el alarmante alto número de suicidios masculinos, y ofrece a hombres que han intentado quitarse la vida o se ven tentados por la opción asesoramiento financiero y práctico, y actividades como partidas de cartas o de fútbol.

La predisposición, los traumas de la infancia y un desencadenante se combinan en “la tormenta perfecta” que lleva a pensar en el suicidio.

“Con soluciones prácticas somos capaces de desviar la atención de la tormenta perfecta, en la que la angustia emocional se cruza con circunstancias puntuales y se genera un ambiente en el que el suicidio se vuelve una opción”, dice Murphy, quien asegura que la demanda de sus servicios va en aumento.

“Y es que la ideología del suicidio —así llaman los expertos a las condiciones que hacen que el suicidio se vuelva una opción— incluye tendencias biológicas, la predisposición, los traumas previos y los desencadenantes, eventos que ocurren durante la edad adulta como la pérdida del trabajo, la ruptura de la relación sentimental o los problemas financieros”, explica.

“Pero la principal causa suele ser la depresión, en muchas ocasiones no diagnosticada en los hombres”, advierte por su parte la doctora en psiquiatría Möller-Leimkühler.

Y señala también otros factores de riesgo, en muchas ocasiones relacionados con la depresión, como el alcoholismo o problemas de salud mental.

Masculinidad, la clave

Pero si hay una clave, esa es la ideología masculina tradicional, según la experta.

“Ser el que trae el pan a casa sigue siendo esencial para la identidad masculina y para la autoestima (de los hombres)”, señala.

“Por lo tanto, no es de extrañar que en tiempos de crisis económica los suicidios masculinos estén relacionados con el desempleo”.

Pero va más allá.

En tiempos de crisis económica muchos suicidios masculinos están relacionados con el desempleo.

“Las normas de la masculinidad funcionan a través de expectativas sociales y del autoconcepto— la opinión que una persona tiene sobre sí misma, que lleva asociado un juicio de valor— (…)”, explica.

“Y estas normas dictan que los hombres siempre tienen que ser fuertes, racionales, dominantes, autónomos, independientes, activos, competitivos, poderosos, invulnerables, positivos“, enumera.

A lo que añade que las emociones como la tristeza, la ansiedad, la impotencia, la incertidumbre o la indecisión deben ser controladas y compensadas.

“Estos estándares masculinos no son realistas (…), por lo que los hombres tienden a lidiar con los conflictos emocionales externalizándolos con hiperactividad en el trabajo, haciendo deporte, viendo la televisión o usando internet, consumiendo alcohol de forma adictiva, o conduciendo de manera peligrosa para disminuir su ansiedad y para mantener la fachada masculina”, relata.

“La búsqueda de ayuda se ve como un indicador de la falta de masculinidad, así que muchos hombres se convencen de que tienen que resolver sus problemas por ellos mismos y no hablan de lo que sienten“.

¿Con quién hablar?

Como consecuencia, dice la especialista, la depresión es poco diagnosticada entre hombres y eso hace más alto el riesgo de suicidio.

“Sentirse fuera de control puede resultar en suicidio, considerando éste como una manera de recuperar el control”, asegura.

Murphy, quien trabaja con hombres con tendencia suicida a diario, está de acuerdo.

Pero matiza: “Tiene más que ver con que los hombres no saben con quién hablar y con que no quieren ser una carga para nadie que con el hecho de que no quieran hablar”.

La edad crítica es entre los 25 y los 50.

Sin embargo, “es un fenómeno más complicado que todo esto”, advierte.

“Abarca todas las edades, géneros y estratos sociales”.

Y en eso hace hincapié la doctora Alexandra Fleischmann, del Centro de Coordinación para la Prevención del Suicidio de la OMS.

“Se da alrededor del mundo, entre ambos casos”, dice, aunque reconoce que la tasa de hombres que se suicidan es tres veces mayor que el de las mujeres en Occidente, y 1,6 de países orientales.

“Y sí, el que los hombres no piden ayuda y las mujeres sí es una hipótesis”.

A Antonio Gómez tampoco encontraba a nadie a quien contarle que ya no temía a la muerte.

“Y es que ya no hay miedo a morir. Uno ya se siente solo en vida. Así que mejor no existir”.

La crisis de la masculinidad

La crisis de la masculinidad
Por Rubén Garrido Ruisánchez
Psicólogo Sanitario y Psicoterapeuta Gestalt

religion

“Es la mujer la que se rebeló primero contra un estado de cosas y un sistema de vida que le acarrea grandes sufrimientos, pero el hombre tampoco lo pasa bien…Todo esto ha llevado al matrimonio patriarcal a una tremenda crisis, que todos estamos viendo a nuestro alrededor. La pareja ya no resiste la dominación mutua. El sufrimiento de hoy es la propiedad: “mi” marido, “mi” mujer. Esa palabra “mi” es el sufrimiento. El ser humano no puede ser propiedad de otro ser humano. Puede ser tremendamente generoso, tremendamente amoroso, pero no puede ser propiedad de otro ser y sentirse como tal.” Lola Hoffman

No es fácil comprender qué se está diciendo cuando se habla de violencia de género. Si eres hombre, la confrontación del término es directa, implacable. Te coloca bajo sospecha y no te representa, más bien te interpela, te denuncia y te exige reflexión.

