El fusilamiento del anarquista Severino Di Giovanni

El fusilamiento del anarquista Severino Di Giovanni
por Roberto Arlt

El 1º de febrero de 1931 fue fusilado el anarquista expropiador de origen italiano Severino Di Giovanni, quien con asaltos y atentados, logró tener en jaque a la policía del país durante seis años. Di Giovanni había nacido el 17 de marzo de 1901 y vivió su adolescencia en los escenarios de posguerra, entre el hambre y la pobreza. Tipógrafo, maestro y autodidacta, se topó con las lecturas libertarias de Bakunin, Malatesta y Proudhon, entre otros teóricos del anarquismo.

Fallecidos sus padres, cuando tenía apenas 19 años, comenzó la militancia anarquista, al mismo tiempo que en Italia se producía el ascenso del fascismo de Benito Mussolini. Casado y con tres hijos que mantener, se exilió en Argentina, específicamente en Morón, donde se desempeñó como tipógrafo. Eran los años en que el anarquismo acusaba más que nunca los duros golpes recibidos desde 1910. Di Giovanni se alineó con los grupos más radicales del anarquismo en el país y participó en una serie de acciones violentas y atentados que entonces y hoy son motivo de polémica. El 31 de enero de 1931, fue capturado y condenado a muerte, luego de denunciar con dureza la represión y torturas producidas por el gobierno de facto de José Félix Uriburu, que había derrocado a Hipólito Yrigoyen en 1930.

Tras despedirse de su familia, fue ejecutado dos días después de haber sido apresado, en el patio de la penitenciaría de la calle Las Heras ante varios testigos, entre los que se encontraba el escritor Roberto Arlt, quien en un artículo –transcripto a continuación- narró los últimos momentos de vida del anarquista.

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Fuente: ARLT, Roberto, Obras completas, Buenos Aires, Omeba, 1981, en PIGNA, Felipe, Los Mitos de la Historia Argentina 3, Buenos Aires, Planeta, 2006.

“El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quién sabe! El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate. Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar. Ha formado el blanco pelotón fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita: “Venda no”.

”Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?

— Pelotón, firme. Apunten.

La voz del reo estalla metálica, vibrante:

— ¡Viva la anarquía!
— ¡Fuego!

”Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas. Fogonazo del tiro de gracia.

”Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero martillea a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y con zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.

”Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez, de Última Hora, Enrique González Tuñón, de Crítica y Gómez de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la Penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:

— Está prohibido reírse.
— Está prohibido concurrir con zapatos de baile”.

La difamación sistemática de los docentes uruguayos

La difamación sistemática de los docentes uruguayos
por Fernando Gutiérrez Almeira
Docente de Educación Secundaria en Matemáticas y Filosofía

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Hace ya varios días en un instituto de educación secundaria de la localidad de La Paz, Uruguay, en la periferia de la capital, Montevideo, dos estudiantes de conducta violenta se agredieron entre si y agredieron tanto a una docente como al director de la institución cuando estos trataban de detenerlos. La agresión a los funcionarios fue considerada por el sindicato docente como un hecho grave, lo cual es explicable sobre todo porque no ha sido típico a lo largo de los años que existan estas agresiones en la educación pública uruguaya hacia sus funcionarios y porque esta violencia que se ha venido repitiendo en los últimos tiempos se ha vuelto un síntoma claro de la inacción de los jerarcas políticos de la educación en cuanto a garantizar el decoro y las condiciones dignas en un ámbito que lo exige pues se trata justamente del ámbito donde los futuros ciudadanos uruguayos se forman (¿o diremos que es decoro y dignidad la institucionalización de los contenedores portuarios como salones?). El sindicato, que no necesariamente es representativo de todos los docentes, decidió que el medio acorde para denunciar estos hechos y aquella inacción era un paro que se realizó este 21 de setiembre de 2016, el día anterior al inicio de un asueto de primavera que le fue concedido por los jerarcas de la institución a los estudiantes y docentes.

La crítica al paro docente en nombre del gobierno por la Ministra de Educación no se hizo esperar. La misma aseveró: “Como siempre, no creo que los paros solucionen estos temas que son de convivencia, que deben tratarse colectivamente con los padres de los alumnos dentro del ámbito liceal, tratando de dar confianza de que dentro del liceo se mantiene el orden y la estabilidad para todos los alumnos y que los padres sean contestes en esa confianza depositada en los docentes. El parar no soluciona nada”.

Seguramente parar no soluciona la creciente ola de violencia, de falta de respeto hacia los docentes, de desconsideración hacia la tarea de los docentes tanto de parte de alumnos, como por parte de padres que desvalorizan su trabajo como, por supuesto, por parte del propio gobierno, que los ha convertido en chivos expiatorios de las consecuencias de su política educativa desviada y amorfa que ha llevado a la educación uruguaya a este callejón sin salida. Y el paro no puede tener ese objetivo, porque el paro es un intento de mostrar a la luz pública, denunciar ante el pueblo, una situación dentro de la institución educativa que es la expresión de todo un gran descalabro, descalabro que empieza fundamentalmente en la destrucción de la autoridad del docente, en el menosprecio de su trabajo y de su figura como formador y como catalizador de la cultura y la vida ciudadana. La ministra comete una falacia astuta al señalar que “parar no soluciona nada”, desviando la atención de los motivos claros del paro, porque efectivamente no lo hace sino que solo denuncia una situación que no se puede resolver ignorando que los agredidos, vilipendiados, difamados y llevados al irrespeto en esta seguidilla de actos violentos que van creciendo son los docentes.

Pero el menosprecio que emana de la falaz afirmación de la Ministra no es el peor y más insidioso sino que notoriamente en la prensa uruguaya se han levantado voces que han señalado este paro como netamente inútil, innecesario, contraproducente, y quizás, y aquí la insidia contra los docentes se depura en una vil sugerencia, solo motivado por el deseo de agregar un día más de asueto al plantel docente complementando su descanso de primavera. Burda patraña que no tiene en cuenta que las vacaciones que se dan en setiembre y en cualquier otro momento del año excepto enero no se les da en primer lugar a los docentes sino básicamente al alumnado y en todos los casos incluyendo períodos de exámenes. Patraña que tampoco tiene en cuenta que sea cual sea el día en que este paro se produce sus motivos son claros y graves. (¿Acaso los docentes tendrían estos asuetos si no existieran los períodos de exámenes? Cualquiera sabe la respuesta dada la mentalidad con que el gobierno ha venido tratando a los docentes.)

No voy aquí a endiosar a los docentes, ni victimizarlos, ni considerarlos algo más que simples humanos y trabajadores de la enseñanza, lleno de todos los defectos que se pueda humanamente tener. Pero está claro que la vía que una parte de la prensa uruguaya y el gobierno han estado transitando y han decidido firmemente transitar es la de minimizar la gravedad de la violencia creciente sufrida por los funcionarios de la enseñanza y en especial quienes ejercen la docencia directa, y al mismo tiempo caricaturizar a los docentes señalándolos ante la opinión pública como irresponsables, exagerados, quejosos, moralmente despreciables. Esa imagen del docente que han estado propagando y se empeñan en empeorar no es más que un aspecto de la misma agresión y el mismo ensañamiento que algunos alumnos han llevado al nivel de la agresión física. El prestigio es la base de la docencia, esto debe entenderse, pues sin ese prestigio no se puede ser educador, no se puede tener autoridad para guiar o aconsejar. Destruir ese prestigio es minar la educación pública, quebrarla moralmente, convertir al docente en el chivo expiatorio cuando por el contrario debería ser tomado incluso como el agente del cambio educativo, de la correción del rumbo. Si se quiere hundir a la educación pública pues el camino más sencillo es precisamente hundir la imagen y el prestigio de sus docentes. Y esa es la tarea a la que se han entregado el gobierno y buena parte de la prensa uruguaya.

Se dirá que estoy exagerando pero no hay más que exhibir como muestra del ensañamiento que están sufriendo los docentes uruguayos los dichos que el periodista Gabriel Pereyra del diario El Observador estampó en su artículo “La revolución de los ignorantes comienza un lunes”. Allí sin el menor tapujo dijo: “¿Por qué los docentes paran hoy? Porque mañana y pasado no hay clases por las vacaciones de primavera y de esta forma tienen cinco días libres” De este modo deja bien en claro lo que piensa de TODOS los docentes uruguayos, con la inquina de su lengua bífida, que TODOS son inmorales, que están guiados por la pereza y la falta de honradez en el trabajo. Pero no se sacia con exhalar esos vapores humorosos de su cerebro sino que también dice: “A uno le cuesta sin embargo visualizar cuál es el logro que aspiran a tener con generaciones de estudiantes que reciben una educación cada vez más deprimida o, directamente, no reciben educación porque las clases se detienen todo el tiempo.¿Creerán que están formando militantes ignorantes para la causa revolucionaria? Una lucha de clases sin clases.En cualquier caso podemos tener una certeza: con estos vagos al frente de la tropa, el día que inicien la revolución no será un viernes.” Más claro echarle agua. Parece estar refiriéndose en esta última frase a los docentes sindicalizados pero el epíteto de “vagos” ya se sabe que se extiende a todos los docentes por igual, con total bajeza de criterio y sin el menor cuidado por el resultado de hacer pública semejante afirmación.

