Sendic, García y la republiqueta uruguaya, por Leonardo Haberkorn

Sendic, García y el título de republiqueta
Publicado: 21/11/2016 10:55
Leonardo Haberkorn

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Sendic se presentaba como licenciado. Licenciado en genética humana. Un día le dijo a la periodista Patricia Madrid que en realidad nunca había hecho una verdadera licenciatura. Luego, inmediatamente, dio marcha atrás. Sí, era licenciado.

Nunca pudo, sin embargo, mostrar su título. Desde Cuba se confirmó que la supuesta carrera en la que nuestro vicepresidente pretende haberse licenciado, nunca existió como tal. El episodio, patético por donde se lo mire, recién comenzaba.

La mentira de Sendic fue respaldada por muchos. El plenario del Frente Amplio lo adjudicó a una campaña de la derecha para derribar la democracia. La senadora Lucía Topolansky dijo que ella vio el título. El diario oficialista La República tituló en primera plana que Sendic no tenía una licenciatura pero sí una licencia. La senadora Constanza Moreira dijo: hay que defenderlo porque es de los nuestros.

Nuestra categoría de republiqueta queda patente al comparar el caso con otros en el mundo.

El secretario de Turismo y Desarrollo Económico del gobierno estatal de Oaxaca, México, renunció en 2010 luego de que se descubrió no era licenciado como decía. En 2012 el presidente del Banco Central de Ecuador renunció cuando se supo que su título de economista era falso. El mismo año renunció el presidente de Hungría luego que le fue retirado su título universitario al comprobarse que había plagiado su tesis. En 2015, en Puebla, México, renunció el presidente del Instituto Electoral del Estado tras una investigación periodística que reveló que había falsificado su título de abogado. En 2016 una diputada del Partido Socialdemócrata de Alemania dimitió después de confesar que había inventado su currículum académico como jurista.

Acá el presidente Tabaré Vázquez le dio un fuerte abrazo a Sendic.

La defensa cerrada del oficialismo no impidió que Sendic se convirtiera en el político con la imagen más negativa. Duplica y triplica a los que otros que están muy mal pero no tanto. Los políticos orientales todavía no aprendieron que el sol no se tapa con la mano. Siguen intentando.

La oposición, por supuesto, se ensañó con Sendic.

Uno de los más duros fue el senador del Partido Nacional Javier García, quien en la cámara de Senadores lo definió como “un vicepresidente que ha perdido la credibilidad y el respeto de los uruguayos”.

García le dijo a Sendic: “Usted hoy no puede mirar a los ojos a los uruguayos”.

Hace unos días nos desayunamos con una serie de tuits del presidente del Sindicato Médico, Julio Trostchansky, anunciado que el senador García no es pediatra como habitualmente es presentado en la prensa.

Para estupor generalizado, la denuncia era cierta. García se apresuró a admitir que no es pediatra recibido, porque perdió el último examen de la especialización.

Porque la realidad supera a la ficción, García pasó al ataque. Recordó que es médico. Mostró la foto de su título. Cursó toda la especialización en pediatría. Menos esa última materia, salvó todo. Nunca se presentó como pediatra, solo como médico. Trabajó como pediatra porque en Uruguay falta gente con la especialidad terminada. Puso el grito en el cielo. Todo esto está motivado por intereses oscuros. Él no es ningún mentiroso.

Muy bien. Concedamos que todo eso es cierto o puede serlo. También que García es un senador trabajador, que ha presentado muchos proyectos de ley, que militó contra la dictadura, que estuvo desde los primeros días en Asceep y una cantidad de méritos que nadie le discute.

Pero pediatra recibido no es. Y tuvo muchas oportunidades de aclararlo antes. Y no lo hizo. Hay un video subido a YouTube el 4 de agosto. Es García entrevistado en el programa Perspectiva Real del canal VTV. El periodista Guillermo Enríquez le habla de su condición de médico y se genera el siguiente diálogo:

-Usted decía recién que trabajó en su profesión: médico pediatra.

-Yo trabajé muchos años en la profesión, pero también muy vinculado a la militancia, son dos actividades que las fui llevando en paralelo. En la época de la militancia estudiantil, yo tenía un método… era una militancia muy intensa en la salida de la dictadura, yo entré a la facultad en el 83, soy generación 83, una linda generación… Y a medida que se iban acercando los exámenes, cada vez que estaban más cerca, yo disminuía la militancia, hasta que faltando 15 días le decía a los compañeros que desaparecía para estudiar. Así fui llevando toda la carrera. Pero siempre esa doble calle de militancia gremial y el estudio de la carrera.

-Y se dedicó a la pediatría, finalmente.

-Sí. Hice un posgrado en pediatría.

Dos oportunidades tuvo en la misma entrevista el senador García para corregir a su entrevistado. No lo hizo.

Le tengo una noticia al senador: debió haberlo hecho. Permitir que circule información equivocada o falsa quizás no sea tan grave como mentir, pero tampoco es lo que se espera de un legislador o un gobernante.

Lo que ha seguido luego de que García por fin aclaró que no es pediatra desnudó una vez más el sainete patrio.

Vimos como García comenzó a ser criticado por gente que defiende a Sendic.

Vimos como los políticos y militantes opositores, implacables con Sendic, guardaron silencio absoluto respecto a García. Algunos incluso se apresuraron a defenderlo. No hubo ni un tibio rezongo.

Es Constanza Moreira la que ha definido la línea rectora de la política uruguaya: hay que defenderlo porque es de los nuestros.

La política reducida a lo tribal, a lo corporativo, a lo mafioso.

La deshonestidad intelectual como moneda de cambio.

El Uruguay es hoy un Sahara donde lo que falta no es agua, sino verdad, aunque sea en gotas. Podría decirse que somos una republiqueta pero ni siquiera: seguro que hasta para eso también nos falta una materia.

El incontrolable ascenso del poder de las corporaciones en el mundo

¿Dónde está hoy el poder en el mundo?
por Leonardo Boff – 28 de octubre de 2016

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Hay un hecho que debe preocupar a todos los ciudadanos del mundo: el desplazamiento del poder de los estados-nación hacia el de unos pocos conglomerados financieros que operan a nivel global, cuyo poder es mayor que el de cualquiera de los Estados tomados individualmente. Estos realmente detentan el poder real en todas sus ramas: financiera, política, tecnológica, comercial, medios de comunicación y militar.

Este hecho ha sido estudiado y seguido por uno de nuestros mejores economistas, profesor del posgrado de la PUC-SP con amplia experiencia internacional: Ladislau Dowbor. Dos estudios de su autoría resumen la vasta literatura sobre el tema: “La red de poder corporativo mundial” del 04.01.2012 (http://www.dowbor.org/) y el más reciente de septiembre de 2016: “Gobierno corporativo: el poder caótico de los gigantes financieros”.