Lo masculino y lo femenino

No siendo la masculinidad un atributo específico del varón, los hombres han representado por milenios los rasgos de lo masculino, que en su exacerbación dominante sobre lo femenino, deriva en machismo. El hombre es primeramente machista consigo mismo, en tanto que reprime y castiga su propia feminidad, y la relación con la mujer no es sino un reflejo de esta amputación interior.

Desde tiempo inmemorial venimos funcionando en automático, en una sociedad estructurada en base a una ideología machista. Como hijos e hijas de un patriarcado ancestral somos ambos sexos portadores de un machismo inoculado. La familia ha sobrevivido en un equilibrio neurótico por milenios, en que la mujer actúa lo femenino y el hombre lo masculino. Una polarización que ha funcionado en tanto que servía a una causa, la perpetuación del imperialismo y la conquista de lo ajeno.

Tal grado de segregación es posible de dos maneras: la imposición del hombre sobre la mujer y la creencia en el amor romántico, una estrategia elaborada que idealiza la unión de dos personas altamente polarizadas y por ende dependientes e incompletas. La idea es que el otro me complete y me salve de mi escisión interna. El resultado es una pareja disfuncional, una unión enfermiza que funcionará en la medida en que ambos crean en tal juego de roles y alimenten, el uno al otro, un estado de inmadurez e infradesarrollo.

La crisis de los roles de género

El machismo ha sido y es el cemento que une la pareja, tal y como la conocemos. La pareja patriarcal, un tipo de relación violenta en tanto que se trata de restringir, de dominar la vida del otro, de moldearla en beneficio propio, programar la existencia de otro ser para que me sirva.

La violencia doméstica

Hablamos de violencia de género, un término que está apuntando al diseño social de los estereotipos de género de base machista y por tanto impositivo, dominante y violento. Es lo que denominamos violencia estructural.

No es “violencia de género” un término que recoja la totalidad del abuso que se da en el ámbito de la pareja. Los problemas de pareja son co-partícipes, así como el modelo de pareja patriarcal es transmitido tanto por el hombre como por la mujer.
Por tanto para visibilizar los casos de maltrato de la mujer hacia el hombre, mayormente psicológico, aunque también físico, hay que referirse a violencia intrafamiliar o violencia doméstica, aunque ninguno de estos términos sea unidireccional como cuando hablamos de violencia de género.

Es urgente visibilizar el hecho de que el hombre también es receptor de maltrato, pues no solo pone en riesgo su integridad, comprometiendo su salud bio-psico-social, sino que la discriminación se va institucionalizando, decretando sentencias judiciales que relegan al padre a mero proveedor, desestimando la presunción de inocencia y apartando dolorosamente a los hijos, que a su vez tanto necesitan de la presencia del padre para su pleno desarrollo psicoemocional. Hablar del hombre es hablar del padre.

Actualmente el hombre se haya en un estado de indefensión legal ante los casos de abuso y violencia doméstica, lo que provoca un auténtico desamparo social y ausencia de ayuda.
Pareciera que el empeño del lobby, el verdadero poder, el que decide qué producto saldrá al mercado de opinión, es aumentar la brecha entre los sexos, avivar las luchas de poder y la crisis de pareja, preservando de paso las estructuras machistas que edifican nuestra sociedad.

Las campañas de publicidad contra la violencia de género provocan un efecto criminalizador del sexo masculino en general, que les sume en la sospecha de ser maltratadores potenciales. Una cosa es hacer balance del machismo inoculado en nuestra psique, otra cosa es extrapolar la acusación de violencia generalizada a todo un género. Pero tratemos de profundizar en este tema tan delicado. Veamos.

La crisis de identidad

Si como afirma Claudio Naranjo en su obra La Mente patriarcal, el primer golpe a la estructura patriarcal ha sido el auge de los movimientos feministas, podemos considerar el maltrecho momento actual como un escenario de cambio, un cambio crítico y necesario para revertir la preponderancia del autoritarismo de la razón y el intelecto sobre el saber instintivo y la ternura, la violencia con la que el pater familias ha impuesto su poder sobre la madre y los hijos, en propiedad.

Esta crisis del patriarcado va resquebrajando poco a poco la organización social que conocemos y el empuje de los movimientos feministas ya ha logrado romper los cimientos, abriendo un panorama de posibilidades nuevas en un reciente y delicado escenario en el que los roles de género están en cuestión. Podemos hablar de una crisis de identidad de género que afecta a mujeres y hombres, aunque no de la misma manera. En este orden de cosas la crisis de pareja está servida, siendo hoy día un fenómeno de interés creciente dada la dificultad de sostener la pareja.

