Cien Años de Democracia en Uruguay

Cien años de democracia en Uruguay

Fernando López D Alesandro 09/08/2016

religion

El 30 de julio de 1916 se inauguró la democracia moderna uruguaya. Luego de un arduo proceso, finalmente se elegiría por voto universal y secreto masculino una Asamblea Nacional Constituyente. No sólo era la primera vez que la democracia se practicaba en el país, sino que, además, esa elección reflejaría, también, el primer “voto protesta”, una buena forma de comenzar el camino democrático.

La época en que la democracia uruguaya dio su primer paso no era la mejor. En 1913 estalló una de las más graves crisis económicas, que fue comparada con la de 1890. La retracción producida en los momentos previos a la Primera Guerra Mundial fue central. Todas las potencias, y especialmente Gran Bretaña, retiraron sus inversiones y sus depósitos de las periferias y bloquearon los créditos. En esa situación, el batllismo debía hacer frente al pago de los intereses de la deuda colocada en el mercado internacional para la compra del Banco Hipotecario. Debido a la crisis, la segunda emisión de la deuda no se pudo vender y no había fondos para pagar los intereses.

VIENTO EN CONTRA. La única solución era tomar un préstamo, cosa imposible en 1913, salvo que se aceptaran condiciones extremas. El Banco de Londres y América del Sur ofreció al gobierno de Batlle ( en la foto) un crédito a intereses leoninos y obligó a garantizarlo con el oro del Banco República (Brou). El acuerdo fue depositar la mitad del encaje en oro del República en las bóvedas del Banco de Londres, y conforme se pagara el préstamo se devolverían los lingotes. La operación era muy arriesgada. El oro era el respaldo de la moneda, y si la operación se hacía pública existía el temor de una corrida que vaciara el República. Y eso fue lo que hicieron el Banco de Londres, el Comercial y el Italiano.

Cumpliendo órdenes de la City, cuando el oro estuvo en la bóveda del banco inglés los directorios del Banco de Londres y del Comercial hicieron una importante operación de cambio de billetes por oro, operación que el Brou no pudo cumplir. El rumor del incumplimiento disparó la corrida. La maniobra imperial fue monitoreada por teléfono desde la sede londinense, y cuando la corrida comenzó a afectar a todo el sistema financiero, los bancos hicieron público su respaldo al República para detener los retiros masivos.

Pero el daño ya estaba hecho. El batllismo fue tocado en su línea de flotación, y al año siguiente, además, cuando Europa entró en guerra, todas las opciones de crédito se cortaron definitivamente.

La crisis tuvo un fuerte impacto social. Batlle y Ordóñez se vio obligado a realizar un ajuste fiscal, que si bien gravó principalmente a las clases altas, no pudo evitar descargar una parte importante en el consumo popular. La inflación se disparó junto con la escasez, y la desocupación llegó a niveles altos. Para un país que vivía desde 1897 una onda de prosperidad, el impacto fue terrible. Y la sociedad responsabilizó al gobierno.

La respuesta batllista fue radicalizar su programa, en lo social y lo económico, espantando aun más a los sectores conservadores, pero sin lograr mantener el apoyo de las capas medias y populares. El colegiado transformó esa tensión social en tensión política.

LA PROPUESTA BATLLISTA. En ese contexto, José Batlle y Ordóñez publicó sus “Apuntes” sobre la reforma constitucional. No había nada que no se hubiera dicho antes. El voto universal y secreto y la representación proporcional formaban parte ya de un acuerdo tácito por el que habían muerto miles de paisanos blancos. La novedad que dividió al país por largo tiempo era el colegiado.

Batlle propuso sustituir la Presidencia de la República por un consejo de nueve miembros, del que todos los años se elegiría un nuevo integrante por voto popular. La propuesta aspiraba a detener toda forma de autoritarismo, pero en realidad Batlle buscaba garantizar la permanencia del batllismo y del Partido Colorado en el poder. La oposición, para llegar al gobierno, debía ganar cinco elecciones seguidas…

Fue un grave error. Batlle y Ordóñez le regaló una bandera a la oposición conservadora, la bandera que estaba esperando luego de diez años de desorientación.

En primer lugar, Pedro Manini Ríos intuyó muy bien el momento y se separó de Batlle, convocando a su alrededor a los sectores más conservadores del coloradismo. Manini –que había sido secretario de Batlle– consideró que el colegiado era algo artificial, que nada tenía que ver con las tradiciones del país y del partido, por lo que propuso volver a las raíces del coloradismo original. Así llamó a su corriente Partido Colorado General Fructuoso Rivera, más conocido como “riverismo”.

Su directiva estaba integrada en un 63 por ciento por empresarios o dirigentes vinculados directamente a los grupos económicos. Al riverismo se sumó el Partido Nacional, liderado por Luis Alberto de Herrera. Éste había editado en 1910 La revolución francesa y Sudamérica, un ensayo político donde intentaba refutar las propuestas progresistas y liberales, y proclamaba la doctrina conservadora que fue dogma histórico de su sector. La reivindicación del clasismo, de la jerarquía, y sus reticencias frente a los derechos universales, perfilaron al nacionalismo como la opción conservadora y elitista de Uruguay. En esta época, el 83 por ciento de la dirigencia blanca tenía vínculos directos con los grupos económicos. Al bloque anticolegialista se sumó la Unión Cívica, con Zorrilla de San Martín a la cabeza.

El anticolegialismo fue la bandera que Batlle regaló a las derechas y que éstas supieron usar muy bien. A los partidos conservadores pronto se sumaron la Asociación Rural del Uruguay, la recientemente fundada Federación Rural y las gremiales empresarias más importantes. Todas ellas conformaron lo que Batlle llamó “el contubernio”.

EL 30 DE JULIO. Finalmente llegó el día. Batlle estaba convencido de que su propuesta sólo perdería en Artigas, porque la lejanía impedía que su “mensaje” llegara con claridad. Cuando se abrieron las urnas la propuesta colegialista sólo había triunfado en Artigas. El “contubernio” había ganado. El reformismo fue derrotado y frenado, y por números contundentes. Los colegialistas –batllistas y socialistas– obtuvieron el 42,61 por ciento contra el 58,12 del “contubernio”.

¿Qué había sucedido? Sin duda una primera explicación debe tener en cuenta el impacto de la crisis en la gente. Los índices socioeconómicos se dispararon a cifras como hacía tiempo no se veían. La ilusión de estabilidad, de progreso y de ascenso social quedó rota para muchos. En otro orden, los beneficios sociales y el discurso batllista no llegaron al Interior profundo, donde el pobrerío era aún el 10 por ciento o más de la población rural. Asimismo, la última guerra civil aún estaba fresca en la memoria de todos y el 30 de julio de 1916 les ofreció a las paisanadas blancas la posibilidad de votar contra el que había matado a su caudillo.

En otro orden, una importante abstención colorada –57 mil votos fue el cálculo en la época– dio cuenta de lo poco convincente de la propuesta colegialista, y se tradujo en un “voto castigo”. Al fin y al cabo fue una propuesta –o invención– presentada de manera sorpresiva que dejaba entrever la intención colorada de monopolizar el poder. Así, los discursos políticos se habían radicalizado a niveles desconocidos en Uruguay, generando, además, un escenario dicotómico, que no era el mejor para las propuestas renovadoras en un momento de crisis.

El voto reformista fue esencialmente urbano, montevideano, mientras que la opción conservadora se afincó en el Interior. Los sectores populares de la capital, así como los medios, apoyaron la propuesta batllista, mientras que en el Interior fue exactamente al revés. Las clases altas, en casi todo el territorio, votaron contra el colegiado. En síntesis, el voto batllista y socialista coincidían con el centro capitalino, el inmigrante europeo, los sectores populares y de clase media urbanos y profesionales. El voto conservador era rural, de los propietarios, de los sectores populares originarios del Interior y de las clases altas.

Esta compleja realidad social y sus expresiones políticas no fueron previstas por Batlle y Ordóñez. Hijo del patriciado, al fin de cuentas, y de una política elitista y excluyente, quizá el histórico estilo de “ordeno y mando” influyó cuando calibró la situación. Batlle supuso, como siempre, que el hecho de ser gobierno y de hacer una propuesta, cualquiera fuera, bastaba para que la gente la votara como un mandato. No comprendió que había puesto en marcha un mecanismo –la democracia– que empoderó a la gente. Y la gente hizo uso de ese derecho como mejor entendió.

Su abjuración posterior del voto secreto, por ejemplo, así como toda la operativa de transición a la democracia pensada para que el Partido Colorado no perdiera el poder, confirman en gran parte el error de cálculo inicial, fundado en ese estilo no democrático de la política aristocrática del siglo XIX.

Pero independientemente de las razones, este acto fundacional de la democracia moderna uruguaya tuvo consecuencias largas en el tiempo. En 1916 el gobierno convocó al pueblo a votar, a decidir su destino. El pueblo se expresó, el gobierno perdió y tuvo que aceptar la decisión. Esa noche, por ejemplo, mientras Zorrilla de San Martín llegaba al Club Católico al grito de “¡Viva el sagrado corazón de Jesús!”, Batlle y Ordóñez les prohibía a sus “jóvenes turcos” descolgar los pizarrones de las puertas de El Día, donde se daban las malas nuevas. Era lo que la gente había decidido y era lo que había que acatar.

José Pedro Barrán, analizando magistralmente el 30 de julio de 1916, concluyó: “Aquel día las mayorías pudieron expresarse, los comicios demostraron poder decidir un cambio importante en el rumbo de la sociedad, y el gobierno acató esa decisión. Que esos tres sucesos iniciaron una nueva etapa en la vida del país lo demuestra el hecho de que los valores políticos que de ellos emanaban volvieron a resplandecer en el plebiscito del 30 de noviembre de 1980, casi intactos a pesar de todo”.

Lo suscribimos.

¿Vive nuestra sociedad distraída mientras se destruye a si misma?

¿Vive nuestra sociedad distraída mientras se destruye a si misma?
por David Romero

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Algunos filósofos opinan al respecto, y todos parecen coincidir en el diagnóstico.