Es difícil condensar el cúmulo de informaciones que parece aterrador. Dowbor sintetiza:

“El poder mundial realmente existente está en gran parte en manos de gigantes que nadie eligió, y sobre los cuales cada vez hay menos control. Son billones de dólares en manos de grupos privados cuyo campo de acción es el planeta, mientras que las capacidades de regulación global van a gatas. Investigaciones recientes muestran que 147 grupos controlan el 40% del sistema corporativo mundial, siendo el 75% de ellos, bancos. Cada uno de los 29 gigantes financieros genera un promedio de 1,8 billones de dólares, más que el PIB de Brasil, octava potencia económica mundial. El poder ahora se ha desplazado radicalmente” (cf. Gobierno corporativo, op. cit).

Además de la literatura específica, Dowbor refiere los datos de dos grandes instituciones que sistemáticamente a lo largo de los años se ocupan de los mecanismos de los gigantes corporativos: el Instituto Federal Suizo de Investigación Tecnológica (rivaliza con el famoso MIT de EE.UU.) y el Credit Suisse, el banco que dirige las grandes fortunas del mundo y, por lo tanto, sabe de estas cosas.

Los datos presentados por estas fuentes son sorprendentes: el 1% más rico controla más de la mitad de la riqueza del mundo. 62 familias tienen un patrimonio igual al de la mitad más pobre de la población de la Tierra. 16 grupos controlan casi todo el comercio de materias primas (cereales, minerales, energía, tierra y agua). Debido a que toda la comida obedece las leyes del mercado, sus precios suben y bajan a merced de la especulación, quitando a vastas poblaciones pobres el derecho a tener acceso a una alimentación suficiente y saludable.

Los 29 gigantes planetarios, de los cuales el 75% son bancos, empezando por el Bank of America y terminando con el Deutsche Bank, son considerados “sistémicamente importantes”, pues su eventual quiebra (no olvidemos que el más grande, los Lehamn Brothers de América del Norte, se declaró en quiebra) llevaría a todo el sistema al abismo o muy cerca, con consecuencias nefastas para toda la humanidad. Lo más grave es que no hay regulación para su funcionamiento, ni puede haberla, porque las regulaciones son siempre nacionales y ellos actúan planetariamente. No hay todavía una gobernanza mundial que cuide no sólo de las finanzas sino del destino social y ecológico de la vida y del propio sistema-Tierra.

Nuestros conceptos se evaporan cuando, nos recuerda Dowbor, se lee en la portada de The Economist que la facturación de la empresa BlackRock es de 14 billones de dólares, mientras que el PIB de los EE.UU. es de 15 billones de dólares y el del pobre Brasil escasamente llega a 1,6 billones de dólares. Estos gigantes planetarios manejan alrededor de 50 billones de dólares, el equivalente a la deuda pública total del planeta.

Lo importante es conocer su propósito y su lógica: buscan simplemente ganancias ilimitadas. Una compañía de alimentos compra una mina sin ningún tipo de experiencia en el ramo, sólo porque da beneficios. No hay ningún sentido humanitario, como por ejemplo, tomar una pequeña porción de las ganancias para un fondo contra el hambre o para disminuir la mortalidad infantil. Para ellos, eso es tarea del estado y no para los accionistas que sólo quieren ganancias y más ganancias.

Por estas razones entendemos la iracundia sagrada del Papa Francisco contra un sistema que sólo quiere acumular a costa de la pobreza de las grandes mayorías y de la degradación de la naturaleza. Una economía, dice, “que está centrada en el dios dinero y no en la persona: este es el terrorismo fundamental contra toda la humanidad” (en el avión de regreso de Polonia en septiembre). En su encíclica ecológica lo llama un sistema anti-vida y con tendencia suicida (nº 55).

Ese sistema es homicida, biocida, ecocida y geocida. ¿Cómo puede prosperar tal inhumanidad en la faz de la Tierra y todavía decir que no hay alternativa? La vida es sagrada. Y cuando es sistemáticamente agredida, llegará el día en que puede tomar represalias destruyendo a quien la quiere destruir. Este sistema está buscando su propio fin trágico. Ojalá la especie humana sobreviva.

Fuente: http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=798

El gobierno invisible: guerra y propaganda

El gobierno invisible: Guerra y propaganda.

John Pilger
Periodista y cineasta. Premio de la paz de la Naciones Unidas

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El sobrino de Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, el periodista Edwards Bernays acuñó el término “relaciones públicas” como un eufemismo para definir sus artimañas.

Haciendo gala de sus recursos, en 1929 Bernays convenció a algunas feministas para que promovieran el consumo de cigarrillos fumando en el desfile de Pascua en Nueva York, un comportamiento considerado entonces totalmente descabellado. Logró incitar a Ruth Booth quien proclamó: “¡ Mujeres! La lumbre de tu cigarrillo es otra antorcha de la libertad. ¡Lucha contra otro tabú del sexismo!”

La influencia de Bernays se extendió mucho más allá de la publicidad. Su mayor éxito fue persuadir a la población estadounidense que para que aceptara la masacre que significó la Primera Guerra Mundial. En privado, reconoció más de una vez, que su metodología de propaganda era “ingeniería del consentimiento” con el fin de “controlar y regir los sentimientos, de acuerdo a nuestra voluntad, sin que las personas se lleguen a enterar”.

Ésta técnica la describió como “el verdadero poder en nuestra sociedad” y la bautizo como “el gobierno invisible”.

Hoy en día, el gobierno invisible es más potente que nunca y peor aún, es menos comprendido. En mi larga carrera como periodista, nunca había visto como la propaganda manipula con éxito nuestras vidas y se queda sin réplica.

Imagine dos ciudades. Ambos están bajo el asedio de las fuerzas del gobierno. Ambas ciudades están ocupadas por fanáticos, que cometen atrocidades terribles, como la decapitación de personas.

Pero hay una diferencia vital. En un sitio, los periodistas occidentales informan con entusiasmo sobre las batallas y los ataques aéreos, llegando a describir a los soldados del gobierno como liberadores. Mientras la primera página de los medios están llenas de fotografías de heroicos soldados que con una V de la victoria no hay una mínima mención de las bajas civiles.

En la segunda ciudad –en un país vecino– está ocurriendo casi exactamente lo mismo. Las fuerzas del gobierno han puesto cerco a una ciudad controlada por la misma sexta de fanáticos.

La diferencia es que estos fanáticos son compatibles con “nosotros” –el Reino Unido y Estados Unidos– que les proporcionamos las armas. Inclusive estos fanáticos tienen su centro de comunicación y espionaje financiado por una entente entre Estados Unidos y Gran Bretaña.

La diferencia es que los soldados del gobierno que ponen cerco a esta segunda ciudad son los malos, a los que hay que condenar por agredir y bombardear –qué es exactamente lo que los buenos soldados hacen en la primera ciudad–.