Al tiempo que asistimos al empoderamiento de la mujer, históricamente abnegada y obligada a representar ciertos roles adjudicados por la cultura patriarcal, presenciamos de otra parte la así llamada crisis de la masculinidad, el espectáculo de la desorientación de los hombres que han perdido sus referentes. Hoy día es difícil para un hombre comprender el alcance de esta crisis de identidad. Conducirse por la vida como sexo privilegiado ya no es un buen negocio, el momento social obliga a reflexionar y dejar de lado las actitudes machistas. El hombre de hoy está en el punto de mira y ha de plegarse a las exigencias de los nuevos tiempos. Muchos hombres están revolucionando este proceso y se suman a la perspectiva de un feminismo más amplio e inclusivo, en el que ser feminista es ser persona principalmente, un feminismo que trasciende las ideologías de género, implacable con la desigualdad e inmensamente pedagógico. Un feminismo como este, educa al hombre y lo va sanado de una herida ancestral hecha de sacrificio y de dureza.

Recordemos: los hombres, tradicionalmente no comparten la fragilidad emocional, el dolor, el miedo, la tristeza, la confusión, entre otras cosas porque no saben nombrarlas, nadie les mostró ni les dio el permiso de ser, de ser plenamente, de ser la otra mitad, la mitad vulnerable. Una inmadurez emocional de este calibre nos predispone irremediablemente a recibir o a perpetrar el maltrato. La mujer nos desborda por siglos de desarrollo de una inteligencia emocional, obviamente conoce los cauces de la persuasión y también sabe de nuestra bobería.

El hecho de no compartir la experiencia interna más íntima es una locura enorme. Para portar semejante silencio hay que negar, y la negación es represión, es escisión, es locura.

Si no ofrecemos sostén emocional a los hombres, si no conformamos espacios donde puedan abrirse, madurar e integrar esas partes escindidas de si, el hombre irá a la pareja incompleto, rellenando este agujero con deseo, un deseo de ser reconocido en su rol. Si por otro lado le frustramos la recompensa de tal amputación interna, una recompensa reflejada en la satisfacción de haber conseguido proveer al clan, si su rol de proveedor principal desaparece, pero tampoco uno se haya suficientemente cerca de los hijos, entonces tenemos una bomba, una crisis de identidad.

Los roles de género

Los roles de género y el carácter son dos términos que se dan la mano. Son como el bastón al cojo, si nos lo quitan nos caemos. Una pérdida de identidad es un asunto delicado en términos de salud mental.

Cabe una pregunta, ¿está la mujer verdaderamente preparada para aceptar esta transformación del hombre moderno? Recordemos que la cultura patriarcal no solo se da por imposición de los hombres, no olvidemos la figura de la madre como gran pedagoga en el proceso de crianza de los hijos, niños y niñas, de los hijos e hijas del mañana. Gran parte de los problemas de pareja son una resistencia al cambio de roles. Lo que llamamos crisis de pareja es un desgaste, un agotamiento, porque uno percibe en alguna parte de sí que la salida es terrible, entonces la posterga. Implica un valor enorme salir de la dependencia.

Los roles heredados y el amor romántico

Tradicionalmente la identidad de género en el hombre se construye por negación y diferenciación de los rasgos femeninos, así como la identidad de género de la mujer se construye en base a la negación de lo masculino en ellas. Nos topamos ante un dilema difícil de solventar. El pensamiento feminista es consciente de este artificio de los roles culturales asignados, lo viene denunciando con insistencia, pero en la práctica, hombres y mujeres seguimos expuestos al amor romántico. Nos sentimos irremediablemente atraídos por la polaridad fuera de nosotros. El hombre sigue buscando a su “princesa necesitada y desvalida”, la mujer colma sus deseos con su “príncipe azul salvador”. No escapamos a la ingente cantidad de deseo generado desde la infancia, por eso la solución pasa por una educación libre de este vicio emocional que es el amor romántico. Si desaparecen los príncipes y las princesas, si terminamos de enterrar al maldito Walt (primero habría que descongelarlo), ¿quiénes somos?, ¿y tú mujer, podrás acoger la vulnerabilidad del nuevo hombre?

La educación recibida no preparó a los hombres a recibir tamaña acusación. Nos hiere y hermetiza la mirada de una mujer que denuncia el machismo que portamos. El hombre del hoy presenta atónito un tránsito cultural especialmente sensible para él, pues no solo ha de salir de su estado de estupor y aceptar la parte de su psique culturalmente condicionada y predominantemente machista, sino que ha de buscar la manera de colocarse frente a esta nueva mujer que reclama la igualdad de género.

Solo en términos de autoridad estructural han sido y son los hombres todavía el género privilegiado, en la medida que copamos las estructuras de poder, los altos cargos. Poco se habla del poder que la mujer ostenta en la familia, un poder diádico, más presente en sociedades de carácter más matriarcal.