No son pocos los filósofos que hacen una diagnosis pesimista del estado de nuestra civilización, en términos de consciencia y felicidad humana. La última crisis económica, por ejemplo, fue frecuentemente enjuiciada como un síntoma superficial (económico, meramente material) de una crisis mucho más profunda: una crisis de valores, y también de consciencia. Las voces más optimistas llegaban a proclamar a esa crisis (y a las crisis en general) como una buena oportunidad de despertar, como una ducha fría desagradable pero necesaria para recobrar el sentido de la realidad, y salir de la tóxica narcosis materialista que embota las consciencias y condena al mundo a una economía ciclotímica, despiadada con las personas y obsesionada con un crecimiento que ni siquiera es sostenible en términos ecológicos.

Hay una frase muy explícita que el escritor francés Michel Houellebecq, publicada hace unos 16 años: “Nos dirigimos hacia el desastre guiados por una imagen falsa del mundo; y nadie lo sabe”.

Agudo filósofo y poeta sutil, Houellebecq no duda en considerar que el capitalismo neoliberal, con su absoluta indiferencia por la verdadera naturaleza humana y sus necesidades reales, está abocando a esta civilización “al desastre”. Y cuando dice, poéticamente, que “nadie lo sabe” está señalando la evidente dificultad del individuo contemporáneo para tomar verdadera consciencia del estado carencial en que se encuentra, y del gran potencial de distracción (“guiados por una imagen falsa del mundo”) que tiene la economía de consumo a través de su sistema cultural asociado, con su prolífica producción de espectáculos, videojuegos, plataformas digitales y medios de comunicación, es decir, con su hipertrófica industria del entretenimiento y la avanzadísima tecnología al servicio de su disfrute.

“Yo creo que no es casualidad, sino que hay un interés poco disimulado del sistema en ese potencial de distracción” -decía el filósofo español Jordi Pigem en una bonita entrevista concedida hace muy poco a un medio local. “En un mundo al borde del colapso, es curioso que cada vez haya más entretenimientos para que nos olvidemos de pensar, para que ocultemos las cabezas como avestruces”, añadía.

Lo cierto es que es no es difícil percibir cierta distracción, cierta inconsciencia en el comportamiento de los seres humanos con respecto a su propio destino. Precisamente Jordi Pigem decía en esa entrevista una frase que resume bien la idea y ofrece también una potente imagen poética: “Se está hundiendo el Titanic y nosotros nos dedicamos a jugar cazando Pokemon en la cubierta”. Su frase puede considerarse una actualización de la de Michel Houellebecq, sin duda.

En su libro La Buena Crisis, Pigem escribe: “La destrucción ecológica tiene su contrapartida en nuevas psicopatologías autodestructivas. El narcisismo, la esquizofrenia y la depresión que caracterizan a nuestra cultura se reflejan en el saqueo de paisajes, de comunidades y de nuestra vida interior”

A escala global, ya no se puede ocultar que persiguiendo el desarrollo económico como un ideal de bienestar y felicidad, hemos destruido una parte importante de nuestro entorno natural. Y a nivel psicológico individual, ya no son sólo los budistas quienes advierten sobre los profundos malestares que produce el cultivo excesivo del ego y la individualidad, sino los propios psicoterapeutas y sociólogos de occidente, cada vez más de acuerdo en torno a la idea de que nuestra sociedad está estancada en una fase adolescente y sufre de narcisismo, egolatría, ansiedad y depresión… y gran parte de las personas que la componemos, expuestos a esa contaminación ambiental y educados en ella, somos perfectos candidatos a estas patologías.

“Nos ha tocado vivir en la sociedad desorientada”, decía también el filósofo francés André Comte-Sponville en una entrevista concedida al diario ‘La Vanguardia’

El propio Jordi Pigem, en la misma línea, plantea la única pregunta posible, surgida de un asombro genuíno ante lo que está sucediendo: “¿Cómo es posible que un mundo con tanta información sobre lo que estamos destruyendo, que estamos destruyendo la base de nuestra existencia, mire para otro lado y no decida cambiar el rumbo?”.

Por fin triunfan los malos: la ilegalidad cool de las series de televisión

Por fin triunfan los malos
La ilegalidad cool de las series de televisión
por Omar Rincón

Original en:
http://nuso.org/articulo/por-fin-triunfan-los-malos-la-ilegalidad-cool-de-las-series-de-television/

religion

Las series de televisión rompen con lo políticamente correcto: abundan el sexo, las drogas y el alcohol, pero también todo tipo de bajezas. Al final de cada capítulo y de cada temporada, queda la sensación de que el mundo es el teatro de una gran conspiración política y empresarial contra los ciudadanos; de que el capitalismo y los gobiernos y los empresarios nos quieren robar y matar y no nos hemos dado cuenta. Donald Trump sería un mejor personaje de ficción que candidato presidencial: lo amaríamos en una serie, lo odiamos como político real. Las series cuentan los males del capitalismo sin el temor de que los televidentes se subleven.

Por Omar Rincón Mayo – Junio 2016 PDF Por fin triunfan los malos / La ilegalidad cool de las series de televisión
Las series de televisión son una nueva droga. Producen adicción. Lo hacen creer a uno, como televidente, muy inteligente y perteneciente a la cultura pop. Esto es así porque las series expresan esa crisis de representación política que habitamos y expresan el éxito de la representación mediática como nueva forma de la política. Por eso, las series son nuestro mejor relato de época, ahí están todas las claves para crear, pensar, imaginar y comunicar en nuestro tiempo.

Las series son el fenómeno audiovisual del siglo xxi que nos lleva, a los fanáticos, a sentirnos mundializados. En las series se expresa esa crisis de subjetividad que habita nuestro mundo, y ellas nos permiten imaginar un nuevo espacio de opinión pública cool y contracultural. Dicho de otra manera, las series son para los pop-cultos algo así como lo que son las telenovelas para los populares-folk. Los pop-cultos somos, más que hijos de la ilustración y la identidad, herederos de las simbologías pop y las fusiones de pantallas. Para nosotros, las series tipo Breaking Bad, Mad Men, Game of Thrones o House of Cards son nuestra coolture. El escritor, cinéfilo y director de cine Alberto Fuguet lo definió mejor al decir que «las series son una forma de vida. O si lo prefieren, la mejor droga del mundo».

Este ensayo parte de contar el fenómeno de las series, para luego adentrarse en esa moral ilegal o paralegal que celebramos al verlas.

El auge de las series

Twin Peaks (1990) fue la primera de todas; luego vinieron muchas, pero las más famosas son er (1994), Los Soprano (1999), The Wire (2002), Lost (2004) y Mad Men (2007), y la moda se consolidó con Breaking Bad (2008), Homeland (2011), Game of Thrones (2011), Black Mirror (2011), House of Cards (2013), Orange is the New Black (2013), Sense 8 (2015). Los latinos participamos con series más populares que pop, más de las pantallas clásicas de televisión que de las nuevas digitales, con productos como Los simuladores (2002), Ciudad de los hombres (2002), Mujeres asesinas (2005), Sin tetas no hay paraíso (2008) o Pablo Escobar: El patrón del mal (2012).

Con Twin Peaks, un director de culto como David Lynch pasa del cine a la televisión en abril de 1990 y ahí nace esta narrativa en forma de pastiche ajena a toda linealidad; un modo de relato que promueve la confusión y una sensación planificada de improvisación constante; un delirante juego de sentimentalidades al borde de la parodia; el abuso de escenas extrañas por el goce de extrañar. Y, en lo temático, se presentan asuntos aberrantes y sin moral; el humor raro, los freaks y la sobredosis de ironía sobre la realidad conspirativa de nuestros días. Así se da inicio a la adicción de las series.

Nueve años más tarde, llegó Los Soprano de David Chase y todo se confirmó: nacía una televisión que no nos habíamos imaginado, una serie que documenta la mafia del siglo xxi, esa del cinismo ambiguo; Tony Soprano es padre de familia, un gánster italonorteamericano de Nueva Jersey, y va al psiquiatra. Todo pasa, nadie moraliza. Mejor que cine, la televisión toma el reino de los contraculturales. Cinco años más tarde, Lost se convertiría en la más importante serie de adicción globalizada. Su creador, J.J. Abrams, documenta la lucha de los supervivientes del accidente del vuelo 815 de Oceanic por subsistir en una isla del Pacífico. Fue transmedial. Los fans crearon comunidad y la debatieron, la extendieron, la intervinieron. La cultura pop de las series se había creado, una nueva droga surgía en el siglo xxi.

Cuatro años después, la confirmación del fenómeno llegó con Breaking Bad, que cuenta cómo una persona común con poco éxito en su vida profesional y con dificultades en su vida familiar y emocional –como la mayoría de las personas– trata de mantener hasta el último minuto un proceder civilizado, pero no lo logra y finalmente se convierte en un delincuente profesional y meditabundo. Un personaje ambiguo y detestable, que hizo sentir muy inteligentes y cínicos a los consumidores de esta «droga». Walter White, el protagonista de Breaking Bad, fue elevado a la categoría de mejor actor del mundo. Sus fans llegaron a enterrarlo en un cementerio real.

Las series no son cine, tampoco televisión, son una experiencia audiovisual transversal que entra en secuencia con otros saberes, prácticas y referencias y que genera nuevas vivencias de lo pop en los universos digitales. Una experiencia mundializada y «transpantalla», que pone en secuencia todas las usanzas del audiovisual a la manera televisiva y que solo puede ser disfrutada por ciudadanos globalizados. Las series son el mejor audiovisual que reúne las herencias del cine pero se toma en serio la televisión, y por eso narra sobre la base de personajes y asume la serialidad como recurso, abordando asuntos que requieren del largo aliento televisivo.

Las adicciones producidas

Las series se caracterizan por estallar la moral del televidente clásico. Se abandona la moral conservadora de la televisión tradicional que promovía amor, familia, religión y propiedad. Ya los buenos no serán los policías o los periodistas; es más, ya no habrá buenos, los protagonistas viven al margen de la ley y expresan esa amargura del existencialismo pop que consiste en asumir que el capitalismo y la democracia son un fraude y que todos somos sobrevivientes de esta conspiración cósmica montada por Estados Unidos, los gobiernos cínicos, los empresarios desalmados y los políticos corruptos. Todo hiede menos nosotros, los individuos pensantes que nos hemos dado cuenta de que esta sociedad conspira contra nosotros. Por esta razón, estas series celebran personajes moralmente ambiguos, las temáticas son atrevidas, las estéticas son sublimes, permiten gozar lo prohibido y celebrar lo que está al margen de la ley.