¿Confuso? Realmente no. Este doble estándar básico, es la quintaesencia de la propaganda. Me refiero, por supuesto, al sitio de Mosul por las fuerzas del gobierno de Irak, respaldados por los Estados Unidos y Gran Bretaña y al asedio de Alepo efectuado por las fuerzas del gobierno de Siria, apoyados por Rusia. Un asedio es bueno; el otro es malo.

Lo que rara vez se informa es que ambas ciudades no estarían ocupadas por fanáticos y devastadas por la guerra, si Gran Bretaña y Estados Unidos no hubieran invadido Irak en 2003, una empresa criminal que se puso en marcha con mentiras, sorprendentemente similares a la propaganda que ahora distorsiona nuestra comprensión de la guerra civil en Siria.

Sin la formidable batería de propaganda disfrazada de noticias, el monstruoso ISIS, Al-Qaeda, Al-Nusra y el resto de las bandas yihadistas no existirían , y el pueblo de Siria no tendría que estar luchando por sus vidas.

Algunos recordarán que en 2003, los reportajes de la BBC aupaban a un Blair, por lo que finalmente resultó ser uno de los crímenes de guerra de este siglo. Por su parte las cadenas de televisión estadounidenses promovieron con el mismo entusiasmo las falsedades de George W. Bush y de Colin Powell –respaldadas efusivamente por H. Kissinger–.

El mismo año, poco después de la invasión, grabe una entrevista en Washington con Charles Lewis, reconocido periodista de investigación estadounidense. Le pregunté, “¿Qué habría ocurrido si los medios del mundo hubieran investigado y denunciado documentalmente aquello que resultó ser solo burda propaganda?”

Respondió que si los periodistas hubiesen hecho su trabajo con seriedad ; “habría habido una oportunidad para la paz y posiblemente no hubiéramos ido a la guerra en Irak”.

Fue una declaración impactante, ratificada por periodistas famosos a los que les hice la misma pregunta ; Dan Rather, de la CBS, David Rose del Observador y otros periodistas de la BBC, que por ahora desean permanecer en el anonimato.

En otras palabras, si los periodistas hacen su trabajo, deberían haber desafiado la propaganda en lugar de amplificarla, y seguramente, hoy en día, cientos de miles de hombres, mujeres y niños estarían vivos y, no habría ISIS ni estaría bajo asedio Alepo o Mosul

Tampoco se habría producido el atroz atentado del metro en Londres el 7 de julio de 2005. No habrían millones de refugiados muertos o en campamentos miserables.

Como respuesta al ataque terrorista ocurrida en París , el pasado noviembre, el presidente François Hollande envió inmediatamente aviones para bombardear Siria. Como era previsible, sobrevino más terrorismo, producto entre otras cosas de la ostentación de Hollande que declaro “Francia está en guerra” y “no mostrará piedad”. Que la violencia estatal y la violencia yihadista se retroalimentan es una verdad que ningún líder político internacional tiene el valor de reconocer.

“Cuando la verdad se sustituye por el silencio”, dijo el disidente soviético Yevtushenko, “el silencio es una mentira.”

El ataque a Irak, el ataque a Libia, el ataque a Siria han ocurrido porque los líderes de estos países no aceptaron ser marionetas de Occidente. El historial de derechos humanos de Saddam o Gaddafi no fue relevante. En realidad ellos se negaron a entregar el control de sus países. No obedecieron las órdenes de occidente.

La misma suerte esperaba a Milosevic una vez que se negó a firmar un “acuerdo” que reclamaba prácticamente la ocupación de Serbia y su conversión en una economía de mercado. Su pueblo fue bombardeado, y el fue procesado en La Haya. Un arresto de independencia de este tipo era intolerable.

Tal como WikiLeaks ha revelado, sólo cuando el líder sirio Bashar al-Assad (en 2009) rechazó un oleoducto ,que iba atravesar su país desde Qatar a Europa, fue atacado.

A partir de ese momento, la CIA planeó destruir el gobierno de Siria con los fanáticos yihadistas – que son los mismos fanáticos que ocupan actualmente Mosul y el este de Alepo y que mantienen a su población como rehenes.

¿Por qué esto no es noticia? El ex funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores británico Carne Ross, que fuera responsable de las sanciones contra Irak, me confesó en su momento: “Alimentamos a los periodistas con noticias de inteligencia convenientemente esterilizadas, o bien silenciamos toda información, Así funciona esto.”.

La nación cliente de Occidente, la medieval Arabia Saudí –a la que EE.UU y Gran Bretaña vende miles de millones de dólares en armas‘– en la actualidad está bombardeando y destruyendo Yemen, un país tan pobre que en el mejor de los casos, la mitad de sus niños están desnutridos.

Busque en YouTube y verá el tipo de bombas masivas –“nuestros” bombas– que los saudíes lanzan contra los pobladores de pobres aldeas de tierra y contra bodas y funerales.

Las explosiones se ven como pequeñas bombas atómicas. Codo a codo con los quienes lanzan las bombas desde Arabia Saudita trabajan oficiales británicos. Este hecho no es noticia, No la encontrara en el noticiero de la noche.

La propaganda más efectiva, para nuestro adhesión, es la que está diseñado por profesionales con alta cultura –Oxford, Cambridge, Harvard, Columbia– y con carreras en la BBC, The Guardian, el New York Times, el Washington Post.

Estas organizaciones periodísticas son conocidas como “medios liberales”. Se nos presentan como tribunas ilustradas, progresistas, acordes con el espíritu moral de esta época. Son antirracistas, feministas y pro-LGBT.

Pero ellos aman la guerra.

Mientras se manifiestan en pro del feminismo, apoyan guerras rapaces que niegan los derechos de un sinnúmero de mujeres, incluido el derecho a la vida.

En 2011, Libia, un estado moderno, fue destruido con el pretexto que Muammar Gaddafi estaba a punto de cometer un genocidio contra su propio pueblo. Esa era la noticia permanente y machacona, Y… no había pruebas. Fue una mentira.

De hecho, Gran Bretaña, Europa y los Estados Unidos querían, lo que les gusta llamar, “un cambio de régimen” en Libia, el mayor productor de petróleo en África. La influencia de Gadafi en ese continente y, sobre todo, su independencia era intolerable.

Así que fue asesinado ,con un cuchillo por su parte trasera, por un comando de fanáticos apadrinados por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Hillary Clinton aplaudió esta espantosa muerte ante las cámaras de televisión, declarando: “Vinimos, vimos, murió!”

La destrucción de Libia fue un triunfo de los medios de comunicación. A medida que sonaban los tambores de guerra, Jonathan Freedland escribió en The Guardian: “Aunque los riesgos son reales, la decisión por la intervención sigue siendo fuerte.”

Intervención – The Guardián utilizó una palabra amable, cuyo significado real, para Libia, era y es muerte y destrucción.