En el escenario de la familia (célula básica de la sociedad) la mujer ha desarrollado históricamente estrategias en base a sus herramientas disponibles: la seducción y la manipulación emocional hacia el hombre. La cultura ha premiado estos rasgos de la feminidad: el desvalimiento, el victimismo y el infantilismo dulzón, que ya la mitología griega representara en el mito de las sirenas, que viene a reflejar la misandria y lo que hoy conocemos como feminismo radical y militante, que no es más que odio y herida en una dosis letal.

Existe un ímpetu feminista que corre el riesgo de constituirse en matriarcado y usurpar el poder de una estructura machista. Esto excede la saludable meta de conseguir la igualdad entre hombres y mujeres. Tenemos un ejemplo en el actual matriarcado judicial con su ley integral de violencia de género, que extiende la sospecha de maltrato a todo el género masculino sin interés por comprender las dinámicas del abuso emocional y del maltrato psicológico.

Las grandes pedagogas del hoy habrán de pararse a reconocer la importancia de que el hombre descanse en un rol, en una nueva identidad valorada positivamente por la sociedad. La acusación generalizada hacia el hombre tan solo polariza e incrementa la brecha si no va acompañada de una comprensión, también del esfuerzo que estamos haciendo tantos hombres de revisar el machismo inoculado en nuestras mentes y que nos llega de mano de nuestras propias madres, de tantos años de escolarización-domesticación, del cine y la cultura, del grito del padre que sentencia.

La violencia doméstica no tiene género

La invisibilidad de la violencia de la mujer hacia el hombre, se agrava por los mandatos interiorizados en el hombre, el juicio interno como hombres, la presión del rol de género también se vive desde dentro, “los hombres no lloran”, pero también desde fuera, es el estigma social, que juzga inapropiado que un hombre se victimice públicamente, es decir que muestre su vulnerabilidad. El resultado es el silencio, la vergüenza, el dolor y la indefensión frente a una mujer abusadora.

Se trata de integrar, no de escindir. Demonizar lo masculino es una pérdida para ambos sexos, porque lo masculino es una energía, una disposición de ánimo, una actitud constructiva hacia la vida y por tanto un rasgo de la naturaleza humana benéfico y deseable para el desarrollo de las personas. “La tierra necesita del sol para ser fecundada”.

La crisis de la masculinidad pasa por el reto de integrar lo femenino, de abrirse a la fragilidad y a la pareja desde el corazón.

Oscuros manejos financieros en Uruguay: sobre el caso Sanabria

Sanabria y nuestras instituciones sociales, por Rodrigo Arim

religion

El abrupto cierre del Cambio Nelson y la fuga internacional de su propietario sacudió el letargo veraniego uruguayo. La amplia crónica periodística, más allá de la acumulación de anécdotas bizarras -mensajes del prófugo que circulan por internet diciendo que estaba “cerquita” y que regresaba para dar la cara, “damnificados” que afirman usar los activos depositados para “obras de beneficencia”, figuras de la farándula regional apersonándose consternadas ante las clausuradas puertas de alguna sucursal-, implícitamente deja al descubierto patologías propias del funcionamiento financiero de agentes económicos diversos y la continuidad de conductas basadas en prácticas asentadas, que han sobrevivido a cambios en el contexto institucional, internacional y local.

La operativa implicaba, por lo menos, tres dimensiones comprometedoras: depositar activos en una “institución” o a cargo de una persona física no habilitada; sustraer esos activos de cualquier control normativo por parte del Estado; aceptar como documentación probatoria, si es que existe, de la obligación de Francisco Sanabria con el “damnificado” títulos que encubren la naturaleza real de la operación -captación de depósitos-, dado que ambas partes se comprometían en una transacción no habilitada. El problema no se limita a la conducta de una persona, que mediante el uso de información privilegiada estafa a clientes en su buena fe. Más bien, la gravedad radica en la presencia de una oferta de servicios financieros fuera de los marcos legales y la de un conjunto de agentes que hacen uso consciente de dichos servicios.

La discusión pública ha navegado en la superficialidad, con actores más preocupados por deslindar vínculos con el responsable o transferir costos políticos que por debatir sobre las implicancias de estas prácticas en el funcionamiento general de la sociedad. O por contar los minutos y caracteres que la prensa destinó al asunto. Como si fuera un simple caso aislado, que no requiere de mayor elaboración que la de ubicar al responsable. Dada la historia reciente de Uruguay, es difícil defender la singularidad de Sanabria y su casa de cambio. La propia reacción de involucrados directos e indirectos señala lo contrario.