Para terminar solo quiero traer hasta aquí los dichos de un docente uruguayo, Julio Moreira, los cuales transcribo a continuación no necesariamente como reflejo de mi propio pensamiento:

“Es cierto lo que dice la ministra. Los paros no solucionan nada. Pasa que la responsabilidad de encontrar soluciones a los problemas de los liceos es de la ANEP, y quien debe asignar los recursos necesarios para viabilizar tales soluciones es el Poder Ejecutivo. Al detener las actividades, lo que el sindicato de profesores hace es denunciar la omisión de respuesta de las autoridades a históricos reclamos docentes: grupos reducidos, equipos multidisciplinarios, edificios en buenas condiciones y adecuados a las necesidades de un centro educativo (cantidad suficiente de salones, aulas multiuso, espacios para realizar actividades artísticas, gimnasios, patios), etc. La desatención a estos reclamos afecta negativamente no sólo a los trabajadores, sino también a los estudiantes. Porque los paros que se activan por agresiones a docentes no son contra los circunstanciales agresores (aunque así caractericen los paros los operadores políticos más reaccionarios), sino contra las estructuras socioeconómicas que generan violencia. No es el sindicato el que estigmatiza al circunstancial agresor: es la vida a la que lo ha condenado la sociedad en la que vive. Y en relación a este aspecto debemos ser muy claros: poco y nada puede hacerse desde el liceo para cambiar de raíz la vida de adolescentes que están obligados a trabajar, viven hacinados en viviendas muy precarias, se alimentan pésimamente, deben realizar todas las tareas del hogar, cuidan niños y/o adultos, tienen enfermedades no tratadas, son víctimas de agresión y/o explotación, etc. Es cierto: los paros no cambian ninguna de esas cosas. Quien sí puede hacerlo es usted, ministra. Y si no lo hace y tan sólo se limita a cuestionar el paro, entonces usted está parada en la vereda de los defensores de un sistema perverso que enfrenta pobres contra pobres. Que quede claro: el paro no es contra un pibe, sino contra el orden socioeconómico del que ese pibe es víctima.”

¿Fracasó la izquierda latinoamericana?

¿Fracasó la izquierda latinoamericana?
Por MARTÍN CAPARRÓS 16 de septiembre de 2016

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Ya no sé cuántas veces lo he visto escrito, lo he oído repetido: está por todas partes. La frase se ha ganado su lugar, el más común de los lugares, y no se discute: la izquierda fracasó en América Latina.

Es poderoso cuando un concepto se instala tanto que ya nadie lo piensa: cuando se convierte en un cliché. El fracaso de la izquierda en América Latina es uno de ellos. El fracaso de los gobiernos venezolano, argentino o brasileño de este principio de siglo es evidente, y es obvio que sucedió en América Latina; lo que no está claro es que eso que tantos decidieron llamar izquierda fuera de izquierda.

Hubo, sin embargo, un acuerdo más o menos tácito. Llamar izquierda a esos movimientos diversos les servía a todos: para empezar, a los políticos que se hicieron con el poder en sus países. Algunos, en efecto, lo eran —Evo Morales, Lula— y tenían una larga historia de luchas sociales; otros, recién llegados de la milicia, la academia o los partidos del sistema, simplemente entendieron que, tras los desastres económicos y sociales de la década neoliberal, nada funcionaría mejor que presentarse como adalides de una cierta izquierda. Pero las proclamas y la realidad pueden ser muy distintas: del dicho al lecho, dicen en mi barrio, hay mucho trecho.

La discusión, como cualquiera que valga la pena, es complicada: habría que empezar por acordar qué significa “izquierda”. Es un debate centenario y sus meandros ocupan bibliotecas, pero quizá podamos encontrar un mínimo común: aceptar que una política de izquierda implica, por lo menos, que el Estado, como instrumento político de la sociedad, trabaje para garantizar que todos sus integrantes tengan la comida, salud, educación, vivienda y seguridad que necesitan. Y que intente repartir la riqueza para reducir la desigualdad social y económica a sus mínimos posibles.

Creo que, en muchos de nuestros países, poco de esto se cumplió. Pero creer y hablar es relativamente fácil. Por eso, para empezar a pensar la cuestión, importa revisar las cifras que intentan mostrar qué hay más allá de las palabras discurseadas. Por supuesto, el espacio de un artículo no alcanza para un recorrido completo: cada país es un mundo. Así que voy a centrarme en el ejemplo que mejor conozco: la Argentina del peronismo kirchnerista.

Primero, las condiciones generales: entre 2003 y 2012 el precio de la soja, su principal exportación, llegó a triplicarse. Los aumentos globales de las materias primas ofrecieron a la Argentina sus años más prósperos en décadas. Con esa base privilegiada y 12 años de discursos izquierdizantes, Cristina Fernández de Kirchner dejó su país, en diciembre pasado, con un 29 por ciento de ciudadanos que no pueden satisfacer sus necesidades básicas: 10 millones de pobres, dos millones de indigentes. El 56 por ciento de los trabajadores no tiene un empleo estable y legal: desempleados, subempleados, empleados en negro y en precario. Un tercio de los hogares sigue sin cloacas y uno de cada diez no tiene agua corriente. Y hay casi cinco millones de malnutridos en un país que produce alimentos para cientos de millones, pero prefiere venderlos en el exterior.

Aunque, por supuesto, el relato oficial era otro: en junio de 2015, la presidenta Fernández dijo en la Asamblea de la FAO que su país sólo tenía un 4,7 por ciento de pobres; su jefe de gabinete, entonces, dijo que la Argentina tenía “menos pobres que Alemania”. Para conseguirlo, su gobierno había tomado, varios años antes, una medida decisiva: intervenir el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos y obligar a sus técnicos a producir datos perfectamente inverosímiles.

Pese a los discursos, en los años kirchneristas también aumentó la desigualdad en el acceso a derechos básicos como la educación y la salud. En 1996, el 24,6 por ciento de los alumnos iba a escuelas privadas; en 2003 la cifra se mantenía; en 2014 había llegado al 29 por ciento. Los argentinos prefieren la educación privada a la pública, pero no todos pueden pagarla: su uso es un factor de desigualdad importante, y creció un 20 por ciento en estos años.

En 1996 la mitad de la población contaba con los servicios médicos de los sindicatos, el 13 por ciento un plan médico privado y el resto, el 36 por ciento más pobre, se las arreglaba con la salud pública. La proporción se mantiene: entre 15 y 17 millones de personas sufren la medicina estatal, donde tanto funciona tan mal. Es la desigualdad más dolorosa, como bien pudo ver la presidenta Fernández cuando —diciembre de 2014— se lastimó un tobillo en una de sus residencias patagónicas y la llevaron al hospital provincial de Santa Cruz. Allí le explicaron que no podían curarla porque el tomógrafo llevaba más de un año roto, y la mandaron en avión a Buenos Aires, 2.500 kilómetros al norte.

Mientras las diferencias entre pobres y ricos se consolidaban, mientras la exclusión de un cuarto de la población producía más y más violencia, las grandes empresas seguían dominando. En agosto de 2012 Cristina Fernández lo anunciaba sonriente: “Los bancos nunca ganaron tanta plata como con este gobierno”. Era cierto: en 2005 se llevaban el 0,33 por ciento del Producto Interno Bruto; en 2012, más de tres veces más. Ese mismo año el Fondo Monetario Internacional informaba que la rentabilidad sobre activos de los bancos argentinos era la más grande del G-20, cuatro veces mayor que la de los vecinos brasileños. Y la economía en general siguió con la concentración que había inaugurado el menemismo: en 1993, 56 de las 200 empresas más poderosas del país tenían capital extranjero y se llevaban el 23 por ciento de la facturación total; en 2010 eran más del doble —115— y acaparaban más de la mitad de esa facturación.