De acuerdo con sus propios registros, la OTAN lanzó 9,700 vuelos de “ataque” contra Libia, de los cuales más de un tercio estaban dirigidos contra objetivos civiles. Estos bombardeos incluyeron misiles con ojivas de uranio.

Mirad las fotografías de los escombros de Misurata y Sirte, o las fosas comunes identificadas por la Cruz Roja. Un informe de UNICEF sobre los niños muertos, dice, “la mayoría de ellos tenía menos de diez años”.

Como consecuencia directa de la “intervención” , Sirte se ha convertido en la capital del ISIS.

Ucrania es otro triunfo de los medios de comunicación. Periódicos liberales respetables como el New York Times, el Washington Post y The Guardian, y emisoras tales como la BBC, NBC, CBS, CNN han jugado un papel crítico en el acondicionamiento de sus espectadores para que acepten una nueva y peligrosa guerra fría.

Han falsificado los acontecimientos en Ucrania, calificándolo como un acto maligno de Rusia cuando, en realidad, el golpe de Estado, en Ucrania en 2014, fue obra de los Estados Unidos, con la ayuda de Alemania y la OTAN.

Esta inversión de la realidad es tan penetrante que la intimidación militar de Washington a Rusia no es noticia; se ahoga detrás de una campaña de difamación y del miedo que vivimos durante la primera guerra fria.

Una vez más, los Ruskies vienen a invadirnos, conducido por otro Stalin, a quien The Economist describe como el diablo.

La supresión de la verdad sobre Ucrania es una de las más completas negaciones informativas de las que puedo recordar. Los fascistas que diseñaron el golpe de estado en Kiev son la misma mala ralea que apoyó la invasión nazi de la Unión Soviética en 1941.

Ante las alarmas sobre el ascenso del fascismo antisemita en Europa, ningún líder occidental menciona a los fascistas en Ucrania, con excepción de Vladimir Putin, pero esto no cuenta.

Muchos de los medios occidentales han trabajado duro para presentar la población de habla rusa de Ucrania como extraños en su propio país, como agentes de Moscú, nunca como ucranianos en busca de una federación dentro de Ucrania y como ciudadanos ucranianos que resisten un golpe de estado –orquestado desde el extranjero– contra un gobierno elegido.

No hay descanso para los hacen sonar los tambores de guerra. Los que incitan a la guerra desde el diario Washington Post, contra Rusia, son los mismos escritores de editoriales que publicaron la mentira que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva.

Esposa Joven: la violación y embarazo forzado de una niña como espectáculo

(Texto extraído de:
http://www.sudestada.com.uy/articleId__abe86747-eacd-485e-8459-a19c3dc5af22/10893/Detalle-de-Noticia)

En el capítulo 98 de la telenovela, el protagonista –un joven mayor de edad que en principio rechaza el matrimonio impuesto– viola a la niña de 13 años: la escena se recorta en el grito desgarrador de la adolescente. Ella reaparecerá llorando al borde de la cama y recordando cómo fue ultrajada por este hombre que se desplaza con muletas o en silla de ruedas por su discapacidad motriz, la que –cliché discriminador del culebrón– quedará asociada a la perversión de la conducta humana.

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La niña se encuentra casada con el violador, que también la golpea: por ejemplo en otro de los capítulos se muestra cómo la tira al piso de un puñetazo en la cara, la levanta con una mano y le vuelve a pegar con la otra, para luego patearla varias veces en la boca.

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Cuando este hombre muera en el último capítulo, la joven lo llorará en cámara como quien sufre por la muerte del esposo amado.

Antes de que esto ocurra y durante los más de 200 capítulos, la niña obligada a casarse sufrirá todo tipo de tormentos, y –como lo indica el manual– tendrá un hijo, sobre el que se proyectan nuevos padecimientos.

“Ey aşk sana geldim (Hey, amor vine a ti)”, se titula la canción original de la telenovela, que se transformó en uno de los principales disparadores de marketing de “Esposa Joven”.

Aunque las traducciones varían un poco, el contenido central del tema implica la sumisión de la niña al deseo y decisión del hombre, violador y golpeador.

Hey, amor vine a ti/
como mi madre me lo enseñó.
Hazme crecer de nuevo/
Arrúllame con cuentos para dormir sobre tus rodillas
Ay, amor, ¿vas a golpearme?/
¿Como el fuego lo debo soportar?
Si te digo que todavía soy pequeña/…
…¿me vas a lastimar?/
¿Vas a escucharme?

Adjuntamos el enlace a la petición de Avaaz para que la telenovela no se emita en Uruguay:
https://secure.avaaz.org/es/petition/Sres_Directoresas_Montecarlo_TV_No_emitir_Esposa_Joven/?fyOSCbb

Naomí Klein: La clase de Davos selló el destino de EEUU

La clase de Davos selló el destino de Estados Unidos

Naomi Klein
La Jornada

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Le echarán la culpa a James Comey y la Oficina Federal de Investigaciones (FBI). Le echarán la culpa a la supresión del voto y al racismo. Le echarán la culpa a Bernie y a la misoginia. Le echarán la culpa a los otros partidos y a los candidatos independientes. Le echarán la culpa a los grandes medios por darle una plataforma, a las redes sociales por ser un altavoz y a Wikileaks por sacar los trapitos al sol.

Pero todo esto no toma en cuenta la fuerza más responsable de crear la pesadilla en la cual estamos bien despiertos: el neoliberalismo. Esa visión del mundo –encarnada por Hillary Clinton y su maquinaria– no le hace competencia al extremismo estilo Donald Trump. La decisión de poner a competir a uno contra el otro es lo que selló nuestro destino. Si no aprendemos nada más, ¿podemos por favor aprender de este error?

Esto es lo que necesitamos entender: mucha gente está adolorida. Bajo las políticas neoliberales de desregulación, privatización, austeridad y comercio empresarial, sus estándares de vida han caído drásticamente. Han perdido sus empleos. Han perdido sus pensiones. Han perdido buena parte de la seguridad social que permitía que estas pérdidas fueran menos aterradoras. Ven un futuro aún peor que su precario presente.

Al mismo tiempo, son testigos del ascenso de la clase de Davos, una ultraconectada red de multimillonarios de los sectores banquero y tecnológico, líderes electos por el voto popular que están terriblemente cómodos con esos intereses, y celebridades de Hollywood que hacen que todo se vea insoportablemente glamoroso. El éxito es una fiesta a la cual no fueron invitados, y muy dentro de sí mismos saben que esta creciente riqueza y poder de alguna manera está conectada con sus crecientes deudas e impotencia.

Para la gente que asumía la seguridad y el estatus como un derecho de nacimiento –sobre todo los hombres blancos–, estas pérdidas son insoportables.