Que una entidad como la Cámara Empresarial de Maldonado expresara su preocupación hace pensar que la operativa de realizar depósitos en el cambio no era excepcional ni un problema puntual de pocos agentes, sino que constituía una práctica conocida y habitual de varias empresas y personas. Desde el sistema político algunos actores, incluyendo alguno de sus correligionarios, afirmaron públicamente que “el planeta entero” sabía que Sanabria recibía depósitos. La inacción previa, la ausencia de denuncias al respecto y la ubicación de Sanabria en cargos de conducción o representación son un indicio claro de que ese conocimiento previo no merecía censura en el entorno más directo de sus vínculos empresariales y políticos. En la misma dirección apuntan declaraciones de actores políticos en Maldonado reconociendo tener depósitos para evitar “hacer colas en el banco”. La censura viene con el desbarajuste. No se condena la práctica, sino su fracaso.

La escasez de denuncias presentadas contrasta con la magnitud y amplitud que la maniobra parece tener de acuerdo con relatos sucesivos. Denunciar implica reconocer el involucramiento con transacciones financieras ilícitas y, posiblemente, dar cuenta del origen de activos colocados fuera de los circuitos legales.

El peso de las instituciones

Es en el hecho de que estas prácticas parecieran tácitamente aceptables para muchos donde radica lo más preocupante del episodio. Las instituciones vigentes en un país definen las reglas que determinan los procedimientos legalmente legítimos. Sin embargo, también coadyuvan en demarcar el espacio de los procedimientos y acciones socialmente aceptables. Las sociedades que promueven la opacidad, como instrumento para canalizar recursos provenientes de otros países a los que se les brinda anonimato y protección contra la injerencia de organismos de contralor fiscales o policiales, construyen instituciones acordes a dicho objetivo. Uruguay ha tenido varias de estas instituciones. A título de ejemplo, un secreto bancario extremadamente amplio y las erradicadas Sociedades Financieras de Inversión (SAFI) son nítidamente funcionales a estos esquemas.

Las instituciones definen estructuras de incentivos. Países que diseñan canales para que quienes controlan ciertos flujos de activos se sientan anónimos y confortables también generan incentivos para que sus profesionales en las áreas legales o económicas, por ejemplo, asignen sus habilidades y talentos hacia estas actividades; que producen un ingreso relativo mayor gracias a que el Estado -no el libre mercado- genera ventajas competitivas vía laxitud en los marcos regulatorios. Asesorar, estructurar y gestionar sociedades con tal finalidad o brindar canales de circulación sin riesgo de detección a los activos constituye una actividad más lucrativa, pero además socialmente aceptada y promovida por el propio Estado.

Los reparos y los beneficiarios

Los mercados no son entelequias abstractas: operan en el marco de normas institucionales específicas. En algunos contextos, las instituciones han permitido que el funcionamiento de los mercados genere un efecto positivo notorio y perdurable sobre el bienestar social. En otros, el resultado ha sido la concentración del poder y niveles de desigualdad no compatibles con sociedades abiertas y democráticas.

En un reciente libro que ha tenido un gran impacto, Daron Acemoglu y James Robinson brindan una amplia gama de ejemplos en ambas direcciones (1). Los mercados en sí no determinan el bienestar, sino la presencia de instituciones inclusivas y pluralistas, que habiliten una distribución del poder y de los recursos capaz de asegurar el acceso de los ciudadanos a los frutos de la prosperidad económica a partir del incentivo a la creatividad humana.

Mercados que operan en contextos institucionales que alientan la recepción de activos de origen opaco difícilmente constituyan una palanca clara para el bienestar colectivo. Sí para la apropiación de rentas por parte de un sector social acotado, con lógica de enclave y escasa difusión en la sociedad.

La opacidad como negocio promovido alienta la recepción de fondos provenientes de la corrupción, el narcotráfico, la trata de personas. No es de extrañar que se desarrollen esquemas de colaboración en los que agentes locales asumen la titularidad o integran directorios de empresas fantasmas, diseñadas como canales para ocultar a los verdaderos titulares y el origen de sus activos.

Tampoco es llamativo que entre las voces que más reparos han puesto a la eliminación o limitación del secreto bancario, las SAFI o la firma de acuerdos de intercambio de información tributaria se encuentren profesionales directamente involucrados en estas actividades. Sanabria y los “maleteros” o la ruta uruguaya del Lava Jato brasileño son ejemplos apenas emergentes de esa institucionalidad construida desde la dictadura y que comenzaron a desmontarse en los últimos años. Los opositores más furibundos al desmontaje de estos andamios normativos son sus propios beneficiarios directos, quienes en ocasiones ocuparon espacios cercanos a los decisores de políticas.

Por cierto, las instituciones no aseguran probidad ni ausencia de corrupción. Colaboran en su demarcación e incentivan o desincentivan prácticas no fácilmente separables de aquellas no deseables. Los canales por donde pasan los activos que no desean publicidad no discriminan en función de su origen: las reglas de juego presuponen no preguntar. Una sociedad que vivencie la corrupción o la participación en esquemas de lavado como actividades no aceptables requiere marcos normativos que no incentiven su desarrollo.