Y esto sin detenerse en el sinfín de corruptelas que ya colman los tribunales de justicia con ministros, secretarios, empresarios amigos, la propia presidenta. ¿Se puede definir “de izquierda” a un grupo de personas que roba millones y millones de dineros públicos para su disfrute personal?

Ni detenerse en la locura personalista que hace que estos gobernantes –y por supuesto la Argentina– identifiquen sus políticas consigo mismos. ¿Se puede definir “de izquierda” a una persona que desprecia tanto a las demás personas como para creerse indispensable, irreemplazable?

Son más debates. Mientras tanto, sería interesante repetir la operación en otros países: comparar también en ellos las proclamas y los resultados. Quizás allí también se vea la diferencia entre el reparto de la riqueza que llevaría adelante un gobierno de izquierda y el asistencialismo clientelar que emprendió éste. Quizás entonces se entienda por qué, mientras algunos de estos gobiernos se reclamaban de izquierda, sus propios teóricos solían llamarlos populistas, una tendencia que la izquierda siempre denunció, convencida de que era una forma de desviar los reclamos populares: tranquilizar a los más desfavorecidos con limosnas —subsidios, asignaciones— que los vuelven más y más dependientes del partido que gobierna.

Pero el lugar común pretende que lo que fracasó fue la izquierda –y eso les sirve a casi todos. A aquellos gobiernos, queda dicho, o a sus restos, para legitimarse. Y a sus opositores del establishment para tener a quien acusar, de quien diferenciarse, y para desprestigiar y desactivar, por quién sabe cuánto tiempo, cualquier proyecto de izquierda verdadera.

La guerra de rapiña del gobierno argentino contra los indígenas de la Patagonia (1878-85)

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La Conquista del Desierto, también llamada desde el bando argentino Guerra contra el indio, fue la campaña militar por la cual el gobierno de la República Argentina, entre 1878 y 1885, ingresó al territorio y derrotó a las tribus, pueblos o naciones (según el bando)mapuche, ranquel y tehuelche. Tuvo como principales consecuencias la incorporación de la soberanía de la República Argentina de una amplia zona de la región pampeana y de la Patagonia (llamada Puelmapu por los mapuches) que hasta ese momento estaba dominada por los pueblos indígenas vencidos que sufrieron la desintegración de su cultura, la pérdida de sus tierras y su identidad al ser reubicados en reservas indias, museos o trasladados para servir como mano de obra forzada.

Los sobrevivientes de la llamada “Conquista del Desierto” fueron “civilizadamente” trasladados, caminando encadenados 1.400 kilómetros, desde los confines cordilleranos hacia los puertos atlánticos.

A mitad de camino se montó un enorme campo de concentración en las cercanías de Valcheta, en Río Negro. El colono Galés John Daniel Evans recordaba así aquel siniestro lugar: “En esa reducción creo que se encontraba la mayoría de los indios de la Patagonia. (…) Estaban cercados por alambre tejido de gran altura; en ese patio los indios deambulaban, trataban de reconocernos; ellos sabían que éramos galeses del Valle del Chubut. Algunos aferrados del alambre con sus grandes manos huesudas y resecas por el viento, intentaban hacerse entender hablando un poco de castellano y un poco de galés: ‘poco bara chiñor, poco bara chiñor’ (un poco de pan señor)”.1

La historia oral, la que sobrevive a todas las inquisiciones, incluyendo a la autodenominada “historia oficial” recuerda en su lenguaje: “La forma que lo arriaban…uno si se cansaba por ahí, de a pie todo, se cansaba lo sacaban el sable lo cortaban en lo garrone. La gente que se cansaba y…iba de a pie. Ahí quedaba nomá, vivo, desgarronado, cortado. Y eso claro… muy triste, muy largo tamién… Hay que tener corazón porque… casi prefiero no contarlo porque é muy triste. Muy triste esto, dotor, Yo me recuerdo bien por lo que contaba mi pobre viejo paz descanse. Mi papa; en la forma que ellos trataban. Dice que un primo d’él cansó, no pudo caminar más, y entonces agarraron lo estiraron las dos pierna y uno lo capó igual que un animal. Y todo eso… a mí me… casi no tengo coraje de contarla. Es historia… es una cosa muy vieja, nadie la va a contar tampoco, ¿no?…único yo que voy quedando… conocé… Dios grande será… porque yo escuché hablar mi pagre, comersar…porque mi pagre anduvo mucho… (…)”. 2

De allí partían los sobrevivientes hacia el puerto de Buenos Aires en una larga y penosa travesía, cargada de horror para personas que desconocían el mar, el barco y los mareos. Los niños se aferraban a sus madres, que no tenían explicaciones para darles ante tanta barbarie.

Un grupo selecto de hombres, mujeres y niños prisioneros fue obligado a desfilar encadenado por las calles de Buenos Aires rumbo al puerto. Para evitar el escarnio, un grupo de militantes anarquistas irrumpió en el desfile al grito de “dignos”, “los bárbaros son los que les pusieron cadenas”, en un emocionado aplauso a los prisioneros que logró opacar el clima festivo y “patriótico” que se le quería imponer a aquel siniestro y vergonzoso “desfile de la victoria”.

Desde el puerto los vencidos fueron trasladados al campo de concentración montado en la isla Martín García. Desde allí fueron embarcados nuevamente y “depositados” en el Hotel de Inmigrantes, donde la clase dirigente de la época se dispuso a repartirse el botín, según lo cuenta el diario El Nacional que titulaba “Entrega de indios”: “Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficencia”.3

Se había tornado un paseo “francamente divertido” para las damas de la “alta sociedad”, voluntaria y eternamente desocupadas, darse una vueltita los miércoles y los viernes por el Hotel a buscar niños para regalar y mucamas, cocineras y todo tipo de servidumbre para explotar.

En otro articulo, el mismo diario El Nacional describía así la barbarie de las “damas” de “beneficencia”, encargadas de beneficiarse con el reparto de seres humanos como sirvientes, quitándoles sus hijos a las madres y destrozando familias: “La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra su seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia”.

Los promotores de la civilización, la tradición, la familia y la propiedad, habiendo despojado a estas gentes de su tradición y sus propiedades, ahora iban por sus familias. A los hombres se los mandaba al norte como mano de obra esclava para trabajar en los obrajes madereros o azucareros.

Dice el Padre Birot, cura de Martín García: “El indio siente muchísimo cuando lo separan de sus hijos, de su mujer; porque en la pampa todos los sentimientos de su corazón están concentrados en la vida de familia”.4

Se habían cumplido los objetivos militares, había llegado el momento de la repartija del patrimonio nacional.

La ley de remate público del 3 de diciembre de 1882 otorgó 5.473.033 de hectáreas a los especuladores. Otra ley, la 1552 llamada con el irónico nombre de “derechos posesorios”, adjudicó 820.305 hectáreas a 150 propietarios. La ley de “premios militares” del 5 de septiembre de 1885, entregó a 541 oficiales superiores del Ejército Argentino 4.679.510 hectáreas en las actuales provincias de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut y Tierra del Fuego. La cereza de la torta llegó en 1887: una ley especial del Congreso de la Nación premió al general Roca con otras 15.000 hectáreas.

Si hacemos números, tendremos este balance: La llamada “conquista del desierto” sirvió para que entre 1876 y 1903, es decir, en 27 años, el Estado regalase o vendiese por moneditas 41.787.023 hectáreas a 1.843 terratenientes vinculados estrechamente por lazos económicos y/o familiares a los diferentes gobiernos que se sucedieron en aquel período.

Desde luego, los que pusieron el cuerpo, los soldados, no obtuvieron nada en el reparto. Como se lamentaba uno de ellos, “¡Pobres y buenos milicos! Habían conquistado veinte mil leguas de territorio, y más tarde, cuando esa inmensa riqueza hubo pasado a manos del especulador que la adquirió sin mayor esfuerzo ni trabajo, muchos de ellos no hallaron –siquiera en el estercolero del hospital– rincón mezquino en que exhalar el último aliento de una vida de heroísmo, de abnegación y de verdadero patriotismo”.5

Los verdaderos dueños de aquellas tierras, de las que fueron salvajemente despojados, recibieron a modo de limosna lo siguiente: Namuncurá y su gente, 6 leguas de tierra. Los caciques Pichihuinca y Trapailaf, 6 leguas. Sayhueque, 12 leguas. En total, 24 leguas de tierra en zonas estériles y aisladas.