Todo producto cultural inventa su propio público, y las series crean un televidente más allá del gusto construido por la industria cultural nacional para pasar a habitar los referentes mundializados, a pensar el sistema societal desde un existencialismo pop (sabemos que todo anda mal, nada se puede hacer, a no ser ensayar la crítica irónica y la producción de un estilo de vida que se ríe de la política en el consumo y el sarcasmo). Las series exigen como único requisito para su disfrute tener una cultura mundo, porque para verlas hay que saber de referencias globales, de cultura pop, y habitar el cinismo hipster.

El espectador es quien pone los límites «morales» de lo que desea ver, por eso aparecen temáticas más audaces y actuales; la televisión se libera de su moral conservadora y construye una nueva agenda pública. El mafioso va a la psiquiatra (Los Soprano), el publicista está lleno de mentiras (Mad Men), la chica buena es perversa (Orange is the New Black), el médico es cínico (Dr. House), el hombre existencialista cool hace limpieza social (Dexter), el político es corrupto con nuestra bendición (House of Cards), el hombre anónimo se desquita de una sociedad que no lo reconoce (Breaking Bad), están todos locos (Lost), los zombis testimonian la actualidad (The Walking Dead), la política social es matar pobres (The Wire), el poder criminal es made in usa (Homeland), los investigadores buscan orgasmos como experimento (Masters of Sex), nada es higiénico, todo es perverso pero seductor (Black Mirror), somos habitantes de cofradías de extraños mundializados (Sense 8), mucho sexo y desnudos y sangre (Game of Thrones).

Todos los temas dan para hacer una serie, mejor si son la perversión política, económica y social que nos habitan como sociedad del capital; la única condición es revestirlos de ese look de oscuridad y penumbra estética y afectiva que da el tono de serie de culto. Así nacen las territorialidades mundiales del entretenimiento constituidas por los seguidores de series. Por eso se aceptan historias de mafiosos, médicos perversos, policías de limpieza social, políticos corruptos, sujetos revanchistas de su destino, todo adobado con sexo en mil formas, drogas expresivas y éticas del placer. Todo con tal de que se manifieste un desplazamiento lateral de la legalidad y la norma. Las series celebran mil formas de ilegalidad, por eso patean el tablero moral y las expectativas clásicas de disfrute. Crean un nuevo entretenimiento cínico, amoral, desfachatado, más cercano a lo oscuro que a la luz, más de grises que de dualismos; uno en el que la familia es una institución jodida, la religión es perversa, el sexo es expresión y las violencias se liberan.

Las series pueden atreverse a todo porque no son para las masas. No tienen potencial de insurrección, solo de conformidad con la cultura mundializada. Las series son para los jóvenes educados en la ironía del sistema, críticos de pantalla, cínicos hipsters y existencialistas del consumo. Somos los sinvergüenzas del ingenio. Por eso pagamos y exigimos que nos den existencialismo sin ideología, psicoanálisis sin preguntar por el yo interior, placeres que nos lleven a vivir como si fuéramos hermanos de desgracia y decadencia, y ante tanta angustia, solo nos salva el estilo: consumir series, referentes pop, gadgets digitales, amistades de flujo.

El final feliz se les deja a las telenovelas y a las comedias de la televisión abierta. Pero no se trata solo de las temáticas cínico-existenciales, sino de los atractivos modos de comprenderlas en los modos y tonos del narrar. Modos que buscan en cada personaje una forma, un estilo, un tono; en Six Feet Under, la madre solo podía ser plano abierto, ella era muy dura; en House of Cards, los personajes de la corrupción trabajan en los lados oscuros de la imagen; en Mad Men, todo está en los detalles de arte, es publicidad. Cada serie toma la forma audiovisual de sus personajes. Y el tono de narración es el escéptico, el cínico, el existencialista cool, el maravilloso audiovisual.

Alucinaciones usa

Las series norteamericanas son el nuevo espacio de opinión pública sobre este mundo en versión usa, una reflexión acerca de la pesadilla del sueño americano, el gozo de nuestra cultura pop como referente de lo culto, una manera de ser todos hijos de la cultura del entretenimiento estadounidense. Y si las series son el lugar de la nueva opinión pública norteamericana, los que somos habitantes del territorio pop somos también hijos culturales de usa, y por eso gozamos tanto de estos relatos cínicos. La ficción televisiva se convierte en opinión pública ante la decadencia de los informativos y el exceso de internet; por eso, vamos a las ficciones televisivas para ver cómo es que venimos siendo (y es que todos somos los hijos de dos culturas, la gringa y la nuestra, eso dijo Frédéric Martel). Las series documentan la opinión pública de la sociedad norteamericana. Allí el gobierno es dominado por cínicos que quieren hacer negocios (House of Cards), o quieren construir poder matando a pobres e inocentes (Homeland, The Americans), o quieren hacer de la política un videogame del poder y el ego (The Wire, The Good Wife), o quieren convertir la justicia en una estrategia para eliminar pobres (Orange is the New Black, True Detective, The Killing), o hacen de la ciencia una virtud justiciera por mano propia (Dexter), o convierten la salud en egolandia (Dr. House), o la sociedad en su conjunto atenta contra los talentos y dignidades del sujeto vinculado (Breaking Bad), o la ética democrática se pierde en la ética del capital (Mad Men), o estamos gobernados por mafiosos (Los Soprano), o habitamos una isla del sálvese quien pueda y el último cierra la puerta (Lost), o huimos al pasado para justificar que siempre hemos sido iguales y nos han gustado el sexo, las drogas y las tetas (Game of Thrones), o que la realidad política es el engaño y el periodismo se vendió a los opresores (The Newsroom). «Las series son el penúltimo intento de los eeuu por seguir siendo el centro de la geopolítica mundial. Como económicamente ya no es posible, los esfuerzos se canalizan hacia la dimensión militar y simbólica del imperio en decadencia», afirma Jorge Carrión.

La ilegalidad cool

En las series norteamericanas, al final de cada capítulo y de cada temporada nos queda la sensación de que habitamos una gran conspiración política y empresarial contra nosotros los ciudadanos; que el capitalismo y los gobiernos y los empresarios nos quieren robar y matar y no nos hemos dado cuenta, el malo siempre es el poderoso, en la telenovela es el rico, aquí es el gran hermano del capitalismo financiero y el terrorismo moral. Sabemos, los que gozamos de las series, que allí donde la democracia estadounidense creyó poder salvar el mundo de la vida, solo existen la corrupción y la maldad. Ante esta realidad escabrosa, solo nos quedan el cinismo hipster, el existencialismo pop y la anarquía cool como salida, y la salida gozosa está en ver series. Vemos series y renunciamos a participar, solo vemos y criticamos con buen estilo y esperamos a que todo el sistema se caiga. La política es la conspiración contra el yo ciudadano moderno, eso dicen las series. El game is over. La salvación está en lo ilegal, el crimen seduce. Así surge el nuevo héroe, que es casi un criminal o un delincuente con estilo. En Mad Men, Don Draper, el protagonista, es un ser cuyo tormento de pasado, misterio e ilegalidad nos va llegando en dosis seductoras; en Los Soprano, Tony es pura oscuridad en busca de alguna visibilidad; en Lost, todos los personajes son oscuros y pueden ser cualquier cosa; en The Wire, todos son conspiradores inspirados; en Breaking Bad, Walter White es el personaje de la inestabilidad que se desplaza con los vientos de su oscuridad; en The Walking Dead, aparecen los zombis como metáfora del humano del siglo xxi; en House of Cards, la oscuridad se hace cínica y corrupta y nos hace cómplices de su perversión; en Homeland, una mujer fuera de quicio convierte una misión patriótica en una obsesión personal; en Orange is the New Black, los latinos y los afros aparecen en su ambiente natural, la cárcel. Relatos civilizados de esta sociedad donde la crítica se hace en el consumo, o el mejor producto de masas es lo contracultural.

Las series presentan hombres ya mayores y malos, que gustan por sus encantadores defectos, su comportamiento cuestionable y su actitud políticamente incorrecta. La seducción de la perversidad. Hay pocas mujeres protagonistas. Al contrario de las subjetividades masculinas (perversos atractivos), las subjetividades femeninas poco atraen, más bien asustan a los hombres: una por fría y bella (la señora Underwood, House of Cards), la otra por ingenua y desubicada (Piper Chapman, Orange is the New Black) y la última (Carrie Mathison, Homeland) por obsesa. Las series producen otra subjetividad femenina distinta de la tradicional, en la cual las mujeres eran víctimas o seductoras, pero siempre bien comportadas. Las mujeres de serie aterrorizan pero no seducen, los hombres de serie atraen porque aterrorizan. El machismo sigue triunfando y, por eso, la mujer liberada mete miedo.

Todos los protagonistas de estas series deberían estar en la cárcel o recluidos en clínicas psiquiátricas. He ahí su seducción: por fin los malos triunfan y se pueden usar los métodos de la paralegalidad para existir. Por eso las series son sobre personajes ambiguos en su moral, oscuros en sus motivos, enigmáticos en sus sentidos. Todas subjetividades oscuras, en dolor, en búsqueda de algo que les otorgue sentido. En las series están todas las claves para crear, pensar, imaginar y comunicar en nuestro tiempo.

Se vende el humo (de la libertad)

El crimen, la ilegalidad, la perversión se venden como contracultura. Solo que todo en la sociedad de mercado se ha convertido en bandera de liberación al consumo. Por eso, con las series regresan los comportamientos incorrectos. Nos liberamos fumando. Las series son un fenómeno industrial masivo que convoca a los ciudadanos cool del mundo para seguir vendiendo humo (de libertad). Y es literal: su mejor mensaje es fumar. Las series son una estrategia de las marcas de cigarrillos para vender cigarrillos como nuevo estilo cool.

Mad Men nace y cuenta la historia de la publicidad desde y en la perspectiva de una marca de cigarrillos; además, todos fuman y mucho. En True Detective, fumar es la mayor obsesión del policía incriminado. Homeland muestra a Carrie, la protagonista, en su lucha por dejar de fumar, pero siempre recae. En House of Cards se fuma poco, pero los Underwood, cuando tienen que celebrar o tramar algo potente, buscan un cigarrillo escondido en alguna parte y se lo fuman como si fuera el máximo placer posible de estos tiempos. Orange is the New Black, en su segunda temporada, convierte el mercado del cigarrillo prohibido en el centro del mejor negocio en la cárcel. Ray Donovan, en su perversión de justicia on demand, lleva a que su frágil esposa se libere vía el cigarrillo. The Killing tiene en el policía mundano a un fumador empedernido y la mujer policía introvertida fuma para hacer posible su momento mágico. Masters of Sex muestra a la esposa del médico, un personaje «perdedor», fumando como una loca cada vez que se siente frustrada. Downton Abbey logra que todas las clases sociales fumen y dialoguen sobre el fumar. The Leftovers también fuma. True Detective fuma y bebe. Las series recuperan los rituales prohibidos por la corrección puritana de la vida civilizada: el fumar, el sexo, las drogas y el alcohol.