Trump le habla directamente a ese dolor. La campaña del Brexit le habló a ese dolor. También lo hacen todos los partidos de extrema derecha en ascenso en Europa. Responden a ese dolor con un nacionalismo nostálgico y un enojo contra las lejanas burocracias económicas, ya sea Washington, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, la Organización Mundial del Comercio o la Unión Europea. Y, claro, responden a él atacando a los inmigrantes y las personas de color, vilipendiando a los musulmanes y degradando a las mujeres. El neoliberalismo de élite no puede ofrecer algo contra ese dolor, porque el neoliberalismo dio rienda suelta a la clase de Davos. Gente como Hillary y Bill Clinton son el brindis de la fiesta de Davos. De hecho, ellos la organizaron.

El mensaje de Trump fue: Todo está del demonio. Clinton contestó: Todo está bien. Pero no está bien: está lejos de estarlo.

Las respuestas neofascistas a la desenfrenada inseguridad y desigualdad no se van a ir. Pero lo que sabemos de los años 30 del siglo pasado es que lo que hace falta para enfrentar al fascismo es una izquierda verdadera. Se le podría quitar buena parte del apoyo a Trump si hubiera una auténtica agenda de redistribución sobre la mesa, que enfrente a la clase multimillonaria con algo más que retórica y que use el dinero para un nuevo pacto verde. Un plan de este tipo podría crear una oleada de empleos sindicalizados bien pagados; llevar recursos y oportunidades, tan necesarios, a las comunidades afroestadunidenses e insistir en que quienes contaminan paguen para que los trabajadores vuelvan a ser capacitados y sean incluidos en este futuro.

Podría crear políticas que luchen, a la vez, contra el racismo institucional, la desigualdad económica y el cambio climático. Podría enfrentar los malos acuerdos comerciales y la violencia policiaca, y respetar a los pueblos indígenas como los protectores originales del territorio, el agua y el aire.

La gente tiene derecho a estar enojada, y una poderosa agenda de izquierda, intersectorial, puede canalizar ese enojo adonde debe estar, mientras lucha por soluciones holísticas que unifiquen a una crispada sociedad.

Una coalición así es posible. En Canadá comenzamos a construirla bajo la bandera de una agenda popular llamada El Manifiesto Dar el Salto, suscrito por más de 220 organizaciones, desde Greenpeace Canadá a Las Vidas Negras Importan-Toronto y algunos de nuestros mayores sindicatos.

La impresionante campaña de Bernie Sanders avanzó en la construcción de una coalición de este tipo, y demostró que hay hambre de un socialismo democrático. Pero al inicio la campaña falló en conectar con votantes latinos y negros de mayor edad, quienes son el sector demográfico que más sufre con nuestro actual modelo económico. Esa falla no dejó que la campaña alcanzara su máximo potencial. Esos errores pueden ser corregidos, y una audaz y transformadora coalición ya está ahí para construir sobre ella.

Esa es la principal tarea por delante. El Partido Demócrata necesita ser arrebatado de manos de los neoliberales pro empresariales o ser abandonado. Desde Elizabeth Warren a Nina Turner, a los egresados de Ocupa que llevaron la campaña de Bernie a escala supernova, este el más fuerte conjunto de líderes progresistas, promotores de una coalición, que haya habido en mi vida. Estamos llenos de líderes, como dicen muchos en el Movimiento por las Vidas Negras.

Así que salgamos del shock lo más rápido posible y construyamos un movimiento radical que tenga una auténtica respuesta al odio y al miedo que representan los Trumps de este mundo. Hagamos a un lado lo que sea que nos separa y comencemos ahora mismo.

Naomi Klein es autora de This Changes Everything

(Thischangeseverything.org). @NaomiAKlein

Este artículo se publicó en The Guardian

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/11/11/opinion/022a2pol

Traducción: Tania Molina Ramírez

Ganó Donald Trump: ¿Qué pudo haber fallado?

No entiendo qué pudo haber fallado
por Sandino Núñez

Ganó Donald Trump. La frase es terrible. En parte porque ganó DONALD TRUMP. Pero también, y sobre todo, porque GANÓ Donald Trump.

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1. Ganó Donald Trump

Esto desconcierta y atormenta a la vieja Europa liberal e integrada. La tibieza europea quiere depositar ahora en Angela Merkel el liderazgo del mundo libre, ese que debía pasar pacíficamente de Barack Obama a Hillary Clinton. No se entiende qué pudo haber fallado: en un mundo felizmente civilizado por la globalización tecnológica y bancaria, de pronto, inopinadamente, un salto retro a las patologías ideológicas de la derecha, al fascismo, a los “populismos” y a la intolerancia. El mundo occidental se desmorona. Ya había ocurrido el brexit. Francia espera el golpe de Marine Le Pen. Qué gloriosa estupidez. Lo que yo no entiendo es qué es lo que no se entiende. ¿No es necesario ver el triunfo de Trump como la penosa comparecencia de las Hillary Clinton ante su propio mundo y su propio aparato? Ese mundo es el de la globalización blanca y posindustrial del capital financiero y el artefacto bancario transnacional; el mundo de Wall Street, de los fondos de inversión y de la generalización abstracta de las leyes no escritas de la circulación y del mercado del dinero; el mundo de la proliferación de Tratados de Libre Comercio, de la desregulación financiera y la escrupulosa calificación técnica de la vida, las democracias y la política; el mundo de las empresas tecnológicas, de los contratistas y la tercerización privada de servicios de defensa, control y vigilancia, militares o policíacos; el mundo de la “gentrificación” y la limpieza de barrios y ciudades entregados a la especulación y al mercado inmobiliario. Y el aparato es el de una casta flotante como el dinero mismo: elites educadas y “cognitariado” tecnocrático de ricos-ricos con su cinturón de barrios privados “exurbanos” cerca de Washington. Una nebulosa inocente y anónima ya desligada de aquella clásica noción de clase dominante que ostentaba su hegemonía sobre las mayorías, investida con la magia de la ideología o el símbolo, o sostenida por el artefacto del poder de las armas. Ni patrones ni señores: accionistas, gerentes, directores ejecutivos, técnicos y creativos. Son los dueños y los herederos cómodos de la globalización del capital, al moderado empuje de una religión ya plenamente consagrada como pura tecnología y pura administración. Neutros y profesionales, sin destino manifiesto, sin superchería celestial o extraterrestre, sin la ciudad resplandeciente en la colina. Una casta universitaria y educada, rigurosamente al día, a la altura de la historia, adornada o confundida ideológicamente con el ectoplasma bienpensante del liberalismo (en el sentido estadounidense de “progresismo”) y la agenda convencional de la new left: tolerancia y respeto por la diversidad cultural, religiosa y sexual; combate a los esencialismos, populismos y totalitarismos; descentralización de las comunicaciones y los medios en el blog, el Twitter y la web 2.0, etcétera. En suma: una cobertura ideológica que continúa y prolonga tranquilamente, como una prótesis, la lógica automática y natural del mercado y la circulación liberal de dinero, personas, información y comunicaciones. Del otro lado, se sabe, basura blanca desconforme, incapaz de plantear su disconformidad excepto en la forma infantil e hiperrealista del nacionalismo recalcitrante. Hillbillies, rednecks y trabajadores industriales de una era dorada de “made in USA” que quedaron del lado malo de la globalización, desocupados o con trabajos precarios, colgando de hipotecas impagables, sin seguros de salud, sin educación y sin fondos de pensión, iluminados por la incontenible bancarización, tan lejos del sueño del ahorro como del éxtasis del consumo.