Ya nada sería como antes en los territorios “conquistados”; no había que dejar rastros de la presencia de los “salvajes”. Como recuerda Osvaldo Bayer, “Los nombres poéticos que los habitantes originarios pusieron a montañas, lagos y valles fueron cambiados por nombres de generales y de burócratas del gobierno de Buenos Aires. Uno de los lagos más hermosos de la Patagonia, que llevaba el nombre en tehuelche de “el ojo de Dios”, fue reemplazado por el Gutiérrez, un burócrata del ministerio del Interior que pagaba los sueldos a los militares. Y en Tierra del Fuego, el lago llamado “Descanso del horizonte” pasó a llamarse “Monseñor Fagnano”, en honor del cura que acompañó a las tropas con la cruz” 5.

Referencias:

1 Walter Delrio, “Sabina llorar cuando contaban. Campos de concentración y torturas en la Patagonia”, ponencia presentada en la Jornada: “Políticas genocidas del Estado argentinos: Campaña del Desierto y Guerra de la Triple Alianza”, Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Poder Autónomo, Buenos Aires, 9 de mayo de 2005. Citado por Fabiana Nahuelquir en “Relatos del traslado forzoso en pos del sometimiento indígena a fines de la conquista al desierto”, publicado en http://www.elhistoriador.com.ar/articulos/republica_liberal/sometimiento_indigena_conquista_al_desierto.php.
2 Testimonio recogido en Perea Enrique: “Y Félix Manuel dijo”, Fundación Ameghino, Viedma, 1989. Citado por Fabiana Nahuelquir, op. cit.

3 El Nacional, Buenos Aires, 31 de diciembre de 1878.

4 Álvaro Yunque, Historia de los argentinos, Buenos Aires, Anfora, 1968.

5 Manuel Prado, La guerra al malón, Buenos Aires, Eudeba, 1966.

6 Osvaldo Bayer, “Rebelde amanecer”, Buenos Aires, Página/12, 8 de noviembre de 2003.

Redes sociales: el narcisismo de los esclavos

El narcisismo de los esclavos

Juan Villoro
16 Sep. 2016

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Somos los primitivos de una nueva era, dominada por la realidad virtual. Nuestra situación es similar a la de los seres rupestres que inventaron el cuchillo y no le encontraron mejor uso que encajarlo en la barriga de un prójimo. Tuvieron que pasar siglos para entender que ese instrumento también servía para preparar sashimi corte fino.

La comunicación en red ha permitido acceder en forma instantánea a numerosas fuentes informativas, beneficio decisivo para sociedades autoritarias o periféricas. Sin embargo, también ha traído conductas que rompen el trato cívico. Paul Virilio señala que cada tecnología produce su accidente (la electricidad “inventa” el apagón). También produce un nuevo salvajismo. Cuesta trabajo entender las responsabilidades que comporta un sistema operativo novedoso.

El asunto se vuelve más peliagudo cuando dicho sistema sirve para comunicar antes de que el usuario pueda recapacitar. Millones de personas se integran al torrente de las redes sociales, confirmando que en la sociedad del espectáculo nada importa tanto como ser visible. En la época de los reality shows y la autoficción consagrada a la minuciosa tarea de lavar la ropa interior, las redes permiten que la intimidad se vuelva pública. Subimos fotos a Instagram y Facebook para dar testimonio de la vida privada. El secreto, la ambigüedad, la discreción y las veladuras, formas esenciales de la comunicación, son sustituidas por la franqueza sin trabas de la transparencia. La paradoja es que, en aras de expresar un recóndito arrebato, los usuarios se integran a una tendencia colectiva que pulsa like en Facebook. Estamos ante lo que Richard Sennett llama “una igualdad opaca”.

La palabra más engañosamente eficaz de Twitter es “seguidores”. A medida que aumenta esa cauda de curiosos, quien escribe siente que ejerce un liderazgo. Sin embargo, las razones para “seguir” a alguien son misteriosas. Hace unos años, un político que poco después presidiría un partido me dijo: “Cada vez tengo más seguidores en Twitter, pero también recibo más mensajes negativos”. De modo más apropiado, quienes están pendientes de una persona deberían ser llamados “vigilantes”. Pero el éxito de la plataforma depende de sugerir que las palabras producen seguidores.

Aunque Twitter ofrece aforismos y epigramas que algún día serán clásicos, su aspecto dominante es otro. Los trolls, los robots y la simple estupidez humana crean un torrente que hierve sin objeto aparente. El capitalismo digital ha encontrado el modo de desahogar el descontento sin efectos reales. Aunque de vez en cuando la animosidad produce un cambio en la arena pública, en la mayoría de los casos somos testigos de un repudio mimético, provocado por el deseo de sumarse a una corriente de fastidio.

En ocasiones, un linchamiento parte de una información errónea. Se acusa a alguien de un acto agraviante. Pero verificar eso llevaría dos minutos de búsqueda, lapso que equivale a una eternidad en la era de la precipitación digital. Resulta preferible dar por bueno el pretexto que permite desahogarse.

El filósofo de la comunicación Franco Bifo Berardi, fundador de Radio Alicia, señala que la principal limitación del activismo en red es permanecer dentro del orden digital. No hay una aplicación que permita, al modo de Pokémon Go, pasar de la pantalla a la plaza.

Creyendo realizar un acto de liberación individual, el tuitero se integra a una conducta generalizada, a fin de cuentas inocua. De acuerdo con el filósofo coreano Byung-Chul Han, las redes son un presidio donde los reclusos construyen su propio encierro y se exponen en un “mercado panóptico”: “La exhibición pornográfica y el control panóptico se compenetran. El exhibicionismo y el voyeurismo alimentan las redes como panóptico digital. La sociedad del control se consuma allí donde su sujeto se desnuda no por coacción externa, sino por una necesidad engendrada en sí mismo”.

Cada escándalo es relevado en la red por el escándalo del siguiente minuto. “La vida es lo que sucede mientras hacemos otras cosas”, dijo John Lennon. En la era virtual, la vida ha quedado aún más lejos. Abismados en las pantallas, los esclavos despotrican para sentir que existen. Fascinados ante el espejo digital, se integran a la red donde todos se miran a sí mismos, reforzando sus cadenas.

La revolución de la IA: el camino hacia la superinteligencia.

La revolución de la IA: el camino hacia la superinteligencia.

(Adaptación de un texto de Tim Urban, autor de la página Wait But Why, para la página molasaber.org)

“Estamos al borde de un cambio comparable a la aparición de la vida humana en la Tierra”.
Vernon Vinge.

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Un futuro lejano a la vuelta de la esquina.

Vamos a jugar un poco. Imagina que eres el dueño de una flamante máquina del tiempo y decides viajar al año 1750. Recuerda que se trata de una época donde no había luz eléctrica y la comunicación a larga distancia consistía en gritar a tu vecino a pleno pulmón o disparar un arma al aire. Como no tienes nada mejor que hacer, trabas amistad con un lugareño en una taberna y después de una juerga nada desdeñable decides traerlo al año 2016 para enseñarle el “futuro”. Es difícil imaginar su reacción al ver nuestro modo de vida, con vehículos metálicos y coloridos que parecen desplazarse por sí solos, espejos mágicos que reproducen la realidad, algunos incrustados en cajitas pequeñas que las personas llevan en su bolsillo y sirven para acceder a todo el conocimiento de la humanidad. Tratas de explicarle lo que es internet, la estación espacial internacional, las armas nucleares o la relatividad general.

Esta experiencia para él no sólo sería sorprendente o alucinante, es posible que fuera tan traumática que no se recuperara nunca.

Pero digamos que lo asimila, mantiene su cordura y regresa a su año de origen. Como también es un poco trol, te pide prestada tu máquina del tiempo para hacer lo mismo con otro individuo. Viaja al año 1500, engatusa a alguien y después lo lleva al año 1750. Seguramente el nuevo sujeto se sorprendería bastante con los cambios ocurridos en 250 años pero no se abrumaría tanto. La diferencia de progreso existente entre esos dos intervalos de tiempo con respecto a lo distintos que son el año 1750 del 2016 no tiene comparación. El sujeto del año 1500 aprendería cosas nuevas y seguramente se sentiría desubicado y confuso en algunas ocasiones pero sería capaz de asimilar bien el día a día de su futuro.

Para que nuestro amigo del año 1750 consiguiera causar el mismo impacto que sufrió él, tendría que retroceder mucho más, digamos al 12.000 antes de cristo, antes de la revolución agrícola que dio lugar a las primeras ciudades y al concepto de civilización. Si un cazador-recolector, cuya vida se limitaba a sobrevivir y migrar de aquí para allá, descubriera en que se ha convertido el imperio humano del siglo XVIII, con la imponente arquitectura de las catedrales, la escritura, los barcos transoceánicos e infinidad de nuevos inventos… se quedaría estupefacto.