Coincidencia, puede ser. Liberación, tal vez. Pero quizás detrás de estas coincidencias esté el hecho de que las compañías de cigarrillos la tienen muy dura para hacer publicidad en estos tiempos del puritanismo correcto, ya no pueden en televisión, tampoco en el deporte, ni en ninguna parte, y encontraron en las series un vehículo para poner el fumar otra vez de moda y convertirlo en tendencia cool. El placer de fumar ha regresado con nuevo glamour. Ver las series da ganas de fumar y de muchos más excesos molestos e lícitos para esta sociedad.

El vicio, el crimen y lo ilegal constituyen la filosofía de lo cool y se compran vía series de televisión. Lo políticamente incorrecto y la lucha contra lo puritano son claves de las series. Tal vez Donald Trump sería un mejor personaje de serie que candidato presidencial: lo amaríamos en una serie, lo odiamos como político de la realidad. Virtud de las series que se atreven a lo que no deja la falsa moral de las televisiones abiertas. Virtud de la televisión que encontró nuevas maneras de hacer posible su negocio. Virtud de nosotros, los drogados, porque las series nos hacen bien: nos cuentan historias sobre nosotros mismos y en narración expandida. Somos los habitantes del humo coolture de la libertad.

La mala noticia es que no hay realidad suficiente para ver tantas series. Y como no hay tiempo suficiente para ver todo, cada uno tiene su droga. La última se llama Vinyl (2016) y viene psicodélica. La droga verdadera es que siempre habrá nuevas formas de contar historias. Las series son la droga contracultural que nos hace tanto bien para sobrevivir con gozo esta sociedad del cinismo. La paradoja es que los que se venden de buenos nos están destruyendo y son criminales en la vida real, y los que nos denominamos críticos y contraculturales gozamos lo perverso, ilegal, criminal y oscuro en televisión. Unos corrompen el mundo real, otros gozamos del mundo corrompido de las series.

Racismo blanco, fascismo islamista y guerra civil global

Racismo blanco, fascismo islamista y guerra civil global

Franco Berardi (Bifo) 26/07/2016

religion

Todo se deshace; el centro no puede sostenerse;
Mera anarquía es desatada sobre el mundo,
La oscurecida marea de sangre es desatada, y en todas partes
La ceremonia de la inocencia es ahogada;
Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores
Están llenos de apasionada intensidad.

( “La segunda venida”: Yeats)

Fin del thatcherismo

Quince años después de la cumbre de Génova, cuando la globalización neoliberal festejó sanguinariamente su triunfo, muchas señales nos hacen pensar que todo se está precipitando: el dominio neoliberal que ha garantizado un equilibrio de poder a nivel global se está desmoronando y la guerra civil fragmentaria se expande en cada área del planeta, involucrando incluso a Estados Unidos, donde la amplia difusión de armas alimenta la matanza cotidiana de la cual los afro-americanos son las víctimas privilegiadas.

Las señales se multiplican, pero ¿cómo interpretarlas? ¿Qué tendencia se vislumbra? Y, sobre todo, ¿cómo recomponer la autonomía social, cómo proteger la vida y la razón de la locura homicida atizada por el capitalismo financiero y que el fascismo en sus variantes nacionalistas y religiosas agrede cada vez más fuerte?

El 2 de julio de 2016, pocos días después del referéndum que sancionó la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, The Economist, la revista que siempre apoyó con entusiasmo las políticas neoliberales, declaró repentina y dramáticamente la desintegración del proceso de globalización. En un editorial titulado “La política del odio”, la revista, que muestra en la portada un calzoncillo con los colores de la bandera inglesa y el grito punk Anarchy in the UK, podemos leer (con cierto asombro):

“Desde la América de Trump hasta la Francia de Marine Le Pen, muchos están cabreados. Si no encuentran una voz en las fuerzas de gobierno, acabarán por hacerse escuchar saliendo del sistema. Si no creen que el orden global funciona para ellos, el Brexit amenaza con convertirse sólo en el comienzo de una descomposición de la globalización y de la prosperidad que esta ha creado.”

Según afirma The Economist, la rabia de los excluidos de la globalización está justificada.

“Los que defienden la globalización, incluido nuestro periódico, deben reconocer que los tecnócratas han cometido errores y la gente común ha pagado el precio. La decisión de crear una moneda europea ha sido una elección tecnocrática que ha producido estancamiento, desocupación y ahora está destruyendo Europa. Los instrumentos financieros tan sofisticados han confundido a los reguladores, han arruinado la economía mundial y han terminado por hacer pagar a los contribuyentes el rescate de los bancos”.

Confieso que nunca hubiera esperado una autocrítica de parte de esta revista que siempre ha promocionado con arrogancia las políticas neoliberales. Y sigue: “Mientras el producto americano creció un 14%, los salarios medios solo aumentaron un 2%. Los liberales creen en los beneficios de una renuncia a la soberanía por el bien común. Pero como muestra el Brexit, cuando la gente siente que no controla su propia vida y que no recoge los frutos de la globalización golpea duro. Y la Unión Europea se ha convertido en un objetivo”.

Entonces, ¿se terminó la era neoliberal? ¿Se aproxima el colapso del capitalismo global? Las cosas no son tan simples. Nadie tiene idea de cómo sustituir las políticas neoliberales, nadie tiene en mente un modelo social capaz de reemplazar la dictadura de los mercados que en las últimas cuatro décadas, partiendo justamente de la Inglaterra de Thatcher, ha transformado la sociedad, el trabajo y la política. Inventar un proceso de salida del capitalismo es la tarea gigantesca que tiene por delante la inteligencia autónoma. Mientras alrededor se desata la guerra.

Una bomba de tiempo

El Brexit da miedo por muchas razones: porque abre las puertas de la nada frente a la Unión europea, porque hace posible un desmoronamiento del mismo Reino Unido, porque abre perspectivas recesivas a la economía global que ya se encuentra en condiciones de estancamiento y sobreproducción deflacionaria. Pero también, y quizás sobre todo, porque Inglaterra ha estado en los últimos dos siglos a la vanguardia del capitalismo mundial: allí comenzó la ofensiva neoliberal, porque cuando algo sucede en Londres sus efectos se sienten por todas partes. Ante todo se sienten en Estados Unidos, donde en 1980 Ronald Reagan importó las políticas thatcherianas y hoy se desarrolla una campaña electoral dominada por la figura ridícula de Donald Trump.

Tal vez anticipándose a la futura victoria de Trump, a principios de julio el presidente Obama participó en Varsovia en una cumbre de la OTAN de la que no se ha hablado demasiado. Allí, se tomaron decisiones que pueden llevar a Europa al borde de un abismo militar. Después de haber desplegado 25.000 soldados en el ejercicio Anaconda, en Polonia, ahora la OTAN decide alinear tropas de forma permanente en los países bálticos, en una zona en la cual la más pequeña provocación podría dar lugar a dos resultados: la confrontación militar con la Rusia de Putin o la desintegración de la OTAN. El golpe de estado en Turquía muestra que ese país se ha convertido en un campo de batalla entre Rusia y la OTAN.

Derrotados los generales filo-americanos, Erdogan transforma el país en una dictadura islamista y fascista y sella un pacto con Putin. Perdida la motivación original, la OTAN es ahora una frágil arquitectura que amenaza con atrapar a Europa. Lo dice el alemán Jochen Bittner en un artículo titulado “¿Todavía existe la OTAN?” (en el New York Times del 8 de julio).

“La OTAN intenta contrarrestar su declive con el sonido de los sables más pesados. Su grupo dirigente quiere hacer de los estados bálticos aquello que en un tiempo fuera el Berlín del oeste: un detonador nuclear”.

La cumbre de Varsovia, luego el golpe de estado en Turquía: la OTAN es ya una bomba de tiempo cuya explosión puede tener efectos inimaginables.

Verano negro en Estados Unidos

Mientras en Estados Unidos comienza la campaña electoral, una impresionante sucesión de asesinatos racistas, que despertó en el otoño de 2014 el movimiento Black lives matter, conduce a la población afro-americana a un grado tal de exasperación que en las manifestaciones se grita “Kill the police” y en Dallas un joven negro llamado Micah, entrenado en la guerra de Afganistán, disparó y mató a cinco policías.

Confieso que después de recibir las primeras informaciones sobre la masacre de Dallas, cuando aún circulaba la noticia de que se trataba de un grupo armado, pensé que después de tantos años aparecía en escena una organización revolucionaria armada como el Black Panther Party de principios de los ´70. Enseguida, la realidad resultó ser mucho más banal. Ninguna acción colectiva armada, solo el habitual acto de desesperación suicida, similar a tantos otros que desde Columbine en adelante marcan la vida de un país en el que cualquiera puede procurarse armas mortales para que la Asociación Nacional del Rifle pueda incrementar sus beneficios.

La reacción del establishment ha sido de una hipocresía repugnante. Dicen que la acción de Micah Jones tendrá el resultado de hacer perder para el movimiento la influencia y los logros conseguidos. Pero, ¿qué influencia y qué logros? De Ferguson en adelante, el movimiento ha crecido y ha marchado en todas las ciudades del país, pero la serie de homicidios racistas de la policía nunca amainó su ritmo.

A principios de julio muchos se preguntaron si se trataba del comienzo de una insurrección negra, similar a las revueltas que desde Newark a Watts y Detroit marcaron inolvidablemente los años ´60 en Estados Unidos. Yo diría que no. En los años´60 y ´70 la protesta negra formaba parte de un movimiento que se desplegaba en todo el mundo y se planteaba transformar las relaciones sociales en sentido progresista y revolucionario, y que logró efectivamente mejorar las condiciones de vida de millones de personas, entre ellas naturalmente la de la población afro-americana. Lamentablemente, ese movimiento mundial antiautoritario y socialista fue derrotado por la contrarrevolución capitalista. Lo que pasó después de los años de Thatcher ya es sabido: destruido el movimiento de los trabajadores con la colaboración activa de los infames partidos de izquierda, el capitalismo financiero pudo devastar libremente el entorno, la vida social y el equilibrio psíquico de la humanidad. Alguien dijo: Socialismo o Barbarie. El socialismo ha sido derrotado. Y la barbarie avanza, imparable.