Entonces, es obvio, es necesario resituar el plebiscito entre a. el macho gritón y b. la discreta delicadeza de lo femenino; entre a. el millonario caprichoso palurdo y b. la prolija azafata del poder invisible; entre a. los autos chocones o el wrestling y b. las baladas indie de campus universitario; entre a. Tocinolandia (United States of Bacon) y b. el restaurante gourmet o la comida étnica o macrobiótica; entre a. el fanatismo religioso sobrenatural y b. la fina espiritualidad customer service; entre a. el pastor carismático y payasesco y b. el conferencista TED; entre a. el impacto visual del desplante fascistoide y b. la tranquila e insignificante coreografía ritual de la democracia y la tolerancia. ¿Quién no elegiría, sin pensarlo siquiera, las alternativas b de este plebiscito? Pero el monstruo quedó cubierto por la propia alternativa: y el monstruo no es solamente la capacidad de la hegemonía tecnocapitalista contemporánea de ocultarse detrás de una figura civilizada y progresista, sino la oscilación misma entre una y otra. Resulta profundamente cínico el contrapunto entre Trump soltando sus conocidas idioteces sobre deportación, muro en la frontera mexicana y tolerancia cero con los inmigrantes, y las castas educadas mostrando la buena cara civilizada de la generosidad y la comprensión, viviendo a los refugiados más como un beneficio (o como un activo, un asset) que como una carga o una maldición que compite con la fuerza de trabajo nativa, pues razonablemente la inmigración aporta masas de trabajadores precarios y no calificados funcionando en negro, casi en condiciones de esclavitud, sin beneficios sociales ni gastos de administración. Si la extranjería y la inmigración supone un asunto de mera actitud cultural, y todo es cuestión de tolerar y respetar, entonces la explotación ha quedado doblemente asordinada detrás de la agenda de derechos de la new left. Y, en general, si siempre en Estados Unidos se termina por plebiscitar entre Homero y Lisa (para usar un lugar común), conviene tener en cuenta que entre ellos se asisten con eficacia narrativa, que uno está siempre profundamente endeudado con el otro, y que, en rigor, el primero es el yo ideal (gordo, millonario, vulgar, sacado de lo imaginario más crudo), y el segundo el ideal del yo (dietético, environment-friendly, obsesivo, prolijo y eficaz). Y conviene tener en cuenta que, en el fondo, la masa siempre ama a Homero y odia a Lisa. O que el yo ideal fascina a las minas mientras que (o porque) el ideal del yo tranquiliza a las suegras.

2. Ganó Donald Trump

Si la política puede describirse o entenderse en una lógica de competir, ganar o perder, entonces no es en absoluto sorprendente que ese podio llamado trono o sillón presidencial esté destinado, desde la mañana misma de la democracia electoral de masas, a los Donald Trump. Ellos no son solamente los herederos de ese trono: son la objetivación misma de esa lógica. El vencedor no es aquel que ha sido seleccionado por el azar o la naturaleza: es el producto técnico más perfecto de la máquina técnica de competir y ganar. Y ese rasgo de enfermedad autoinmune que tiene la democracia electoral es algo que no suele tenerse en cuenta. No se insistirá nunca lo suficiente con la naturaleza “maquínica” de los rasgos “psico-ideológicos” de los agonistas (para el caso, de Trump). Fascismo, racismo, machismo, xenofobia, etcétera, obedecen, en principio, a un ideal técnico radical. Persiguen la nitidez, el pixelado, la alta definición de la imagen, el hiperrealismo. Hacen máquina con la máquina de filmar, de transmitir, de histerizar. No se abisman en el dogma o la creencia de la ideología y del signo: simplemente se estiran funcionalmente sobre la hipnosis fetichista de lo concreto y de la imagen. Son un producto de la economía técnica de la máquina electoral y no significados externos a la máquina. Pero, es claro, esta hipoteca económica de la ideología no la desactiva como ideología: lo peligroso del juego, lo incomprensible y lo intratable del juego, es que siempre es real. Pues aunque sepamos que el perfil infantil, recalcitrante, reaccionario, fanfarrón, provinciano y maleducado de Trump no es aquello que la imagen, el gesto o la cámara enmarca con un signo de exclamación, sino que es parte del propio signo de exclamación (o es el propio signo de exclamación), resulta que es también, empecinadamente, un perfil infantil, recalcitrante, reaccionario y maleducado.

Más insoportable todavía que el circo electoral, si cabe, es el desdoblamiento del circo electoral en su metadiscurso técnico, en la autorreferencialidad autista de su economía: por qué se equivocaron las encuestas, ganará el que mejor interprete el deseo de la masa de votantes, no entendemos qué pasó, Hillary ganó los debates, etcétera. Pero masa debe entenderse en el sentido en que esa palabra funciona en la expresión “cultura de masas” o “democracia de masas”, en la globalización abstracta de las tecnologías de la comunicación y la información. La masa es el principio del placer: no desea nada ni tiene un sentido oculto que debe ser interpretado por los líderes políticos: es una neutralidad radical que se carga mágicamente con las positividades fantásticas y todo el carnaval de estampitas hiperrealistas de chirimbolos tecnológicos y mediáticos. Una gigantesca nube insustancial que se enciende por contagio, logra montos energéticos extraordinarios y se apaga tan misteriosamente como se había encendido. No es extraño en absoluto que lo recalcitrante, lo incorrecto o incluso lo fascista hagan máquina con la masa y sus fantasías paganas o milenaristas de redención, con el sueño de una catástrofe que venga a limpiar al mundo de maldad y corrupción dejando de pie a los mejores. Pues el capitalismo “alcanza su concepto” precisamente en la globalización de la tecnología como lógica abstracta de intercambio, rendimiento, eficacia, perfeccionamiento y acumulación: ahí la lógica capitalista parasita y coloniza todos los sistemas y todas las esferas: la vida, la política, lo social, la educación, etcétera. Ahora el capitalismo es el mundo. Y por eso es que es más sencillo imaginar el fin del mundo (un meteorito, el cambio climático, las explosiones solares, las invasiones zombis) que pensar la superación de un simple modo histórico de producción. Hay que repetir, finalmente, con Walter Benjamin, que “la fuerza del fascismo reside en que sus enemigos lo enfrentan en nombre del progreso como norma histórica”, como un retroceso o un residuo patológico del cerebro reptiliano de la sociedad internacional globalizada que podemos curar a golpes de progreso, desarrollo, tecnología democrática y convivencia pacífica. Error terrible. El fascismo (abusemos, por buenas razones, de esa palabra, tal como hacía Benjamin) es la consagración misma de la lógica del progreso técnico.