¿Entonces qué pasa si el cazador-recolector desea hacer lo mismo? Pues tendría que retroceder más tiempo aún, al 100.000 antes de cristo, antes de que se dominara el fuego, el lenguaje y hacer la O con un canuto.

Si pudiéramos medir en unidades este impacto psicológico debido al progreso (algo que llamaremos UISP) podríamos decir que entre el 100.000 a.C. al 12.000 a.C. se acumuló un UISP, pero a medida que avanzamos en la historia los siguientes UISPs se sucedieron más rápido en el tiempo. Este patrón de progreso acelerado es también llamado ley de Rendimientos Acelerados y está asociado al futurista Raymond Kurzweil. Esta ley viene a decir que las sociedades más avanzadas tienen la capacidad de progresar a un ritmo más rápido que otras más primitivas porque sencillamente tienen más medios, más conocimientos, más infraestructura y seguramente más población y por tanto más cerebros pensantes.

Kurzweil afirma que, dado el incremento cada vez mayor, la tasa de progreso debería multiplicarse en años venideros hasta que a finales del siglo XXI sea mil veces más rápida que la del siglo XX. Si tiene razón, entonces el próximo UISP podría estar a sólo unas décadas de distancia y el mundo del año 2050 podría ser tan diferente de nuestra época actual que apenas lo reconoceremos.

Suena extraño ¿no es así? La intuición nos dice que esto no puede ser verdad pero tengo algunos argumentos que vale la pena tener en cuenta:

Cuando se trata de historia tendemos a pensar en línea recta. Por ejemplo, si queremos formular una predicción de cómo será el mundo en los próximos años solemos extrapolar el progreso ocurrido en años pasados como indicador de que puede ocurrir a continuación. Pero como hemos visto, es un error pensar linealmente cuando en realidad los cambios hasta ahora han ido ocurriendo de forma exponencial.

Además, la historia reciente a menudo está distorsionada. Este crecimiento exponencial del que hablamos no es continuo si no que crece a distintos intervalos. Kurzweil explica que en realidad ocurre en una “curva en S.”

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Estas eses aparecen como una ola de progreso en la cual un nuevo paradigma llega para cambiar el mundo. En esencia consta de tres fases:

Crecimiento lento. Aparece un cambio de paradigma que en principio no reconocemos. El crecimiento es lento pero inexorable.
Crecimiento rápido. El paradigma es asimilado y los cambios se precipitan a todos los niveles.
Estabilización. El paradigma ha madurado y el crecimiento continúa aunque con menor intensidad.
Un buen ejemplo de esto fue la aparición de internet, una tecnología que surgió hace décadas y que poco a poco fue creciendo (fase 1) hasta que entre 1995 y 2007 se experimentó un incremento brutal con miles de webs, las redes sociales, y como complemento, la introducción de los celulares y posteriormente los smartphones (fase 2). El mundo cambió en esos años y en el intervalo entre 2008 y 2015 continuó el crecimiento, menos innovador, afianzándose las tecnologías existentes (fase 3). Puede que ahora mismo se esté gestando de nuevo una fase 2 en base a una tecnología que lleva esperando su momento desde hace tiempo.

Por último cabe recordar que nuestra propia experiencia personal nos acostumbra a una tasa de progreso que condiciona nuestras ideas. Cuando escuchamos una predicción que contradice nuestra noción de cómo funcionan las cosas, nuestro instinto suele ser el rechazo. Si yo te dijera que podrás vivir hasta los 130 años gracias a los avances médicos futuros, tu reacción quizá sea: “Eso es absurdo, si hay algo que la historia ha demostrado es que rara vez alguien llega a los 100 años”. Pero piensa que antes de la invención de los cohetes espaciales nadie jamás había viajado al espacio.

Así que no es ilógico concluir que si la especie más avanzada del planeta sigue haciendo saltos de progreso más y más grandes a un ritmo cada vez más rápido, en algún momento vamos a dar un brinco tan enorme que la vida tal y como la conocemos quedará alterada para siempre de forma similar a cómo la evolución dio un salto hacia la inteligencia y surgió un criatura nunca antes vista sobre la faz de la tierra que alteró la naturaleza y la manipuló a su voluntad: el ser humano.

Hoy en día, en la ciencia y la tecnología, se intuyen algunas pistas que insinúan que el próximo salto está a la vuelta de la esquina y que no estamos preparados para lo que vendrá a continuación.

El camino hacia la superinteligencia.

¿Qué es una IA?

La mayoría de la gente tiende a pensar que la inteligencia artificial es ciencia ficción y no tienen muy claro cómo definirla. Hay tres razones principales por las que hay confusión al respecto.

La asociamos a películas: Star Wars, Terminator, 2001: una odisea en el espacio o Matrix. Todas pelis de ficción con robots y entidades artificiales inteligentes.
La IA comprende áreas muy amplias. Abarca desde aplicaciones web hasta los algoritmos de los futuros coches autónomos. IA se refiere a todas estas cosas, lo cual puede ser bastante lioso si no sabemos de que va el tema.
Utilizamos IAs todo el tiempo en nuestra vida diaria pero ni si quiera nos damos cuenta.
Así que tenemos que aclarar el significado. En primer lugar, no hay que pensar en robots cuando hablamos de IA. Un robot puede ser un contenedor para una IA pero no necesariamente necesitamos un cuerpo para ello. Por ejemplo, el software y los datos de Siri son una IA, la voz de la mujer que escuchamos es la manera que tenemos de personificarla, pero no hay ningún robot involucrado en absoluto.

Es segundo lugar quizá hayas oído alguna vez la palabra singularidad. En matemáticas, una singularidad sirve para describir una situación en la que ya no se pueden aplicar las reglas normales. Se usa en física para describir fenómenos extremos como agujeros negros o el propio Big Bang. Resumiendo, en situaciones habituales el término singularidad no se aplica. En 1993, Vernor Vinge escribió un famoso ensayo en el que usa el concepto de singularidad tecnológica para un momento en el futuro en el que la inteligencia de nuestra tecnología es superior a la inteligencia humana, y por tanto ya no se aplicaran las reglas que hasta ahora nos han regido. Ray Kurzweil define la singularidad tecnológica como el momento en que su Ley de Rendimientos Acelerados alcanza un ritmo aparentemente infinito después de lo cual viviremos en un mundo completamente ajeno al actual. Hay una gran cantidad de pensadores de la IA que han dejado de usar el término, porque es algo vago, pero lo importante es que nos centremos en la idea.

Por último, si bien hay muchos tipos diferentes de IA, vamos a establecer 3 categorías en función de su capacidad:

Artificial Narrow Intelligence (ANI): Inteligencia artificial débil. Es el tipo de IA que se especializa en un solo ámbito. Para ponerlo en contexto, existe una IA que puede vencer al campeón mundial de ajedrez, pero eso es lo único que hace; si pretendes que te aconseje sobre cualquier otra cosa puedes esperar sentado.
Artificial General Intelligence (AGI): La Inteligencia artificial general, algunas veces conocida como IA Fuerte o IA de nivel humano, es un tipo aún ficticio y se refiere a un sistema tan inteligente como un ser humano y puede realizar las mismas tareas intelectuales que las personas. La creación de una AGI es un reto mucho más complicado que fabricar una ANI y de hecho aún estamos por conseguirlo. La profesora Linda Gottfreson define la inteligencia como la capacidad mental que nos permite razonar, planear y resolver problemas, pensar de manera abstracta, comprender ideas compleja y aprender de la experiencia. Una AGI debería ser capaz de todo esto.
Artificial Superintelligence (ASI): Nick Bostrom, filósofo de la universidad de Oxford, explica que la superinteligencia artificial debería ser un intelecto más potente y capaz que los cerebros humanos en prácticamente todos los campos, incluyendo la creatividad científica, la sabiduría y las habilidades sociales. Eso quiere decir que el concepto de superinteligencia comprende un rango que va desde ser sólo un poco más inteligente que los seres humanos hasta serlo millones de veces.
De momento los seres humanos sólo han conquistado la ANI pero la revolución empieza por ahí, continua con la AGI y termina con la ASI. Un camino en el que podemos o no sobrevivir pero que, en cualquier caso, va a transformarlo todo.

Vivimos en un mundo dominado por las ANI

La inteligencia artificial débil es igual o más eficiente que los seres humanos en tareas concretas. Aquí algunos ejemplos.