El movimiento negro que antes gritaba Black power ahora implora Black lives matter. Estas palabras son la marca de una derrota gigantesca. Hagan con nosotros cualquier cosa, pero por favor no nos maten.

El islamismo, venganza de los colonizados

Los trabajadores han sido chantajeados, precarizados y empobrecidos, y no tuvieron ningún instrumento para defenderse. Hoy, perdida toda posibilidad de emancipación y de organización, se aferran desesperadamente a la única forma de identidad que permanece: la pertenencia étnica, religiosa o nacional. Rota la solidaridad internacional, la desesperación se coagula en forma identitaria y el fascismo reaparece. No sois trabajadores derrotados, sino pueblo: esto dice el fascismo. Y los pueblos hacen la guerra, porque es la única cosa que saben hacer.

La herencia de siglos de colonialismo y de esclavismo se presenta hoy en todo el mundo. Para los pueblos colonizados, depredados, sometidos a la esclavitud, la única rebelión es la venganza armada. El islamismo radical es la vanguardia de esta venganza. La migración masiva del sur al norte del mundo es la consecuencia de la herencia colonial y de las nuevas guerras que la venganza armada no para de alimentar.

Mientras tanto, el empobrecimiento de los trabajadores blancos de Europa y Estados Unidos alimenta una ola de racismo social y de nacionalismo cuyos efectos son el Brexit y la demolición de la Unión.

Numéricamente en declive, los blancos envejecen mientras las poblaciones colonizadas más jóvenes y demográficamente en crecimiento empujan las fronteras. Hay una especie de frustración supremachista en el fondo del inconsciente blanco, que se opone al supremachismo agresivo de los pueblos que buscan venganza. ¿Existe una posibilidad de evitar que el choque entre racismo supremachista y presión agresiva desesperada de los pueblos colonizados se resuelva en una carnicería global? Existía y se llamaba socialismo. Esa posibilidad ya no existe y lo que queda es la barbarie, el racismo y la guerra civil global.

La herencia del colonialismo

Siglos de opresión colonial, empobrecimiento y expulsión de la fuerza de trabajo nos están pasando la cuenta. Solo una cultura internacionalista haría posible la necesaria redistribución de los recursos y solo una política igualitaria y socialista puede convertir en realidad el internacionalismo. La derrota del movimiento obrero (de la que es responsable la izquierda convertida al liberalismo) ha destruido aquella posibilidad abriendo las puertas del infierno. Ahora estamos en el infierno y no se ve la salida.

La presión migratoria sobre las fronteras en Europa continuará y la Unión Europea reacciona como potencia colonial. Un documento de la Comisión europea de principios de junio de 2016 sostiene que en el año 2025 serán necesarios 83 millones de trabajadores altamente calificados que Europa, en descenso demográfico y en plena desescolarización, no será capaz de proporcionar. Por consiguiente, el documento afirma que es necesario favorecer la afluencia de trabajadores calificados del sur del mundo. Los demás se hunden en el mar o en las manos de Erdogan. Los países pobres se verán más empobrecidos por la fuga de cerebros mientras aumentarán las fuerzas del terror.

La Unión europea es un muerto que camina

El sistema bancario europeo (con el Deustsche Bank a la cabeza) exige lo suyo por enésima vez. Naturalmente, obtendrá aquello que pide y la sociedad europea lo pagará, por enésima vez. La izquierda francesa hundida en la abyección moral impone un salto de calidad en la precarización y elimina las 35 horas. Es una de las últimas burlas de una clase política infame que se destaca solo por su ignorancia y su servilismo. Pronto colgarán de la horca que los fascistas les están preparando tanto en Francia como en Austria y en otros lados: en todos lados.

Estos son los actores de la escena europea: la clase financiera depredadora pedigüeña y el nazional-socialismo ascendente. Los gobiernos se reducen a repetir sus torpes balbuceos sobre la democracia y el crecimiento inminente. ¿Qué hará Merkel ahora que su preferido Merdogan provoca un golpe de estado para eliminar definitivamente cualquier rasgo de democracia? ¿Les dará visa a los turcos para conseguir que el asesino aloje a los inmigrantes sirios que los pueblos europeos no están dispuestos a aceptar?

El horror

En una suerte de escalada del horror, la demencia islámica-fascista lanza ataques contra la vida cotidiana en ciudades europeas, de medio oriente y asiáticas. La matanza de Niza llevada a cabo por el macho fracasado Mohamed Lahouaiej Bouhlel llega simultáneamente con la noticia de que el señor Manuel Barroso, presidente de la Comisión europea entre 2004 y 2014 (máxima autoridad del muerto que camina), depende desde ahora oficialmente de la agencia financiera Goldman Sachs, un organismo internacional que comparado con Bouhlel aparece como un aficionado en el arte de la muerte.

Conclusión

Como escribió Yeats en 1919:

“La marea de sangre se desata y en todas partes
La ceremonia de la inocencia se ahoga;
Los mejores carecen de toda convicción, y los peores
Están llenos de apasionada intensidad.”

Hoy la resistencia solo puede organizarse en forma marginal: la sociedad está paralizada, incapaz de defender sus intereses y sus derechos. En Italia se juega a hacer el referéndum sobre el cambio constitucional, como si el problema fuese la democracia, cuando es completamente evidente que la democracia es un instrumento mutilado, carente de eficacia y credibilidad. En cualquier caso, iré a votar en el referéndum de otoño, no porque me importe como forma democrática; votaré porque quiero que el gobierno de Renzi se derrumbe y se acelere el colapso de lo que queda de la Unión.

¡Solo entonces, la sociedad comenzará a abordar el problema de la solidaridad, de la autoorganización y de la salida del cadáver del capitalismo! La próxima década estará dominada por una guerra cada vez más sangrienta y desoladora. Quien no lo ve está en peligro. Aquel que intente negarlo está en peligro. El que lo sabe, que comience a construir las estructuras de la solidaridad que servirán para sobrevivir y para razonar en términos de una sociedad igualitaria, para algún día volver a vivir. Tal vez.

17 de julio de 2016

Traducción del italiano: Gilda Vignolo. Versión original en la la página web de Derive Approdi.

Franco Berardi (Bifo) es un filósofo italiano y actualmente trabaja como docente en Bolonia.
Fuente:
http://www.eldiario.es/interferencias/Berardi-Barroso-Bouhlel-Quince-Genova_6_540056018.html

Argentina: el honor de un coronel y la traición de una diva.

EL CORONEL Y LA DIVA. Dos historias de honor y cobardía en épocas de miedo, sangre y silencio.

por Maria Claudia Cambi
Escrito en 2011

religion

Él era un Coronel del Ejército Argentino en épocas del golpe cívico-militar del 76. Ella era la reina de la pequeña pantalla con los almuerzos televisivos que sentaron a su mesa a presidentes, artistas, deportistas de fama mundial.

Él supo “lo que pasaba”. Lo de los secuestros, torturas, desapariciones. Claro, estaba en el Ejército. Ella también supo lo que pasaba. Su sobrina y el marido de su sobrina habían sido secuestrados y torturados.

El decidió actuar. ¿Cómo? Decidió acompañar a las Madres de Plaza de Mayo en una de sus marchas. Bueno, no se conformó con eso y declaró públicamente durante la dictadura que “bandas integradas por militares habían usurpado el gobierno” y que con “el mendaz propósito de combatir la subversión, cometieron delitos aberrantes, como el secuestro, la tortura y el asesinato de miles de personas”. En momentos en que la práctica totalidad de los uniformados se callaron la boca y miraron para otro lado, a este señor se le dio por tener el coraje de decir la verdad.
Ella también decidió actuar: Su popularidad le permitió llegar a un Ministro del gobierno. “Déme un tiempo Mirtha, lo voy a averiguar” le prometió el ministro. Finalmente, según sus propias palabras: “A mi sobrina la liberaron, pero al marido no”. “Te salvaste porque sos la sobrina de Mirtha”, le dijeron. El marido sigue desaparecido.

El Coronel sufrió las consecuencias de ser un hombre de honor y decir la verdad, aunque la mayoría de los argentinos no quisiéramos escucharla. Se le inició un sumario por “deshonor e indecoro militar”. Se le pidieron seis años de prisión mayor. Tras un sobreseimiento y un nuevo juicio, el llamado Superior Tribunal de Honor del Ejército le impuso, el 7 de noviembre de 1983 (un mes antes del fin de la dictadura y asunción de Raúl Alfonsín), la más grave de las sanciones previstas. “Descalificación por falta gravísima al honor, con la accesoria de privación de su grado, título y uniforme”. En palabras de Osvaldo Bayer en una sentida nota en la que denunciaba la situación del Coronel: “Matar, desaparecer, robar niños, torturar a mujeres embarazadas, tirar al mar a seres humanos vivos, no era delito. Denunciar esos hechos, sí.”
Ella, la diva, a pesar de que su popularidad y su audiencia le permitían llegar a todos los hogares, prefirió no hablar, prefirió callarse. Aunque en realidad no se limitó a callarse, y por supuesto que tampoco invitó a sus almuerzos al Coronel para dar voz a aquél que querían silenciar y se jugó mucho más que su honor en defensa de quienes -como la sobrina de la diva- sufrían los secuestros y torturas. Muy por el contrario, sabiendo de primera y dolorosísima mano lo que ocurría, la diva -aún así- sentó a su mesa y dio voz para su propaganda a los Ministros de la dictadura, convirtiéndose así en cómplice de esa propaganda. Ella pudo gritar a millones de televidentes lo que pasaba. Pero optó por lo contrario.

Él, por fin, con el advenimiento de la democracia vio reparado su honor: durante la presidencia de Raúl Alfonsín fue designado Gerente de resguardo patrimonial de YPF y se envió por primera vez al Senado su pliego para que se le restituyera el grado. Finalmente -y una vez vencidas las resistencias de los sectores más rancios y conservadores- 30 años después del inicio de la dictadura que lo sancionó, y cerca de su cumpleaños 80, en el año 2006 recuperó formalmente el honor que nunca perdió. El entonces el presidente Néstor Kirchner envió nuevamente al Senado sus pliegos de ascenso a general como coronel comprometido con la democracia y la Constitución. La propuesta de ascenso, presentada como un medida “reparatoria, que pone las cosas en su lugar”, lo alcanzaba a él y al fallecido Martín Rico asesinado en marzo de 1975 “cuando investigaba a la Triple A”, la banda terrorista de ultraderecha que tras el golpe de 1976 fue asimilada al aparato represivo de la dictadura.
Ella, por su parte, siguió disfrutando siempre de su popularidad. Y vaya a saber por qué razón, 34 años después, el 16 de junio de 2010, se le dió por contar por vez primera esta historia, como quien cuenta una anécdota o un recuerdo de juventud. “A él lo torturaron mucho”, refiriéndose a su sobrino desaparecido. Que recién ahora lo haga público no habla demasiado bien de ella, sobre todo haberlo negado todos estos años.