Sandino Núñez

Žižek: Hillary, Trump y el mal menor

Žižek: Hillary, Trump y el mal menor

religion

En el romance Ensayo sobre la lucidez, José Saramago narra una serie de extraños acontecimientos que ocurren en una capital no nombrada en un país democrático no identificado. Cuando la mañana del día de la elección es entorpecida por lluvias torrenciales, la cantidad de ciudadanos que salen de casa a votar se muestra perturbadoramente baja. Pero a mitad de la tarde, el clima se normaliza y la población sigue en masa a sus escuelas de votación. El alivio del gobierno, sin embargo, dura poco: el conteo de votos revela que más del 70% de las papeletas depositadas estaban en blanco. Estupefactos con ese aparente lapso cívico, el gobierno les da a los ciudadanos una segunda oportunidad y luego en la siguiente semana decide convocar a otra elección. Los resultados son aun peores: ahora, el 83% de las papeletas depositadas están en blanco…

¿Será una conspiración organizada para tirar abajo no solo el gobierno dominante sino la totalidad del sistema democrático? Si es así, ¿quién estará detrás de eso? Y ¿cómo lograron organizar a cientos de miles de personas para esa subversión sin siquiera ser notados? La ciudad sigue funcionando en aparente normalidad, con el pueblo esquivando cada uno de los embates del gobierno en inexplicable unísono y con un nivel verdaderamente gandhiano de resistencia no violenta… La lección de ese experimento de pensamiento es clara: el peligro hoy no es la pasividad, sino la pseudoactividad, el impulso de “ser activo” y de “participar” para enmascarar la vacuidad de lo que pase. Las personas intervienen todo el tiempo. Las personas “hacen algo”. Académicos participan de debates sin sentido, y por ahí va. Pero la cosa verdaderamente difícil de hacer es dar un paso atrás y retroceder. Los detentores del poder generalmente prefieren hasta una participación “crítica” que el puro silencio –simplemente para estar seguro de que, con algún tipo de diálogo escenificado, nuestra amenazadora pasividad esté quebrada. La abstención de los votantes es por lo tanto un verdadero acto político: ella forzosamente nos confronta con la vacuidad de las democracias de hoy.

Esa es exactamente la forma como deben actuar los ciudadanos ante la elección entre Clinton y Trump. Cuando preguntaron a Stalin a fines de los años 1920 qué desvío consideraba peor, el derechista o el izquierdista, él rebatió: “¡Los dos son peores!” ¿No pasa lo mismo con la elección ante la que están colocados los electores estadounidenses en las elecciones presidenciales de 2016? Trump es evidentemente “peor” en la medida que promete un giro a derecha y escenifica una degradación de la moralidad pública, sin embargo, mientras al menos promete un cambio, Hilary también es la “peor” en la medida que hace que no cambiar nada parezca deseable. Ante tal elección, no debemos desesperarnos y elegir el “peor” que significa cambio –aunque sea un cambio peligroso, abre espacio a un cambio distinto y más auténtico. La cuestión no es votar a Trump -no solo no se debe votar a un parásito como él, sino siquiera se debe participar en esas elecciones. El punto es abordar el problema de manera fría y hacer el siguiente ejercicio de pensamiento: ¿la victoria de quién sería mejor para el destino de un proyecto emancipatorio radical, la de Clinton o la de Trump?

Trump dice que quiere “hacer que América vuelva a ser grandiosa”. Obama rebatió diciendo que América ya es grandiosa. Pero ¿será que lo es? ¿Puede un país en el que una persona como Trump tenga una oportunidad de transformarse en presidente realmente ser considerado grandioso? Los peligros de una presidencia Trump son evidentes: no solo prometió nombrar a jueces conservadores para la Corte Suprema; movilizó a los más sombríos círculos de supremacía blanca y abiertamente coquetea con racismo anti inmigracionista; burla reglas básicas de decencia y simboliza la desintegración de padrones éticos básicos; al decirse preocupado con la miseria de las personas ordinarias, efectivamente promueve una agenda neoliberal brutal con exenciones impositivas para los ricos, más desregulación, etc., etc. Trump es un oportunista vulgar, pero es aun una especie vulgar de la humanidad (al revés de figuras como Ted Cruz o Rick Santoro, ¡que sospecho sean alienígenas!). Y lo que definitivamente no es un capitalista exitoso, productivo e innovador –se destaca por la capacidad que tiene de entrar en quiebra y luego hacer que los contribuyentes cubran sus deudas.

Los liberales asustados con Trump rechazan la idea de que una eventual victoria podría desencadenar un proceso a partir del cual emerja una auténtica izquierda. Su contra argumento preferido es una referencia a Hitler. Muchos comunistas alemanes acogieron la toma nazi del poder como una oportunidad para que izquierda radical se destaque como la única fuerza capaz de derrotarlos. Como sabemos, su apreciación se demostró un error catastrófico. Pero la cuestión es: la situación actual con Trump ¿es comparable a la de la asunción del nazismo? ¿Será realmente un peligro que traerá consigo un amplio frente de la misma manera que lo hizo Hitler, un frente en el que conservadores “decentes” y libertarios lucharon junto con progresistas mainstream y (lo que haya quedado de) la izquierda radical? Frederic Jameson acertadamente advirtió contra la apresurada designación del movimiento Trump como neofascismo: “Las personas están diciendo ahora que ese es una especie de nuevo fascismo y mi respuesta a eso es: ‘todavía no’. Si Trump llega al poder, será algo distinto”. (Por otra parte, el término “fascismo” es hoy muy usado como un significante vacío siempre que emerge en la escena política algo obviamente peligros pero carecemos del instrumental para comprender adecuadamente –¡no, los populistas de hoy no son simplemente fascistas!) ¿Y por qué todavía no?

En primer lugar, el miedo de que una victoria de Trump hubiera transformado a EE.UU. en un Estado fascista es una exageración ridícula. EE.UU. Tiene una trama compleja de instituciones políticas y cívicas divergentes, de forma que su Gleichshaltung derecha no podría ser ordenada. ¿De dónde, entonces, viene ese miedo? Su función es claramente la de unificarnos a todos contra Trump, velando así las verdaderas divisiones entre la izquierda resucitada por Sanders y el proyecto de Hillary –que es la candidata por excelencia del establishment, apoyada por una amplia coalición arco iris que incluye defensores neoconservadores de la Guerra contra Irak como el Secretario de Defensa de George Bush Paul Wolfowits e intervencionistas como el Secretario Asistente de Defensa para Política de Seguridad Internacional de Ronald Reagan, Richard Armitage.