Los coches modernos se complementan con sistemas ANI, desde el que activa el bloqueo de frenos hasta el ordenador que determina los parámetros de inyección de combustible. Los coches autónomos de Google contienen sistemas ANI robustos que permiten al vehículo percibir el mundo y reaccionar en consecuencia.
Los Smartphones son pequeños hogares para la ANI. Tanto sea navegar usando la aplicación de mapas, recibir recomendaciones musicales, comprobar el tiempo, hablar con un asistente como Siri o Cortana, y en definitiva, realizar decenas de actividades cotidianas.
El filtro de spam del correo electrónico es un tipo clásico de ANI que decide que mensajes son Spam, cuáles no, y se adapta a nuestras necesidades con la experiencia de nuestras preferencias particulares.
El traductor de Google es un sistema realmente bueno. Eso sumado al reconocimiento de voz, que es otro ANI, sirve para realizar traducciones simultáneas.
Cuando tu avión aterriza no es un ser humano el que decide a que puerta debe ir. Al igual que no es un ser humano el que decide el precio de los billetes.
Los mejores jugadores del mundo de Damas, Ajedrez y Scrabble son sistemas ANI.
La búsqueda de Google es un gran cerebro ANI que usa métodos sofisticados para la clasificación de páginas web y de paso averiguar que enseñarte.
Y eso sólo en el mundo del consumo. Otros sistemas ANI complejos se utilizan en la industria militar, la manufactura, las finanzas y hasta sistemas expertos que ayudan a los médicos a hacer diagnósticos.

De momento, no tenemos nada que temer de las ANIs. En el peor de los casos, un fallo puede causar un desastre aislado como la anulación de una red eléctrica o desencadenar una catástrofe puntual en el mercado financiero. Pero, mientras que estas IA no tienen capacidad de causar una amenaza existencial, deberíamos pensar con más amplitud de miras y entender que en nuestro complejo ecosistema tecnológico se está gestando una revolución. Cada nueva innovación es un paso más en nuestro camino a las AGI. Como cita Aarón Sánchez, “Las ANIs son el equivalente a los aminoácidos del fango primordial de la Tierra primitiva, la materia inanimada en la que, un día inesperado, la vida despertó.

El camino de ANI a AGI

¿Por qué es tan difícil crear una inteligencia equivalente a la humana?

Para que nos hagamos una idea: construir rascacielos, enviar seres humanos al espacio o estudiar los orígenes del cosmos son logros impresionantes y sin embargo aún no hemos conseguido entender el funcionamiento de nuestro cerebro. No en vano se dice que el cerebro humano es el objeto más complejo del universo.

Lo interesante de construir una AGI, es que hay retos que desafían nuestra intuición. Me explico: fabricar un aparato que sea capaz de multiplicar dos números de 10 dígitos en una fracción de segundo es fácil (si sabes del tema claro), pero conseguir que una máquina sea capaz de distinguir entre un perro y un gato es harina de otro costal. Que un ordenador haga cálculos financieros a tiempo real…hecho. Pero que lea un párrafo escrito a mano por un niño, reconozca las palabras y entienda el significado del mensaje… Google ha gastado millones tratando de conseguirlo.

Las tareas matemáticas son abrumadoramente sencillas para una IA pero la visión, el movimiento y la percepción son terriblemente duras de conseguir. En palabras del científico de la computación Donald Knuth, “La IA ha tenido éxito en hacer todo aquello que requiere pensar pero no ha podido con todo aquello que los animales y la gente hacen sin pensar”.

Todo lo que nos resulta fácil, en realidad sólo lo parece porque esas habilidades se han optimizado en nosotros (y en los animales) gracias a cientos de millones de años de evolución. Cuando lanzamos un objeto, los músculos, tendones y huesos del brazo realizan al instante una larga serie de operaciones físicas que junto con la información recibida por nuestros ojos, permiten que realicemos el movimiento que deseamos sin apenas esfuerzo. Por otro lado la multiplicación de números grandes o jugar al ajedrez son actividades “nuevas” para una criatura biológica y no disponemos de habilidades especializadas para tales cometidos. Sin embargo, somos los campeones en el reconocimiento de formas, algo muy necesario para moverse por el mundo y en lo que una IA falla miserablemente. No termina ahí la cosa, para estar a nivel humano un ordenador tendría que entender la diferencia entre las sutiles expresiones faciales, o distinguir entre estados anímicos similares, o saber por qué Braveheart es genial pero el Patriota es un bodrio.

Desalentador, así que ¿Cómo lo hacemos?

Primera clave para crear AGI: aumento de la potencia de cálculo.

Algo que seguro debe pasar para que la AGI sea una realidad es el aumento de la potencia del hardware. Si un sistema pretende ser tan inteligente como un cerebro humano, al menos debería tener su misma capacidad de cálculo.

Una forma de expresar esa capacidad podría ser con los Flops, que es una medida usada en informática para determinar el rendimiento de un ordenador. Flops significa Operaciones de coma flotante por segundo, que en resumidas cuentas es un tipo de cálculo con números racionales. Ray Kurzweil quiso estimar los cálculos por segundo del cerebro e hizo un montón de aproximaciones desde diferentes enfoques. El resultado fue más o menos el mismo: 10 petaflops. Teniendo en cuenta que un Peta es 10^15, ahí es nada.

Actualmente la supercomputadora más rápida del mundo ubicada en China, la Tianhe-2, ha superado esa cifra con creces, con unos 34 petaflops, pero siendo justos, resulta que el cacharro ocupa 720 metros cuadrados y usa 24 megavatios de potencia (el cerebro funciona sólo con 20 vatios, lo mismo que una bombilla de bajo consumo) y cuesta $390 millones fabricarla.

Kurzweil sugiere que pensemos en cuantos flops podemos comprar con 1000 dólares (al cambio unos 910 euros). Cuando podamos pillarnos un equipo capaz de 10 petaflops por esa cantidad de dinero, estaremos hablando en serio de crear una AGI.

¿Falta mucho para eso? Mirémoslo en perspectiva.

La ley de Moore es una regla históricamente fiable que dice que el poder de computación de nuestros ordenadores se duplica aproximadamente cada dos años, lo que significa que la potencia del hardware crece de forma exponencial al igual que el progreso humano. En cuanto a cómo relacionamos los flops de Kurzweil con los 1000$, él dice que estamos actualmente alrededor de 10 gigaflops / $1000, más o menos al ritmo de proyección de este gráfico.

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Así que un ordenador de 1000 dólares hoy en día es equivalente al cerebro de un ratón en cuanto a potencia pero está a una milésima del nivel humano. No suena bien hasta que recuerdas que 1985 estábamos sobre la billonésima del nivel humano, en 1995 era una milmillonésima y en 2005 una millonésima. Si en 2015 hemos alcanzado la milésima implica que estamos a un paso de conseguir un equipo que rivaliza con la potencia del cerebro humano en el año 2025.

Así que con respecto al hardware, crear una AGI quizá sea posible en china pero será asequible para todos dentro de unos 10 años. Sin embargo, la potencia computacional por sí sola no hace que un equipo sea inteligente, por lo que la siguiente pregunta es ¿Cómo podemos aportar inteligencia a todo ese poder de cálculo?

Segunda clave para crear AGI: La inteligencia.

La verdad es que nadie sabe cómo crear inteligencia y los expertos todavía discuten la mejor manera de conseguirlo. Hay un montón de estrategias inteligentes e inverosímiles y en algún momento una de ellas va a funcionar… o varias en conjunto. Aquí dejo las tres más famosas:

1- Plagiar el cerebro.

Hay gente trabajando duro y practicando ingeniería inversa al cerebro para averiguar como la evolución hizo lo que hizo con nosotros. Las estimaciones más optimistas dicen que se logrará en algunas décadas aunque en arquitectura de computadores se lleva imitando la estructura del cerebro desde hace tiempo con redes neuronales artificiales, usando transistores como “neuronas” que se conectan entre sí.

El cerebro, obviamente, es mucho más sofisticado y a medida que lo estudiamos, vamos descubriendo sus ingeniosos mecanismos para aprovecharlos en los circuitos neuronales. Pero yendo un poco más lejos y entrando en terrenos inexplorados, una forma de plagiar el cerebro de manera extrema sería recurriendo a una estrategia llamada “Emulación total del cerebro”, donde el objetivo es cortar un cerebro de verdad en capas delgadísimas, escanear cada una y utilizar un software para montar una versión 3D exacta del mismo que después sería emulado en un potente ordenador. Si la copia fuera realmente buena, quizá podríamos conservar la personalidad y memoria del dueño original. Me da un poco de aprensión solo de pensarlo.