Hoy el General Juan Jaime Cesio, a sus dignísimos 84 años, le ha ganado al olvido, su trayectoria vital no sólo es un ejemplo, sino una metáfora de la historia. A continuación, una pequeña píldora de su pensamiento:

“Los militares sirven a la democracia en su profesión y se integran a su país como ciudadanos. Como militares obedecen, como ciudadanos hacen uso de las libertades que la Constitución les otorga, a la que defienden en todos sus órdenes; de entre ellos, el de velar por la paz.” “Se podría comenzar con tratados internacionales de desarme. Es insensato que en los presupuestos se destinen a la compra de armamentos recursos que servirían para paliar la desnutrición y cuidar la salud, entre tantas necesidades impostergables que nos conmueven. La tenencia de armas por parte de los ciudadanos debe ser restringida y ni siquiera debe aceptarse las que los niños usan para jugar”.

Hoy la diva televisiva Mirtha Legrand (Rosa María Juana Martínez Suárez, nombre real), a sus 84 años, es un patético ejemplo de egoísmo y cobardía. Aquí una píldora de su pensamiento:

“Eso de los Derechos Humanos ya está pasado de moda….” “Si una pareja de homosexuales adopta un hijo ¿no hay riesgo de violación?” “Algo habrán hecho ¿no? (en referencia a los detenidos/desparecidos de la dictadura)”.

Espero que nadie, absolutamente nadie, siga asintiendo cuando la diva afirma: “yo digo lo que opina la gente de la calle.” Porque cualquiera de la calle tiene más sensibilidad y decencia.

Hoy el General Juan Jaime Cesio Cesio disfruta de un retiro honorable, en compañía de su esposa, hijos y nietos maravillosos. Y en libertad. Quienes lo conocen lo consideran un caballero valiente y honorable. Me honra poder considerarlo amigo y estoy orgullosa de haber compartido militancia con él.

Como diría otro amigo, es siempre maravilloso leer finales felices a vidas dedicadas a las reafirmaciones democráticas en épocas difíciles.

Murray Bookchin: Un cambio ecológico implica denunciar la destructiva sociedad en la que vivimos

Un cambio ecológico implica denunciar la destructiva sociedad en la que vivimos.

Por Murray Bookchin

religion

Ponencia presentada en una conferencia internacional organizada por los Verdes italianos en septiembre de 1987

Hoy en día nuestra relación con el mundo natural está atravesando una fase crítica que no tiene precedente en la historia de la especie humana. Recientes estudios sobre el “Efecto Invernadero” conducidos en los Estados Unidos, demuestran que tenemos que encontrar desde ahora la manera de hacer disminuir el porcentaje de monóxido de carbono presente en la atmósfera en la cual vivimos. En caso contrario, no solamente se presentarán graves mutaciones químicas, sino que la misma sobrevivencia de la especie humana estará en grave peligro.

No se trata nada más de un problema de contaminación por los venenos con los cuales nos alimentamos. La alteración de los grandes ciclos geoquímicos podría poner fin a la vida humana sobre este planeta. Por mi parte estoy consciente de la necesidad de reaccionar inmediatamente para contrarrestar los procesos que están dañando la tierra. Soy totalmente solidario de muchos de los grupos ambientalistas, y en los últimos 30 años he estado involucrado cotidianamente en actividades para la defensa del ambiente: contra las centrales nucleares, contra la construcción de nuevas carreteras, contra la destrucción del suelo y el uso incontrolado de pesticidas y de biocidas, y por la promoción del reciclaje y de un crecimiento cualitativo y no sólo cuantitativo.

Estos problemas ambientales me han preocupado por años y por décadas, tanto como hoy en día me siguen preocupando. Estoy de acuerdo con ustedes sobre la necesidad de bloquear los reactores nucleares y de poner fin a la contaminación de la atmósfera, de las tierras agrícolas, de los cultivos, o sea de liberarnos de los venenos que se están difundiendo sobre todo el planeta y que ponen en peligro a nuestra especie y a toda la vida. Comparto con ustedes todo esto, pero me gustaría que fuéramos un poquito más allá con nuestros planteamientos.

De hecho pienso que es esencial el empujar siempre más allá de nuestro cuestionamiento, porque no podemos seguir poniendo más parches aquí y allá que no resuelvan los verdaderos problemas. Posiblemente logremos un día hacer cerrar una fábrica que inquina la atmósfera. Pero al final, ¿qué logramos?: una nueva central nuclear. Vivimos en un mundo basado en el intercambio de contrapartidas, y nos seguimos comportando de acuerdo a esas leyes. Definitivamente, pasando de un mal mayor a un mal menor y de un mal a otro mal, seguimos empeorando la situación general. No se trata sólo de una cuestión de plantas para la producción de energía, por más importantes que éstas sean; ni tampoco el problema de los gases contaminantes; tampoco el problema está en los daños que causamos a la agricultura, o el congestionamiento y la contaminación de los centros urbanos.

El problema es otro más grave: estamos simplificando el planeta. Estamos disolviendo los ecosistemas que se formaron en millares de años. Estamos destruyendo las cadenas alimenticias. Estamos rompiendo las ligas naturales y llevando al reloj evolutivo a un atraso de millones de años en el tiempo. a las épocas en las que el mundo era mucho más simple y no se encontraba en la posibilidad de sostener la vida humana.

I. Una visión del mundo más coherente

No se trata nada más de tecnología, aún si el control tecnológico es muy importante. Es claro que necesitamos una tecnología nueva. Necesitamos una tecnología basada en la energía solar y en la eólica, y necesitamos nuevas formas de agricultura. Sobre esto, no hay dudas, estamos todos de acuerdo. Pero existen problemas de fondo mucho más graves que aquellos creados por la tecnología y el desarrollo moderno. Tenemos que buscarlos en las raíces mismas del desarrollo. Y primero que nada tenemos que buscarlos en los orígenes de una economía basada sobre el concepto de ‘crecimiento’: la economía de mercado; una economía que promueve la competencia y no la colaboración, que se basa en la explotación y no en el vivir en armonía. Y cuando digo vivir en armonía entiendo no solamente el hacerlo con la naturaleza, sino entre la misma gente.

Tenemos que empujar hacia la construcción de una sociedad ecológica que cambie completamente, que transforme radicalmente nuestras relaciones básicas. Mientras que vivamos en una sociedad que marcha hacia la conquista, al poder, fundada en la jerarquía y en la dominación, no haremos nada más que empeorar el problema ecológico, independientemente de las concesiones y pequeñas victorias que logremos ganar. Por ejemplo, en California, nos han donado algunas hectáreas de árboles, y luego han talado bosques completos. En Europa están haciendo la misma cosa.

Prometen acabar con las lluvias ácidas, y las lluvias ácidas siguen cayendo. Deciden poner en el mercado alimentos naturales, no contaminados por los pesticidas, y efectivamente el porcentaje de veneno disminuye, pero lo poco que queda está constituido por los venenos más peligrosos para el organismo.

Nuestro problema no es solamente de mejorar el ambiente, o de parar las centrales nucleares, de bloquear la construcción de nuevas carreteras, o la construcción, expansión y sobrepoblación en las ciudades, la contaminación del aire, del agua y de los alimentos. La cuestión que tenemos que enfrentar es mucho más profunda.

Tenemos que llegar a una visión del mundo mucho más coherente. No tenemos que ponernos a proteger los pájaros olvidándonos de las centrales nucleares, y tampoco luchar contra las centrales nucleares olvidándonos de los pájaros y de la agricultura. Tenemos que llegar a comprender los mecanismos sociales y hacerlo de una manera coherente.

Tenemos que enfocarlos en una visión coherente, una lógica que prevé a largo plazo una transformación radical de la sociedad y de nuestra misma sensibilidad. Hasta que esta transformación radical no empiece, lograremos cosas pequeñas, de poca importancia. Venceremos algunas batallas pero perderemos la guerra, mejoraremos algo, pero no obtendremos ninguna victoria. Hoy en día vivimos el momento culminante de una crisis ambiental que amenaza nuestra misma sobrevivencia, tenemos que avanzar hacia una transformación radical, basada en una visión coherente que englobe todos los problemas. Las causas de la crisis tienen que aparecer claras y lógicas de manera que todos -nosotros incluidos- las podamos entender. En otras palabras, todos los problemas ecológicos y ambientales son problemas sociales, que tienen que ver fundamentalmente con una mentalidad y un sistema de relaciones sociales basadas en la dominación y en las jerarquías. Estos son los problemas que nos ofrece hoy en día la gran difusión de la cultura tecnológica.

II. Ningún regalo de parte del Estado

¡Qué tienen que hacer entonces los Verdes? Primero que todo tenemos que clarificarnos las ideas. Tenemos que evidenciar las relaciones existentes entre los problemas ecológicos y los problemas sociales.

Tenemos que demostrar que una sociedad basada en la economía de mercado, en la explotación de la naturaleza y en la competencia acabará por destruir al planeta. Tenemos que hacer lo posible para que la gente entienda que si queremos resolver de una vez por todas nuestros problemas con la naturaleza, tenemos que preocuparnos de las relaciones sociales. La gente tiene que entender que todo tiene que unificarse en una visión del mundo coherente, en una visión basada en un análisis, en una crítica, y en soluciones de nivel político, personal e histórico.

Esto significa, dar otra vez la fuerza al pueblo. Tenemos que crear una cultura política con una visión libertaria y no limitarnos a un proyecto que el Estado ejecuta. Tenemos que crear una literatura política, una cultura política que lleve a la gente a participar, liberándose, autónomamente, de este tipo de economía, de sociedad y de sensibilidad.

En el movimiento feminista, se empieza a discutir el tema de la dominación del hombre sobre la mujer empezando por la misma estructura de la familia. En los movimientos comunitarios, se habla de necesidades a ‘escala humana’ y de dar fuerza a los barrios, a las comunidades, a las regiones.