Las respuestas de la política

Es paradójico que muchas de las voces que intentan colocar parte de la responsabilidad del affair Sanabria en los mecanismos de contralor público son voces que se han alzado airadas ante cambios normativos que desmontan parcialmente instrumentos que promueven la opacidad de las relaciones económicas y protegen en un cono de sombra transacciones financieras internacionales y locales. La duplicidad es evidente en la reacción primaria de parte de los involucrados. En un intento por recuperar fondos que habían sido colocados lejos del alcance del control estatal, o de desviar la atención de su propia responsabilidad, se acusa al Banco Central de no realizar los controles pertinentes, cuando el éxito de la operativa y su retorno dependían justamente de que Sanabria lograra evitar la detección por parte de las autoridades de la presencia de esos depósitos.

Desconozco los pormenores de las operaciones y si estas pudieron o debieron ser detectadas por auditorías externas o por acciones rutinarias del Banco Central, en función de los protocolos de contralor vigentes para las entidades cambiarias. Lo cierto es que si el marco normativo no brinda suficientes herramientas para controlar transacciones de este tipo, la respuesta debe ser más y mejor regulación. Más normas para transparentar los mercados.

Un camino del desarrollo basado en la opacidad financiera conlleva a la concentración de rentas y a la aceptación social de formas de desarrollar negocios en la cercanía de actividades reñidas con una mínima base de fundamentos éticos. Si Uruguay desea evitar estas prácticas, una de las respuestas de la política es reducir su retorno esperado: mejorar la capacidad de detección, construir normas que incentiven la transparencia y, por supuesto, incentivar la censura social.

(1). Daron Acemoglu (MIT) y James Robinson (Universidad de Chicago). ¿Por qué fracasan los países? Deusto Ediciones, 2014.

El final del neoliberalismo “progresista”, por Nancy Fraser

El final del neoliberalismo “progresista”

Nancy Fraser 12/01/2017

religion

La elección de Donald Trump es una más de una serie de insubordinaciones políticas espectaculares que, en conjunto, apuntan a un colapso de la hegemonía neoliberal. Entre esas insubordinaciones, podemos mencionar, entre otras, el voto del Brexit en el Reino Unido, el rechazo de las reformas de Renzi en Italia, la campaña de Bernie Sanders para la nominación Demócrata en los EEUU y el apoyo creciente cosechado por el Frente Nacional en Francia. Aun cuando difieren en ideología y objetivos, esos motines electorales comparten un blanco común: rechazan la globalización gran-empresarial, el neoliberalismo y al establishment político que los ha promovido. En todos los casos, los votantes dicen “¡No!” a la letal combinación de austeridad, libre comercio, deuda predatoria y trabajo precario y mal pagado que resulta característica del actual capitalismo financiarizado. Sus votos son una respuesta a la crisis estructural de esta forma de capitalismo, crisis que saltó por primera vez a la vista de todos con la casi fusión del orden financiero global en 2008.

Sin embargo, hasta hace poco, la repuesta más común a esta crisis era la protesta social: espectacular y vívida, desde luego, pero de carácter harto efímero. Los sistemas políticos, en cambio, parecían relativamente inmunes, todavía controlados por funcionarios de partido y elites del establishment, al menos en los estados capitalistas poderosos como los EEUU, el Reino Unido y Alemania. Pero ahora las ondas electorales de choque reverberan por todo el planeta, incluidas las ciudadelas de las finanzas globales. Quienes votaron por Trump, como quienes votaron por el Brexit o contra las reformas italianas, se han levantado contra sus amos políticos. Burlándose de las direcciones de los partido, han repudiado el sistema que ha erosionado sus condiciones de vida en los últimos treinta años. Los sorprendente no es que lo hayan hecho, sino que hayan tardado tanto.

No obstante, la victoria de Trump no es solamente una revuelta contra las finanzas globales. Lo que sus votantes rechazaron no fue el neoliberalismo sin más, sino el neoliberalismo progresista. Esto puede sonar como un oxímoron, pero se trata de un alineamiento, aunque perverso, muy real: es la clave para entender los resultados electorales en los EEUU y acaso también para comprender la evolución de los acontecimientos en otras partes. En la forma que ha cobrado en los EEUU, el neoliberalismo progresista es una alianza de las corrientes principales de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los LGBTQ), por un lado, y, por el otro, sectores de negocios de gama alta “simbólica” y sectores de servicios (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood). En esta alianza, las fuerzas progresistas se han unido efectivamente con las fuerzas del capitalismo cognitivo, especialmente la financiarización. Aunque maldita sea la gracia, lo cierto es que las primeras prestan su carisma a este último. Ideales como la diversidad y el “empoderamiento”, que, en principio podrían servir a diferentes propósitos, ahora dan lustre a políticas que han resultado devastadoras para la industria manufacturera y para las vidas de lo que otrora era la clase media.