¿Cómo de lejos estamos de alcanzar la emulación de todo el cerebro? Hasta ahora sólo hemos sido capaces de simular las 302 neuronas del cerebro de un gusano de 1mm de largo, (el cerebro humano contiene cien mil millones de neuronas). Si estas cifras parecen desesperanzadoras, no debemos olvidar el carácter exponencial de nuestro progreso así que lo siguiente será simular el cerebro de una hormiga, después el de un ratón y de repente el proyecto suena mucho más plausible.

2- Utilizar el poder de la evolución a nuestro favor.

Si copiar el cerebro es demasiado complicado siempre nos queda la posibilidad de copiar la forma en que la evolución moldeó la inteligencia a lo largo del tiempo. Sabemos que es posible porque nosotros estamos aquí. El hecho es que siempre que la ingeniería trata de imitar la naturaleza, nunca hacemos una reproducción exacta, si no que nos inspiramos en ella y aprovechamos sus principios. No hemos fabricado aviones que aletean cómo los pájaros pero vuelan igualmente.

Entonces, ¿cómo podemos adaptar el proceso de evolución para construir AGI? El método se llama Algoritmos genéticos y funciona más o menos así: por un lado tenemos un proceso de rendimiento y evaluación que ejecutamos una y otra vez sobre el sistema a evaluar (de la misma manera que las criaturas biológicas viven su vida y son “evaluadas” logrando reproducirse o no). Estos sistemas tratarían de hacer tareas y los más exitosos (según los procesos de evaluación) serían seleccionados para ser “criados”. Se combinaría sus cualidades para dar lugar a sus “hijos” y estos volverían a ser evaluados. De nuevo los exitosos permanecerían y el resto serían extinguidos. Si repetimos esta iteración miles o millones de veces, reproduciríamos un proceso de selección natural que acabaría por llevarnos a sistemas inteligentes cada vez mejores. El reto está en crear un ciclo de evaluación y mejoramiento automatizado para que todo este proceso de evolución artificial funcione por sí sólo.

El inconveniente es que a la evolución le llevó millones de años hacer algo que nosotros deseamos hacer en unas pocas décadas. Pero también gozamos de algunas ventajas. En primer lugar, la evolución trabaja de forma aleatoria y produce más mutaciones inútiles que aprovechables, algo que nosotros podríamos controlar seleccionando sólo las variaciones beneficiosas. En segundo lugar la evolución no apunta a nada, explora todos los caminos y, según el ambiente, selecciona criaturas de todo menos inteligentes (después de todo cerebros más grandes usan más energía) En cambio nosotros si podemos dirigir específicamente este proceso evolutivo en una dirección concreta. Es posible que fuéramos más rápidos que la evolución pero no sabemos si seremos capaces de conseguir que todo esto sea una estrategia viable.

3- Que el ordenador se mejore así mismo.

La idea es construir un equipo capaz de acumular experiencia y usarla para mejorarse así mismo, y que partiendo de una base, averigüe cómo hacerse más inteligente. Si lo implementamos, podría ser el método más prometedor y más peligroso pero ya hablaremos de esto más adelante.

En cualquier caso, los avances en hardware e innovación se están sucediendo simultáneamente y de manera vertiginosa. Una AGI podría surgir más pronto de lo que parece. Después de todo, si se habla de crecimiento exponencial, lo que en principio se mueve a paso de tortuga acabará por desplazarse a una velocidad de vértigo. Además con relación a la ciencia, no es la primera vez que una epifanía o descubrimiento nos lleva a dar un salto de entendimiento que modifica nuestra velocidad de avance en un área concreta.

El camino de la AGI a la ASI

En algún momento, tanto sean cuarenta o cien años, lograremos AGI con un nivel equivalente al humano, pero mucho me temo que incluso equiparados intelectualmente, las AGIs tendrán ventajas significativas a su favor:

Hardware

Velocidad. La información de las neuronas del cerebro funcionan a 200 hz, mientras que los procesadores de hoy en día lo hacen a 2 Ghz, unas 10 millones de veces más rápido. La comunicación interna de nuestro cerebro se mueve a unos 120 m/s y es ridícula en comparación con la comunicación óptica a la velocidad de la luz.

Tamaño y Almacenamiento. El cerebro posee un tamaño determinado, no demasiado grande por varios motivos biológicos, por ejemplo su gasto energético, que debe mantenerse lo más bajo posible (economía energética de la naturaleza) Esta limitación no tiene porqué sufrirla un cerebro artificial que puede ser mucho más grande, y poderoso.

Fiabilidad y Durabilidad. Los transistores informáticos son más precisos que las neuronas biológicas y menos propensos a deteriorarse. Además pueden ser reparados o remplazados en caso de avería. Los cerebros humanos también se fatigan mientras que las computadoras pueden funcionar a pleno rendimiento 24/7.

Software

Editabilidad, y capacidad de actuación. A diferencia de un cerebro humano, los programas informáticos pueden recibir actualizaciones y correcciones. Las mejoras también podrían extenderse a zonas donde el cerebro es particularmente débil. Por ejemplo, el “software” de la visión humana es extraordinario mientras que su hardware (el sistema óptico en sí) deja mucho que desear comparado con otros tipos de visión.

Capacidad colectiva. Los seres humanos han hecho un gran trabajo para desarrollar su inteligencia colectiva como especie. Comenzando con el desarrollo del lenguaje y la formación de grandes comunidades, avanzando a través de la escritura, la imprenta y ahora más intensamente con internet; la inteligencia colectiva de la humanidad es una de las principales razones por las que hemos podido llegar tan lejos. Pero los ordenadores nos harían parecer unos aficionados. Un gran red mundial AGI podría sincronizarse para beneficiarse de la experiencia colectiva casi instantáneamente e incluso trabajar en conjunto como una sola unidad por un objetivo común.

Como ya se ha dicho en este artículo, algunas de las estrategias para alcanzar la AGI implican algún tipo de auto-mejora. Si una hipotética AGI está programada para mejorarse no tiene ningún motivo para detenerse en el nivel humano. Y teniendo en cuenta las ventajas sobre nosotros, no es descabellado decir que nos dejará atrás muy pronto. ¿Y que pasa después de eso?

Una explosión de inteligencia: Auto-superación recursiva.

Digamos que hemos creado un sistema de inteligencia artificial a un cierto nivel, tipo “Tonto del Pueblo” con el objetivo de mejorar su propia inteligencia. Este sistema lo consigue y llega a Nivel Einstein. Ahora todo le resulta más fácil por lo que puede realizar saltos más grandes consigo mismo, y por tanto mejora más y más deprisa. La AGI pronto se convierte en una ASI. Podemos considerar el fenómeno como una explosión de inteligencia y un ejemplo de la ley de rendimientos acelerados.

Existe cierto debate sobre cuando construiremos una inteligencia de propósito general y cientos de científicos coinciden en que esto no ocurrirá antes de 2040. Pero desde que pase, es una posibilidad plausible que la progresión de AGI a ASI suceda en un lapsus.

Un sistema 200.000 veces más inteligente que un ser humano no es algo que podamos entender ¿De qué será capaz algo así? De cosas impensables, sus caminos serán inescrutables. Por lo que a nosotros respecta es casi equivalente a un Dios omnipotente en la tierra y la pregunta más importante es:

¿Será un Dios bueno?

Cien Años de Democracia en Uruguay

Cien años de democracia en Uruguay

Fernando López D Alesandro 09/08/2016

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El 30 de julio de 1916 se inauguró la democracia moderna uruguaya. Luego de un arduo proceso, finalmente se elegiría por voto universal y secreto masculino una Asamblea Nacional Constituyente. No sólo era la primera vez que la democracia se practicaba en el país, sino que, además, esa elección reflejaría, también, el primer “voto protesta”, una buena forma de comenzar el camino democrático.

La época en que la democracia uruguaya dio su primer paso no era la mejor. En 1913 estalló una de las más graves crisis económicas, que fue comparada con la de 1890. La retracción producida en los momentos previos a la Primera Guerra Mundial fue central. Todas las potencias, y especialmente Gran Bretaña, retiraron sus inversiones y sus depósitos de las periferias y bloquearon los créditos. En esa situación, el batllismo debía hacer frente al pago de los intereses de la deuda colocada en el mercado internacional para la compra del Banco Hipotecario. Debido a la crisis, la segunda emisión de la deuda no se pudo vender y no había fondos para pagar los intereses.