Estos son los argumentos más importantes que se discuten en los Estados Unidos. En relación con la tecnología, no tenemos que preocuparnos solamente con que ésta sea más eficiente y renovable, tenemos que inventar una tecnología creativa, que no sólo lleva consigo un trabajo más creativo, sino que contribuya a mejorar el mundo natural al mismo tiempo que mejora el modo y la calidad de nuestras vidas.

Pero todo esto no nos llegará desde arriba. No puede ser un regalo que el Estado nos haga. No puede traducirse en una ley salpicada por un Parlamento. Tiene que ser el fruto de una cultura popular, de una cultura política y ecológica difundida por el pueblo. Entonces no tendremos mas que elaborar estrategias para cambiar la sociedad, usando las varias organizaciones existentes. Tenemos que elaborar estrategias libertarias que conduzcan al pueblo, a la gente, a participar en el proceso de transformación social, porque si no es la gente la que quiere cambiar la sociedad, entonces no se efectuará en ella ningún cambio real ni radical.

Cuando hablamos de Ecología, hablamos de participación en el mundo natural. Decimos que nosotros, como seres humanos, compartimos la esfera de la vida juntos, con todos los demás seres vivos, y con ello buscamos aplicar un sistema de relaciones que nos haga partícipes del ecosistema.

Pero yo les pregunto, queridos amigos, si queremos ser Verdes, si queremos reverdecer al planeta: ¿Cómo podemos hacerlo sin reverdecer a la sociedad misma? Y si queremos reverdecer a la sociedad: ¡Cómo podemos pensar en una participación del mundo natural que no tome en consideración la participación popular en la vida social? Si nada más queremos conquistar el poder para cambiar a la sociedad, les garantizo que vamos a perder. Y no solamente porque algunos de nosotros, con toda la buena fe del mundo, acabaríamos con ser condicionados por el poder, emotiva y psicológicamente. Esto ya les pasó a algunos de mis mejores amigos entre los Verdes Alemanes, que con buenas intenciones y con buena fé se encontraron en el Parlamento buscando hacer coaliciones, hacer alianzas, y usar el poder desde arriba. De alguna manera ellos también se volvieron líderes espirituales aspirantes al poder. Ahora razonan en términos de ‘males menores’, de un mal ‘siempre menor’ que, al final, los llevará al peor de todos los males. Esto es lo que la historia nos ha enseñado siempre.

III. Verde profundo

Ya es tiempo que nosotros los Verdes propongamos una visión libertaria, una visión anarquista que lleve a la gente hacia un movimiento Verde, que pueda ser un movimiento Verde en el sentido más profundo del término. Un movimiento Verde en el cual no nos limitemos a llevar adelante un proyecto coherente y que unifique todos los problemas en un programa y análisis comunes, sino en un movimiento en el cual la gente sea la primera protagonista de su historia. Tenemos que apoyar la creación de una sociedad libertaria: ecolibertaria. Esto es lo que nos enseñaron las experiencias alemanas y de los Estados Unidos, algunos movimientos han buscado perseguir objetivos Verdes actuando ‘desde arriba’ a través de las leyes, y siempre han tenido que ceder, abandonar una posición detrás de otra.

Con esto no quiero decir que no tenemos que empeñarnos en llevar a cabo cambios que puedan atrasar o bloquear la disgregación de la sociedad actual y del mundo natural. Ya sé que no tenemos mucho tiempo a nuestra disposición. Los problemas son reales e involucran también a las dos generaciones siguientes, y quizás ni siquiera las dos próximas generaciones sean decisivas por lo que respecta a la sobrevivencia de nuestra especie y la conservación de nuestro habitat y de nuestro planeta. De todas formas, si no podemos dar a la gente una imagen unitaria, una visión práctica y ética al mismo tiempo, y que cuestione su sensibilidad, entonces, ¿saben ustedes quién tomará el poder en este caos?: la derecha, los reaccionarios.

Hoy en Estados Unidos, la derecha se califica a sí misma como ‘la mayoría moral’, y dice: “Devolvamos su significado a la vida. Devolvamos su significado a las relaciones humanas”. Y, por mala suerte, lo que queda de la izquierda americana, no hace otra cosa que hablar de ‘progreso’ de ‘centralizar’ y de todas las mismas cosas que el socialismo repite desde hace 150 años.

Primero tenemos que recuperar aquel terreno sobre el que la gente está buscando la verdad, y no tan sólo la sobrevivencia: una manera de vivir que hable de calidad y no sólo de cantidad. Tenemos que difundir un mensaje coherente para todos, un mensaje que sea para la base de la sociedad, que la haga partícipe, que enseñe qué significa el ser ciudadanos y el decidir autónomamente. En otras palabras, tenemos que elaborar una nueva política, una política Verde que reemplace a la vieja política autoritaria y centralista, basada en las estructuras de los partidos y en la burocracia. Esto es lo más importante que tenemos que aprender. Si no lo logramos, los movimientos verdes serán absorbidos poco a poco por los movimientos tradicionales. El objetivo principal se disolverá frente a los pequeños objetivos a corto plazo y vencimiento.

Los compromisos sobre ‘males menores’ nos llevarán siempre a males peores. La gente dirá: ¡Qué es esto? ¿La misma política de siempre? ¿La misma burocracia de siempre? ¿El mismo parlamentarismo que siempre hemos tenido? ¿Por qué tendría yo que votar verde? ¿Por qué tendría que darle fuerza a los verdes? ¿Por qué no tendría que seguir apoyando a la democracia cristiana, o al partido comunista, o a cualquier otro partido que garantiza resultados inmediatos, y satisfacciones inmediatas?… Nuestra responsabilidad de Verdes de Europa –como en Estados Unidos– en Alemania, como en tantas partes del mundo, y sobre todo en Italia, ya que ustedes están apenas empezando ahora, es de aprender de lo que está ocurriendo en los movimientos verdes desde hace 5 a 10 años.

Tenemos que darnos cuenta que hay que sustituir la vieja política tradicional de los partidos, con una política verde. Que hay que poner energía a nivel de base en las comunidades, que hay que elaborar análisis que vayan más allá del puro ambientalismo y de los otros problemas importantes a los cuales nos dedicamos cotidianamente (pesticidas, energía nuclear, Chernobyl).

Tenemos que darnos cuenta que esta sociedad no es solamente dura e insensible, sino que sus mismas leyes prevén su propia destrucción, la destrucción del planeta y la de las bases para la sobrevivencia humana. Tenemos que proponer nuevas alternativas, nuevas instituciones fundadas en una democracia local, en la participación local, que pueda constituir un nuevo poder contra el Estado centralizado, que pueda constituir un nuevo sistema de relaciones sociales, en el cual un número cada vez mayor de personas, tome parte activa en una política realmente libertaria. Esta es nuestra única alternativa para evitar caer en la misma política de partido, corrupta y rebasada, que vuelve a las personas cínicas, indiferentes, siempre más encerradas en sus propias esferas privadas.

IV. Un momento de transición

Déjenme concluir con una última consideración de importancia. No solamente estamos luchando para mejorar nuestras relaciones humanas. Como el sistema de mercado, también el sistema capitalista sigue simplificando no sólo la obra compleja de millones de años, sino también el espíritu humano. Se está simplificando el espíritu mismo de la humanidad, se le está quitando la complejidad y la plenitud que contribuyen a formar personalidades creativas. Entonces, nuestra nueva política no debe tener como único objetivo el de salvar el planeta y crear una sociedad verde, ecológica, de carácter libertario, y una alternativa política a nivel de base. Hay también que ver aún más allá de todo esto: si no se pone un fin a la ‘simplificación’ del planeta, de la comunidad y de la sociedad, lograrán simplificar al espíritu humano a tal punto (y con basura del tipo de “Dallas”, de “Dinasty” y otros programas televisivos) que se acabará hasta con el mismo espíritu de rebeldía, el único capaz de promover un cambio social y un reverdecimiento real del planeta.

Hoy vivimos en un momento de transición, no sólo de una sociedad a otra, sino de una personalidad a otra nueva. ¡Muchas gracias!

¿Cuánto dinero de los uruguayos reciben las privilegiadas universidades privadas?

En la foto: Macarena Gelman, la diputada oficialista que plantea retirar los beneficios fiscales a privados que realicen donaciones a universidades privadas en Uruguay.

2/8/16

religion

¿Cuánta plata recibieron las instituciones privadas por exoneración de impuestos? Macarena Gelman aportó cifras y explicó que su propuesta no implica prohibir las donaciones a instituciones privadas, pero sí que el Estado no sea quien ponga la mayor parte.
El ministro de Economía Danilo Astori expresó ayer su rechazo a las modificaciones en el régimen de exoneración de impuestos a donantes de las universidades privadas.

Astori dijo que se trata de una medida que “no debería ponerse en práctica”, considerando la necesidad de brindar un apoyo equitativo a todas las instituciones de enseñanza superior.

La propuesta fue realizada por la diputada Macarena Gelman y aceptada por toda la bancada y consiste en quitar la exoneración de impuestos a empresas que realicen donaciones a universidades privadas.

En conversación con Montevideo Portal, la diputada señaló que la propuesta lo que busca es fortalecer a la educación pública y señaló que no abarca la exoneración sobre donaciones dirigidas a escuelas y liceos.

“La idea es tender a que el Estado beneficie a la educación pública, que es de libre acceso. No en perjuicio de nadie, sino en beneficio de la educación pública”, agregó.

Gelman amplió luego estos conceptos en un artículo publicado en su página de Facebook.

“La propuesta ha tenido una repercusión que no esperábamos, y entiendo oportuno informar al respecto”, dijo.

“El Estado no sólo financia mediante la asignación de créditos presupuestales. También lo hace indirectamente, a través de las llamadas renuncias fiscales. Es decir, impuestos que el Estado resuelve no cobrar. Si los cobrara, sería plata que podría usar. Entonces, renuncia a cobrar dinero que existe, y que, por tanto, indirectamente, está asignando a aquellos lugares a los que no les cobra los impuestos correspondientes”, remarcó.