En segundo lugar, el hecho es que Trump se alimenta de la misma rabia de la que se valió Bernie Sanders para movilizar a sus partisanos –el es percibido por la mayoría de quienes lo apoyaron como el candidato antiestablishment, y lo que nadie debe jamás olvidar es que la rabia popular es por definición amorfa y puede ser redireccionada. Los liberales que temen la victoria de Trump en realidad no tienen miedo de un giro radical a derecha. Lo que temen realmente es a un efectivo cambio social. Para hablar con Robespierre, admiten (y están sinceramente preocupados con) las injusticias de nuestra vida social, pero lo que realmente quieren es sanarlas por medio de una “revolución sin revolución” (en exacto paralelo con el consumismo de hoy, que ofrece café sin cafeína, chocolate sin azúcar, cerveza sin alcohol, multiculturalismo sin choques violentos, etc.): una visión de cambio social sin efectiva transformación social, un cambio en el que nadie realmente sale dañado, en que liberales bien intencionados permanecen abrigados en sus enclaves seguros. En 1937, George Orwell escribió en su A camino de Wigan:

“Todos censuramos las distinciones de clase, pero pocos desean seriamente abolirlas. Aquí llegamos a la importante constatación de que toda la opinión revolucionaria extrae parte de su fuerza de la convicción secreta de que nada puede ser cambiado”.

El argumento de Orwell es que los radicales invocan la necesidad por una transformación revolucionaria como un tipo de coartada que debe alcanzar el opuesto, es decir, prevenir el único cambio que realmente importa, el cambio que, de ocurrir, toca a los que nos comandan. ¿Y quién efectivamente comanda a EE.UU.? Podemos casi oír el murmullo de las reuniones secretas donde miembros de las élites políticas, económicas y financieras están negociando la distribución de puestos clave en la gestión Clinton. Para que se tenga una idea de cómo funcionan esas negociaciones en las sombras, basta leer los mails de John Podesta o el libro Hillary Clinton: The Goldman Sachs Speeches (que saldrá en breve por OR Books de Nueva York con una introducción de Julian Assange). La victoria de Hillary es la victoria de un status quo ofuscado por la perspectiva de una nueva guerra mundial (y Hillary es definitivamente una típica guerrera fría demócrata), un status quo de una situación en la que gradual pero inevitablemente nos deslizamos hacia catástrofes ecológicas, económicas y humanitarias, entre otras. Es por eso que considero extremadamente cínica la crítica “izquierdista” de Ian Steinman a mi posición, que alega que

“para intervenir en una crisis la izquierda tiene que estar organizada, preparada y contar con el apoyo de la clase trabajadora y los oprimidos. No podemos de ninguna manera respaldar el vil racismo y machismo que nos divide para debilitar nuestra lucha. Debemos siempre estar del lado de los oprimidos, y debemos ser independientes luchando por una verdadera salida de izquierda a la crisis. Incluso si Trump causara una catástrofe en el seno de la clase dominante, sería también una catástrofe para nosotros, si no hemos puesto en pie los cimientos para nuestra propia intervención”.

Es cierto, la izquierda “debe organizarse, prepararse y contar con el apoyo de la clase trabajadora y los oprimidos”—pero en este caso, la pregunta debería ser: ¿Cuál es el candidato cuya victoria puede contribuir más a la organización de la izquierda y su expansión? ¿No es claro que la victoria de Trump podría “sentar las bases para nuestra propia intervención”, mucho más que la de Hillary?

Si, hay un gran peligro en la victoria de Trump, pero la izquierda se movilizará solo a través ese tipo de amenaza de catástrofe. Si continuamos con esta inercia del status quo existente, seguramente no habrá movilizaciones de la izquierda; citando al poeta Hoelderlin: “Solo donde hay peligro a fuerza salvadora también emerge”.

En la opción entre Clinton y Trump, ni “se paran del lado del oprimido”, por eso la opción real es: abstenerse de votar a quien, aunque sea inútil, abre una gran oportunidad de desatar una nueva dinámica política que puede llevarnos a una masiva radicalización por izquierda. Pensemos en los que apoyan a Trump y son antiestablishment que estarán inevitablemente descontentos con la presidencia de Trump. Algunos de ellos deberán apoyar a Sanders para encontrar una salida a su bronca. Pensemos en aquellos demócratas decepcionados que hubieran visto como la estrategia política de centro de Clinton, no puede ganar, inclusive frente a una figura del extremo como Trump. La lección que podrían aprender es que a veces, para ganar, la estrategia del “estamos todos juntos” no funcionay en cambio, debemos incluir una división radical.

Muchos de los electores pobres alegan que Trump habla por ellos. ¿Cómo es que pueden reconocerse en la voz de un multimillonario cuyas especulaciones y fracasos son una de las causas de su miseria? Como los caminos trazados por Dios, los caminos de la ideología son, para nosotros, misteriosos…. (Aun que es verdad, algunos datos sugieren que la mayoría de los que apoyaron a Trump no son de baja renta). Cuando quienes apoyaron a Trump son denunciados como “white trash”, es fácil discernir en esa designación el miedo de las clases más bajas que caracteriza a la élite liberal. Este fue el título y subtítulo de una entrevista de The Guardian sobre una reciente reunión electoral de Trump: “Un acto de Trump desde adentro: buenas personas en un loop de feedback de paranoia y odio. El público Trump está lleno de personas honestas y decentes –pero la invectiva del republicano tiene un efecto escalofriante en los fanáticos de su espectáculo unipersonal”.

Pero ¿cómo fue que Trump se transformó en la voz de tantas personas “honestas y decentes”? Trump logró, solo, arruinar al Partido Republicano, antagonizando tanto el establishment de la vieja guardia como a los fundamentalistas cristianos. Lo que quedó como núcleo de su apoyo son los portadores de la rabia populista contra el establishment –y ese núcleo es despreciado por los liberales como “white trash”. Pero ¿no son exactamente ellos los que deben ser conquistados por la causa radical de izquierda (que fue lo que Bernie Sanders logró)?

Debemos librarnos del falso pánico, temiendo la victoria de Trump como el mayor de todos los horrores que nos hace apoyar a Hillary a pesar de todos sus evidentes defectos. Aunque la batalla parezca perdida para Trump, su victoria habría generado una situación política totalmente nueva con posibilidades para una izquierda más radical –o, para citar a Mao: “Todo bajo el cielo está sumergido en el caos, la situación es excelente”.

Traducción al castellano de la versión en portugués publicada en Blog da Boitempo: Zizek: Hillary, Trump e o mal menor.
Original en inglés en In These Times: Slavoj Zizek on Clinton, Trump and the left’s dilemma.