VIENTO EN CONTRA. La única solución era tomar un préstamo, cosa imposible en 1913, salvo que se aceptaran condiciones extremas. El Banco de Londres y América del Sur ofreció al gobierno de Batlle ( en la foto) un crédito a intereses leoninos y obligó a garantizarlo con el oro del Banco República (Brou). El acuerdo fue depositar la mitad del encaje en oro del República en las bóvedas del Banco de Londres, y conforme se pagara el préstamo se devolverían los lingotes. La operación era muy arriesgada. El oro era el respaldo de la moneda, y si la operación se hacía pública existía el temor de una corrida que vaciara el República. Y eso fue lo que hicieron el Banco de Londres, el Comercial y el Italiano.

Cumpliendo órdenes de la City, cuando el oro estuvo en la bóveda del banco inglés los directorios del Banco de Londres y del Comercial hicieron una importante operación de cambio de billetes por oro, operación que el Brou no pudo cumplir. El rumor del incumplimiento disparó la corrida. La maniobra imperial fue monitoreada por teléfono desde la sede londinense, y cuando la corrida comenzó a afectar a todo el sistema financiero, los bancos hicieron público su respaldo al República para detener los retiros masivos.

Pero el daño ya estaba hecho. El batllismo fue tocado en su línea de flotación, y al año siguiente, además, cuando Europa entró en guerra, todas las opciones de crédito se cortaron definitivamente.

La crisis tuvo un fuerte impacto social. Batlle y Ordóñez se vio obligado a realizar un ajuste fiscal, que si bien gravó principalmente a las clases altas, no pudo evitar descargar una parte importante en el consumo popular. La inflación se disparó junto con la escasez, y la desocupación llegó a niveles altos. Para un país que vivía desde 1897 una onda de prosperidad, el impacto fue terrible. Y la sociedad responsabilizó al gobierno.

La respuesta batllista fue radicalizar su programa, en lo social y lo económico, espantando aun más a los sectores conservadores, pero sin lograr mantener el apoyo de las capas medias y populares. El colegiado transformó esa tensión social en tensión política.

LA PROPUESTA BATLLISTA. En ese contexto, José Batlle y Ordóñez publicó sus “Apuntes” sobre la reforma constitucional. No había nada que no se hubiera dicho antes. El voto universal y secreto y la representación proporcional formaban parte ya de un acuerdo tácito por el que habían muerto miles de paisanos blancos. La novedad que dividió al país por largo tiempo era el colegiado.

Batlle propuso sustituir la Presidencia de la República por un consejo de nueve miembros, del que todos los años se elegiría un nuevo integrante por voto popular. La propuesta aspiraba a detener toda forma de autoritarismo, pero en realidad Batlle buscaba garantizar la permanencia del batllismo y del Partido Colorado en el poder. La oposición, para llegar al gobierno, debía ganar cinco elecciones seguidas…

Fue un grave error. Batlle y Ordóñez le regaló una bandera a la oposición conservadora, la bandera que estaba esperando luego de diez años de desorientación.

En primer lugar, Pedro Manini Ríos intuyó muy bien el momento y se separó de Batlle, convocando a su alrededor a los sectores más conservadores del coloradismo. Manini –que había sido secretario de Batlle– consideró que el colegiado era algo artificial, que nada tenía que ver con las tradiciones del país y del partido, por lo que propuso volver a las raíces del coloradismo original. Así llamó a su corriente Partido Colorado General Fructuoso Rivera, más conocido como “riverismo”.

Su directiva estaba integrada en un 63 por ciento por empresarios o dirigentes vinculados directamente a los grupos económicos. Al riverismo se sumó el Partido Nacional, liderado por Luis Alberto de Herrera. Éste había editado en 1910 La revolución francesa y Sudamérica, un ensayo político donde intentaba refutar las propuestas progresistas y liberales, y proclamaba la doctrina conservadora que fue dogma histórico de su sector. La reivindicación del clasismo, de la jerarquía, y sus reticencias frente a los derechos universales, perfilaron al nacionalismo como la opción conservadora y elitista de Uruguay. En esta época, el 83 por ciento de la dirigencia blanca tenía vínculos directos con los grupos económicos. Al bloque anticolegialista se sumó la Unión Cívica, con Zorrilla de San Martín a la cabeza.

El anticolegialismo fue la bandera que Batlle regaló a las derechas y que éstas supieron usar muy bien. A los partidos conservadores pronto se sumaron la Asociación Rural del Uruguay, la recientemente fundada Federación Rural y las gremiales empresarias más importantes. Todas ellas conformaron lo que Batlle llamó “el contubernio”.

EL 30 DE JULIO. Finalmente llegó el día. Batlle estaba convencido de que su propuesta sólo perdería en Artigas, porque la lejanía impedía que su “mensaje” llegara con claridad. Cuando se abrieron las urnas la propuesta colegialista sólo había triunfado en Artigas. El “contubernio” había ganado. El reformismo fue derrotado y frenado, y por números contundentes. Los colegialistas –batllistas y socialistas– obtuvieron el 42,61 por ciento contra el 58,12 del “contubernio”.

¿Qué había sucedido? Sin duda una primera explicación debe tener en cuenta el impacto de la crisis en la gente. Los índices socioeconómicos se dispararon a cifras como hacía tiempo no se veían. La ilusión de estabilidad, de progreso y de ascenso social quedó rota para muchos. En otro orden, los beneficios sociales y el discurso batllista no llegaron al Interior profundo, donde el pobrerío era aún el 10 por ciento o más de la población rural. Asimismo, la última guerra civil aún estaba fresca en la memoria de todos y el 30 de julio de 1916 les ofreció a las paisanadas blancas la posibilidad de votar contra el que había matado a su caudillo.

En otro orden, una importante abstención colorada –57 mil votos fue el cálculo en la época– dio cuenta de lo poco convincente de la propuesta colegialista, y se tradujo en un “voto castigo”. Al fin y al cabo fue una propuesta –o invención– presentada de manera sorpresiva que dejaba entrever la intención colorada de monopolizar el poder. Así, los discursos políticos se habían radicalizado a niveles desconocidos en Uruguay, generando, además, un escenario dicotómico, que no era el mejor para las propuestas renovadoras en un momento de crisis.

El voto reformista fue esencialmente urbano, montevideano, mientras que la opción conservadora se afincó en el Interior. Los sectores populares de la capital, así como los medios, apoyaron la propuesta batllista, mientras que en el Interior fue exactamente al revés. Las clases altas, en casi todo el territorio, votaron contra el colegiado. En síntesis, el voto batllista y socialista coincidían con el centro capitalino, el inmigrante europeo, los sectores populares y de clase media urbanos y profesionales. El voto conservador era rural, de los propietarios, de los sectores populares originarios del Interior y de las clases altas.

Esta compleja realidad social y sus expresiones políticas no fueron previstas por Batlle y Ordóñez. Hijo del patriciado, al fin de cuentas, y de una política elitista y excluyente, quizá el histórico estilo de “ordeno y mando” influyó cuando calibró la situación. Batlle supuso, como siempre, que el hecho de ser gobierno y de hacer una propuesta, cualquiera fuera, bastaba para que la gente la votara como un mandato. No comprendió que había puesto en marcha un mecanismo –la democracia– que empoderó a la gente. Y la gente hizo uso de ese derecho como mejor entendió.

Su abjuración posterior del voto secreto, por ejemplo, así como toda la operativa de transición a la democracia pensada para que el Partido Colorado no perdiera el poder, confirman en gran parte el error de cálculo inicial, fundado en ese estilo no democrático de la política aristocrática del siglo XIX.

Pero independientemente de las razones, este acto fundacional de la democracia moderna uruguaya tuvo consecuencias largas en el tiempo. En 1916 el gobierno convocó al pueblo a votar, a decidir su destino. El pueblo se expresó, el gobierno perdió y tuvo que aceptar la decisión. Esa noche, por ejemplo, mientras Zorrilla de San Martín llegaba al Club Católico al grito de “¡Viva el sagrado corazón de Jesús!”, Batlle y Ordóñez les prohibía a sus “jóvenes turcos” descolgar los pizarrones de las puertas de El Día, donde se daban las malas nuevas. Era lo que la gente había decidido y era lo que había que acatar.

José Pedro Barrán, analizando magistralmente el 30 de julio de 1916, concluyó: “Aquel día las mayorías pudieron expresarse, los comicios demostraron poder decidir un cambio importante en el rumbo de la sociedad, y el gobierno acató esa decisión. Que esos tres sucesos iniciaron una nueva etapa en la vida del país lo demuestra el hecho de que los valores políticos que de ellos emanaban volvieron a resplandecer en el plebiscito del 30 de noviembre de 1980, casi intactos a pesar de todo”.

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