La educación privada en Uruguay “está financiada estatalmente por la renuncia fiscal que impone el artículo 69 de la Constitución Nacional”. “En este artículo, se exonera de impuestos nacionales y departamentales a las instituciones educativas y culturales privadas. Es decir que el Estado deja de obtener ingresos que podría tener y, por tanto, está destinando esa plata a esas instituciones a las que le permite no pagar impuestos. Este beneficio es mayor para los colegios privados que trabajan en zonas con mayor poder adquisitivo, por la lógica de los impuestos a los que se exonera (no es lo mismo la contribución inmobiliaria que pagaría un colegio de Casavalle que uno de Carrasco). Esto además no se aplica a la Universidad de la República, que paga decenas de millones de dólares por aportes patronales, al igual que la ANEP”, señaló.

“Además, las instituciones privadas también reciben ingresos del Estado por otra vía. A partir de la reforma tributaria aprobada en 2006, se establecen exoneraciones tributarias a empresas que realicen donaciones a instituciones educativas públicas, así como a universidades privadas debidamente habilitadas. La ley de presupuesto de 2010 agrega como instituciones que pueden recibir donaciones bajo esta modalidad a las instituciones educativas privadas de primaria, secundaria y técnico-profesional. De esta forma, del monto que done una empresa privada se computa el 83% como pago de impuestos, por lo que la empresa privada sólo está donando el 17% del monto inicial”, siguió.

Las mencionadas exoneraciones “se aplican para las instituciones educativas de todos los niveles, sin perjuicio que en la propuesta presentada solo se avanza en las exoneraciones impositivas a las universidades privadas”.

Exoneraciones a institutos privados: cifras

Gelman detalló luego cuál fue el aporte que recibieron en el 2015 varias instituciones privadas gracias a esta ley.

El Instituto CLAEH recibió donaciones por 1,6 millones de pesos, la Universidad de la Empresa por 2,2 millones, la Universidad ORT por 9,4 millones, la Universidad de Montevideo por 11 millones y la Universidad Católica por 12,5 millones. “De manera que, en 2015, diferentes empresas privadas donaron algo más de 44 millones a dichas universidades, aunque en realidad 36,6 millones, corresponde a exoneraciones impositivas. La conclusión es, que, de los 44 millones de pesos, las empresas donaron solamente 7,5 millones, mientras el Estado asignó los 36,5 millones restantes”, indicó.

“En otras palabras, distintas empresas privadas resolvieron sobre cómo se asignan más de 36 millones de pesos de todas y todos los uruguayos. Pensamos que el Estado tiene la obligación de financiar un sistema educativo universal y de libre acceso; un sistema público. Es por eso que propusimos para la próxima rendición de cuentas, retirar del artículo que lista a las organizaciones que pueden recibir donaciones bajo esta modalidad a todas las universidades privadas que allí se amparan. De esta forma, bajo esta modalidad, sólo se podrá donar a instituciones públicas”, dijo la legisladora.

Aclaró que esto no implica prohibir las donaciones a instituciones privadas, pero “sí implica que el Estado no será quien ponga la mayor parte de esas donaciones”. “Mucho menos implica que las universidades privadas dejen de becar estudiantes. Esa es una opción entre muchas que pudieran tomar estas instituciones”, dijo.

“Por último, la cifra de 36,5 millones de pesos que el Estado vuelca a las universidades privadas parece menor en relación al presupuesto nacional o incluso frente al presupuesto educativo. Sin embargo, en 2015, mientras el Estado destinaba 36,5 millones de pesos a la educación privada, el Fondo del Cine (que promueve la producción audiovisual nacional) era de 25 millones de pesos (11,5 millones de pesos menos que el destinado a las universidades privadas). En 2015, después de una ardua discusión, se incrementó el presupuesto al Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable en 25 millones de pesos. Por tanto, ¿verdaderamente estamos hablando de una cifra menor para las necesidades presupuestales del país?” , se preguntó.

“No buscamos atacar a las universidades privadas, ni mucho menos. Simplemente no estamos de acuerdo en este grado de financiación por parte del Estado. Celebramos todas las discusiones en el marco del tono y respeto que corresponde”, concluyó.

ADJUNTAMOS EL SIGUIENTE ARTÍCULO:

LA MANO INVISIBLE, por Marcos Rey.

Universidades y colegios privados uruguayos también se financian –en parte– a través del gasto público. La subvención estatal a la enseñanza privada es, como mínimo, más del doble de la que reciben los hogares más vulnerables a través de la Tarjeta Uruguay Social. Además, a qué centros privados se destinan algunos fondos públicos se decide, soberanamente, por las empresas privadas.

Cuánto gasta el Estado uruguayo en la educación privada no se sabe con exactitud. No hay estudios ni estimaciones oficiales que calculen el monto total de la renuncia fiscal, esto es, del conjunto de las exoneraciones tributarias que se aplican a los centros educativos (desde una academia de inglés a un costosísimo colegio). Mucho menos se puede discriminar cuánto gasta el Estado, por ejemplo, en el British Schools, la Universidad Católica o en una guardería del Cerro, pues no hay datos desagregados ni estudios sistematizados.
Lo que sí se sabe es que una parte del financiamiento de estos centros educativos proviene de dineros que no ingresaron a las arcas públicas. Las exoneraciones tributarias, de acuerdo a la definición de gasto público que maneja la UNESCO, deberían incluirse, en tanto renuncia fiscal, como gasto público en educación, pues implican una subvención de la educación privada

A su vez estas exoneraciones tienen, según la Dirección General Impositiva, un carácter regresivo en la medida en que benefician a los hogares de mayores ingresos. Averiguar cuánto gasta el Estado en la educación privada permitiría, por ejemplo, debatir desde otras coordenadas el presupuesto global de la educación, comparar lo que le cuesta a la sociedad un estudiante promedio de la enseñanza privada frente a uno de la pública,o tomar decisiones sobre cómo, a dónde y por qué se deben direccionar los recursos públicos en materia educativa.

GASTO INVISIBLE. Los centros educativos privados están exonerados de Iva e Irae, según el artículo 69 de la Constitución. Además, no pagan el impuesto al patrimonio, no realizan aportes patronales (el sistema público, en cambio, aporta 19,5 por ciento al bps y 5 por ciento al Fonasa), ni pagan tributos municipales, amén de otros subsidios como el transporte. Calcular todas estas renuncias fiscales, nada despreciables, es sin embargo una tarea pendiente en Uruguay.
Si sólo se considera lo que el Estado dejó de recaudar por exoneración de impuestos a la educación privada (Iva e Irae) se llega, según la DGI, a 3.221 millones de pesos en 2012 (0,32 por ciento del pib). Esto equivale casi al gasto total de las Asignaciones Familiares del Plan de Equidad (0,37 por ciento, según el mides). Y más del doble que el gasto en la Tarjeta Uruguay Social (0,12 por ciento). Estas cifras interpelan el discurso –de clase– que se ensaña en cuestionar el asistencialismo a los sectores más vulnerables, pero rara vez dirige sus críticas a las subvenciones que benefician a los hogares más ricos.
Porque, además, habría que sumar las exoneraciones de aportes patronales (los datos del BPS no están disponibles al público) y las exoneraciones tributarias a las donaciones de las empresas privadas. Desde la reforma tributaria (ley 18.083, de 2007) las empresas que realizan donaciones a instituciones públicas o privadas están exoneradas del 75 por ciento del pago del impuesto a la renta (Irae). Así, de cada 100 pesos que una empresa dona, por ejemplo, a la Universidad de Montevideo, 75 pesos los pone el Estado.

DONACIONES DIRIGIDAS. Según este régimen las donaciones privadas terminan direccionando los fondos públicos. Las empresas definen dónde se gasta parte del presupuesto estatal. En 2012 las empresas resolvieron donar –según consta en la rendición de cuentas– casi siete veces más a los liceos privados gratuitos (Impulso y Jubilar) que a la ANEP, y más del doble a las universidades privadas que a la Universidad de la República (Udelar). Esto a pesar de que el 84,8 por ciento de los estudiantes uruguayos asistió, en 2011, a centros públicos (preescolar a universitarios), y un 15,2 por ciento a privados.
El empresariado, asimismo, decide a qué instituciones privadas destinar los recursos. A la Universidad Católica (UCUDAL), por ejemplo, el Estado le inyectó 18 veces más dinero, guiado por las decisiones de las empresas, que a la Universidad de la Empresa (UDE).
Las donaciones, además, se dispararon: pasaron de 1,8 millones de dólares en 2011 a más del triple, unos 6,3 millones, en 2012 (dólar a 20 pesos). Del porcentaje que le tocó gastar al Estado en 2012 por decisión del empresariado, 974 mil dólares fueron a parar a cuatro universidades privadas (ORT, UM, UDE, UCUDAL) y 427 mil dólares, menos de la mitad, a la Udelar. Incluso si se sumaran las donaciones destinadas a las fundaciones que apoyan a la Udelar (422 mil dólares para las fundaciones Ricaldoni, Manuel Pérez y Manuel Quintela), las privadas igualmente recibieron más dinero.
En 2011 el 95,3 por ciento de las donaciones fue a parar a la enseñanza privada. No hubo donaciones a la Udelar. De modo que el Estado gastó 893 mil dólares en las universidades privadas (47,3 por ciento del total), 904 mil en los liceos privados (47,9 por ciento) y 90 mil en otras instituciones (Pasteur, Caldeyro Barcia, Etchepare e Instituto Psicopedagógico).
En 2012, sólo a través de este régimen, el Estado destinó 411 mil dólares en la UCUDAL, 313 mil en la ORT, 227 mil en la UM y 23 mil en la UDE. Aportó, guiado por las empresas, 179 mil dólares adicionales en la educación pública, frente a los 895 mil que inyectó, sólo en un año, en el Impulso. Es que la anep recibió 239 mil dólares en donaciones, mientras el Impulso 1,1 millones (el doble que la Udelar, ocho veces más que Aldeas Infantiles y 120 veces más que el inau; incluso más que la Teletón, la favorita de los donantes).
No obstante, gracias a este régimen el Plan Juntos, por ejemplo, recibió 121 mil dólares de las empresas en 2012, cifra no despreciable si se considera la emergencia habitacional (aun cuando 91 mil dólares fueron a cuenta de las arcas públicas). De no mediar este régimen, podría argumentarse, ese dinero no hubiera sido inyectado ni por las empresas ni por el Estado. Sin embargo, argumentaron diversos economistas a Brecha, es el Estado quien debe resolver cuánto, cómo, por qué y a dónde orientar sus recursos. Una decisión que, en parte, hoy está en manos de las empresas privadas, aun cuando utilicen para ello la mano invisible, un poco atrofiada, del Estado.