El neoliberalismo progresista se desarrolló en los EEUU durante estas tres últimas décadas y fue ratificado por el triunfo electoral de Bill Clinton en 1992. Clinton fue el principal ingeniero y portaestandarte de los “Nuevos Demócratas”, el equivalente estadounidense del “Nuevo Laborismo” de Tony Blair. En vez de la coalición del New Deal entre obreros industriales sindicalizados, afroamericanos y clases medias urbanas, Clinton forjó una nueva alianza de empresarios, suburbanitas, nuevos movimientos sociales y juventud: todos proclamando orgullosos su bona fides moderna y progresista, amante de la diversidad, el multiculturalismo y los derechos de las mujeres. Aun cuando la administración Clinton hizo suyas esas ideas progresistas, cortejó a Wall Street. Pasando el mando de la economía a Goldman Sachs, desreguló el sistema bancario y negoció tratados de libre comercio que aceleraron la desindustrialización. Lo que se perdió por el camino fue el Cinturón del Óxido, otrora bastión de la democracia social del New Deal y ahora la región que ha entregado el Colegio Electoral a Donald Trump. Esa región, junto con nuevos centros industriales en el Sur, recibió un duro revés cuando la financiarización más desatada campó a sus anchas en el curso de las pasadas dos décadas. Continuadas por sus sucesores, incluido Barak Obama, las políticas de Clinton degradaron las condiciones de vida de todo el pueblo trabajador, pero especialmente de los empleados en la producción industrial. Para decirlo sumariamente: Clinton tiene una pesada responsabilidad en el debilitamiento de las uniones sindicales, en el declive de los salarios reales, en el aumento de la precariedad laboral y en el auge de las familias con dos ingresos que vino a substituir al difunto salario familiar.

Como sugiere esto último, al asalto a la seguridad social le dio lustre un barniz de carisma emancipatorio prestado por los nuevos movimientos sociales. Durante todos los años en los que los se abría un cráter tras otro en su industria manufacturera, el país estaba animado y entretenido por una faramalla de “diversidad”, “empoderamiento” y “no-discriminación”. Identificando “progreso” con meritocracia en vez de igualdad, con esos términos se equiparaba la “emancipación” con el ascenso de una pequeña elite de mujeres “talentosas”, minorías y gays en la jerarquía empresarial del quien-gana-se-queda-con-todo, en vez de con la abolición de esta última. Esa comprensión liberal-individualista del “progreso” vino gradualmente a reemplazar a la comprensión anticapitalista –más abarcadora, antijerárquica, igualitaria y sensible a la clase social— de la emancipación que había florecido en los años 60 y 70. Cuando la Nueva Izquierda menguó, su crítica estructural de la sociedad capitalista se marchitó, y el esquema mental liberal-individualista tradicional del país se reafirmó a sí mismo al tiempo que se contraían las aspiraciones de los “progresistas” y de los sedicentes izquierdistas. Pero lo que selló el acuerdo fue la coincidencia de esta evolución con el auge del neoliberalismo. Un partido inclinado a liberalizar la economía capitalista encontró su compañero perfecto en un feminismo empresarial centrado en la “voluntad de dirigir” del leaning in o en “romper el techo de cristal”.

El resultado fue un “neoliberalismo progresista”, amalgama de truncados ideales de emancipación y formas letales de financiarización. Fue esa amalgama la que desecharon in toto los votantes de Trump. Prominentes entre los dejados atrás en este bravo mundo cosmopolita eran los obreros industriales, desde luego, pero también ejecutivos, pequeños empresarios y todos quienes dependían de la industria en el Cinturón Oxidado y en el Sur, así como las poblaciones rurales devastadas por el desempleo y la droga. Para esas poblaciones, al daño de la desindustrialización se añadió el insulto del moralismo progresista, que se acostumbró a considerarlos culturalmente atrasados. Rechazando la globalización, los votantes de Trump repudiaban también el liberalismo cosmopolita identificado con ella. Algunos –no, desde luego, todos, ni mucho menos— quedaron a un paso muy corto de culpar del empeoramiento de sus condiciones de vida a la corrección política, a las gentes de color, a los inmigrantes y los musulmanes. A sus ojos, las feministas y Wall Street eran aves de un mismo plumaje, perfectamente unidas en la persona de Hillary Clinton.

Lo que hizo posible esa combinación fue la ausencia de cualquier izquierda genuina. A pesar de arrebatos periódicos como Occupy Wall Street, que se rebeló efímero, no ha habido una presencia sostenida de la izquierda en los EEUU desde hace varias décadas. Ni se ha dado aquí una narrativa abarcadora de izquierda que pudiera vincular los legítimos agravios de los votantes de Trump con una crítica efectiva de la financiarización, por un lado, y con la visión antirracista, antisexista y antijerárquica de la emancipación, por el otro. Igualmente devastador resultó que se dejaran languidecer los potenciales vínculos entre el mundo del trabajo y los nuevos movimientos sociales. Divorciados el uno del otro, estos indispensables polos de cualquier izquierda viable se alejaron indefinidamente hasta llegar a parecer antitéticos.

Al menos hasta la notable campaña de Bernie Sanders en las primarias, que bregó por unirlos luego del relativo pinchazo de la consigna “Las Vidas Negras Cuentan”. Haciendo estallar el sentido común neoliberal reinante, la revuelta de Sanders fue, en el lado Demócrata, el paralelo de Trump. Así como Trump logró dar el vuelco al establishment Republicano, Sanders estuvo a un pelo de derrotar a la sucesora ungida por Obama, cuyos apparatchiks controlaban todos y cada uno de los resortes del poder en el Partido Demócrata. Entre ambos, Sanders y Trump, galvanizaron una enorme mayoría del voto norteamericano. Pero sólo el populismo reaccionario de Trump sobrevivió. Mientras que él consiguió deshacerse fácilmente de sus rivales Republicanos, incluidos los predilectos de los grandes donantes de campaña y de los jefes del Partido, la insurrección de Sanders fue frenada eficazmente por un Partido Demócrata mucho menos democrático. En el momento de la elección general, la alternativa de izquierda ya había sido suprimida. La opción que quedaba era un tómalo o déjalo entre el populismo reaccionario y el neoliberalismo progresista: elijan el color que quieran, mientras sea negro. Cuando la sedicente izquierda cerró filas con Hillary, la suerte estaba echada.

Sin embargo, y de ahora en más, este es un dilema que la izquierda debería rechazar. En vez de aceptar los términos en que las clases políticas nos presentan el dilema que opone emancipación a protección social, lo que deberíamos hacer es trabajar para redefinir esos términos partiendo del vasto y creciente fondo de revulsión social contra el presente orden. En vez de ponernos del lado de la financiarización-cum-emancipación contra la protección social, lo que deberíamos hacer es construir una nueva alianza de emancipación y protección social contra la finaciarización. En ese proyecto, que construiría sobre terreno preparado por Sanders, emancipación no significa diversificar la jerarquía empresarial, sino abolirla. Y prosperidad no significa incrementar el valor de las acciones o el beneficios empresarial, sino la base de partida de una buena vida para todos. Esa combinación sigue siendo la única respuesta de principios y ganadora en la presente coyuntura.

En lo que a mí hace, no derramé ninguna lágrima por la derrota del neoliberalismo progresista. Es verdad: hay mucho que temer de una administración Trump racista, antiinmigrante y antiecológica. Pero no deberíamos lamentar ni la implosión de la hegemonía neoliberal ni la demolición del clintonismo y su tenaza de hierro sobre el Partido Demócrata. La victoria de Trump significa una derrota de la alianza entre emancipación y financiarización. Pero esta presidencia no ofrece solución ninguna a la presente crisis, no trae consigo la promesa de un nuevo régimen ni de una hegemonía segura. A lo que nos enfrentamos más bien es a un interregno, a una situación abierta e inestable en la que los corazones y las mentes están en juego. En esta situación, no sólo hay peligros, también oportunidades: la posibilidad de construir una nueva Nueva Izquierda.

Mucho dependerá en parte de que los progresistas que apoyaron la campaña de Hillary sean capaces de hacer un serio examen de conciencia. Necesitarán librarse del mito, confortable pero falso, de que perdieron contra una “panda deplorable” (racistas, misóginos, islamófobos y homófobos) auxiliados por Vladimir Putin y el FBI. Necesitarán reconocer su propia parte de culpa al sacrificar la protección social, el bienestar material y la dignidad de la clase obrera a una falsa interpretación de la emancipación entendida en términos de meritocracia, diversidad y empoderamiento. Necesitarán pensar a fondo en cómo podemos transformar la economía política del capitalismo financiarizado reviviendo el lema de campaña de Sanders –“socialismo democrático”— e imaginando qué podría ese lema significar en el siglo XXI. Necesitarán, sobre todo, llegar a la masa de votantes de Trump que no son racistas ni próximos a la ultraderecha, sino víctimas de un “sistema fraudulento” que pueden y deben ser reclutadas para el proyecto antineoliberal de una izquierda rejuvenecida.

Eso no quiere decir olvidarse de preocupaciones acuciantes sobre el racismo y el sexismo. Pero significa molestarse en mostrar de qué modo esas inveteradas opresiones históricas hallan nuevas expresiones y nuevos fundamentos en el capitalismo financiarizado de nuestros días. Rechazando la idea falsa, de suma cero, que dominó la campaña electoral, deberíamos vincular los daños sufridos por las mujeres y las gentes de color con los experimentados por los muchos que votaron a Trump. Por esa senda, una izquierda revitalizada podría sentar los fundamentos de una nueva y potente coalición comprometida a luchar por todos.

Nancy Fraser es una profesora de filosofía y política en la New School for Social Research de Nueva York. Su último libro: Fortunes of Feminism: From State-Managed Capitalism to Neoliberal Crisis (Londres, Verso, 2013).
Fuente:
https://www.dissentmagazine.org/online_articles/progressive-neoliberalism-reactionary-populism-nancy-fraser
Traducción: María Julia Bertomeu